Su serie de pinturas de la guerra contra la Triple Alianza es objeto de estudio en todo el mundo por la descripción detallista de la escena, por la calidad de cronista que asume el artista. Resaltan allí los cuadros de la batalla que marcó su vida, de la que se cumplen 159 años. Aquí una historia.
- Por Jorge Zárate
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- Fotos: Gentileza
Su obra es anticipatoria, cinematográfica. Al poco de mirarlas, las pinturas parecen cobrar vida. “Después de la batalla de Curupaytí” es uno de sus cuadros más famosos y es quizá el que más se empeñó en pintar. Contundente, refleja una masacre, los cuerpos yacen en toda la extensión del plano, que tiene 1,50 x 50 m. Hay allí derrota y desolación.
Lo terminará recién en 1893, pero antes vale situarnos en aquel 22 de septiembre de 1866, el día de la confrontación entre el Ejército paraguayo, que defendía la posición, y la Triple Alianza, Argentina, Brasil y Uruguay, que atacaban sin éxito.
El soldado pintor Cándido López es uno de los que participa de la carga aliada, cuando, en la vorágine de fuego, humo, sangre, barro y muerte, su brazo derecho que blandía un sable es dañado seriamente por una metralla.
Tenía 26 años, es atendido por un compañero que consigue cesar la hemorragia y hacerlo llegar al campamento argentino. A pesar de todos los esfuerzos por salvar su arte, la gangrena avanza y hace que días después decidan su retorno a Buenos Aires, donde le amputan el brazo derecho y lo retiran por invalidez.
En esos días, Cándido cree ver el final de su plan: será difícil ya pintar la contienda y que su obra sirva para hacer historia. Sin embargo, un fuego interior lo anima a seguir. Se pasa años ensayando cómo pintar con la mano izquierda hasta que logra terminar el primer cuadro. Nobleza obliga, se lo regala al médico que le salvó la vida en el campo de batalla.
OBRAS INCREÍBLES
El pintor, al que ya se conocía como el manco de Curupayty, reconstruye y concibe a partir de allí obras increíbles, como “Vista interior de Curuzú mirado de aguas arriba” (1891), “Soldados paraguayos heridos, prisioneros de la batalla de Yatay” (1892) y “Después de la batalla de Curupaytí” (1893), que forman parte de un grupo de 40 obras que hasta hoy siguen admirando espectadores en el Museo de Bellas Artes de Argentina.
Las obras van acompañadas por un texto de puño y letra del autor, en lo que constituye una verdadera bitácora de guerra que ayuda a entender pintura y contexto.
El pintor Enrique Collar da una primera impresión sobre “Después…”: “En primer lugar, mucho espacio, vacío, desolación. Paraguay gana esta batalla, pero la descripción al ser desde el punto de vista de un soldado argentino se siente como una batalla perdida”. Destacan los detalles, las tensiones, el uso del espacio. Su colega Federico Caballero resume: “Es magistral”.
CURUPAYTY, EL FIN DEL MITRE MILITAR
El fuerte de Curupayty, situado en la margen izquierda del río Paraguay, estaba a unos cinco kilómetros al sur de la fortaleza de Humaitá. Ese lugar fue escenario de la que quizá sea la más gloriosa contienda del Ejército paraguayo, que gracias a esta victoria logró frenar el avance aliado por diez meses. Cándido López tendrá, en el tiempo, la oportunidad de reproducir las ideas que había pergeñado aquella tarde siendo parte de los batallones que acometieron infructuosa carga.
“López produjo una serie de pinturas sobre la batalla de Curupaytí que abarcan diversos aspectos del enfrentamiento. Desde la marcha del Ejército argentino hasta el asalto de la 2.ª columna brasileña. Estas obras fueron elaboradas a lo largo de más de una década. La serie incluye representaciones detalladas de las tácticas militares y el efecto devastador de la batalla. La mezcla de detallismo y narración visual refleja su deseo de preservar la memoria del conflicto para la posteridad”, reseña Juan Ignacio Novak en “El litoral de Santa Fe”. Vale la pena revisarlas en el sitio web del Museo de Bellas Artes.
Curupayty dio por tierra con el slogan de Bartolomé Mitre: “En 24 horas en los cuarteles, en quince días en campaña, en tres meses en Asunción”. La guerra, duro es saber, se extendió por 5 años.
Aquella victoria es atribuible a la brillantez del general José Eduvigis Díaz, que intervino en la construcción de muy buenas trincheras y replegó a tiempo las fuerzas que resistían en Curupayty. Evitó así que fueran acribilladas por las 5.000 bombas que arrojó la flota brasileña sobre las que creían eran las posiciones paraguayas. Durante al menos 4 horas, las 100 piezas de artillería de los 22 barcos provocaron una escena dantesca.
Cinco mil paraguayos defendían la plaza. Entonces, pensando que las tropas estaban diezmadas, Mitre ordenó el avance de buena parte de los 20.000 hombres a su cargo sobre un campo muy embarrado que resultó una trampa para sus fuerzas, que cayeron a pecho gentil ante el fuego paraguayo. Oficialmente admitieron menos de mil muertos, otros reportes ubican hasta en 10 mil los caídos de la Triple Alianza. Las bajas paraguayas no llegaron a 100. La brutal derrota hizo que Mitre dejara el mando de la invasión a cargo de los brasileños marcando el fin de su pretendida leyenda militar. Además, reavivó el rechazo popular a la guerra en Argentina, situación que obligó al retiro de tropas del frente.
RECONOCIMIENTO TARDÍO
La tarea de López no fue reconocida de inmediato. Recién en 1885 hace una exhibición en el Club Gimnasia y Esgrima, tras la cual el Estado le compra una buena partida que hasta hoy integran la colección del Museo de Bellas Artes de Argentina (MNBA). Patricia Corsani, del área de investigación y curaduría del MNBA, dice de él: “Cándido es un ejemplo de superación tanto en lo personal como a nivel artístico. De hecho, él se representa a sí mismo herido en una de las pinturas. En los escritos cuenta que, tras la explosión, quedó caído al lado de un tronco hasta que el doctor pudo atenderlo”.
Cuando regresa herido, intenta retomar contacto con “Emilia Magallanes, esa chica que conoció en Carmen de Areco y que no contesta sus cartas”, recuerda Chatruc.
Su destino fue de novela siempre: Cándido tuvo finalmente doce hijos con Emilia, “la joven de Areco que tenía prohibido responder sus cartas. Y que un día, ya viuda de un matrimonio arreglado por sus padres, llegó por azar a la zapatería porteña donde Cándido trabajaba. Se casaron un 22 de septiembre, en el aniversario de la batalla en la que creyó haberlo perdido todo”.
Trabajó de zapatero hasta sus últimos días y solo pintó después de aquellos cuadros épicos por los que se lo recuerda naturalezas muertas para vender que firmó como “Zelop”, su apellido al revés.
Nunca supo de la repercusión y el valor que tiene hoy su obra en el mundo.
Historiador del pincel
Antes de la guerra, Cándido fue pintor retratista y llegó incluso a hacer uno del propio Mitre. También había pintado motivos religiosos y recorrió la provincia de Buenos Aires con un daguerrotipista francés buscando clientes para retratar. Quería ir a Europa a perfeccionar su técnica pictórica y ahorraba para eso cuando se decidió la injusta contienda contra Paraguay. Entonces, imbuido del espíritu de época y con el afán de crear una obra única, se alistó en la tropa como soldado del batallón de San Nicolás.
“Como sabía leer y escribir lo nombran teniente primero y le asignan un pelotón, cargo que declina bajo el atinado argumento de que no sabe manejar un arma. Le bajan una categoría: teniente segundo. Los combates se suceden y ahí está Cándido López en calidad de soldado y documentalista: Paso de la Patria, Itapirú, Estero Bellaco, Yatayty Corá, Boquerón y Sauce. Durante el tiempo libre entre combates, el soldado artista esboza paisajes de los campamentos militares: serán los apuntes que utilizará tiempo después para las pinturas”, relata Verónica Gómez en Página/12. En ellos se preocuparía de mostrar el escenario total, el despliegue de la batalla. Guardó también hojas y flores “para memorizar colores, olores, sensaciones. Y, sobre todo, la determinación de no dejarse vencer”, resume Celina Chatruc en La Nación de Argentina.
Cándido se autodefinía como un “historiador del pincel” y así coincide el crítico de arte Roberto Amigo: “Representó la guerra del Paraguay (1865-1870)…mediante una pintura analítico-descriptiva, derivada de la representación de batallas de la cartografía militar europea. Un modo de representación que había tenido su desarrollo en el Río de la Plata, alcanzando un punto sobresaliente en las pinturas de batallas conocidas como Victorias de Urquiza (Palacio San José, Entre Ríos) pintadas por Juan Manuel Blanes en 1857”.