Vivir en el territorio antártico es duro. Las temperaturas son rigurosas. Se ha verificado que se trata de la zona más fría de la Tierra, con temperaturas que pueden oscilar entre los 89 y 93 grados bajo cero.
- Por Ricardo Rivas
- X: @RtrivasRivas
- Fotos Gentileza
Alguna vez, no hace mucho, un estudioso me contó que unos 12.000 años atrás –cuando la última glaciación– nuestro maltratadísimo planeta Tierra transitó rápidamente de temperaturas cálidas a niveles térmicos mucho más fríos. Me dijo además que, 14.000 años en el tiempo, como consecuencia de un enorme deshielo que afectó a la Antártida, el nivel de los mares se elevó poco más de 20 metros.
Al parecer, aquello fue vertiginoso. Unos cinco siglos se extendió aquella pleamar. Pero no siempre fue así. Dicen los que saben como consecuencia de dedicar sus vidas a la investigación científica que, hace 30 millones de años, la Antártida era un continente cubierto de bosques (tal vez, coníferas) y que, 130.000 milenios antes, durante el período Cretácico en ese mismo territorio, se extendían selvas frondosas.
Intento dormitar. No puedo. Allá por 2009, en España, leí un texto en el que Jesús Galindo, un profe de la Universidad de Granada, cuenta que “hace 30 millones de años la Antártida tenía un clima templado, estaba poblada de bosques, animales y plantas”. El avión en el que viajo desde Asunción a Buenos Aires sobrevuela los que supongo son los esteros de Iberá.
Como nunca en mucho tiempo, la meteorología es excelente. La serenidad acompaña. De todas formas, restan dos cambios de aeronaves para llegar a la antártica Base Marambio, hacia donde #ElGranDomingo de La Nación hoy viaja en procura de “Ciertas historias inciertas”.
DESLUMBRANTE ESPECTÁCULO COTIDIANO
Casi 5.300 kilómetros habremos volado hasta llegar a destino. Miro hacia afuera. El sol parece jugar a las escondidas entre unas pocas nubes muy blancas que se ven a lo lejos. Muy lejos. Desde siempre me gusta volar. Mi infancia está saturada de aviones. La casa donde viví hasta apenas pasados los 22 estaba (y está aún) muy cerca del Aeroparque. Con Miguel Ángel, mi querido hermano, aprendimos desde muy purretes a conocer qué ruido hacía cada tipo de máquina.
Pero aquel deslumbrante espectáculo cotidiano que era ver pasar a los aviones “tan cerquita”… “tan bajitos” no fue impedimento para que nos asombráramos cuando el 17 de noviembre de 1957, un escuadrón acrobático de los Thunderbirds de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, sobrevolara el barrio y pasaran rasantes sobre el Estadio Monumental de River.
Desde muchos días, vecinas y vecinos agobiaban con “consejos” para que “cuando rompan la barrera del sonido no estallen las ventanas de las casas”. En las terrazas algunos aficionados a la fotografía preparaban sus cámaras. Finalmente, ninguna catástrofe sucedió. ¡Fue fantástico! Por mucho tiempo en nuestras memorias regresaba aquel domingo en el que, cuando todo terminó, con la espalda sobre la gramilla, permanecí mirando el cielo que, no sé cómo explicarlo, me animo a decir que no era como el de hoy.
Mi media docena de años derrochaba felicidad. En mi juventud y adultez a la atracción por volar se añadieron helicópteros, algún globo aerostático y… “En minutos arribaremos al Aeroparque Jorge Newbery de la Ciudad de Buenos Aires, donde la temperatura es de 16 grados”, anuncian. Dejé Asunción con 32.
ENTRE ASOMBROSOS HIELOS Y TÉMPANOS GIGANTESCOS
Para llegar a la Antártida, aún estamos lejos. No falta mucho para reanudar el viaje. Pero habrá que dejar pasar un par de horas para partir hacia los asombrosos hielos y los témpanos gigantescos. Daniel Bertagno, querido amigo y académico, se sumó al viaje. “La Antártida es un continente misterioso. Es la tierra de los ‘algunos’”, me dijo antaño un antártico veterano. Y... ¿quiénes son los algunos?, pregunté.
“Algunos mitos, algunas leyendas, algunas historias que nunca sucedieron y cuentan como totalmente verídicas..., pero también algunos hechos inexplicables que sí sucedieron y no parecen ni siquiera verosímiles”, respondió el experto con sarcasmo. Para Japón –en la posguerra– la Antártida fue también un dispositivo social para la recuperación anímica, acoté.
“Conozco esa historia que, como epopeya, protagonizaron juntos Takeshi Kuramochi, profesor de la Facultad de Ciencia de Universidad de Tokio, que junto con el profesor emérito Suguru Shirasaki impulsaron al pueblo japonés para financiar públicamente, con donaciones, la instalación de una base de observación antártica. Japón fue notificado formalmente que el área que cuando promediaba el siglo pasado le fue asignada se encuentra en Costa del Príncipe Harald”.
Allí, si el Imperio derrotado aceptaba, tendría que construir el puesto de observación para trabajar científicamente. Kuramochi contaba en sus memorias que cuando era pequeño, su padre, apasionado por el Continente Blanco hasta perder la vida, a la hora de dormir le contaba que la Antártida es “un mundo de hielo y nieve”. Y que allí “es el lugar donde vive Dios (porque) es donde guarda los secretos de cómo se creó la Tierra”.
Estaba cerca –muy cerca– de comenzar la verificación de aquellas historias que su padre le transmitió. Ahora es mi turno. En las zonas portuarias de Ushuaia y en puerto Williams –más precisamente en los bares y, mucho más en tiempos de frío inclemente– se asegura que cuando finalizaba 2010 tres “agujeros misteriosos” fueron descubiertos en la Antártida. Lo mismo sucedió cuando promediaban los 70.
“AGUJEROS”
Un satélite descubrió que en el mar de Weddell se había abierto un “agujero” enorme. Tenía el tamaño de Nueva Zelanda. A partir de 2010 algunos de esos hallazgos se repiten. Inexplicable. En 2012, se comenzó a hablar y a escribir sobre “El pulpo monstruoso del lago Vostok. Peligroso y gran corredor. También se dijo de ovnis (objetos voladores no identificados), de escondites alienígenas, de una base nazi hasta donde se fugaron numerosos criminales de guerra, se agregaron pirámides y un enorme portal para ingresar en el inframundo porque… “allí, debajo del Polo Sur, la tierra es hueca” y... Increíble.
Tampoco faltan historias con fantasmas. Dimes y diretes. Melina Martínez (33) vive, trabaja y estudia en la Antártida. De esas historias dice no saber nada. Le creo. Pero, reflexivamente, sostiene que “en la Antártida te duele todo”, pero no por el aire (ni la humedad), sino por la presión emocional”.
Luisina Manucci (34), que como la anterior también vive, trabaja y estudia allí, dice: “Aquí se extraña a la familia, el vivir allá (en el continente) y hasta la rutina”. Las dos cursan la licenciatura en Periodismo Deportivo en el Instituto Universitario River Plate (IURP), a distancia. Les va muy bien. ¿Ovnis?, pregunto.
Se ríen. No responden. Con seguridad, ninguna de las dos vio ni supo nunca nada. Ambas reconocen que porque las noches son tan largas –en ciertas épocas duran seis meses– “estudiar es fantástico. Te hace la noche más corta. Es como un refugio”. Logré habar con ellas por WhatsApp.
DURAS CONDICIONES
Vivir en el territorio antártico es duro. Las temperaturas son rigurosas. Se ha verificado que se trata de la zona más fría de la Tierra. El 21 de julio de 1983, en la base rusa Vosteok, el termómetro cayó hasta -89,2 grados. Veintisiete años más tarde, el 10 de agosto, con mediciones satelitales se pudo establecer que en la meseta Antártica la marca térmica se derrumbó hasta -93,2 grados centígrados.
A diferencia del Ártico, debajo del hielo, en la Antártida hay un continente que está cubierto por una capa cuyo grosor es de unos 1.800 metros. La altura promedio en la meseta es de aproximadamente 2.200 metros. El Macizo Vinson es el pico más alto con 4.857 metros. Casi tan alto como el Mont Blanc, en Europa. Se encuentra en la cordillera Sentinel, entre las montañas Ellsworth, a unos 1.200 kilómetros del Polo Sur.
Las noches duran seis meses. Los días también. Conciliar el sueño no es sencillo. “La Antártida es el único lugar donde Japón puede estar al mismo nivel que el resto del mundo”, cuenta la historia que dijo en 1956 el profesor Kuramoshi a su colega catedrático Shirasaki, para convencerlo de que instalarse allí era imprescindible para que aquel país derrotado en la Segunda Guerra Mundial –después de dos bombardeos nucleares– pudiera recuperar el orgullo social con esa misión.
“Si no lo hacemos, perderemos una vez más”, sentenció. Sabía de qué hablaba. Su padre –aquel que para dormir le contaba que en el mismísimo sur, en esas lejanías tan remotas “es el lugar donde vive Dios”– había sido parte de la primera misión antártica japonesa. Viajó con la expedición del teniente Nobu Shirase, en 1910-1912.
ENORMES DESAFÍOS
Eran tiempos de enormes desafíos. Un año antes, Roald Amundsen (noruego, 1872/1928), había llegado al Polo Sur. Fue el primero en hacerlo e izar la bandera de Noruega. Su expedición disponía de 56 perros para tirar de sus trineos y para alimentarse con casi todos en el regreso. Inició la marcha en 2010. Antes intentó llegar al Polo Norte, pero falló. En la Base Esperanza por aquellos años inexistente, en el interior de un refugio de piedra quedaron para siempre algunos de sus hombres.
El británico Robert Scott (1898-1912), con todos sus expedicionarios, después de llegar al Polo Sur y ver allí ondear la bandera de Noruega, no pudieron regresar. ¡Quiero llegar hasta la Base Esperanza! En el aeropuerto militar de El Palomar, unos 30 kilómetros al oeste de la capital argentina, me informan que “después de que lleguemos a Marambio viajaremos a esa base con un helicóptero. Aproximadamente 50 minutos de vuelo”.
Me dicen que además de militares y civiles, muchos de estos últimos científicos, en la zona también hay tres curas. Si me encuentro con alguno de ellos, les preguntaré por la leyenda japonesa. “El clima va a estar bueno… aunque esta zona es muy cambiante. Habrá que estar atentos”, dice un meteorólogo. Tal vez podamos avistar ballenas, cormoranes, focas, leopardos marinos, varios tipos de pingüinos e interactuar con una población en torno de las 250 personas que desde muchos meses voluntariamente trabajan allí.
Algunas están con sus familias. En Esperanza funciona la escuela provincial n.º 38 a la que asisten alumnos de nivel primario, preescolar y jardín de infantes. Entre ellas –entre quienes allí residen– y una que habitan en la Base Científica Carlini están las estudiantes que quieren licenciarse en Periodismo Deportivo –totalmente a distancia– en el IURP. Una de ellas, además, transmite desde LRA 36 Radio Nacional Argentina Arcángel San Gabriel, para quienes quieran oírla.
INVITACIÓN
“Por favor, les pido que pasen por nuestro estudio. Queremos conversar para que nos cuenten qué historias buscan un periodista del diario La Nación de Paraguay y el director de la carrera de Periodismo en la Antártida”, me dice Melina nuevamente por WSP. Me siento con Daniel Bertagno. Marchamos dos cafés. Decidimos aceptar.
Recuerdo que varias décadas atrás, cuando comenzaba a ejercer el oficio de periodista, en Ushuaia, capital de la provincia argentina de Tierra del Fuego, conversé varias horas con Jorge Edgar Leal (1921-2017), que el 10 de diciembre de 1965, al mando de la Operación 90, llegó al Polo Sur.
Eran 9 hombres, varios perros y algunos tractores para la nieve. Había nacido en Rosario de la Frontera, provincia de Salta, cercano al Trópico de Capricornio, fue el primero que me habló emocionado de la Base Esperanza que él mismo fundó para que en ella “vivan familias todo el año”.
Aquella primera vez (hubo después no menos de seis entrevistas más) me impresionó con su vocación antártica. Cuando alcanzó la jerarquía de general de Brigada, se retiró del ejército, ordenó sus recuerdos, seleccionó algunos documentos y escribió “Memorias de un antártico. Gral. Jorge Leal. Expedicionario al desierto blanco”.
Los motores del Hércules C 130 comienzan a rugir. La próxima “Incierta”, queridos lectores, les llegará desde algún lugar en la Antártida. Feliz domingo. Añua.

