Por Pepa Kostianovsky

Este domingo, la historia que compartimos tiene que ver con las amistades de toda la vida que a veces no son tan sinceras y honestas como debieran y se convierten en “enemistades secretas” a causa de la envidia, el engaño y el odio oculto.

Sé muy bien por qué lo hice.

De ninguna manera es éste uno de lo esos casos en los que me he dejado llevar por los sentimientos, sin razonar antes y sin poder encontrar razones después.

Matilde ha sido durante años mi amiga del alma. Nuestro afecto viene del colegio secundario, transitó toda la universidad y recibió con nosotras los títulos que las dos archivamos, por un tiempo, porque entre examen y examen habíamos conseguido un par de maridos.

Luego, ella se limitó a ponerle marco y colgarlo.

Y yo tuve que desempolvarlo, para poder comer, el día en que el consorte antedicho el mío, por supuesto – se mandó a mudar.

En fin, son cosas de la vida. Yo no tuve suerte en esa empresa del matrimonio. En cambio, a Matilde le fue de maravillas. Y para colmo de bienes, Fernando –el suyo, por supuesto– hizo fortuna y le da una vida de reina.

Apenas inauguré mi lastimera condición de separada, Fernando me consiguió trabajo en el estudio de un amigo. Matilde me acompañó en mis más terribles depres. No pasaba semana sin que me invitaran.

Empecé a excusarme porque estaba harta de mi “tenida reglamentaria”. Un camisero azul, reliquia de tiempos mejores. Mientras Matilde vivía de estrenos.

Seguí viéndolos, con menos frecuencia.

Matilde no se olvidaba de cumplir conmigo.

En mi último cumpleaños me regaló un vestido camisero, azul. De no ser por las tablas de la falda hubiera sido igual al otro.

No, no creo que lo haya hecho con intención.

Vino a despedirse. Se iban a Punta del Este, con los chicos, la cocinera y la mucama. Habían comprado un departamento regio y pasarían allí todo el verano. Fernando no podía dejar la oficina tanto tiempo, de modo que se quedaba la primera quincena y después sólo los fines de semana.

– Sería lindo que vinieras unos días, el piso es tan amplio, sobra lugar.

– Como no fuera caminando…

Eran casi las ocho cuando salí de la oficina. El asfalto conservaba todo el calor de enero y los ómnibus seguían repletos.

El paso de Fernando en su auto súper refrigerado fue providencial.

Sí, desde luego que yo tenía tiempo para tomar algo fresco. Y estaba más que dispuesta a escuchar cualquier cosa. Que Matilde era una inconsciente, que lo único que hacía era gastar dinero, que no le importaba que él estuviera solo y deslomándose.

Que él necesitaba una mujer como yo.

Duró poco más de un mes. Unos días antes de que ella regresara, dejó de llamarme.

Matilde anunció que había vuelto y tenía montones de cosas para contarme. Que fuera a cenar esa noche. Improvisé una excusa, pero no pude eludir el siguiente viernes.

Además tenía ganas de verle la cara al muy cínico.

Estaba algo tenso, pero yo me portaba como una duquesa y se fue relajando.

La velada hubiera sido perfecta, si a Matilde no se le hubiera ocurrido traer “¡regalos para todos!”.

Me entregó un camisero azul, practiquísimo. El detalle de los botones dorados era muy original.

Esperé un rato y dije que al día siguiente tenía que madrugar. Casualmente, también Fernando tenía una audiencia a las siete de la mañana. Y estaba agotado.

Se abortó así la posible sugerencia de que me acercara hasta mi casa.

Sentada en la cama, después de haber pasado la noche juntando furia, con el placard abierto y los camiseros azules en ordenada exposición, le había enviado un mensaje: “Sos una estúpida que no te das cuenta que tu marido te engaña con tu amiguita del alma”.

Cuando Matilde llamó, noté en su voz que los había recibido.

Ni siquiera simulé sorpresa por su invitación tan inmediata a la anterior. Estaba ansiosa por el desenlace y por disfrutar mi venganza.

El aparatito estaba sobre la mesa, como dejado al descuido. Matilde esperó a que Fernando sirviera los tragos. Y lo mostró.

El imbécil se puso pálido.

Con un alarde de cancha hice una broma. “¿Será cierto? ¡Flor de chisme!”.

Pero el clima no era propicio.

Ella reclamó la verdad. Y yo me ofendí porque daba crédito a un anónimo roñoso. Fernando aprovechó y dijo que no podía faltarnos al respeto de esa manera.

Matilde –que no tenía muchas ganas de enterarse– optó por la farsa. Intentó una disculpa, que no acepté entonces, ni voy a aceptar nunca.

¡Es que las amigas no valen nada!

Etiquetas: #Amigas del alma

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