Corría el año 1969 y Maricarmen Ávila Cardozo soñaba la posibilidad de crear la primera academia de danza en el barrio Sajonia, que empieza en el patio de la Crucecita Milagrosa poniéndose un atado en la cabeza donde llevaba todos los días desde su casa un giradiscos para dar clases.

¿Qué es lo que lleva seguir un trayecto sin pausa durante tantas décadas en lo que uno ama?, sin dudar es la pasión, algo difícil hace más de 50 años, siendo una generación que en general hizo lo que le conve­nía y no lo que le apasionaba.

La academia lleva el nombre de su hermana Ana Cristina, quien falleciera a temprana edad, empieza en el colegio de los dominicos –a partir del pedido que le hiciera esta con­gregación en el año 1969– que funcionaba al lado de la Cru­cecita Milagrosa, empezando así a dar clases en el patio de la iglesia, sobre tierra colorada buscando una sombra, des­pués le dieron un salón.

EL GIRADISCOS Y LAS CLASES EN LA CRUCECITA

“Todos los días de clase, me ponía un atado en la cabeza y encima llevaba el equipo de sonido con giradiscos, caminando cinco cuadras desde mi casa de la calle 21 hasta la esquina de la Cru­cecita, así empezó la ense­ñanza de danza en Sajonia”, nos cuenta.

Sigue diciendo: “Mis inicios fueron hermosos, como toda ilusión que tiene una joven­cita en crear su instituto. Sin darme cuenta mi pobla­ción de alumnos se había triplicado; empecé con tres, con cuatro, después fueron veinte… He llegado a for­mar a grandes profesiona­les que hoy están brillando, por ejemplo, Patricia Fian­dro Bajac y Bettina Taborda fueron alumnas maravillo­sas y son excelentes profesio­nales. En fin, mis hijas Ana María y Viviana Mallor­quín han estudiado con­migo. Quiero comentar que la escuela tiene como men­saje ‘dar amor todos los días para recibir y también brin­darse al hermano necesitado’. Trabajo mucho con la disca­pacidad, con los chicos espe­ciales y doy clases para ellos. Mi mamá, Graciela Cardozo de Ávila, es una de las funda­doras del Denide, hemos con­tribuido mucho para su creación, que en ese entonces era el Movimiento Pro Derechos del Niño Deficiente”.

Maricarmen Ávila y sus alumnos. Foto Estudio París. Asunción 1970.

UN TALLER DE DANZA Y ALBERGUE PARA JÓVENES DEL INTERIOR

En un momento dado Mari­carmen hace un pequeño silencio y luego sigue con­tando su rica experiencia: “La escuela Ana Cristina, no solo enseñó, también albergó a mucha gente del interior para que egrese. He tenido jóvenes que han venido de Capiatá a vivir conmigo para ser pro­fesionales, también de Her­nandarias, Ciudad del Este y otras ciudades. Tuve alum­nos varones que han salido excelentes bailarines y pro­fesionales de la danza. Hemos viajado mucho, estuvimos en varios concursos nacionales e internacionales, recorriendo Europa, Estados Unidos y toda América llevando el arte de la danza y dando lustre a nuestro país”.

Cuenta también que tuvo el honor de enseñar con gran­des maestros paraguayos en la academia, la primera profe­sora de danza clásica fue Perla Bonnin, luego Wilma y Ada Zárate.

Termina diciendo: Me siento bendecida de poder trabajar con niños, jóvenes, con adul­tos mayores dando clases de danza-terapia. Con el apoyo económico de mi padre Félix Rafael Ávila pude salir ade­lante; nunca escatimó en mi formación para hacer mi arte acá en Sajonia desde hace cin­cuentaiún años”.

Así termina hoy este recorrido por los vericuetos de las histo­rias de Sajonia, que es parte de un trabajo de investigación que duró varios meses con el patrocinio del proyecto Habi­talis y que traemos a estas páginas de domingo.

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