- Juan Carlos dos Santos G.
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- Fotos: Juan Carlos dos Santos G.
Entre la oscuridad de las cuevas y el eco de los bombardeos, las jovencitas de Himeyuri curaban heridas ajenas mientras perdían la mejor parte de sus vidas. Hoy, su memoria sigue iluminando el camino de la paz.
Pese a que el programa de mi visita al Japón tenía un perfil orientado a la geopolítica, fue imposible dejar pasar la experiencia profundamente emotiva que viví al recorrer el Museo de la Paz Himeyuri, en la isla de Okinawa.
Este lugar está dedicado a preservar la memoria de aquellas niñas y adolescentes okinawenses que abandonaron sus aulas para tomar parte activa en la guerra, especialmente en la defensa de Okinawa.
Mientras Fumiko, guía y sombra durante mi estadía de una semana en Japón, visiblemente emocionada me relataba lo que sabía sobre estos hechos ocurridos casi al final de la Segunda Guerra Mundial, mi mente no dejaba de comparar lo vivido por estas niñas con la tragedia de aquellos infantes paraguayos que se inmolaron el 16 de agosto de 1869 en Acosta Ñu, durante la guerra contra la Triple Alianza.
Aunque existan muchas diferencias entre ambos episodios, los dos grupos de menores dejaron atrás su infancia y adolescencia para sumirse en sangrientos enfrentamientos que les arrebataron la vida. Y a quienes lograron sobrevivir, les negaron el futuro.
EL LLAMADO
Cerca de la medianoche del 23 de marzo de 1945, 222 estudiantes y 18 profesores de la Escuela Normal Femenina de Okinawa y de la Primera Escuela Secundaria de Niñas recibieron el anuncio de que habían sido incorporados a las unidades del Hospital de Campo del Ejército.
Este hospital se encontraba en un complejo de cuevas, bajo la colina ligeramente inclinada de Haebaru, un pueblo distante a 5 km de Naha, la principal ciudad de Okinawa.
La cueva principal estaba conectada a través de túneles con otras 40 cuevas más pequeñas. Las salas del hospital tenían las paredes de barro expuestas y estaban inundadas de olores indescriptibles de sangre, pus y desechos corporales, junto con los gemidos y gritos de dolor de los soldados heridos.
Las estudiantes no solo debían atender a los pacientes, sino también trasladar agua y alimentos fuera de la cueva, entregar mensajes y enterrar a los muertos. Estas tareas eran extremadamente peligrosas, pues quedaban expuestos al fuego cruzado entre soldados japoneses y estadounidenses. Las niñas y sus maestros creyeron que, al incorporarse como enfermeras, vestirían el uniforme o el escudo de la Cruz Roja, pero la realidad fue muy distinta: fueron lanzadas a un frente de guerra infernal, entre proyectiles y balas.
ENTRE LA OSCURIDAD Y LA HUMEDAD
Dentro de las cuevas reinaba la oscuridad total, el aire era húmedo y viciado. Se alimentaban con pequeñas bolas de arroz, del tamaño de una pelota de ping pong. Dormían de pie y sufrían las condiciones más inhumanas, sumando a ello su menstruación y la falta de higiene, que convertían aquel entorno en un auténtico infierno.
La forma en que permanecían hacinadas e insalubres dio lugar a la aparición de la llamada fiebre de la cueva que, junto con la pérdida de peso, las debilitó aún más. No tardó en aparecer también el tétano, agravando la tragedia.
La museografía reproduce el testimonio de una de las sobrevivientes, Haru Furugen, que entonces tenía 19 años, asignada a la primera unidad quirúrgica:
“Nos turnábamos y me tocó ir más profundo para extraer un cuerpo. Tuve dificultades para sacarlo porque estuvo mucho tiempo tirado y se había hinchado. Me ayudaron a ponerlo en una camilla y, cuando el bombardeo se detuvo por un corto tiempo, lo llevamos afuera, lo arrojamos en un cráter de bomba y lo cubrimos hasta que no se lo vio más. Estaba lloviendo; como no comíamos, tambaleábamos cargando la camilla, pero de alguna manera nos mantuvimos en pie mientras las bombas de los barcos volvían a llegar. Simplemente no podía creer que estuviéramos vivas. Al día siguiente tuvimos que sacar otro cuerpo y las piernas del hombre que habíamos enterrado sobresalían del barro”.
DE LA ENFERMERÍA A LA CIRUGÍA
A medida que los combates se intensificaban, la Unidad de Medicina Interna fue abolida y convertida en la Segunda Unidad de Cirugía.
“Nuestro trabajo era sujetar los brazos y las piernas que iban a ser amputados. El analgésico era, generalmente, una inhalación de éter”, recordó Haru.
ELLA CONTINUÓ RELATANDO:
“Presioné el brazo de un paciente al que el médico iba a cortar. Fue aterrador. La mano fue amputada y aún sostenía la mía. Esas manos y piernas estaban calientes; las envolvíamos con trapos y las arrojábamos a un contenedor de residuos”.
En la noche del 18 de junio de 1945, las alumnas convertidas en enfermeras recibieron la orden de desactivar el hospital. Se les dijo que, desde ese momento, podían cuidarse por sí mismas. Los maestros que las acompañaban les dieron un consejo:
“No tengan prisa por suicidarse; encuentren un lugar seguro y permanezcan allí”.
Nadie quería abandonar las cuevas, porque no sabían adónde ir, pero el caos las obligó a huir.
RECUPERANDO LA NORMALIDAD
Las historias narradas por las sobrevivientes tienen un carácter espeluznante. De las 222 alumnas, 136 murieron durante la batalla o poco después, ya fuera por bombardeos, suicidios forzados, falta de alimentos y medicinas, o por órdenes del Ejército japonés, que las instaban a no rendirse.
Las estudiantes que sobrevivieron al último bombardeo de Okinawa continuaron sus vidas en campos de prisioneros de guerra. Lentamente, sus existencias fueron recuperando cierta normalidad, pero cargaron siempre con una culpa insoportable por haber sobrevivido a sus compañeras.
La mayoría permaneció en silencio durante décadas. Sin embargo, la historia de Himeyuri fue llevada a novelas y películas. Con el tiempo, algunas de ellas fueron convencidas de compartir sus testimonios y ayudaron a establecer el Museo de la Paz Himeyuri, como legado y advertencia a las nuevas generaciones.
Hoy, Himeyuri es un sitio de visita obligada para los estudiantes secundarios de todo Japón.
Mientras recorría el museo y observaba a decenas de adolescentes, de no más de 15 años, conmoverse y llorar al leer las historias proyectadas en las pantallas, me pregunté:
¿Cuándo será el día en que en Paraguay honremos, con un museo semejante, a nuestros niños héroes de Acosta Ñu?

