• Toni Roberto
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Este domingo, Toni Roberto recuerda un emblema de la arquitectura comercial regional inaugurado en 1995, que en su momento recibió reconocimientos internacionales como uno de los más importantes proyectos de arquitectura latinoamericana del siglo XX.

Era allá por marzo de 1990, en la oficina del desaparecido Super Economax. A la derecha, la jefa Marité Rasmussen con su teléfono ladrillo de los primeros de aquella vieja telefonía; a la izquierda Panchita, su mamá, peleándose con el fax de la línea baja. Entre charla y charla siempre hablaban de la necesidad de mudar el local a otro edificio de la zona, ya que aquel espacio en Villa Morra ya era inviable.

Abajo, en el empedrado de la calle Quesada, estaban los “carriteros” con sus vehículos de tracción a sangre esperando llevar una enormidad de cajas de cartón para reciclar. Al otro lado, en el entrepiso, Marilé dos Santos ordenando las mercaderías de la zona de la que ella era encargada.

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LAS CHARLAS DE MARITÉ Y PANCHITA G.

Ahí en ese escenario, escuchaba las conversaciones de madre e hija sobre la necesidad de encontrar un nuevo local para aquel recordado supermercado de otras épocas. Marité, entre atenderle a la vendedora, charlar telefónicamente con el empresario don Antonio, con Franklin, o algunos temas del Denide, buscaba un espacio de más o menos 5.000 metros cuadrados. Ella y Cynthia Aguilera eran las primeras mujeres supermercadistas del Paraguay.

Así, siendo testigo de aquella búsqueda, un día me entero que ya habían comprado el espacio para el local, con un solo gran detalle: el enorme terreno era una casaquinta de más de cinco hectáreas a la que yo iba con frecuencia en mi adolescencia con algunas de las nietas del dueño y que ahí se iba hacer un shopping enorme, que sería el primero internacional de la ciudad y, por ende, del país.

LOS RECUERDOS DE LA QUINTA

Los recuerdos de aquella enorme quinta eran para mí imborrables. Estaban intactos. La inmensa arboleda, el canto de las aves, las vacas, los patos, los sapos, los caballos que había visto ahí en los años ochenta del siglo pasado estaban vivos y frescos en mi retina de esos viajes al este de la ciudad allá a principios de los 80.

El retiro era de los más importantes de la vieja avenida General Genes, que luego, desde 1972, pasó a llamarse Aviadores del Chaco. A partir de ahí vi pasar los primeros dibujos de uno de los estudios de arquitectura más importantes de Buenos Aires, el de Juan Carlos López; enormes perspectivas iban naciendo, un gran edificio de dos niveles en el centro de aquella gran propiedad, que recorrían del oeste al este, justo en los límites históricos de una zona de Asunción llena de leyendas, denominada paraje Manorá, que luego dio origen al gran barrio que lo acoge hasta hoy, junto con Carmelitas, un barrio imaginario en esos antiguos suburbios de la Madre de Ciudades.

ENTRE LA ARQUITECTURA Y LOS SAPOS CANTORES

Aquel emblema de la arquitectura comercial regional, que fue inaugurado la noche del 19 de octubre de 1995, empezaría a recibir en el mundo reconocimientos internacionales como uno de los más importantes proyectos de arquitectura latinoamericana del siglo XX, nombrado por grandes arquitectos mundiales de la época.

Hoy, después de treinta años, sigue ahí tan campante y con más de ocho hectáreas rodeadas de una vegetación incomparable en su extremo oeste, que nos sirven de testigo de aquel antiguo paisaje, casi rural, de esa zona de la ciudad, que hasta principios de los años 90 era musicalizado por una legión de sapos cantores que daban música al antiguo barrio Manorá y sus innumerables leyendas asuncenas.

Vieja quinta La Querencia. Manorá, Asunción c. 1930. Vladimir Correa. As., 2025

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