• Ricardo Rivas
  • Periodista
  • X: @RtrivasRivas
  • Fotos: Gentileza

Comunicar siempre fue, es y, seguramente, será complejo. Pero hubo un día, hace un tiempo, en el que irrumpieron las redes. Y, con ellas, las nuevas prácticas sociorreticulares, con sus efectos – deseados y no deseados– para comunicar sin mediadores.

Unos pocos días atrás, con el querido amigo JJT compartimos un almuerzo dominguero. Era un grupo amplio, por cierto. ¡Familia y, multitarget...!, por llamarlo de alguna manera quizás comprensible. Profe­sionales, académicas y acadé­micos, entre ellos y ellas, pare­cían padecer de algún grado de incontinencia verbal, tam­bién, por llamarlo de alguna manera, con fervoroso deseo para producir sentido. En términos tradicionales, podría adecuadamente describir el momento como de “conver­saciones cruzadas”.

Con un copón de vino cargado con un Gran Enemigo caber­net franc de 2019, nacido y criado en Gualtallary, Tupun­gato, provincia argentina de Mendoza, unos 1.870 kilóme­tros al sudoeste de mi querida Asunción, por la familia Catena Zapata, decidí ir por una instan­cia observacional. Entendí que era tiempo para mirar y escu­char antes de decir.

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Inmediatamente me resultó curioso verificar que ciertas categorizaciones académicas – algunas originadas en el marco de los estudios sociológicos o antropológicos– pasan a ser de aplicación común en la vida cotidiana de algunas socieda­des. Paradigma, entre otras, resulta ser una de ellas y con su utilización en tono doctoral pretende validarse más de un dicente que procura explicar en muchos casos lo inexplica­ble para esclarecer a quienes – desde su perspectiva– incom­prenden. Llamativo, por cierto. En el mismo contexto creí descubrir también que no siempre la humanidad avanza junto con la innova­ción. Pero, aun así, lo remoto, lo distante, que del brazo de la tecnología aparece como al alcance de la mano, tam­bién está presente. La volun­tad de reunión entre amigos, amigas y familiares no pudo impedirlo. Con dispositivos de todo tipo, “está allí”, pensé.

ON DEMAND

Sin que importe hora ni lugar porque el momento –ese momento– es parte de una deci­sión personal que puede operar on demand en todas y cada una de las horas de todos y cada uno de nuestros días. Impensado hasta hace unos pocos años en los que el centro de la escena hubiera sido esa mesa sobre la que depositábamos nues­tras novedades, nuestros sueños compartidos, nues­tras frustraciones, nuestras tristezas, nuestras alegrías y hasta esos momentos de des­encuentros que –transitorios o para siempre– llegan de la mano del fútbol o la política.

Pero, en estos tiempos, para – con acuerdos o sin que sean rele­vantes los desacuerdos– siem­pre hay un lugar y un instante para hacer lo que, al parecer, es tan inevitable como imposter­gable. Socializar y familiarizar son prácticas que evidencian cambios. El yo quiero arremete para transitar por encima del nosotros deseamos.

Entre quienes nos reunimos en ese quincho coincidimos no menos de cuatro “baby boo­mers”, algunos “millennials”, un conjunto variado de “cen­tennials” y, si acaso algunos y algunas de los dos grupos ante­riores avanzaron en la repro­ducción humana sin mayores miramientos ni aspiraciones planificadoras, también es posible encontrar y categori­zar a un variopinto ramillete de “alphas” conectados –tam­bién ellos– con una projimidad remota con la que comparten la proclividad por las diversiones sincrónicas, asincrónicas o, por qué no, híbridas y online con gamers distantes.

Entertained, of course. Vincula­ridad remota y segmentaciones. ¿Coincidencias? Sí, por cierto. Todas y todos tienen un smar­tphone (un celu inteligente), una tablet e incluso algunos se colo­can los buds para responder llamadas e iniciar conversa­ciones absolutamente perso­nales “sin molestar a nadie”… y sin que nadie me incomode ni pueda saber de qué cosa hablo ni con quién.

INDIVIDUACIONES Y SEGMENTACIONES

Individuaciones. ¡Y, segmenta­ciones! Porque no todos ni todas son parte de las mismas audien­cias. Aunque quizás, como el fút­bol ha devenido en pasión global y la Tierra continúa girando en torno del Sol siempre –y a toda hora– es posible ver a Messi o a Cristiano o a Jamal o… a quien sea en tiempo real y en disputa. Lo mismo pasa con la Fórmula 1, el rugby, el béisbol, el atletismo. Veo que otros ríen. También en solitario. Tal vez por ese vídeo que los divierte en Tiktok.

Alguien levanta un poco la voz para advertir que leyó recien­temente un informe de la ONG Finlandesa Protect Children, en el que se consigna que “Tele­gram (29 %), X (26 %) y Discord (23 %) se utilizan ampliamente para la comunicación entre delincuentes debido a la falta o ausencia de moderación de con­tenido, configuraciones de pri­vacidad sólidas y funciones de comunicación” para buscar “MESI (material de explo­tación sexual infantil)” que resulta “sorprendentemente accesible y está disponible en la web abierta y, a menudo, se encuentra en sitios web de pornografía”.

Creyente de que su palabra es escuchada, agrega enfática­mente que “Discord, Tiktok y Facebook son utilizados cada uno por al menos uno de cada cinco (de las personas que fue­ron) encuestadas (y admiten que las usan) para ver y compar­tir material sexual infantil (en) las plataformas más populares entre los niños y los jóvenes”.

Desde una poltrona al sol se escucha la voz de alguien que con preocupación advierte a niñas y niños para prevenirlos y preservarlos del grooming, del ciberbullyng, de la pedofi­lia. “Babyboomers”, “millennials” y “centennials” que cru­zan advertencias con dureza porque suelen exponer a las y los “alphas” con el shareting.

Las conversaciones presencia­les cruzadas van por cualquier lugar. Mientras –“para acom­pañar el asado”– alguien cocina una receta cuyos pasos explica con tono latoso el ChatGPT. La sobremesa fue breve. No hay emojis en la realidad real. Tam­poco stickers ni las selfies para lanzarlas al ciberespacio sacán­dole nuestras lenguas a la nada (y con un sentido bien distinto del que John Pasche imaginó, creó y produjo para que hasta nuestros días fuera ese y solo ese el logo de los Rolling Stones). La rebeldía de aquellas décadas rockeras –cuando promediaba el cruento siglo pasado– parece haberse diluido. La industria discográfica pareciera haber ganado la partida. Spotify no se quedó atrás.

TRANSVERSALIDAD

El uso de la tecnología es transversal. Los “babyboo­mers”, tal vez adoptivos digitales, quizás jubilados o jubiladas, trabajan a distan­cia para mejorar sus insufi­cientes ingresos. O para vivir intensamente los habitus de una “nueva longevidad” como la que con sabiduría nos explica el doctor Diego Bernardini. Leen e-books, se autocontrolan con relojes que, conectados con la tablet, la notebook o la compu men­suran en todo momento sus indicadores vitales...

Es tiempo de despedidas para regresar a casa. El traqueteo ferroviario –en mi caso– me induce al pensamiento muy abstracto o, más precisamente, ausente. Suelo ser en el tren un durmiente más que se abraza con firmeza extrema a sus esca­sas pertenencias. Pero, antes de cerrar mis ojos, veo un par de decenas de viajantes que ríen y sonríen mientras manipulan sus smartphones. ¿Jugarán en red? ¿Chatearán…? ¿Con quién que está dónde?

La projimidad, claramente, está en crisis. Volver no fue muy diferente –en sensacio­nes– de lo vivido en el quincho de JJT que sentí y viví como un no lugar en el que convergían con activa presencialidad un conjunto de vidas asincróni­cas. ¡Uhmmm...!

“Los humanos somos siste­mas de comunicación perma­nente”, nos decía una y otra vez la muy querida y recordada profe Alcira Argumedo, cuando maestrábamos allá cuando promediaba la última década del siglo pasado en la Facul­tad de Periodismo y Comuni­cación Social (FPyCS) de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). “Porque todo es comunicación”, añadía y soste­nía que “con particularidades culturales, personales, estilos diferentes y formatos variados, todos y todas queremos contar, decir, hacer saber. ¡Todo comu­nica! Incluso, cuando no deci­mos nada”.

Fuerte, ¿verdad? Aquellos deci­res académicos –vaya a saber por qué razón– se extendieron

y pasaron a ser parte del sen­tido común. El paso siguiente fue la pretensión de populari­zar el análisis de los decires para explicar y sostener (hasta enfá­ticamente) no solo qué dicen los que dicen cuando dicen lo que dicen, sino (y, también) para interpretar (y, decir, hasta supe­rar algunos de los límites que marca la prudencia) los silen­cios de los que no dicen y soste­ner qué dicen quienes callan y… por qué callan.

Nada nuevo, finalmente. Desde niño aprendí –junto con las reglas para jugar al truco, un juego de naipes en el que suele triunfar el que miente mejor– que “el que calla, otorga”. ¿Será así? Verificarlo está muy próximo a la imposibilidad. Pero, pese a ello, admito que –con alguna frecuencia– los argumentos de aquellos y aque­llas que explican los silencios de las otredades (nunca los pro­pios) y argumentan los no deci­res de quienes callan aparecen como convincentes.

COMPLEJIDAD

Compleja situación. Comuni­car siempre fue, es y, segura­mente, será complejo. Incluso para quienes –por ser huma­nos– somos sistemas de comu­nicación, como sostiene Argu­medo. Pero hubo un día, hace un tiempo, en el que irrumpieron las redes. Y, con ellas, las nue­vas prácticas sociorreticulares, con sus efectos –deseados y no deseados– para comunicar sin mediadores. Los cambios nos cambian. ¿Pero… vamos bien?

La palabra, que es anterior a la letra y constitutiva del len­guaje, también es suscepti­ble de cambios. La física nos enseña que el peso específico es la relación que existe entre el peso y el volumen que ocupa una sustancia en el espacio. De alguna forma, en el espacio que ocupa la palabra, en tanto símbolo, significado y signi­ficante, se verifican tensio­nes. Con la palabra se expresa conocimiento. Con la palabra se expresan opiniones. Pero, a su vez, los medios –cada uno de ellos con sus especificidades y características– son lenguajes.

¿Vuelve recargado el viejo debate entre doxa y episteme? Tal vez. Los dispositivos –esas herramientas que en algunos casos potencian nuestras habi­lidades– no son ajenos a tales resignificaciones. No y solo no. “La estructura epistémica – palabra más, palabra menos– es el “conjunto de relaciones que existen en una determi­nada época entre las diver­sas ciencias o los diversos discursos”, sostenía Michel Foucault, según lo descubrí, leí (y releí) en un amarillento apunte universitario.

Me detuve en ese hallazgo. Pero no solo en el breve con­tenido, sino –y, tal vez, mucho más– en ese formato casi olvi­dado del block con hojas de papel, sin renglones, escri­tos con un birome que usá­bamos por entonces. Me recosté sobre la vieja mece­dora. Quizá haya dormitado. Recordé (¿o soñé?) que, en Atenas, Platón sostenía que nuestra propia humanidad es la que no nos permite ingre­sar a la episteme porque vivimos en el mundo de la doxa. De la opinión.

El conocimiento, de alguna forma, condiciona la opi­nión. Y, ciertas emergencias discursivas solo son posibles cuando el sujeto histórico actúa en orden al momento histórico. ¿Qué hacer, enton­ces, con las redes? Líderes y lideresas se ven tan per­plejos como el conjunto. Guerras, hambrunas, vio­lencias que crecen, econo­mías que se derrumban, epi­demias, desinformaciones, mentiras, bulos, fakenews, organismos multilaterales incontinentes y desnorta­dos. Las protestas crecen.

GLOBALIZACIÓN DE LA INDIFERENCIA

El papa León XIV advierte sobre dos de sus preocupacio­nes. La “globalización de la indiferencia”, como llamaba Francisco (1936-2025), su predecesor a una de ellas; y la “globalización de la impo­tencia”, como él mismo cate­goriza a la imposibilidad de encontrar un camino.

El pontífice anterior hacía foco en la inconveniencia de “acostumbramos al sufri­miento ajeno y no buscar cómo aliviarlo”; en tanto que el actual jefe de Estado del Vaticano le añade a aquella gravedad posible “el riesgo de quedarnos inmóviles, silenciosos y quizás tristes pensando que no hay nada que hacer frente al sufri­miento de inocentes”.

En ese contexto emocional (¿y espiritual?), propone “compro­meternos (…) promoviendo una cultura de la reconcilia­ción” para “encontrarnos sanando nuestras heridas, per­donándonos mutuamente por el mal que hemos hecho y tam­bién por el mal que no hemos hecho pero cuyas consecuen­cias soportamos”.

Siempre conectados con una projimidad remota con la que comparten la proclividad por las diversiones sincrónicas, asincrónicas o, por qué no, híbridas y online con gamers siempre distantes

GENERACIÓN Z

Indiferencia. Impotencia. Doxa. Episteme… Complejo, por cierto. Por estas horas, las miradas esperanzadas están puestas en Oriente Medio. Pero no solo en esa geografía se profundizan las violencias transversales. Los “recla­mos” por “falta de oportuni­dades y la corrupción endé­mica. Un lastre intolerable”, sacuden en “Nepal, Indone­sia, Filipinas, Bangladesh, Marruecos, Perú y otras comarcas”, nos recuerda en un trabajo periodístico de excelencia que publica en elinterin.com el colega y amigo Jorge Elías, quien tam­bién destaca que las causas de aquellas demandas acucian­tes tienen mayor impacto entre “los nacidos entre 1997 y 2012”, pertenecientes a la generación Z, que es “la pri­mera de nativos ciento por ciento digitales”.

Explica que “tienen entre 13 y 28 años” y “a diferencia de la generación X, esa franja no vive la transición desde lo analógico” y, justamente por ello, “le resultan familia­res tanto el streaming (Spo­tify, Netflix) como las redes sociales (Instagram, Tiktok, Youtube)”. En una especie de paráfrasis reflexiva –con aroma foucaultiano– afirma que “cada rebelión tiene sus características”.

Desde esa perspectiva repasa la llamada “Primavera Árabe en los albores de 2011”, enu­mera “las protestas (…) en Túnez, Egipto y Libia” y, más acá en la geografía, cuando en el mismo año “apare­cieron los indignados en España, como réplica de un movimiento similar en Islandia, en 2008”.

Eran tiempos de Blackberry. Los desarrollos tecnológicos fueron herramientas muy valiosas a la hora de ejercer el derecho humano a la protesta a través del ejercicio pleno de la libertad de expresión.

Curioso, sin dudas. Indiferen­cias, impotencias, protestas, rebeliones, ocios y negocios. Todo está en, de, desde y con las redes. Hasta lo inevitable. De hecho, aquel enorme aca­démico, periodista y escritor que fue Umberto Eco lo dijo sin eufemismos ni temores.

“Las redes sociales dieron voz a legiones de idiotas que antes hablaban solo en el bar tras un vaso de vino, sin dañar a nadie. Antes eran callados; ahora tienen el mismo dere­cho que un Nobel. Es la inva­sión de los necios”. Corría el año 2015. ¿Será diferente una década después?.

“Las redes sociales dieron voz a legiones de idiotas que antes hablaban solo en el bar tras un vaso de vino, sin dañar a nadie (...) Ahora tienen el mismo derecho que un Nobel”, dijo Umberto Eco a La Stampa, en 2015

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