“La Pantera pilarense” es el nombre del documental que recrea aspectos de la vida del gran centro delantero paraguayo Roberto Cabañas, una figura del deporte que engloba la historia de superación en la que el trabajo y el talento son convocados a escena desde hogares carenciados para recoger logros que se comparten con el pueblo que lo vio nacer.

  • Por Jimmi Peralta
  • Fotos: Archivo / Gentileza

“La idea de hacer un documen­tal, en prin­cipio un ‘especial’ sobre Roberto Cabañas, provino del periodista pilarense, corresponsal del SNT Saturnino Sosa”, comenta Rafael Gunsett, director y guionista del audiovisual, que en principio se pensó sería un reportaje, después un corto, un medio y final­mente un largometraje.

El audiovisual tiene una duración de 64 minutos y fue producido por el Sis­tema Nacional de Televi­sión (SNT) con el apoyo de la Entidad Binacional Yacyretá.

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“La primera sorpresa fue encontrar abundante infor­mación y detalles de la vida de Cabañas que valían la pena contar de manera fiel y completa, porque real­mente vale la pena que la gente lo conozca tal como era. Y también fue una agra­dable sorpresa encontrar la predisposición de la gente en Pilar”, explica el direc­tor.

Cabañas es una de las figuras más importantes de la his­toria del fútbol paraguayo, recordado por su participa­ción en el equipo campeón de la Copa América en 1979, además de haber sido mun­dialista en México 86.

De una actitud pícara y de gran destreza física, de muy joven logró ubicarse en una las mejores vidrieras de su tiempo, el Cosmos de Nueva York, antes de cumplir 20 años.

ÍDOLO MÁXIMO

“Es indiscutible, Roberto fue y sigue siendo el ídolo máximo de Pilar y hasta me atrevería a decir del Paraguay”, señala el periodista pilarense Satur­nino Sosa, quien colaboró con la producción y la idea origi­nal. “Yo destaco de él su deseo de superación. Con la difí­cil situación económica que llevaba la familia, Roberto estaba inspirado y conven­cido de que el fútbol podría ser la opción para salir ade­lante y ayudar así a su familia a tener una vida mejor. Es así que a sus 17 años ya fue fut­bolista profesional”, agregó Sosa.

El material recrea esce­nas de la vida de Cabañas, su niñez, adolescencia y madurez con la participa­ción actoral de pilarenses.

“Gracias a este trabajo pude conocer aspectos de Roberto que normalmente no se dan a conocer, a menos que uno haya tenido la opor­tunidad de estar cerca de él y acompañarlo en su pro­ceso de convertirse de un joven aspirante a deportista a una estrella internacio­nal. Es el ejemplo vivo de algo que muchas veces se menciona de manera ideal o poética: una ‘historia de resiliencia y superación’. Es eso exactamente lo que representa Roberto Caba­ñas. Alguien que ascen­dió desde un hogar muy humilde, con una meta fija en su mente y corazón, la de convertirse en un grande del deporte y progresar económicamente, pero sin ningún ápice de egoísmo, y llegó a la cúspide. Él siem­pre pensó en su familia pri­meramente y en su comu­nidad después. Se puso a sí mismo en último lugar”, agrega Gunsett.

La carrera de Cabañas se desarrolló también en clu­bes de Francia como Stade Brestois y Olimpique de Lyon, así como en el conti­nente americano, como en Boca Juniors, Cerro Porteño, Independiente de Medellín, América de Cali y otros. Se retiró del fútbol en 2000.

Rafael Gunsett, director y guionista del audiovisual “La Pantera pilarense”

“Roberto era un mitã’i grande”

Rogelio Delgado, genio y figura del fútbol paraguayo, celebra el don humano y el carisma de Cabañas. “Conocí al gran Roberto Cabañas como un jugador y como compañero al mismo tiempo. Con el correr de los entrenamientos, lo conocí como persona. Un loco lindo, con unos sue­ños grandes, unas ganas tremendas de trascender, ganas que contagiaba”, rememora Delgado.

Asimismo, recuerda a la Pan­tera por su tra­bajo colabora­tivo y por ser un ganador dentro de la can­cha, alguien con gran­des ganas de jugar en equipo.

“Era un jugador con unas tremendas ganas de ganar, eso lo caracterizaba y era un mitã’i grande, que estaba metido en todo, en todo se quería meter él. Kachiãi con algunas tallas de por medio. Yo lo quería muchísimo, por­que además era el más chico de aquel plantel del 79”, finaliza.

Mamá no quería que nosotros jugáramos al fútbol”

Valerio Cabañas, hermano de Roberto, habla sobre su origen y recordó cómo fue el surgimiento de la Pantera pilarense. “Noso­tros somos nueve hermanos. El mayor se llama Rodolfo. Yo soy mayor que Roberto, somos el quinto y sexto de los hermanos. Todos los varones, los cinco hermanos, jugábamos al fútbol. Mi papá y mi mamá son argentinos, pero nosotros todos ya naci­mos en Pilar. Somos pilarenses, somos paraguayos. Gracias a Dios que nacimos en esa bendita tierra ñeembuqueña”, arranca diciendo Valerio Cabañas, hermano y compañero de vida de Roberto “la Pantera” Cabañas.

“Nosotros no teníamos canchita, nosotros no teníamos nada. Nosotros teníamos la calle, la calle Colón, que ahora se llama Roberto Cabañas. Teníamos esa calle en la que no pasaban muchos vehículos porque había mucha arena. Jugábamos ahí. Después ya jugamos en la primera del Club Capitán Bado, Roberto debutó a los 15 y yo a los 16. Después ya jugamos la Copa República, ya nos fuimos al cuartel, y así”, recuerda.

Ambos compartieron la vida en las distintas paradas profesiona­les que tuvo Roberto por el mundo hasta su muerte en la casa de su hermano en Asunción.

“De chicos, nuestro director técnico era el señor Joel Villalba, a quien mucho le debemos. Mi papá y mi mamá nunca se metie­ron en el tema del fútbol con nosotros, nunca nos dijeron. Papá no jugaba luego. Él trabajaba en la Manufactura de Pilar. Mi mamá era ama de casa”, comenta.

“Pero mamá no quería que nosotros jugáramos al fútbol por­que siempre nos golpeábamos. Él de chico era originalmente arquero, atajaba bien, y una vez en la calle jugando yo entré con la pelota como para patear y él se tiró por mi pie y yo le pateé en su muñeca y se rompió. Después de esa vez mamá no quiso más que nosotros juguemos, pero seguíamos jugando”, agrega.

PRIMEROS GRANDES PASOS

En plena la calle Colón, descalzos en medio del arenal, los sue­ños de los hermanos parecían que solo tomaban viento de la ilusión y el talento, y no de la realidad, que era más que adversa, pero en muchos casos las cosas que tienen que darse, se dan.

“Nosotros jugamos el intercolegial. Pilar se clasificó para repre­sentarle a Ñeembucú. Nosotros vinimos a Asunción para jugar. El primer partido perdimos porque no llegamos por culpa de la ruta clausurada. Después vinimos en el barco. En el segundo partido jugamos contra el Colegio Nacional, le ganamos 2-0, Roberto marcó dos goles. La gente ya miraba por él. Salimos campeones y Roberto ya quedó como un ídolo de Ñeembucú”, narra Valerio, quien también formó parte de la hazaña.

Ese fue el primer destello de los hermanos y la Pantera anotaba su nombre en la memoria de la gente. El siguiente gran paso iba a ser la selección juvenil.

“Roberto cuando eso ya se perfilaba. El técnico de la selección juvenil paraguaya era Salvador Breglia. Roberto fue para pro­barse en la cancha de Fernando de la Mora, tenían que quedar él o Nicolás Samaniego, que fue número 10 de Cerro, y Roberto marcó cuatro goles”, narra.

De ahí vino su participación en el sudamericano juvenil, después en el Mundial Juvenil de Japón y, finalmente, en el campeonato de Paraguay en la Copa América del 79.

CERCA DE SU PUEBLO

Pilar lo tiene como un referente de la ciudad, y los hermanos Cabañas sacan chapa de ser de esta tierra y de ese origen.

“Cuando él empezó a cobrar bien, cuando se fue al Cosmos de Nueva York, me dijo que si qué me parecía, porque siempre me preguntaba, ir a traer juguetes de Ciudad del Este. Cuando nosotros éramos niños, no teníamos regalo los 6 enero. En ese tiempo nosotros teníamos un camión y yo me iba y lo traía lleno de juguetes. El 14 de mayo me iba a Carapeguá, Ypacaraí, donde había zapaterías, para comprar los zapatos para llevar a Pilar. Él me daba la plata para hacer ese gesto de buen hijo pilarese, por­que nosotros no podíamos alcanzar eso antes”, narró Valerio.

“Nosotros no teníamos calzado. En ese invierno friísimo que antes hacía, nosotros jugábamos descalzos, algunos tenían championes, pero nosotros nada. El día de los Reyes los mucha­chos de mi barrio algunos tenían juguetes, a nosotros mamá nos regaló media docena de banana, eso era nuestro ‘reyes magos’. Él hacía matar animales y en el barrio más humilde de Pilar él repartía carne. Ponele que dos o tres ani­males mataba y le repartía carne a la gente”, siguió rememo­rando.

“Por fuera era un lobo, pero por adentro era una oveja”

Julio César Romero, alias Romerito, compartió con Roberto Cabañas una amistad que echó raíz desde su encuentro en el Cosmos de Nueva York, y supo de logros y alegrías con la selección juvenil y mayor.

“Yo le conocí a él en el 79 ya. Él era tres años más joven que yo. Jugamos en la selec­ción juvenil, después la selección de mayores, fuimos campeones de América. Pasamos muy bien nosotros en el Cosmos de Nueva York. Ahí fue donde más nos conocimos porque compartíamos el mismo edificio, tres años estuvimos juntos”, recuerda a su amigo Roberto Cabañas el crack y querido Romerito.

El Tin y la Pantera son dos íconos del fútbol paraguayo, héroes de la generación que siguió el Mundial México 86. No solo se complementaron en la delantera de la Albirroja, sino que trazaron una amistad que siguió vigente hasta los últimos días de Roberto.

“Él era una persona fantástica, una persona extrovertida, diferente a todos los demás. Siempre compartimos, compartimos la vida diaria normalmente, especial­mente cuando él tuvo fisura de columna. Ahí compartí mucho con él en su aparta­mento porque él estaba solo”, recuerda Romero.

Compañeros en la selección y en el Cosmos, esta dupla se encontró en la Copa América del 79 para lograr el tan ansiado título, punta de lanza de aquella generación de oro.

“Para el Mundial 82 él se enojó y abandonó la selección. Se enojó con mucha razón, porque no pudimos ir a ese Mundial porque los dirigentes se peleaban entre ellos. Y en el 86 compartimos la selección todas las eliminatorias. Todo ese proceso fue muy lindo y después de dejarnos del fútbol seguimos compar­tiendo. Fue muy emocionante y muy gratificante para mí”, señala Romerito.

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