Chichén Itzá: un viaje a través de la historia y la arquitectura maya
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Por David Sánchez (texto y fotos)
Chichén Itzá, situado en la península de Yucatán, al sureste de México, es uno de los sitios arqueológicos más importantes de la civilización maya. Este vasto complejo arquitectónico, que data del periodo Clásico Tardío al Posclásico Temprano (600-1200 d.C.), ofrece una visión fascinante de las prácticas religiosas, funerarias y astronómicas de los mayas.
Cada estructura en Chichén Itzá tiene una historia que contar, y juntas proporcionan una comprensión más rica y compleja de esta antigua civilización.
Chichén Itzá es particularmente famosa por el Templo de Kukulcán, una pirámide escalonada que fue reconocida como una de las nuevas siete maravillas del mundo moderno el 7 de julio de 2007, gracias al voto de millones de personas en una iniciativa privada.
El dios principal de Chichén Itzá es Kukulcán, la versión maya de Quetzalcóatl, el dios serpiente emplumada del panteón tolteca. Este dios simboliza el conocimiento, el viento, el agua y la vida, y su influencia se ve en muchos aspectos de la arquitectura y los mitos de Chichén Itzá.
Una de las anécdotas más fascinantes de Chichén Itzá es el espectáculo que ocurre durante los equinoccios de primavera y otoño. En estos días, al atardecer, las sombras proyectadas sobre la escalera norte del Templo de Kukulcán crean la ilusión de una serpiente descendiendo de la pirámide. Este fenómeno demuestra el avanzado conocimiento astronómico de los mayas y su capacidad para integrar la ciencia en su arquitectura.
El juego de pelota estaba entrelazado con la política y la religión, sirviendo como un medio para resolver conflictos y reafirmar la estructura social
EDIFICIOS NOTABLES
Además de la pirámide de Kukulcán, Chichén Itzá alberga otros edificios notables como los que detallamos a continuación.
Cerca del castillo se encuentra el gran juego de pelota, con una longitud de 168 metros y una anchura de 70 metros. Flanqueado por dos muros altos, cada uno adornado con esculturas y relieves detallados que narran escenas del juego y sus significados rituales. En el centro de cada muro hay un anillo de piedra colocado a gran altura, a través del cual los jugadores debían pasar la pelota, una tarea extremadamente difícil debido a la altura y las dimensiones del aro.
La leyenda cuenta que dos líderes rivales, ambos reclamando el derecho al trono, decidieron resolver su disputa a través de un juego de pelota. El equipo del gobernante legítimo ganó el partido de manera espectacular, y el líder perdedor fue sacrificado en un acto que consolidó el poder y la autoridad del vencedor. Este relato refleja cómo el juego de pelota estaba entrelazado con la política y la religión, sirviendo como un medio para resolver conflictos y reafirmar la estructura social.
Más alejado tenemos el Osario, o Tumba del Gran Sacerdote, que es uno de los edificios más complejos de Chichén Itzá. Construido sobre una cueva, incluye un tiro vertical que desciende a 10 metros de profundidad, donde se encontraron restos óseos y artefactos. Su arquitectura, similar a El Castillo pero más elaborada, presenta frisos con representaciones de pájaros mitológicos y relieves de guerreros. Este edificio, fechado en el año 998 d. C., añade una dimensión temporal significativa a su importancia histórica.
El Osario, o Tumba del Gran Sacerdote, es uno de los edificios más complejos de Chichén Itzá
Otra de las edificaciones importantes es el Conjunto de la Casa Colorada, ubicado entre el Grupo del Osario y Las Monjas, que se destaca por sus inscripciones jeroglíficas que detallan rituales de fuego y eventos importantes, proporcionando valiosa información sobre la vida política y religiosa de Chichén Itzá. Este conjunto incluye varias estructuras, como la Casa del Venado, y estaba delimitado por una muralla.
CONOCIMIENTOS ASTRONÓMICOS
No podemos olvidar el Caracol, conocido como el Observatorio, que refleja la avanzada comprensión astronómica de los mayas. Sus ventanas registran las puestas del sol en los equinoccios y el solsticio de invierno, y la torre circular con una escalera en espiral demuestra su uso para la observación de los movimientos celestes, fundamentales para la cosmovisión y ceremonias mayas.
El Caracol, conocido como el Observatorio, refleja la avanzada comprensión astronómica de los mayas
También tenemos el Arco de Acceso al Conjunto de Casa Colorada y el marcador de juego de pelota recientemente descubierto, lo cual subraya la importancia del juego de pelota en la cultura maya, con inscripciones que datan de finales del 800 d. C.
Por otro lado, la Casa Colorada, conocida también como Chichanchob, es una estructura con inscripciones jeroglíficas que detallan eventos relacionados con rituales de fuego, destacando su importancia ceremonial. El Edificio de las Monjas, con tres niveles y numerosos cuartos, fue nombrado así por los conquistadores españoles debido a su semejanza con un convento. Alberga dinteles con escritura jeroglífica y fragmentos de pintura mural que muestran escenas de conflictos armados, subrayando su uso ceremonial.
Otro templo es el de los Tableros Esculpidos, con sus paneles que muestran escenas de numerosos personajes, animales y plantas dominados por guerreros, evidencia ceremonias relacionadas con el fuego. El Mercado, con un patio hundido y un sistema hidráulico, refleja una posible función ceremonial y su importancia en la vida comercial y religiosa de Chichén Itzá.
FUNCIÓN PÚBLICA Y CÍVICO-RELIGIOSA
Cerca del castillo nos sorprende el Palacio de las Columnas Esculpidas, que con su rica decoración y amplio espacio interior reflejaba la complejidad de la red de intercambio comercial de Chichén Itzá, subrayando su función pública y cívico-religiosa.
El Templo de los Guerreros, justo al lado del castillo, con sus pilares y relieves de guerreros y prisioneros, muestra el poderío militar de Chichén Itzá, subrayando su función como centro de ceremonias y simbolismo de poder.
El Templo de los Guerreros muestra el poderío militar de Chichén Itzá
Por un camino recto desde la cara norte del castillo llegamos al mítico Cenote Sagrado, principal centro de peregrinación y sacrificio, refleja la profunda conexión entre lo terrenal y lo divino en la cosmología maya.
Estos son solo unos ejemplos de elementos a visitar en Chichén Itzá. Cada estructura, cada inscripción y cada artefacto nos ofrece una ventana al pasado, permitiéndonos comprender mejor la riqueza cultural y espiritual de los antiguos mayas.
Oswald Spengler en su libro “La caída de Occidente”, dice que la civilización requiere de una cultura previa, conocimientos, creencias, historia, valores, costumbres que se transmiten de generación en generación.
Spengler divide los conceptos de cultura y civilización. Afirma que no toda cultura se vuelve una civilización, esta ultima influye sobre otras culturas y en otros territorios. Afirma que los pueblos pueden ser históricos y ahistóricos.
Esto es, hay pueblos que forman parte de la historia, lo que es usual; pero, existen otros que hacen historia por la notable influencia que tienen sobre otros dejando un legado que no puede desconsiderarse dado que no proviene de la coerción sino de la aceptación. En este último caso hablamos de civilización.
Otro autor, Enmanuel Todd, en su “Derrota de Occidente” considera que la desaparición del protestantismo norteamericano está causando un declive intelectual. Personalmente creo que Todd comete un error cuando sostiene que la riqueza de los países desarrollados se debe a la explotación de los del “tercer mundo” y así discurre su análisis en el marxismo del determinismo histórico y la explotación de los ricos a los pobres.
Los citados Spengler y Todd, apuntan muy bien pero no dan en el blanco. Ambos creen en el rol protagónico del poder del Estado para mantener la cultura y la civilización. Ese rol relevante da cabida al absolutismo político que termina en tiranía, incluso en la democracia, donde está visto y comprobado que la libertad individual se encuentra en permanente peligro.
Por mi parte, prefiero la reflexión metodológica desarrollada por Von Mises en “Teoría e historia”, con F. Hayek en “La contra revolución de la ciencia” y con Karl Popper en “La sociedad abierta y sus enemigos”.
Estas tres obras son grandiosas. La civilización es parte de una cultura pero no responde igual que un órgano vivo, sino que es la suma de individuos que por un proceso que la historia registra, fueron percatándose de principios y valores que se conformaron en instituciones, escritas y no escritas, promoviendo la libertad, la propiedad, la familia, la cooperación y la paz.
Su origen están en Grecia, Atenas y en Roma, la tradición judeocristiana y en las trascendentales contribuciones de las ideas de la libertad en la filosofía y la economía expresadas en documentos de raigambre universal donde el hombre es libre y ciudadano. Considero que la tradición judeocristiana realizó portentoso aporte. Es una revolución moral que anuncia un reino y a la preparación para ser libres y salvos. Los enemigos de la civilización de Occidente profesan odio y resentimiento hacia la libertad, la propiedad, la dignidad humana, la cooperación sin dañar al prójimo.
Desde hace un buen tiempo los invasores que vienen contra la sociedad libre ingresaron como caballo de Troya con una estrategia en forma de guerra híbrida que oculta y, no tanto, su objetivo: El aniquilamiento de los valores aquí citados que hicieron de Occidente la luz del mundo.
(*) Presidente del Centro de Estudios Sociales (CES). Miembro del Foro de Madrid. Miembro del Consejo Internacional de la Fundación Faro. Autor de los libros “Gobierno, justicia y libre mercado”: “Cartas sobre el liberalismo”; “La acreditación universitaria en Paraguay, sus defectos y virtudes” y otros como el recientemente publicado “Ensayos sobre la Libertad y la República”.
Maya: la perra que ayudó a localizar en 15 minutos a las víctimas de la tragedia en Encarnación
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Este viernes, luego del terrible accidente que se reportó en el departamento de Itapúa, tras el derrumbe de un edificio, el Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Encarnación destacó el trabajo realizado por Maya, la perra que ayudó con la localización de los cuerpos de la abuela y su nieta, víctimas fatales del siniestro. Maya fue adiestrada por su dueño, que se dedica a entrenar a los canes para prestar servicio como defensa y ataque en situación de riesgo.
Ella es una perra encarnacena mezcla entre las razas pastor belga y pastor alemán de 2 años y medio, fue adiestrada por Matías Chaparro, su dueño, quien se dedica a entrenar perros exclusivamente para la obediencia y para que puedan defender y atacar cuando sus propietarios están en riesgo. Además, son capaces de prestar servicio como en el caso del derrumbe.
“Pudimos aportar nuestro grano de arena para la búsqueda y lograr rescatar los cuerpos de estas personas. Servimos de ayuda para los bomberos que estaban haciendo un gran trabajo y fueron los protagonistas. Llegamos a las 2:00 y le tomó 10 a 15 minutos para que encuentre el punto donde se debía iniciar la excavación”, detalló Matías, en entrevista con el programa “Dos en la Ciudad” de canal Gen y Universo 970/Nación Media.
Agregó que la perra toma olores de las personas, que pueden ser mediante ropas u objetos muy personales para poder buscarlas. “Para que ella realice su trabajo es necesario contar con una prenda o algún olor que haya quedado de la persona desaparecida. En el momento de buscar recabamos un calzado de la adolescente y una toallita de la mujer que usaban en su puesto”, indicó.
Maya realiza búsquedas, pero es la primera vez que colaboró para encontrar cadáveres. “Ella tiene un entrenamiento diferente de búsqueda en estructuras colapsadas, ella hace búsqueda de personas en campos, bosques o zonas despejadas. En este caso del derrumbe desde arriba ella localizó los olores de las personas que estaban en el edificio”, puntualizó.
Aunque no dejaron monumentos ni construyeron grandes ciudades como otros pueblos precolombinos, los guaraníes han dejado una rica tradición oral que no le va a la zaga a las grandes creaciones universales, además de legarnos valiosos conocimientos en materia de zoología y botánica.
Para la cultura guaraní, la palabra (el lenguaje humano) lo es todo. Por ello, los estudiosos definen a los guaraníes como la “civilización de la palabra”. Muy especialmente para los mbyá, la palabra no se diferencia del alma humana, sino que juntas forman una misma esencia (palabra-alma), que es la que se encarna cuando un ser humano nace. Por eso, la idea de resucitar, en mbya, se dice “eepy”, que literalmente significa “rescatar el decir”, esto es, la vida vuelve si vuelve la palabra.
Los extraordinarios conocimientos de los que disponemos sobre la profundidad filosófica y belleza lírica de esta lengua se los debemos al antropólogo León Cadogan, autor de la compilación “Ayvu rapyta. Textos míticos de los mbyá-guaraní del Guairá”, una obra sin la cual, al decir del estudioso jesuita Bartomeu Melià, “el espíritu humano habría sido más pobre”.
Esta cultura guaraní, sabia, espiritual, profunda, que valora y respeta la naturaleza, con la que vive y convive en plena armonía, es la que ha sido vehiculizada desde hace miles de años a través de la rica, armoniosa, profunda y sabia lengua guaraní que nuestros ancestros nos han heredado a través de la transmisión de generación en generación.
Por todo esto, y por varias otras razones más que trataré de resumir en las siguientes líneas, el idioma guaraní debe ser siempre un motivo de orgullo para todos los paraguayos.
LA CONQUISTA
Tras la llegada de los conquistadores españoles en tierras americanas, hace más de 500 años, la provincia del Paraguay fue el único caso donde “la lengua de los vencidos se convirtió en la lengua de los vencedores”, como graficara alguna vez la situación el escritor uruguayo Eduardo Galeano.
Es decir, para la evangelización y gobierno de la población nativa –y mestiza posteriormente–, los españoles tuvieron que aprender el guaraní. Esto debido a la resistencia de los nativos a aprender el español, pues para los guaraníes perder la lengua hubiera implicado perder el alma misma.
El rol protagónico de las mujeres indígenas en el proceso de crianza de los hijos que tuvieron con los españoles jugó un papel fundamental para la conservación del guaraní en esos primeros años de mestizaje durante la Colonia. Fue tal la vitalidad del guaraní en aquellos tiempos que se convirtió en la lengua de uso normal en los ámbitos formales e informales, tanto en la oralidad como en la escritura.
Tras la Independencia –por motivos de los que no nos ocuparemos en este artículo–, el guaraní pierde el carácter de lengua escrita oficial y posteriormente incluso sufrió campañas de discriminación e incluso proscripción.
UN LEGADO QUE PERDURA
Sin embargo, estos hechos –aunque dejaron secuelas que siguen perdurando hasta hoy– nunca lograron su objetivo, que era eliminar para siempre el idioma.
Fueron cuantiosos los defensores y promotores de la lengua, que cultivaron su uso y difusión en distintos ámbitos. El guaraní unió a nuestro pueblo en situaciones extremas, tales como las dos guerras internacionales que enfrentó el Paraguay (la guerra contra la Triple Alianza y la guerra del Chaco) constituyéndose incluso en una herramienta estratégica para cifrar las comunicaciones secretas.
En Paraguay el guaraní nunca dejó de ser la lengua popular, la lengua de las conversaciones corrientes, afectivas, aquellas que nos unen con nuestra gente. Es el idioma que nos conecta con nuestra forma de ser, con nuestras costumbres y tradiciones, con nuestra historia.
El guaraní nos hace únicos a los paraguayos, nos acerca, nos cohesiona, nos identifica y nos diferencia del resto del mundo. Muchos compatriotas incluso aprendieron a hablar la lengua estando fuera del país, porque entendieron que el elemento más importante que nos conecta con nuestras raíces, sin importar la distancia, es el guaraní.
De hecho, esta lengua es admirada y estudiada por miles de personas en el mundo entero. El extranjero se queda maravillado cuando escucha a alguien hablar guaraní, porque es un idioma musical, expresivo, dulce y posee una entonación particular que gusta al oído.
En este mundo globalizado en que nos toca vivir, no podemos soslayar la importancia de aprender otra u otras lenguas, ya sean nacionales o extranjeras, porque manejar un nuevo idioma, aparte de permitirnos conocer nuevas culturas, nos otorga múltiples oportunidades.
No obstante, si hay algo que no podemos permitir como sociedad es que esto se dé en detrimento de nuestra mayor herencia cultural, que es la lengua guaraní.
¿Una civilización desaparecida en lo profundo del Amambay?
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Entre 1975 y 1979, un grupo de militares y exmilitares paraguayos junto con académicos venidos de la Argentina incursionaron en lo profundo del Amambay en busca de lo que, según la versión de un aventurero alemán, serían los vestigios de una antiquísima fortaleza vikinga. Esta es la historia de aquella desconocida serie de expediciones y de su peculiar líder, el controversial antropólogo francés Jacques de Mahieu.
Por Gonzalo Cáceres
Periodista
La saga vikinga inspiró auténticos ríos de tinta. Desde Escandinavia a Bizancio, pasando por el mar del Norte, el Mediterráneo, las islas británicas, Sicilia; sur, centro, este y oeste de Europa y la Rus de Kiev, entre otras tantas locaciones, aquel intrépido pueblo de guerreros y comerciantes se hizo a la mar con una determinación tal que expandió su influencia de la mano de sus veloces drakkars.
Pero no todo fue sangre, fuego y conquista; también descubrimiento y colonización. Los más antiguos registros hablan de nombres que llegaron a los puntos más recónditos del mundo conocido hasta entonces y a tierras nunca antes vistas.
Jacques de Mahieu, en las excavaciones de Tacuatí
Gracias al sitio de L’Anse aux Meadows, en la isla de Terranova, (provincia canadiense de Terranova y Labrador), se sabe que los vikingos llegaron a América al menos 500 años antes que Cristóbal Colón y se especula que este sería Vinland (la tierra descrita en las fascinantes sagas de Eric el Rojo y la de los groenlandeses).
Resulta imposible saber si estos hábiles navegantes consideraron –o pudieron– seguir más al sur del continente americano, recorrer las costas y buscar un lugar seguro donde pasar el invierno, o quizás instalarse, interactuar y mezclarse con la población local.
En este sentido, hay académicos que se aventuran a trabajar esta última posibilidad y esbozar osadas teorías. Uno de estos fue el polémico Jacques de Mahieu, férreo defensor de la presencia vikinga en la América precolombina.
Supuestas inscripciones rúnicas halladas en el cerro Guazú
JACQUES DE MAHIEU
Jacques de Mahieu nació a finales de octubre de 1915 en Marsella, Francia. Se sabe que durante su juventud se relacionó con movimientos de extrema derecha y habría actuado como informante del régimen de Vichy. Además, peleó contra los soviéticos al servicio de la Alemania nazi en la 33.ª División de Granaderos SS Voluntarios Charlemagne en las Waffen-SS.
Como –presunto– colaborador de los nazis durante la ocupación, De Mahieu sabía de los riesgos de permanecer en Francia y huyó a la Argentina a poco de concretarse la derrota de las potencias del Eje en la II Guerra Mundial. El francés echó raíces en suelo sudamericano. Ganó prestigio y se hizo de un lugar en los círculos de estudios antropológicos de Buenos Aires, escalando posiciones hasta llegar a los grandes salones universitarios, gozando de una importante reputación como graduado en filosofía y doctor en ciencias políticas y ciencias económicas.
Nuestro protagonista escribió al menos media docena de libros sobre las presuntas aventuras vikingas desde los helados páramos del norte del continente hasta la actual frontera entre Brasil y Paraguay.
Para entender a De Mahieu y las razones que le alentaron a arriesgar su vida en la calurosa selva paraguaya y enfrentarse a toda la comunidad convencional de científicos, primero se debe comprender la creencia que profesó.
IMPORTANCIA DE LA RAZA
De Mahieu mezcló ideas aristocráticas y nacionalistas, y centró sus estudios antropológicos y sociológicos en la importancia de la raza en la historia y la cultura. Se vio influenciado por el racismo científico y concibió teorías “reforzadas” con el esoterismo al abrazar lo referente a la “raza aria”, la piedra angular de la mitología nazi.
Así también, siguió la teoría del “nordicismo”, que se relaciona con la de la “raza aria” porque los nazis consideraban que la “raza nórdica” (vikingos y sus parientes) era la rama más superior de la “raza aria” (Herrenvolk).
Convencido de las grandes aventuras que solo los miembros de la “raza aria” podían emprender, se empapó de la capacidad de los vikingos para alcanzar, explorar y conquistar tierras lejanas y buscó cualquier indicio por estos lares que le sirviera para destacar la grandeza de los “arios”.
FRITZ BERGER
Poco se sabe del ingeniero alemán Fritz Berger. Cincuentón, obeso y dado al whisky, Berger recorrió Sudamérica sin establecerse en ninguna parte. Estuvo en Asunción durante la guerra del Chaco y prestó “muy buenos y leales servicios” al Ejército paraguayo al mando de uno de los talleres donde se reacondicionaban las armas capturadas del Ejército boliviano. Tras la contienda, emprendió la búsqueda de yacimientos petrolíferos en el estado de Paraná, Brasil, sin mucho éxito.
Su exploración lo llevó hacia la frontera con el Paraguay, donde “hizo descubrimientos de otra naturaleza” como ser “el mayor complejo rúnico del mundo”, o de lo que creyó eran runas vikingas.
Berger pasó tiempo con los nativos, los más antiguos habitantes de la zona, y se obsesionó con las runas al verse seducido por las historias de inimaginables tesoros y vestigios de un pueblo desaparecido, olvidado, entre versiones que recogió de sus charlas con los ancianos aborígenes.
“En aquel tiempo reinaba en la región un rey poderoso y sabio que se llamaba Ipir. Era blanco y llevaba una larga barba rubia. Con hombres de su raza y con guerreros nativos que le eran leales vivían en una gran aldea situada en la cima de un cerro. Disponía de armas temibles y grandes riquezas en oro y plata. Un día, sin embargo, fue atacado por tribus salvajes y desapareció para siempre. Así me lo contó mi padre, quien lo había oído del suyo”, anotó De Mahieu. Berger captó al entonces mayor Marcial Samaniego, quien de inmediato se interesó en las tradiciones orales.
Presunta entrada del túmulo descubierto en uno de los cerros
Samaniego era por esos días el jefe del destacamento de la frontera. Como entusiasta de la etnografía, se mostró “muy interesado” en las supuestas marcas de origen nórdico que el alemán le describió. Así, Berger, en 1941, “obtuvo del Ejército la creación de la Agrupación Geológica y Arqueológica (AGA), que le contrató y donde trabajó dura y eficazmente”.
El ingeniero y Samaniego recorrieron la región y constataron “inscripciones y dibujos” en las rocas “que no era posible atribuir a los indios” y otros “numerosos vestigios de una civilización desaparecida”.
“Sus zapadores (del Ejército, al mando de Samaniego) desmontaron casi totalmente un cerro en cuya cima se hallaba una imponente muralla. Nadie, sin embargo, en el Paraguay dio mayor importancia a los resultados obtenidos”, escribió De Mahieu.
La AGA acabó disuelta en 1945 y Fritz Berger, “desalentado y enfermo”, se quedó en el Amambay hasta la guerra civil de 1947, cuando abandonó el Paraguay para morir al año siguiente en Dourados, Brasil.
A decir de De Mahieu, Berger no paró de hablar del “tesoro del Rey Blanco” del Amambay hasta el último de sus días, no sin sospechar que “los jesuitas ya lo habían encontrado antes”.
Por su lado, Samaniego utilizó el trabajo de Berger para continuar explorando, información que luego compartió con Jacques de Mahieu.
PRIMERA EXPEDICIÓN
De Mahieu había contactado a principios de 1975 con el “ex mayor Samaniego, ya entonces general de División y ministro de Defensa Nacional del Paraguay”, quien “no dudó en unirse al proyecto”.
Samaniego recibió a la comitiva encabezada por el francés en su despacho y “se dignó, en el curso de una larga audiencia, a darnos indicaciones tan precisas como prudentes sobre los sitios arqueológicos descubiertos 30 y pico de años antes, e insistió en el papel desempeñado, en ese entonces, por Fritz Berger”.
De Mahieu aseguró el apoyo del ministro con un primer recabamiento de datos, hecho dos años antes, en 1973, por colaboradores suyos que “constataron en el cerro Guazú un conjunto rúnico de 61 caracteres ya traducidos”.
Samaniego le reveló a De Mahieu los relatos que guardó de Berger y consideró desde el primer momento que “Ipir no era nombre guaraní”, pues se esforzó en vincularlo con el futhark, la lengua nórdica.
De Mahieu explica que la primera expedición tuvo como principal objetivo “estudiar la zona y los accesos” y entender “la finalidad de la siguiente expedición estipulada”. El equipo ingresó a Cerro Corá de la mano del teniente coronel Escobar, que ya conocía de antemano los trabajos realizados por la extinta AGA, 30 años antes, y del “casi ciego sargento López”.
“Gracias a ellos pudimos localizar el cerro del murallón y el muro del Aquidabán-Nigui, que se hallaba en el interior del Parque Nacional”.
SEGUNDA EXPEDICIÓN
La segunda incursión a Cerro Corá se realizó entre junio y julio de 1976. En esta ocasión, el equipo se nutrió con la participación del profesor Herman Munk, “runólogo del Instituto de Ciencias del Hombre”, que De Mahieu dirigía en Buenos Aires. También se les sumó el ingeniero Hansgeorg Bottcher, de la misma casa de estudios.
El grupo identificó un presunto “muro” en uno de los cerros, a razón de tener “una base natural”, pero sus laderas eran de “características diversas que permiten diferenciarla en tres grupos”. Según De Mahieu, un geólogo “nos confirmó que un fenómeno de este género solo puede ser obra de la naturaleza si se trata de una roca dura sometida a la acción de glaciares”, lo que avivó la llama de la curiosidad.
“Ningún movimiento geológico podría haber quebrado la roca con rigor de geómetra, ni tallado aristas vivas, ni respetado el alineamiento de los bloques que hubiera producido”, concluyó.
Localizado el “muro”, De Mahieu marcó la zona. Estaba convencido de que esa formación fue parte de la antigua fortaleza de “Ipir, el Rey Blanco”, del que tanto Fritz Berger le habló al ministro Samaniego.
Sin más provisiones pero con el entusiasmo de los primeros indicios, se levantó la segunda expedición con la firme esperanza de volver y excavar el presunto sitio arqueológico.
TERCERA EXPEDICIÓN
Para la tercera expedición, De Mahieu invitó al profesor paraguayo Vicente Pistilli, matemático e ingeniero y director del Instituto Paraguayo de Ciencias del Hombre, quien estaba fascinado por echar algo de luz sobre la historia precolombina del Paraguay.
Juntos, y con la anuencia de sus acompañantes, lanzaron la siguiente hipótesis: “El ‘murallón’ constituía parte de un recinto fortificado cuyos otros tres flancos estaban construidos con estacas, procedimiento que no ignoraban los vikingos”.
El grupo continuó la revisión a lo largo y ancho del cerro en cuestión, dando con cavernas, paredes y galerías repletas de dibujos y marcas, que De Mahieu interpretó “inequívocamente” como de “autoría aria” a razón de supuestas representaciones del dios nórdico (Odín) y de una amalgama de personajes mitológicos.
Los zapadores del Ejército paraguayo enviados por el ministro Samaniego trabajaron incansablemente, revelando “indicios de un túmulo que contenía un verdadero palacio subterráneo” en el Yvyty Perõ, otro de los sitios que despertó gran curiosidad en la misión, ya que se trataría de la tumba de “Ipir, el Rey Blanco”, como Berger describió.
Al término de la temporada, el equipo anotó “grandes descubrimientos” como “un túnel” en la base del “cerro del Murallón”, mismo que Berger, más de 30 años antes, ya dijo haber localizado y por el cual De Mahieu mantuvo a los zapadores “trabajando el mayor tiempo posible”.
EL TUPAO CUE DE TACUATÍ
La expedición dejó el bosque y llegó por último al pueblo de Tacuatí. Allí, tras una serie de movidas, De Mahieu y Pistilli obtuvieron la autorización para excavar la base de la iglesia, que habría sido levantada sobre, o con, las piedras y partes de un templo mucho más antiguo, de supuesta inspiración vikinga, al cual los locales se referían como el Tupao Cue.
“Los cimientos se constituyen de piedra labrada y, pues, se dejan notar los restos de gruesos pilares de madera, casi petrificada, algunos que llevamos de vuelta a Buenos Aires para estudiarlos. Los bloques, ajustados sin argamasa, están tallados con una precisión que supone el uso de herramientas de metal. Se ven, pues, alineamientos de gruesos cantos rodados, uno de los cuales llevaba el signo que corresponde al gebo (g) rúnico. Según testimonios varios, la base hubiese sido mayor de no ser por obra de los lugareños, que con el paso de los años han quitado las piedras para construir hornos para pan”.
De Mahieu escribió que estos indicios serían difícilmente refutables, ya que “los jesuitas jamás se instalaron en Tacuatí” y los restos del Tupao Cue tampoco son atribuibles a los nativos, “que no sabían trabajar la piedra”.
“El muro que desenterramos soportaba paredes hechas de troncos escuadrados, al estilo vikingo, lo que viene a explicar los gruesos pilares de madera que excavamos en el lado sur. Esta es una indicación sobre el origen ario del Tupao Cue”, indicó De Mahieu.
De Mahieu cerró su estadía en Paraguay con una última visita al ministro Samaniego, con el informe correspondiente, y volvió a la Argentina junto con todo su equipo. En los años siguientes, se dedicó a clasificar sus descubrimientos, divulgándolos a través del Instituto de Ciencias del Hombre de Buenos Aires. Algunas de las fotografías que se tomaron durante aquellos días fueron incluidas en el libro “El rey vikingo del Paraguay (editorial Hachette, 1979).