Sus obras sorprenden en forma y volumen, en color y textura, porque unen la antigua tradición ceramista indígena con la técnica europea, haciendo del mestizaje su núcleo esencial y expansivo. “El mundo necesita redescubrir la materia que conecta y que recuerda”, dice del barro, al que adjudica propiedades curativas. Expuso en París y, en estos días, muestra en la prestigiosa Galería Leme de São Paulo. Aquí una aproximación a sus motivaciones y búsquedas.

Alumno de Julia Isí­drez, cuenta: “En su taller entendí que la cerámica no es solo una téc­nica, sino es una manera de habitar el mundo”. Hon­rando esa máxima, el trabajo del ceramista Jorge Enciso (Asunción, 1972) no cesa de crecer en la apreciación de público, críticos especializa­dos, admiradores del arte en general.

“La referencia más impor­tante fue escuchar a mi propio ser, a mi espíritu, entenderme como alguien que proviene de una mezcla de ancestros euro­peos, indígenas y mestizos, de antecesores con cosmovisio­nes muy distintas y con apro­ximaciones a la espiritualidad muy distintas”, relata.

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Describe luego: “Si habla­mos en términos de investi­gación, creo que la pregunta más importante sobre la que empecé y aún hoy con­tinúo considerando como el motor de mi trabajo artís­tico es ¿quién soy? ¿De dónde vengo?”, apunta.

En ese camino, agradece a Isí­drez: “Admiro profundamente la fuerza espiritual de Julia, una fuerza que sostiene su tra­bajo y que la sostiene hasta hoy en su caminar como artista”. También “a Ysanne Gayet, que me invitó a hacer mi primera exposición individual en el año 2018 en el Centro Cultural del Lago en Areguá, y a la galerista Verónica Torres, por mi pri­mera muestra individual en Asunción en 2019. Ambas le dieron mucha visibilidad a mi obra”.

Aquí su diálogo con El Gran Domingo de La Nación:

–¿Qué significa para vos poder hacer esta exposi­ción en la prestigiosa Gale­ría Leme de São Paulo?

–Es un paso muy importante hacer una exposición indivi­dual y entrar en diálogo con el arte brasileño y contem­poráneo latinoamericano. Es un logro que agradezco a Edu Leme, quien me abrió las puertas de su prestigiosa gale­ría para presentar mis obras. También a nivel simbólico representa mucho para mí. Estoy trabajando en mis obras el tema del mestizaje, la identidad, la resistencia, el territo­rio desde hace un buen tiempo y quisiera destacar que dentro de ese marco, desde marzo de este año estoy en un grupo de estudio de fragmentos míticos de los mbyá-guaraní recopila­dos por León Cadogan. Enton­ces, tiene un significado tam­bién de reciprocidad hacia esa ciudad, casi como de ofrenda para que el público brasileño reciba un aspecto –desde la cerámica– de los cantos de barro y memoria a través de mis obras.

–¿Por qué “Vigilia”? ¿A qué remite el título y la muestra en general?

–Vigilia es un estado de espera y atención, pero también a veces es un umbral entre el sueño y la conciencia, algo que está difuso. Podría decirte que en la exposición las piezas son cuerpos en estado de vigi­lia espiritual, un intento de conservar nuestra memoria ancestral a través de la mate­ria misma que es la cerámica y de los temas que inspiran las esculturas. En otro sentido, asociando el término a mi pro­pio quehacer, el curador de la muestra, Tiago Sant’Ana, que también es artista visual y doc­tor en Cultura y Sociedad, dice en el texto que acompaña la muestra: “La vigilia de Enciso apunta a un estado de mante­nerse despierto ante los ejer­cicios de la memoria y, sobre todo, ante los procesos cultu­rales que generan asimetrías y borrados culturales”.

–Venís de exponer en París, en la Ceramic Art Fair. ¿Qué sensaciones te dejó esa esta­día?

–La muestra de París fue una revelación, porque al tratarse de un espacio donde expo­nían otros ceramistas de todo el mundo y de todas las técni­cas posibles, en los momentos previos tenía una gran incerti­dumbre sobre la recepción de mi propuesta. Si bien mis obras ya se habían expuesto en París anteriormente de la mano de Tekoharte Patricia Foissac y Marie Pauline de Longuevi­lle, esta ha sido la primera vez que se exhibieron en el mismo espacio físico que otras obras cerámicas de otros artistas de todo el mundo, la mayoría con acabados esmaltados, siendo casi inevitable que el público haga comparaciones y sus pro­pias elecciones.

–¿Cómo fue la recepción del público?

–Para mi sorpresa, la recep­ción fue muy buena y además había mucho interés en mis relatos y en las historias detrás de cada pieza. Puedo decir, a partir de esta feria, que el len­guaje de la cerámica es univer­sal. Las piezas que he presen­tado allí, si bien están cargadas de mi paisaje interior y de la tierra paraguaya, dialogaban naturalmente con públicos de otras culturas y cerámicas de los más diversos orígenes. La experiencia me reafirmó en la convicción de que el arte cerá­mico latinoamericano está vivo y presente y que posee una potencia simbólica que el mundo necesita redescubrir: la de la materia que conecta y que recuerda.

– Sos abogado de profesión. ¿Cómo llegaste a la cerá­mica?

–Llegué a la cerámica en un punto de inflexión, de crisis personal. Estaba necesitando reconducirme y expresar lo que no podía en ese momento, tal vez inconscientemente tam­bién estaba buscando el silen­cio. En esa búsqueda de expre­sarme, me inicié en la cerámica artesanal en un taller en la Escuela El Cántaro de la ciu­dad de Areguá, donde conocí a la gran artista Julia Isídrez, que impartía el taller y desde ese momento –hace ya 11 años– no dejé de hacer cerámica.

–¿Cómo viviste ese apren­dizaje?

–El aprendizaje con Julia fue mágico, fue como entrar en otra dimensión, literal­mente, porque significaba dejar Asunción y llegar los fines de semana a la com­pañía Ca’aguazumi de Itá y entrar en otro ritmo, más lento, en los primeros tiem­pos muy silencioso y delicado por los procesos personales que ambos estábamos atrave­sando. Creo que nos hicimos compañía en nuestros miste­rios y soledades.

–¿Cuáles son las cosas que más destacarías?

–Con Julia aprendí no solo la técnica del barro, sino tam­bién desarrollé intensamente el proceso de crear, ya que en su taller –como ella misma lo decía un poco en broma y un poco en serio– estaba prohi­bido imitar las piezas que ella hacía, hecho que forzosamente me obligó a iniciar una bús­queda de mi propio lenguaje, mi propia voz en la cerámica. Esta técnica fue transmitida desde las mujeres guaraníes a sus hijas, que resistió hasta el presente, con algunas inter­venciones coloniales en la téc­nica y en las formas. Entonces, al trabajar en esa comunidad de ceramistas aprendí mucho, sobre todo lo que subyace a esa cultura del ñai’u (barro negro). Fue una especie de residencia artística intermitente que se extendió a lo largo de 4 años y medio.

–Hacés mención al ori­gen indígena de nuestro arte cerámico y también al mestizaje con la técnica española. ¿Cómo describi­rías esa evolución y en qué momento entendés que está la cerámica paraguaya y latinoamericana en torno a estos antecedentes?

–La cerámica paraguaya es hija del mestizaje. Como dije anteriormente, viene del gesto ancestral de las mujeres gua­raníes que modelaban el barro y del choque con las técnicas europeas que trajeron el torno, el esmalte, las nuevas formas. Esa tensión –entre lo ances­tral y lo colonial– sigue viva en nuestras manos. En mi obra intento visibilizar ese proceso, no recurro al esmalte, sino per­manezco en los engobes, y me interesa mostrar a la cerámica como una especie de archivo, agregando conceptos nuevos, pero ya a nivel de preguntas y exploraciones. Creo que hoy la cerámica paraguaya y latinoa­mericana está en un momento de redescubrimiento: vuelve a mirar sus raíces con mayor con­ciencia de su importancia como expresión identitaria de nues­tros pueblos latinoamericanos.

–Se suele comentar los efec­tos terapéuticos de la cerá­mica. ¿Cuál es tu relación con ese aspecto de tu arte?

–Para mí el barro cura. No por­que sane un síntoma precisa­mente, sino porque restablece un vínculo: el del cuerpo con la tierra. En el taller, el tiempo se suspende; el gesto repetido del modelado y del esgrafiado se vuelve meditación. Hay algo que sucede que va más allá de lo comprensible, creo que se trabaja a nivel consciente e inconsciente… y me arriesga­ría a decir que sucede también algo a nivel espiritual.

Considero que sanar es resta­blecer un equilibrio. Desde ese punto de vista, el solo contacto con la arcilla, con la tierra ya nos devuelve la dimensión de lo humano, nos enseña a esperar, a tener paciencia y a ser humil­des, porque el propio material –por su simplicidad– lo es.

Una búsqueda en las formas

La crítica cuenta que en un principio Jorge Enciso abordó obras más zoomorfas para luego iniciar una etapa actual más abstracta. “También hacía representaciones de escenas de lo cotidiano, porque mi formación partía de ese mundo de figuras, llamado cerámica popular, donde esta temática era común. A lo largo de ese proceso fui conectándome cada vez más conmigo mismo, con la arcilla, con el fuego transformador, con las emocio­nes y vibraciones del entorno, y poco a poco fueron apareciendo obras más abstractas”, comenta.

“Esto generó por supuesto una enorme curiosidad y empecé a investigar sobre mi propio proceso y sobre conceptos del arte abstracto. Como referentes del arte ilus­trado occidental recuerdo que leí sobre los primeros artistas que trabajaron lo abs­tracto, Vasili Kandinsky; Piet Mondrian y Kazimir Malevich, pero también me topé con un nombre: Hilma af Klint, a quien la his­toria del arte había tratado con ingratitud, ya que había hecho obras abstractas mucho antes que los hombres que cité, sin que se le otorgara el lugar relevante que merece y me emocionó que ella vinculara su trabajo a una gran espiritualidad”.

A partir de allí entendió encontrar “una señal muy importante para mí, en el sentido de prestar atención a aquello que estaba negado, silenciado. En ese momento, me llevó a reflexionar en el concepto de nega­ción, primero en lo que estaba negado en mí mismo y luego la negación en mi entorno. Comprendí que el camino no era profundi­zar sobre lo que era evidente, lo ya escrito, sino prestar atención a lo que no se veía, no se leía, no se escuchaba”, apuntó.

Fue uniendo ese descubrimiento a la tradición que la aportaban “ya a nivel formal-técnico-es­tético las referencias locales de Julia Isídrez y Juana Marta Rodas (+), y de Josefina Plá (+), de origen español, que vivió prácticamente toda su vida en Paraguay, quien hizo unos trabajos muy interesantes con el esgrafiado, que es la técnica de acabado que utilizo”.

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