Con cada viaje aprendí la relevancia de enhebrar microhistorias que –como primeras versiones de algunas historias– serán la historia que otros y otras habrán de contar.

  • Por Ricardo Rivas
  • Periodista X: @RtrivasRivas
  • Fotos Gentileza

La que pasó fue una semana de y con recuerdos. Algunos en soledad y otros, con amigos y amigas. Confieso que he via­jado. Mucho. Más de lo que pude imaginar desde niño que –supongo– por desconocer que era posible llegar a todas par­tes, viajar no era imaginable. Pero, desde que comencé a hacerlo casi con exclusividad para ejercer el oficio de perio­dista o para estudiar, lo que de esos desplazamientos guardo y resguardo son sabores, imáge­nes, luces, sombras e interro­gantes que –después de tantos años de tenerlos– me atrevo a pensar que carecen de res­puestas.

¿A dónde van a parar las pala­bras no dichas, los deseos no expresados, los sueños perdi­dos, los corazones rotos, las personas que perdimos en el camino...?, me pregunté una y otra vez en una playa desierta donde solo escuché durante largas horas el ruido del mar.

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Aquella misma noche, sin embargo, mirando fijamente el agua que mojaba mis pies, me animé a pensar que, aunque me gusta el mar, disfruto más del Río de la Plata que conocí de pequeño. Y supe entonces que lo extraño porque aquel río que conocí, que nos reci­bía, que nos dejaba entrar en él para bañarnos, divertirnos y hacernos felices, ya no es. El río que amo y no dejo de amar es aquello que nos dio y ya no nos puede dar porque enfermó.

AMANECERES

Viajar es parte importante de mi vida. Fascinante. Querer conocer historias, personas, personajes para preguntarles con frecuencia deviene en pul­sión. Después de una de mis tantas ausencias, en una larga charla le confesé a Cristina, mi amadísima esposa y compa­ñera, que también viajo porque disfruto de coleccionar soles nacientes. Las atesoro. Son momentos –instantes, acaso– muy particulares. Especia­les, en los que el tiempo puede medirse a partir de los vertiginosos cambios de tonalidades con los que nos envuelve cada nuevo día.

En Buenos Aires al sol le cuesta ganar altura. Enormes edifi­cios le quitan protagonismo y espacio. La gama de los gri­ses, cuando el día comienza en algunos lugares de las tie­rras altas en Escocia, sin dudas, asombra. Ver cómo se asoma el sol desde las costas del Atlántico Sur, en Mar del Plata, encandila. Los amane­ceres en torno del mar Muerto o en la mismísima fortaleza de Masada, en el desierto de Judea, en el sur de Israel, con­mueven y contrastan con la palidez de los primeros cielos de cada jornada en Santiago de Chile o en Ciudad de México.

Yeray Monforte, mixólogo de alto vuelo. Creador de “time in your lips”, el cóctel más caro de España que se ofrece y consume en Barcelona a 1.000 euros

Pero no recuerdo ningún ama­necer con los que tantas veces me embeleso como en mi que­rida Asunción cuando la bahía se enciende. No tengo memo­ria en Nueva York de amane­ceres deslumbrantes. Como en Buenos Aires, allí triunfa el cemento y en las décadas más recientes le disputan el podio a Febo los cristales que reflejan sus rayos. En la China gigantesca también encontré amaneceres inolvidables. En el sur, especialmente. Y, en una ocasión, desde la Gran Mura­lla. El sol es atrapante. Y bus­carlo es sustancial en la vida del viajante. Tanto para llegar a otro destino como… “a buen puerto”.

Cada lugar deviene en bús­queda y, por cierto, siempre existe aquello que el viajero habrá de buscar y, tal vez, podrá encontrar. Tuve un tiempo en que incansable­mente procuré sentarme con amigos, amigas o, en sole­dad, para beber o transcurrir en aquellos lugares donde alguna vez lo hiciera Ernest Hemingway.

UNA PERSONALIDAD ATRAPANTE

Allá por el 1995 durante varias horas en el Aeropuerto Inter­nacional del Galeão, en Río de Janeiro, dialogué con Martha Ellis Gellhorn (1908-1998), quien fuera la tercera esposa de Hemingway por cinco años desde 1940. Escritora y perio­dista, como corresponsal de guerra fue la única colega que acompañó a las tropas alia­das en Normandía y desde el campo de batalla reportó el Día D, el 6 de junio de 1944.

Una personalidad atrapante que en 1943 dejó a Ernest en la finca El Vigía, donde convivían, cerca de La Habana, Cuba, para ir a cubrir la Segunda Guerra Mundial desde Italia. Con el tiempo también trabajó en Vietnam y en Panamá, cuando la invasión norteamericana en 1989. ¿Y qué hace aquí, en Río? “Un reportaje sobre las fave­las que publicaré en la revista ¿A qué bar cubano iba Hemin­gway? “Al Floridita”, respon­dió.

Poco menos de tres años des­pués supe que murió a los 89. Tal vez, por suicidio, trascen­dió. No lo creo. En su honor, años más tarde, en un atar­decer entré en El Floridita y ordené “un daiquiri como el que tomaba Hemingway”. Azúcar, limón, ron blanco Baccardi, hielo y cinco gotas de Marrasquino. Una delicia para endulzar las historias de siempre sobre una revolución que nunca termina. Tal vez, aquella noche, haya bebido de más. Me largué a caminar por el malecón. Recuerdos.

“Aquí, en Washington D. C., más exactamente en Capitol Hill, en WH (White House) y sus alrededores, el poder se siente. Se percibe. Se puede oler y hasta beber. El poder nos devora”, dijo durante un after office, en 1992, un líder parla­mentario norteamericano que amablemente departía con un grupo de becarios argentinos entre los que me encontraba. Nunca olvido esas palabras. Valen allí y en todas partes. Duras, descarnadas, precisas.

Viajar también es conocer el poder. Recuerdos. Apenas ocho días atrás mi querido amigo-hermano Augusto dos Santos cumplió años. Con él en Asunción –unos 1.650 kilóme­tros al norte de Mar del Plata, en Argentina, uno de mis luga­res en el mundo desde donde lo busqué para saludarlo– como desde largo tiempo nos comprometimos a un pronto encuentro para levantar una copa (o varias, en verdad) para celebrar tan relevante acon­tecimiento como, sin duda alguna, lo es su natalicio.

PRÁCTICA SOCIAL

La palabra brindis, afortunadamente, siempre nos acom­paña. Es una de nuestras fra­ternas prácticas sociales que profundizamos donde nos encontremos. Siempre nos prometemos y compromete­mos a brindar y en cada opor­tunidad en que nos reuni­mos, cumplimos. Nada nuevo. Aunque, si de brindar se trata, siempre es posible aprender algo de esa costumbre que nos llega desde lejos.

Recuerdo que fue en Buenos Aires, en un atardecer cual­quiera, cuando en el piso 17 de un lujoso edificio ubicado en la esquina de las calles Florida y Paraguay, solo a un par de cua­dras de distancia de la plaza San Martín, cuando lo supe. Allí, en torno de una vinoteca con cava propia bien provista departíamos sobre todo y casi nada. De pronto, la voz de una mujer huesuda, pelirroja, con un copón bien provisto en su mano derecha, que aseguró ser doctora en antropología, comentó que “hay eviden­cias ciertas que dan cuenta de que desde unos 170.000 años en Sudáfrica se practicaba el brindis”.

Irremediablemente ganó nuestra atención. Con impronta soberbia y aires aca­démicos añadió que “más acá en el tiempo y con mucha más precisión, puedo decirles que el hábito de chocar las copas –por decirlo de alguna manera– como lo hacemos esta noche, podría haberse extendido en Europa en tiempos del Paleolí­tico Superior que se inició unos 40 mil años atrás, después de la última glaciación y la irrupción verificada del Homo Sapiens”.

Todo el lugar y la atención de quienes allí nos encontrába­mos era ella y los conocimien­tos que contenía su palabra. Claramente observé que disfrutaba en plenitud de la situación que se creó entre ella y ese público exclusivo. Se la percibía feliz. Tan feliz que era posible imaginar que frente de nosotros alguien disfrutaba de algo muy pare­cido a la idea de los quince minutos de fama de los que hablara y anunciara Andy War­hol allá por los 70.

Pero ningún happy hours es para clases magistrales. ¿“Grazie mille por su aporte y conocimiento dottoressa”, dijo con solemnidad un ita­liano que aseguraba ser nór­dico, se presentaba como “el conde don Giovanni” y que en cada anochecer que conseguía localizar e instalarse en una reunión entre amigos entre­gados a las libaciones frater­nas, se sumaba sin invitación y luego de beber –casi siempre en abundancia– discretamente se retiraba… sin pagar. Pro­lijo y consuetudinario esca­pista aquel noble de alguna corte seguramente imagina­ria y milagrosa. Brindo por su recuerdo y por aquel momento inolvidable.

EL TIEMPO EN LOS LABIOS

Hoy, unas pocas horas atrás, desde Barcelona, ese destino más que disfrutable y entre mis afectos al que en todo momento estoy dispuesto para regresar, quien de niño fuera Tito –para todos y todas en el Bajo Belgrano, nuestro pueblo natal en Buenos Aires y desde un cuarto de siglo se reconoce y lo reconocen en las playas mediterráneas como Angeli­llo– me contó cuál es el nuevo trago que consumen los ricos y famosos en el Paseo Marí­timo barcelonés. “El temps als teus llavis, lo llama Yeray Mon­forte, su creador, y cuesta mil euros…”.

Lo interrumpí para dejar sen­tado que en nuestra próxima vez nada ni nadie habrá de tentarnos con esa bebida de autor que en la carta del bar­man que firma el propio Mon­forte la ofrecen como “time in your lips”, trago con el que de ninguna manera tenemos la posibilidad de calmar con ella nuestra sed de amistad fra­terna. Pero, cuéntame, Ange­lillo, ¿con qué ingredientes lo prepara? “Toma nota: tequila Gran Patrón Burdeos, cham­pán Louis Roederer Cristal Rosé 2014 y… oro de 25 qui­lates”.

Enmudecí. “Se sirve en Shôko Restaurante & Lounge, en la playa y es el cóctel más caro de España”, añadió. ¿Una nueva era de la opulencia en ciernes?, me pregunté en silencio. Tal vez, pero… habrá que ver e incluso rede­finir opulencia en tiempos de los que respetables académicos y pensadores llaman “oligarquías tecnoló­gicas”.

No es para nosotros, pensé, y creo que acierto aplicando el plural sin faltar a la verdad. Nos despedimos. No había mucho más para decir. Que el oro se puede ingerir de nin­guna manera es novedoso, por cierto. Varias décadas atrás, en “La posada La Chimère”, en Buzios, el querido Gato Dumas (1938-2004) me comentó que el oro es antiinflamatorio y que en la India lo prescriben para mitigar los efectos de la artritis y el reuma.

Recuerdo que aquel grande de la gastronomía –y de la amis­tad– fue más allá para preci­sar que en ese país se consu­men entre 12 y 14 toneladas de oro comestible cada año por­que se trata de un ingrediente infaltable en todo tipo de cele­braciones. Al parecer –palabra más, palabra menos– añadió que los egipcios en la antigüedad incluían el oro en la dieta alimenticia de nobles y sacerdotes. Igual que en aquella larga noche en Buzios que concluyó con cantos en la playa en torno de un fuego que declinó en la madrugada hasta apagarse minutos antes de cla­rear, incomprendo.

Marta Gellhorm, periodista, escritora, corresponsal de guerra en España, en Italia, en Normandía cuando el Día D, en Vietnam, en Panamá

EL PODER

“El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”, sentenció John Emerich Edward Dal­berg-Acton (1834-1902), también conocido como lord Acton. Sospecho –y aunque admito que arriesgo al expre­sarlo– quiero creer que con esas palabras fue a fondo con sus pareceres críticos para con ricos y famosos (como los lla­maríamos por estos días) al igual que con aquellas y aque­llos que destilan vocación de poder para vivir en, de, desde y del poder alejados de toda posi­bilidad de servir sin ser servi­dos por serviles. Volví al pre­sente. “La historia se repite dos veces, primero como tragedia y después como farsa”, sostiene Karl Marx (1818-1883) en “El 18 de Brumario de Luis Bona­parte”, una de sus obras.

En 2017, cuando por cues­tiones académicas estuve por un tiempo –nunca suficiente– en China, mi que­rido amigo Shen An –perio­dista y académico relevante muy respetado en el Imperio del Centro– mientras caminá­bamos con un grupo de amigas y amigos por los bellos senderos que rodean al Monte Púrpura, en la periferia de la ciudad de Nanjing, provincia de Jiangsu, situada en el delta del río Yan­gtsé, me contó que allí estaba enterrado un emperador que varias veces –desde el más allá– se quejó porque no lo dejaban tranquilo en su sueño eterno.

Pasa que Nankin –como muchos chinos y chinas pre­fieren llamar a aquella ciudad bellísima– crece e inevitable­mente es más ruidosa. Durante largo tiempo llamada Tian­jing, la “capital del cielo”, se la señala además como “la ciudad de la educación, la ciencia, la cultura, el arte y el turismo”. Aquel fue un día extenuante. Realmente. Pero fue además un armonioso momento para conocer historias atrapantes.

Frente al mausoleo Ming Xiao­ling, donde se encuentra ente­rrado el emperador Hongwu (Zhu Yuanzhang), fundador de la dinastía Ming, An pausa­damente me hizo saber que allí también descansa el empera­dor Qin Shi Huang (259 – 210 aNE), que en el 221 aNE lide­raba el muy pequeño Estado de Qin. Pese a esa situación territorial adversa, consiguió reunir a todos los reinos de entonces e inmediatamente se proclamó “Shi Huangdi”, categoría que tradujo como “primer emperador”.

“En esa condición, Qin unificó a China”, explicó Shen. Pero pese a aquel logro político tan importante, no se sentía completamente feliz porque el segundo objetivo personal que procuraba alcanzar era mucho –muchísimo– más complejo. El primer empera­dor de la China unificada, Qin Shi Huangdi –ya poderoso– deseaba la inmortalidad.

ELIXIRES

¡Insaciable! Alquimistas y sabios taoístas –idóneos epo­cales– reconocidos mixólogos recomendaron al Shi Huangdi la ingesta de mercurio que pre­sentaron como un ingrediente que nunca debía faltar en sus bebidas. Para los seguidores de Lao Tse, el mercurio –“con vita­lidad propia”– actuaba sobre el organismo como un restaura­dor del equilibrio para prolon­gar indefinidamente la vida.

Aunque cueste creerlo, desde entonces y hasta casi el fin de siglo XIX parcialmente esas creencias se mantuvieron. De hecho, los que se conocieron como “elixires de la inmorta­lidad” invariablemente conte­nían compuestos de mercurio, aunque con llamativa frecuen­cia a esas recetas magistrales se les añadía oro y/o jade, cuyas propiedades y efectos no eran demasiado claros, pero los seg­mentos sociales más altos los consumían ostensiblemente.

¡Increíble! Con Shen An reí­mos. Aunque inmediata­mente, el viejo colega que alguna vez fue el correspon­sal jefe al que reportaba desde Buenos Aires, en perfecto español con acento chino, concluyó con la historia del primer emperador chino. ““El histórico –impiadoso–expone que aquel sueño del fundador de la dinastía Qin de ser emperador de la China unificada fue mucho más sen­cillo de alcanzar que la inmor­talidad que también pretendía y deseaba fervorosamente”, sentenció. Qin Shi Huang murió a los 49. Probablemente víctima de mercurialismo que se causó por consumir mercu­rio para su inmortalidad.

Así concibo mi forma de ser periodista. Aunque debe haber otras. Con cada viaje aprendí la relevancia de enhebrar microhistorias que –como primeras versiones de algunas historias– serán la historia que otros y otras habrán de contar. No somos la historia. Apenas somos memoria y convicción de que, aunque muchos y muchas no acepten responder, “cada pre­gunta tiene su respuesta”, como aprendimos de Mario Benedetti.

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