• Ricardo Rivas
  • Periodista
  • X: @RtrivasRivas
  • Fotos: Gentileza

El edadismo es una patología social que da cuenta de quienes victimizan y discriminan por edad sin observar la condición humana ni respetar la dignidad infinita de cada persona.

El presidente de Fran­cia y copríncipe de Andorra entre el 16 de mayo de 2007 y el 15 de mayo de 2012, Nicolás Sar­kozy (70), fue condenado a cumplir cinco años de prisión. La justicia francesa, desde el miércoles pasado, lo considera penalmente responsable del delito de “asociación ilícita” porque en 2007 –para llegar a jefe de Estado– fue financiado por el gobierno del dictador de Libia, Muamar el Gadafi (19

Los países que aliados militar­mente pelearon en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) contra el eje Berlín-Roma-To­kio (los “malos” de entonces) vencieron. El Reino Unido, Estados Unidos, la Unión de Repúblicas Socialistas Sovié­ticas (URSS) y China, desde entonces, planificaron y cons­truyeron las organizaciones multilaterales que –aun desde la imperfección– contuvieron algunas tensiones para que lleguemos hasta aquí. No fal­tan quienes adhieren a la vieja idea de desactivar la ONU y sus agencias de cooperación. Terminar con las operacio­nes de paz, de estabilización y de seguridad global es parte de esos deseos. Pareciera que impúdicamente se aboga por menos de lo mismo.

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Preocupante. No emerge como razonable ni justo fogo­near miradas prejuiciosas y conspirativas para con la coo­peración multilateral. En la diversidad se aprende a con­vivir (a vivir con). Hacer es mucho menos que hacemos. Vamos es infinitamente más que voy. No debiera triunfar el desánimo.

ASTENIA

“La astenia cívica y social podría devenir en grave pan­demia”, me dijo unos pocos meses atrás Ricardo Sidicaro (1941-2025), un grande de la sociología en el transcurso de una conversación tan colo­quial como informal mientras compartíamos preocupacio­nes, críticas, esperanzas y un par de cafés. Aquellas pala­bras de uno de mis tan que­ridos amigos y maestros las guardo en mi memoria.

“Lo viejo todavía funciona”, sentencia El Eternauta. ¿Por qué no? También se puede (y debe) explorar el pasado, aun­que sin sacralizarlo.

Las “utopías regresivas”, como Fernando Henrique Cardoso (94) –sociólogo bri­llante y expresidente de Bra­sil entre 1995 y 2003– categoriza a los recuerdos de presuntos gloriosos tiempos que ya fueron, no son reco­mendables. Planificadores y gestores de políticas públi­cas debieran recordarlo. Toda planificación puede ser atractiva, precisa, expli­cable, pero también vacua si se desconecta de la realidad que se procura cambiar. La guerra es una práctica nega­tiva propia de sociópatas. La paz es una cultura. 42-2011).

En el mismo proceso, fue declarado inocente de car­gos por corrupción y malver­sación de fondos. El reo Sar­kozy, tiempo atrás, también recibió condenas por tráfico de influencias (intentó coi­mear a un juez para que lo favoreciera) y financiación ile­gal de su campaña presiden­cial en 2012. Dentro de unas pocas semanas ingresará a la cárcel.

El 10 de junio pasado, la expre­sidenta argentina (2007-2015) y exvicepresidenta (2019- 2023), Cristina Fernández (72), fue condenada a seis años de prisión. La Corte Suprema de Justicia ratificó que es res­ponsable del delito de “admi­nistración fraudulenta” en perjuicio del Estado. Cumple la condena en su casa.

El expresidente de Colom­bia entre 2002 y 2010, Álvaro Uribe (72), el 29 de julio último fue condenado a 12 años de prisión domicilia­ria por “soborno de testigos en actuación penal y fraude procesal”. El expresidente de Perú (2001-2006) Alejandro Toledo (78) fue condenado a 20 años y seis meses de pri­sión. Aceptó sobornos por un monto de USD 35 millones. El actual jefe de Gobierno de España, Pedro Sánchez, es investigado en su país.

Cristina Fernández (72) y Nicolás Sarkozy (70), expresidentes de Argentina y Francia. Como muchos otros, desde la cima del poder a la cárcel. Condenados por corrupción, aseguran ser inocentes

ACEPTACIÓN

La lista es extensa, por cierto. Aquí, allá y acullá. No solo en nuestra región. Pero, pese a ello, no son escasos aquellos y aquellas que, pese a todo y alejados de todo prejuicio, se presentan a elecciones, son acompañados por la voluntad popular, triunfan, imponen reformas con las que procu­ran achicar los Estados para ordenar las cuentas públicas. Las sociedades parecen acep­tar sin protestas significativas.

En algunos lugares, para hacer conocer el descontento la ciu­dadanía se retrae –repliega– del espacio público o, más aún, negándose a votar. No son escasas ni escasos quie­nes piensan que “no tiene sentido hacerlo porque nada cambia. ¡Todos son iguales!”. Los espectáculos deportivos y culturales masivos –gene­ralmente de alto costo para presenciarlos– son exitosos. Parecerían que pueden más las pasiones populares que las ideologías defraudadas.

La comercialización de perfu­mes, lencería, productos texti­les o tecnológicos como teléfo­nos inteligentes parecidos a los originales de alta gama (¡imi­taciones fantásticas!) crece en las veredas de las grandes concentraciones urbanas de la mano de la pauperización y la destrucción del empleo.

En Madrid, Barcelona, NYC, París, Roma, Buenos Aires, Asunción, Santiago de Chile, Montevideo, Sao Paulo, Río, México... las y los “mante­ros” –no siempre migrantes, ni ilegales, aunque sí someti­dos a la precarización laboral– están allí para ofrecer aque­llos productos que simulan ser exclusividades y que (en el imaginario social) se suponen parte de los consumos de ricos y famosos. ¡Y ya! Las transfor­maciones sociales negativas –generalmente impuestas en nombre de la modernización– están allí. A golpe de vista y a cada paso. ¿Por qué pasa lo que pasa?

VIOLENCIAS MÚLTIPLES

Sin embargo, nada parece ser motivación suficiente para dar paso a las protestas sociales de otrora. En cambio, múlti­ples violencias se perciben. Simbólicas o reales. Están allí. ¿Latencia o hibernación? ¿Cómo saberlo?

“Si quiere vivir mejor, enamó­rese, tome Prozac, no busque en la filosofía”, recomienda Gilles Lipovetsky (80). Es inte­resante. Especialmente por­que quien así se expresa (y, tal vez, aconseja) es el mismo intelectual que reflexionó sobre lo que llamó la “era del vacío”, cuando los 90, en el siglo pasado, apresuraban un cambio de época.

Don Gilles capturó la atención de millones –me encuentro entre ellos– y, desde enton­ces, además de las bibliotecas y textos propios de la “Galaxia Gutenberg” y, más acá en el tiempo, de los buscadores en los ecosistemas digitales, como la IA con Gemini, Alexa, NotebookLM, DeepSeek, tan­tos otros y los que vendrán, nuestras miradas dedican más tiempo a la observación de la vida cotidiana asociada tam­bién con el consumo.

GIGANTE INDETENIBLE Y AMENAZANTE

Lipovetsky –en mi caso– operó como una linterna imprescin­dible para transitar la oscuri­dad tenebrosa de lo impensado cuando el tan cruel y sangui­nario siglo XX creíamos que agonizaba. En aquella cosmo­gonía, lo colectivo parecía des­vanecerse. El individualismo aparecía como un gigante tan indetenible como amena­zante. Narcisistas, hedonistas apáticos y apáticas emergían. Eran tiempos de angustias, en muchos casos.

“Si quiere vivir mejor, enamórese, tome Prozac, no busque en la filosofía”, propone Gilles Lipovetsky (80), que analiza con Jean Serroy el resurgimiento de lo kitsch

¿Crisis o evolución? Ni uno ni otro. Un poco de ambos. Pero Gilles no estuvo en soledad. Aunque desde otra perspec­tiva, Zygmunt Bauman (1925- 2017), contemporáneamente, parió –como concepto– la idea de la modernidad líquida. Dis­paradores parecidos... pero no tanto.

Gilles percibió y categorizó aquellos tiempos como una posmodernidad que abría las puertas a la libertad personal, al consumo, al exhibicionismo y de repliegue abandónico del espacio público. De lo compar­tido. No lo interpretó negati­vamente.

Zygmunt, por su parte, decodi­ficó aquellas liquideces como la modernidad escapando –como el agua– entre los dedos e hizo foco en las tensiones que aquello generaba. De alguna forma y aún con divergencias, es posible que ambos coinci­dieran en que aquellas emergencias eran como una espe­cie de derrota del superyó con el que nos abrumó Sigmund Freud (1856-1939).

EVOLUCIÓN

pesar del paso del tiempo, aquellos cambios que fue­ron y parecen por estos tiem­pos estar en desarrollo. El debate no ha cesado, sostie­nen muchos y muchas, pero... ¿podría cesar? No tengo res­puesta. Poco más de 8 mil millones de personas que habitamos en la aldea global –con cada amanecer– evolu­cionamos. Colectiva o indivi­dualmente.

Vuelvo a Lipovetsky. Me atrapa. En “La nueva era del kitsch” –su obra más reciente– consolida su clara vocación por la anatomía, la radiografía y la cartografía aplicadas a lo social. Tras­huma su tiempo (también el nuestro) con mirada crí­tica y parcialmente benevo­lente. Con aquel sustantivo de origen alemán carac­teriza el presente al que parece mirar en procura de comprender una suerte de estética del mal gusto. De lo cursi. De lo pretensioso. De lo efímero que parece posible de encontrar en todo lugar porque gana espacio. ¿Resul­tante del vacío que describió en la última década del siglo pasado?

Tal vez, una continuidad de aquello. ¿Evolución? Sus más recientes pesquisas las desa­rrolla junto con Jean Serroy, académico en la Universidad de Grenoble, escritor, ensa­yista y estudioso de la litera­tura medieval. Juntos abor­dan como objeto de estudio lo que configuran y llaman como la civilización del exceso, que va en procura de satisfacer sus demandas en la inmediatez, pero también en la omnipre­sencia de lo efímero.

Lipovetsky es crítico con la intelectualidad crítica. “Para mí, la vida intelectual no consiste en juzgar ni en denunciar, sino, ante todo, en entender”, contextualiza y señala al colega periodista Marc Bassets de diario El País. “Los intelectuales denuncian el neoliberalismo, el capitalismo, el consumo, la mundia­lización, la inteligencia arti­ficial (porque) parece que la crítica es el signo de un buen pensamiento”, agrega. “Yo tengo dudas sobre eso”, sen­tencia.

LO PÚBLICO Y LO PRIVADO

“Los griegos y los romanos (…) decían que el lujo privado es malo, porque demues­tra hybris: exceso y vani­dad (pero) celebraban el lujo público”. Lo público y lo pri­vado. No consigo imaginar que así les hubiera hablado a Sócrates, a Platón, a Aristó­teles. O, quizás, sí. Rescato, sin embargo, la palabra “hybris: exceso y vanidad” que trajo a nuestros días desde los tiem­pos de la Antigua Grecia.

El amigo y colega periodista Carlos Pagni consignó hace un tiempo en el diario La Nación de Buenos Aires que “en un célebre artículo del año 2009, publicado en el volumen 132, fascículo 5, de la revista Brain, los psiquiatras lord David Owen (87) y Jonathan Davidson (82) desarrollaron una pormenorizada caracteri­zación del síndrome de hybris (Hubris) tal como apareció en presidentes de los Estados Unidos y primeros ministros del Reino Unido a lo largo del siglo XX”.

Precisa que “los griegos asig­naban a la palabra hybris un significado ambivalente, entre desmesura y arrogancia (por­que) era el vicio de quienes desafiaban a los dioses pre­tendiendo modificar la pro­porción de dicha o tristeza, placer o sufrimiento, salud o enfermedad, que le había sido asignada en la vida”.

Detalla luego que “para des­cribir esa propensión, Owen y Davidson formulan una taxonomía de 14 caracterís­ticas de las personalidades con hybris”. Puntualiza luego que “la primera peculiaridad anotada por Owen y Davidson en el síndrome de hybris (que definen como) la tendencia a ver siempre el mundo como la arena en la cual ejercer el poder y buscar la gloria”.

Una perspectiva diferente, por cierto, que consigna Pagni, también académico e histo­riador. Valiosas ambas a la hora de intentar compren­der, en procura de saber para contar historias.

HERRAMIENTAS PARA MATAR

El primero de los cuartos del siglo XXI estremece. Y mucho más cuando la mirada se ini­cia en lo que transita la mal­tratada aldea global desde las postrimerías de la última cen­turia del XX. El último quin­quenio agrede tanto cuando se observa hacia atrás como cuando se intenta poner la vista hacia el futuro. Duele. Preocupa. Guerras, bombar­deos, hambrunas, matan­zas, amenazas, genocidios en desarrollo y un incremento exponencial en el sector armamentístico no solo para comercializar herramientas para matar, sino para desarro­llar más y mejores sistemas de armas.

Incluso, novedosos desarro­llos tecnológicos facilitan pequeñas y medianas produc­ciones que, en algunos casos, ponen en jaque a las grandes potencias que se involucran en lides de todo origen. La IA (inteligencia artificial) apa­rece como eficiente para ase­sinar sin que la sangre salpi­que a las y los asesinos. Pese a ello, la tecnología también abre puertas a la esperanza. Aunque, como toda herra­mienta, la clave será la ética de quien opera el herramen­tal y, por sobre todo, de quien entrena al algoritmo.

Las decisiones son responsa­bilidad de decisores huma­nos. Lipovetsky, quien se rei­vindica como “un admirador de la inteligencia artificial”, destaca al ChatGPT, advierte que ese desarrollo “todavía comete errores”, precisa que se trata de “un asistente” y dice “no” creer “que vaya a desposeer al hombre de la preeminencia de su pensa­miento”.

Para reforzar su clara pos­tura, ejemplifica con la guerra. Admite que “la IA desempeña un papel muy importante en algunas operaciones” bélicas, pero exhorta a la reflexión con una interrogante: “¿Quién la ha desatado en Ucrania?”. Su respuesta no se hace esperar.

“Es una decisión deliberada de un dictador para invadir un país vecino (…) las decisiones no vienen de los automatis­mos, (no) llegan de la paranoia o (la) megalomanía humana”. Desde esa convicción, sentencia: “Estamos muy lejos de esa idea en la que los algoritmos toman el poder y eliminan al hombre”.

TENSIONES Y ASOMBROS

Mañana finalizará (entre ten­siones, voces altisonantes y asombros diplomáticos) el octogésimo período de sesio­nes de la Asamblea General de la Organización de las Nacio­nes Unidas (ONU). Ochenta años atrás, una buena parte del mundo –que era mundial y para nada global– había sido demolido.

Los países que aliados militar­mente pelearon en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) contra el eje Berlín-Roma-To­kio (los “malos” de entonces) vencieron. El Reino Unido, Estados Unidos, la Unión de Repúblicas Socialistas Sovié­ticas (URSS) y China, desde entonces, planificaron y cons­truyeron las organizaciones multilaterales que –aun desde la imperfección– contuvieron algunas tensiones para que lleguemos hasta aquí. No fal­tan quienes adhieren a la vieja idea de desactivar la ONU y sus agencias de cooperación. Terminar con las operacio­nes de paz, de estabilización y de seguridad global es parte de esos deseos. Pareciera que impúdicamente se aboga por menos de lo mismo.

Preocupante. No emerge como razonable ni justo fogo­near miradas prejuiciosas y conspirativas para con la coo­peración multilateral. En la diversidad se aprende a con­vivir (a vivir con). Hacer es mucho menos que hacemos. Vamos es infinitamente más que voy. No debiera triunfar el desánimo.

ASTENIA

“La astenia cívica y social podría devenir en grave pan­demia”, me dijo unos pocos meses atrás Ricardo Sidicaro (1941-2025), un grande de la sociología en el transcurso de una conversación tan colo­quial como informal mientras compartíamos preocupacio­nes, críticas, esperanzas y un par de cafés. Aquellas pala­bras de uno de mis tan que­ridos amigos y maestros las guardo en mi memoria.

“Lo viejo todavía funciona”, sentencia El Eternauta. ¿Por qué no? También se puede (y debe) explorar el pasado, aun­que sin sacralizarlo.

Las “utopías regresivas”, como Fernando Henrique Cardoso (94) –sociólogo bri­llante y expresidente de Bra­sil entre 1995 y 2003– categoriza a los recuerdos de presuntos gloriosos tiempos que ya fueron, no son reco­mendables. Planificadores y gestores de políticas públi­cas debieran recordarlo. Toda planificación puede ser atractiva, precisa, expli­cable, pero también vacua si se desconecta de la realidad que se procura cambiar. La guerra es una práctica nega­tiva propia de sociópatas. La paz es una cultura.

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