El 19 de noviembre de 1993, el arquitecto, dibujante y escultor Jenaro Pindú dejaba el plano terrenal para instalarse en la memoria de grandes referentes de la creación en el Paraguay. Su estilo es hasta hoy motivo de estudio y admiración, tanto en la arquitectura como en el arte, y sus ideas marcan un antes y un después en el paisaje urbano, especialmente de la capital. Sin embargo, a pesar de su gran legado, su figura sigue hasta la fecha sin ser justamente reivindicada.

En un recorrido por Asunción aún se pue­den observar, como pausas de creatividad, algu­nas de las viviendas y edi­ficios diseñados por Pindú. Su sello inconfundible per­mite identificarlos inme­diatamente, en medio de la mayormente caótica estética urbana de la capital.

Jenaro Espínola Tami, quien adoptó luego el ape­llido Pindú, destacado dibu­jante, escultor, grabador, pintor y arquitecto, nació en Asunción el 10 de febrero de 1946 en una familia de buen pasar, conocida en la socie­dad capitalina. Fue el menor de tres hijos del matrimonio de Genaro Espínola, un mili­tar que peleó en la Guerra del Chaco, y Carmen Dorbalina Tami, descendiente de italia­nos y de origen villarriqueño.

Pindú en una reunión con amigos.

Junto con su hermano mayor, Carlos Alfredo, y su her­mana Margarita, apodada “Ita”, formaron una fami­lia de fuerte vínculo. Siendo pequeño, Jenaro sentiría el peso de la tragedia en el seno familiar. “Ita”, todavía una niña, enfermó de lupus y luego de años de padecer la enfermedad falleció. Impac­tado por la muerte de su her­mana, Jenaro buscó refugio en el arte. Una decisión que lo marcaría de por vida.

De carácter más bien intro­vertido, cuentan las anécdo­tas que ya de pequeño dedi­caba horas a la cría de aves en su casa de infancia, ubicada en Fulgencio R. Moreno casi México. En esa época hacía sus estudios en la escuela República Argentina y luego siguió la secundaria en el Liceo San Carlos. Para enton­ces, su actividad artística ya era intensa y tenía realizados varios dibujos que firmaba con las iniciales JET.

En 1964, con 18 años de edad, ingresó a la Facultad de Arquitectura. Por esos años adoptó el apellido Pindú, que según él mismo explicaba era Espínola, en guaraní. Así comenzaría a firmar sus obras en adelante.

Por los pasillos de la facul­tad conoció a una amiga muy importante en su vida, Clara Luces. Con ella, paralelamente a los estudios, comenzó a trabajar en deco­ración de vidrieras de comer­cios. Algunas tiendas sobre la calle Palma fueron sus pri­meros trabajos.

Con 20 años, Pindú realizó su primera exposición de dibujos y esculturas. Según las cró­nicas, la misma fue un éxito. Desde joven, los trabajos de Pindú eran una búsqueda en la que se enfrascaba por días, semanas o hasta meses hasta descubrir algo nuevo.

El joven Jenaro desarrollando una de sus obras.

EL CASTILLO

Cuentan que en su época de estudiante, Jenaro iba a la facultad acompañado de una llamativa mascota: un cachorro de puma. El felino era motivo de atenciones y cuidados por su parte, al punto que llegó a vivir tam­bién en la famosa residencia del artista, conocida como “el castillo Pindú”, en el barrio San Cristóbal, de Asunción. La edificación estuvo siem­pre envuelta en un halo de misterio que le dio el folclore urbano, pero en realidad res­pondía al interés de Pindú por las formas desafiantes y a la vez por la ecología. Con el castillo buscó crear un espacio singular donde pre­dominara la mezcla entre la naturaleza y las formas asi­métricas y pintorescas de la construcción.

Detalle de una entrada del castillo Pindú.

En el interior del castillo llegó a funcionar un micro­zoológico, también había fosas artificiales, tajamares y especies de la flora nativa que ya entonces estaban ame­nazadas. Incluso había un pequeño anfiteatro. El cas­tillo fue una obra en proceso constante que fue creciendo y alterándose con los años, con paredes que se podían levan­tar para luego ser demolidas dando paso a otra idea. Tras la muerte de Pindú, el castillo quedó en un abandono, hasta hoy incluso. Poco se sabe de su destino. Hacia el 2018, a iniciativa de unos jóvenes que buscaron rescatar el valor histórico y arquitectónico del sitio, se realizaron algu­nas ferias, pero que luego per­dieron continuidad.

SUS SUEÑOS

Ya en la década de los 70, el nombre de Jenaro Pindú tenía fuerza propia den­tro ámbito arquitectónico y artístico. Con el “boom” económico que representó la construcción de la represa de Itaipú, Pindú inició una serie de ambiciosos proyec­tos. En menos de diez años llegó a desarrollar centenares de planos de viviendas tanto en la capital como en loca­lidades del interior del país, especialmente en la ciudad de San Bernardino. Basado en un lenguaje posmodernista, se apartó de la arquitectura neocolonial que atraía enor­memente a la nueva clase pudiente de la época.

Una de las arcas de Pindú.

“Insisten en la preservación de las casas antiguas los que no tienen nada nuevo que proponer en lugar”, afirmaba el propio Pindú al momento de justificar su propuesta arquitectónica de cambios muy contrastantes con la imagen de las viviendas y edi­ficios de esos años.

Dos edificios asuncenos son la clara muestra de la desa­fiante, futurista y perfeccio­nista mirada de Pindú: el edi­ficio Nautilus y el Asturias. Ambas edificaciones, espe­cialmente el Nautilus, refle­jan el deseo del artista, quien expresaba: “Mis trabajos son mis propios sueños, circuns­tancias que llevan al infinito, a la cumbre y nuevamente al sueño”.

Jenaro Pindú (primero de la izquierda), en la muestra Alternativa ‘89.

Su personalidad introvertida, su sensibilidad y su vida soli­taria se reflejaron de alguna forma en sus creaciones. Sus proyectos de viviendas mos­traban su deseo de convivir en armonía con la natura­leza en un mundo moderno. Su genialidad se manifiesta en los detalles más pequeños, como la terminación de un techo, una puerta al estilo de la entrada a una cueva o un toque particular en la jardi­nería. Los elementos presen­tes en su trabajo artístico los traslado también a su obra arquitectónica, genuina y dinámica.

En 1988 crea el Estudio Pindú SRL, para lo cual convoca a varios profesionales con los que ya tenían experiencias de trabajo conjunto. El estudio sería “su escuela”. El mismo se instaló en el predio del castillo, su residencia. Allí el artista pasaba horas y horas dando vida a piezas artísticas y proyectos diversos, arqui­tectura de interiores, diseño de muebles, paisajismo, esce­nografía.

Otro de los dibujos del artista.

LA DICTADURA

La época de la dictadura estronista también marcó un momento de la vida de Jenaro Pindú. El artista llevaba una vida discreta, fuera de las luces, sin alardes a pesar de su renombre. Pero debido a su preferencia sexual, la dic­tadura le hizo sentir su rigor.

A principios de los 80, el sonado caso Palmieri ori­ginó todo un ambiente de intrigas y persecuciones. La maquinaria de la caza de bru­jas a homosexuales se puso en marcha bajo el silencio cómplice de toda una socie­dad que vivía bajo el peso de las botas.

La policía estronista arrestó a varios supuestos implica­dos en el crimen del niño Pal­mieri. Jenaro Pindú fue uno de los detenidos y torturados en las cárceles. Esa penosa experiencia le dejó secuelas dolorosas y buscando sanar esas heridas se alejó del país para ir a vivir a la ciudad de San Pablo, Brasil, donde resi­dió por unos años.

Pero aun con la carga de los ingratos recuerdos, volvió Asunción para seguir con su labor profesional, volviendo a recuperar con sus trabajos su estatus como uno de los arquitectos más destacados de nuestro medio.

VENA ARTÍSICA

Además de su presencia en el mundo de la arquitectura, el nombre de Pindú tam­bién se inscribe en el arte. Desde pequeño se lo recor­daba a Jenaro haciendo tra­zos y para la década de los 60 sus dibujos ya llamaban la atención. Había empezado haciendo esculturas, formas orgánicas casi misteriosas, idea que luego plasmó tam­bién en sus dibujos.

En 1966 ofreció su primera exposición artística con dibu­jos y esculturas. En 1970, en otra recordada exposición hecha en la Galería Miró, Pindú presenta sus famosas “Arcas de Noé post-indus­triales”, unas enigmáticas figuras, mezcla de barcos y trenes en algunos casos, que contenían una enorme cantidad de elementos con profundos mensajes. A par­tir de estas “naves” su obra comienza a girar en torno a ese eje artístico. Su dibujo parte de estructuras firmes como muros, torres, hierro de locomotoras, que deno­tan estabilidad o consisten­cia, para luego difuminarse en trazos, líneas, redes ten­didas al vacío. Para sus dibu­jos elige la tinta china sobre papel blanco.

En cuanto a los grabados, el artista utiliza el cobre, tra­baja en punta seca, agua­fuerte y aguantina. Los mis­mos implican una renovación y suponen un cambio concep­tual y en la técnica.

A lo largo de 25 años de tra­yectoria, Pindú expuso en las mejores galería de nues­tro país y del extranjero. La última exposición en que par­ticipó fue Alternativa ‘89, una muestra colectiva en el Cen­tro de Estudios Brasileños. En esa oportunidad expuso una escultura hecha con un tronco y ramas en descom­posición.

Sus obras figuran en el Museo de Arte Americano de Maldo­nado; el Museo de Arte Con­temporáneo, de Asunción; el Museo de Arte Popular y Dibujo Contemporáneo del Paraguay; la Colección Whe­ele, en Nueva York, EEUU, y en diversas otras colecciones del país y del exterior.

LA ENFERMEDAD

“El arquitecto y dibujante Jenaro Pindú falleció ayer alrededor de las seis de la mañana en el centro de atención al sida del Labo­ratorio Central de Insti­tuto de Medicina Tropical (Lacimet), donde ingresó hace unos días debido a una tuberculosis pulmonar. Pindú ha sido uno de los pri­meros dibujantes de nuestro medio, además de un arqui­tecto famoso en nuestro país, debido a sus osadas creacio­nes edilicias”, señalaba una publicación en la prensa del 20 de noviembre de 1993.

En efecto, Pindú había fallecido el 19 de noviem­bre, víctima del sida, tres meses después de la muerte de su madre.

Pese a la enfermedad que lo acompañó por varios años, Pindú se empeñó en su labor creadora por encima de las vicisitudes. Hasta un mes antes de su fallecimiento, el estudio arquitectónico lo tenía presente abstraído en sus dibujos y bocetos. Para entonces ya no residía en el castillo, sino en una vivienda cercana en compañía de su madre. Allí era visitado por amigos incondicionales que lo acompañaron siempre.

“Yo adoro esta enfermedad, porque mediante el sida puedo organizar mi vida”, manifestó el artista a sus ami­gos en una oportunidad. Así también, organizó su muerte. Construyó un palomar en un rincón del patio del castillo, como torre elevada a los cie­los, donde deseaba reposar eternamente, rodeado de su jardín. Tras su muerte, sus restos fueron velados justa­mente en el jardín del castillo, como él lo había pedido, con luces y no velas. La mañana del 21 su cuerpo fue tras­ladado al cementerio de la Recoleta, donde centenares de personas se convocaron para darle el último adiós.

Detalle del castillo Pindú.

En el 2019 se realizó la mues­tra La Nave Azul, obras de Jenaro Pindú de la Colección Félix Toranzos, en el Archivo Nacional (Mcal. Estigarribia esq/Iturbe), con los auspi­cios de la Secretaría Nacio­nal de Cultura. Esta incluyó una colección de más de 50 obras, dibujos, grabados, collage e impresiones de Pindú. La colección fue for­mada a partir del gran inte­rés que tuvo Félix Toranzos de recuperar la memoria de la obra de Pindú, que llevaba formando desde el 2013. La muestra permaneció abierta por casi dos años.

Antes de su partida, Jenaro buscó darle vida a uno de sus sueños más anhelados: la Fundación Museo Pindú, que se dedicaría a la difusión de las artes y al estímulo de los jóvenes creadores mediante concursos y exposiciones. Esta idea había sido conce­bida para que todo su acervo particular quedara en un solo espacio para que futu­ras generaciones puedan ver su trabajo, en el espacio donde fue creado, en su vivienda.

Aun con los achaques de su enfermedad, Pindú impulsó su deseo del museo hasta sus últimos días. Sin embargo, tras su muerte, seguida de una polémica sobre heren­cias y derechos de sus obras, el proyecto quedó truncado.

Señalaba el arquitecto Aní­bal Cardozo Ocampo en una publicación de la revista Mandua (julio del 2017) que solamente una profunda y extensa investigación de la obra de Pindú, que hasta hoy aun no se ha hecho, podría dar la posibilidad de dimen­sionar todo su aporte, tanto en el orden arquitectónico y urbano-ambiental como en el ámbito del diseño y de la plástica. Quizás sea la gran deuda que el Paraguay tiene todavía con este destacado creador.

EN DEFENSA DE SUS OBRAS

En setiembre del 2017, durante el gobierno de Horacio Cartes, un conjunto de quince viviendas proyectadas en la ciudad de Asunción por Jenaro Pindú, existentes hasta ese entonces, fueron declaradas como Bien de Valor Patrimonial Cultural, mediante la Reso­lución N° 621/2017 de la Secretaría Nacional de Cultura (SNC).

De acuerdo al dictamen de la Dirección de Patrimonio Cultural N° 28/17, se recomendaba la declaración, “teniendo en cuenta de que la obra de arquitectura se reconoce como hito urbano y deja de ser un espacio neutro”.

Un antecedente de la mencionada disposición fue la Resolución N° 134/08, de junio del 2008 firmada por el entonces titular, Bruno Barrios, por la cual se declaró Bien Cultu­ral al inmueble conocido como sede de la “Fundación Museo Pindú” (el castillo Pindú). El inmueble figuraba entonces como perteneciente al empresario Marcelo Toyotoshi.

La resolución del 2017 citaba el artículo 1 de la Convención sobre la Protección del Patri­monio Mundial, Cultural y Natural, que considerará patrimonio cultural a los monumen­tos, los conjuntos de construcciones y los lugares, que son obras conjuntas del hombre. Así mismo, parte de la resolución expresaba que todas estas 15 viviendas contaban con edificación de Valor Patrimonial Cultural en la ciudad de Asunción.

En enero de este año, toda una polémica se desató tras la denuncia de un concejal asun­ceno sobre las intenciones de demoler la conocida como “casa Kostianovsky”, una de las obras de Pindú, ubicada sobre la avenida República Argentina, en el barrio Villa Morra. La polémica coincidió con la llamativa derogación de la resolución por la cual se catalogaba a algunas de sus viviendas como patrimonio. La justificación que dio en ese momento el ministro de Cultura, Rubén Capdevila, fue que la resolución estaba “mal elaborada” y que se realizaría una nueva catalogación individual de los inmuebles. La vivienda ya había sido incluso utilizada como PC político de un movimiento interno del coloradismo, afec­tando la fachada del edificio con cartelería y otros elementos.

La casa Kostianovsky fue utilizada como PC político.

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