Su serie de pinturas de la guerra contra la Triple Alianza es objeto de estudio en todo el mundo por la descripción detallista de la escena, por la calidad de cronista que asume el artista. Resaltan allí los cuadros de la batalla que marcó su vida, de la que se cumplen 159 años. Aquí una historia.

Su obra es anticipato­ria, cinematográfica. Al poco de mirarlas, las pinturas parecen cobrar vida. “Después de la bata­lla de Curupaytí” es uno de sus cuadros más famo­sos y es quizá el que más se empeñó en pintar. Contun­dente, refleja una masacre, los cuerpos yacen en toda la extensión del plano, que tiene 1,50 x 50 m. Hay allí derrota y desolación.

Lo terminará recién en 1893, pero antes vale situarnos en aquel 22 de septiembre de 1866, el día de la confronta­ción entre el Ejército para­guayo, que defendía la posi­ción, y la Triple Alianza, Argentina, Brasil y Uruguay, que atacaban sin éxito.

El soldado pintor Cándido López es uno de los que par­ticipa de la carga aliada, cuando, en la vorágine de fuego, humo, sangre, barro y muerte, su brazo derecho que blandía un sable es dañado seriamente por una metralla.

Autorretrato de Cándido López. Ibid.

Tenía 26 años, es atendido por un compañero que con­sigue cesar la hemorragia y hacerlo llegar al campamento argentino. A pesar de todos los esfuerzos por salvar su arte, la gangrena avanza y hace que días después decidan su retorno a Buenos Aires, donde le amputan el brazo derecho y lo retiran por invalidez.

En esos días, Cándido cree ver el final de su plan: será difícil ya pintar la contienda y que su obra sirva para hacer historia. Sin embargo, un fuego inte­rior lo anima a seguir. Se pasa años ensayando cómo pintar con la mano izquierda hasta que logra terminar el primer cuadro. Nobleza obliga, se lo regala al médico que le salvó la vida en el campo de batalla.

OBRAS INCREÍBLES

El pintor, al que ya se cono­cía como el manco de Curu­payty, reconstruye y concibe a partir de allí obras increí­bles, como “Vista interior de Curuzú mirado de aguas arriba” (1891), “Soldados paraguayos heridos, prisio­neros de la batalla de Yatay” (1892) y “Después de la bata­lla de Curupaytí” (1893), que forman parte de un grupo de 40 obras que hasta hoy siguen admirando espectadores en el Museo de Bellas Artes de Argentina.

Las obras van acompañadas por un texto de puño y letra del autor, en lo que consti­tuye una verdadera bitácora de guerra que ayuda a enten­der pintura y contexto.

“ Vista interior de Curuzú mirado de aguas arriba (norte a sur) el 20 de septiembre de 1866” (1891), óleo sobre tela de 50,6 x 149,5 cm. Ibid.

El pintor Enrique Collar da una primera impresión sobre “Después…”: “En pri­mer lugar, mucho espacio, vacío, desolación. Paraguay gana esta batalla, pero la des­cripción al ser desde el punto de vista de un soldado argen­tino se siente como una bata­lla perdida”. Destacan los detalles, las tensiones, el uso del espacio. Su colega Fede­rico Caballero resume: “Es magistral”.

CURUPAYTY, EL FIN DEL MITRE MILITAR

El fuerte de Curupayty, situado en la margen izquierda del río Paraguay, estaba a unos cinco kilóme­tros al sur de la fortaleza de Humaitá. Ese lugar fue esce­nario de la que quizá sea la más gloriosa contienda del Ejército paraguayo, que gra­cias a esta victoria logró fre­nar el avance aliado por diez meses. Cándido López ten­drá, en el tiempo, la oportu­nidad de reproducir las ideas que había pergeñado aque­lla tarde siendo parte de los batallones que acometieron infructuosa carga.

“Trinchera de Curupaytí (Tit. ant.: Vista interior de Curupaytí observada desde el mástil de un buque argentino) (1893), óleo sobre tela de 50,5 x 149,7 cm. Ibid.

“López produjo una serie de pinturas sobre la batalla de Curupaytí que abarcan diver­sos aspectos del enfrenta­miento. Desde la marcha del Ejército argentino hasta el asalto de la 2.ª columna brasi­leña. Estas obras fueron ela­boradas a lo largo de más de una década. La serie incluye representaciones detalladas de las tácticas militares y el efecto devastador de la bata­lla. La mezcla de detallismo y narración visual refleja su deseo de preservar la memo­ria del conflicto para la pos­teridad”, reseña Juan Ignacio Novak en “El litoral de Santa Fe”. Vale la pena revisarlas en el sitio web del Museo de Bellas Artes.

Curupayty dio por tierra con el slogan de Bartolomé Mitre: “En 24 horas en los cuarteles, en quince días en campaña, en tres meses en Asunción”. La guerra, duro es saber, se extendió por 5 años.

“Asalto de la 3a. columna argentina a Curupaytí” (1893), óleo sobre tela de 49 x 152 cm. Ibid.

Aquella victoria es atribui­ble a la brillantez del general José Eduvigis Díaz, que intervino en la construcción de muy buenas trincheras y replegó a tiempo las fuerzas que resistían en Curupayty. Evitó así que fueran acribilla­das por las 5.000 bombas que arrojó la flota brasileña sobre las que creían eran las posi­ciones paraguayas. Durante al menos 4 horas, las 100 pie­zas de artillería de los 22 bar­cos provocaron una escena dantesca.

Cinco mil paraguayos defen­dían la plaza. Entonces, pen­sando que las tropas estaban diezmadas, Mitre ordenó el avance de buena parte de los 20.000 hombres a su cargo sobre un campo muy emba­rrado que resultó una trampa para sus fuerzas, que cayeron a pecho gentil ante el fuego para­guayo. Oficialmente admitie­ron menos de mil muertos, otros reportes ubican hasta en 10 mil los caídos de la Tri­ple Alianza. Las bajas paragua­yas no llegaron a 100. La brutal derrota hizo que Mitre dejara el mando de la invasión a cargo de los brasileños marcando el fin de su pretendida leyenda mili­tar. Además, reavivó el rechazo popular a la guerra en Argen­tina, situación que obligó al retiro de tropas del frente.

“Marcha del Ejército argentino a tomar posición para el ataque de Curupaytí, el 22 de septiembre de 1866” (1902), óleo sobre tela de 50 x 150,4 cm. Ibid.

RECONOCIMIENTO TARDÍO

La tarea de López no fue reco­nocida de inmediato. Recién en 1885 hace una exhibición en el Club Gimnasia y Esgrima, tras la cual el Estado le compra una buena partida que hasta hoy integran la colección del Museo de Bellas Artes de Argentina (MNBA). Patricia Corsani, del área de investigación y curadu­ría del MNBA, dice de él: “Cán­dido es un ejemplo de supera­ción tanto en lo personal como a nivel artístico. De hecho, él se representa a sí mismo herido en una de las pinturas. En los escritos cuenta que, tras la explosión, quedó caído al lado de un tronco hasta que el doc­tor pudo atenderlo”.

Cuando regresa herido, intenta retomar contacto con “Emi­lia Magallanes, esa chica que conoció en Carmen de Areco y que no contesta sus cartas”, recuerda Chatruc.

“Ataque de la escuadra brasileña a las baterías de Curupaytí, el 22 de septiembre de 1866” (1901), óleo sobre tela de 50 x 149,5 cm. Ibid.

Su destino fue de novela siem­pre: Cándido tuvo finalmente doce hijos con Emilia, “la joven de Areco que tenía prohibido responder sus cartas. Y que un día, ya viuda de un matrimonio arreglado por sus padres, llegó por azar a la zapatería porteña donde Cándido trabajaba. Se casaron un 22 de septiembre, en el aniversario de la batalla en la que creyó haberlo per­dido todo”.

Trabajó de zapatero hasta sus últimos días y solo pintó des­pués de aquellos cuadros épi­cos por los que se lo recuerda naturalezas muertas para ven­der que firmó como “Zelop”, su apellido al revés.

Nunca supo de la repercusión y el valor que tiene hoy su obra en el mundo.

“Asalto de la 1a. columna brasileña a Curupaytí (al mando del Cnel. Augusto Fco. Caldas)” (1897), óleo sobre tela de 50,5 x 149,5 cm

Historiador del pincel

Antes de la guerra, Cándido fue pintor retratista y llegó incluso a hacer uno del propio Mitre. También había pintado motivos religiosos y recorrió la provincia de Buenos Aires con un daguerrotipista francés buscando clientes para retratar. Quería ir a Europa a perfeccionar su técnica pictórica y ahorraba para eso cuando se decidió la injusta contienda contra Paraguay. Entonces, imbuido del espíritu de época y con el afán de crear una obra única, se alistó en la tropa como soldado del batallón de San Nicolás.

“Como sabía leer y escribir lo nombran teniente primero y le asignan un pelotón, cargo que declina bajo el atinado argumento de que no sabe manejar un arma. Le bajan una categoría: teniente segundo. Los combates se suceden y ahí está Cándido López en calidad de soldado y documentalista: Paso de la Patria, Itapirú, Estero Bellaco, Yatayty Corá, Boquerón y Sauce. Durante el tiempo libre entre combates, el soldado artista esboza paisajes de los campamen­tos militares: serán los apuntes que utilizará tiempo después para las pinturas”, relata Veró­nica Gómez en Página/12. En ellos se preocuparía de mostrar el escenario total, el despliegue de la batalla. Guardó también hojas y flores “para memorizar colores, olores, sensaciones. Y, sobre todo, la determinación de no dejarse vencer”, resume Celina Chatruc en La Nación de Argentina.

Cándido se autodefinía como un “historiador del pincel” y así coincide el crítico de arte Roberto Amigo: “Representó la guerra del Paraguay (1865-1870)…mediante una pintura ana­lítico-descriptiva, derivada de la representación de batallas de la cartografía militar europea. Un modo de representación que había tenido su desarrollo en el Río de la Plata, alcanzando un punto sobresaliente en las pinturas de batallas conocidas como Victorias de Urquiza (Pala­cio San José, Entre Ríos) pintadas por Juan Manuel Blanes en 1857”.

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