Francisco Vallejos nunca imaginó algún sangriento escenario en la vida, por lo tranquila que siempre resultó. Este jornalero de 61 años tenía varios lazos de amistad, era confianzudo, amigable y forjaba un último vínculo con Daniel Salinas, un chico de 25 años y muchos lo conocían como “tua’i”.

  • Por Óscar Lovera Vera
  • Periodista

Era el mes de setiem­bre del año 2012 y la madrugada se hacía lenta, aún en más a las dos de la mañana del miércoles 12 de ese mes. Solo se oía algún pulular de algún insecto a lo lejos, la quietud era marcada. Tanta paz en el sueño de los vecinos del barrio Capilla del Monte se interrumpió repen­tinamente cuando el fuerte olor a quemado se colaba por las ranuras de persianas y balancines. La humareda era densa y abarcó varias calles.

Era carne lo que se asaba, el aroma era intenso. Muchos miraron sus relojes y no se explicaban quien prepararía un asado de esas dimensiones con la espesura de la noche, cuando faltaba mucho para que el cielo de diluyera con el día. Insólito decían.

Pero esa idea terminó pronto y fue poco después cuando los vecinos abandonaron sus camas y ocuparon las calles para saber de qué se trataba. Sus ojos brillaban y con inten­sidad se iluminaba; una casa ardía al final de la cuadra.

Lo que en principio parecía ser una triste tragedia -típica de un invierno cualquiera en nuestro país- por culpa de algún brasero encendido en el interior del domicilio, bus­cando algo de calor. Pero no fue así, algo más ocurrió.

UN GRAN FOGÓN

Policías, bomberos y un gran número de curiosos, todos se reunían alrededor de la casa de Don Francisco, que estaba siendo devorada por el fuego.

—¡Manguera de 70 pulgadas, dale muchachos. Antes que esto pase a la otra casa! —gritó el capitán de los matafuegos.

Las mangueras se cruzaban entre sí, eran varias líneas desplegadas para controlar las llamas. La columna de humo se elevaba alto y se perdía con el cielo cubierto.

El trabajo era arduo, la gran cantidad de calor liberada y la densidad del humo, lo compli­caban todo. Pero… en ningún momento se escuchó algún pedido de auxilio…

—¿Dónde estaba el señor Vallejos, Francicos Valle­jos? —Se preguntaban varios vecinos que cuchicheaban a lo lejos, curiosos y ávidos de resolver el misterio de la casa quemada.

El gran fogón al fin acabo. Una cuadrilla de bomberos entraron con ganchos y una línea con menor caudal de agua. Ahora el trabajo tenía por objetivo reducir todos los focos de calor en la casa y debían remover todo para ello.

En medio de esa labor, el gan­cho se atoró a algo. El bombero se aferró a su herramienta y la jaló con fuerza, le resultó inútil. Era algo pesado, de mucho volumen. Pensaron en un fardo de ropa acumulada en alguna bolsa, de esas que ya no se usan y apilonan para finalmente regalarlo.

—Una vez más, estirá con fuerza… ¡ahí va! —gritó el socorrista al momento que sintió que finalmente remo­vió de ese sitio lo que estaba retrasándolo para terminar con el trabajo.

—¡Mierda, un cuerpo! —ató­nito y exacervado el bom­bero vio el brazo de una per­sona que brotó de en medio del montículo, que un primer momento pensó que tan solo era una bolsa con ropas viejas.

DÍAS ANTES DEL HALLAZGO

Los vecinos describían a Fran­cisco como una persona muy buena, que trabajaba por el barrio y nunca se metía en pro­blemas. Pasando los sesenta años, su salud comenzó a desgastarse, pero no así su nobleza y ganas de ayudar a aquellos, que como él en su momento de juventud esta­ban en indigencia.

Un día antes de que lo encon­traran muerto, el martes 11, Francisco compartió unos tra­gos con sus amigos. Estuvie­ron en una chanchería, a pocos metros de su casa.

El ambiente no era el mejor, la selección paraguaya caía por dos a cero contra la selección de Venezuela, era un partido por eliminatorias en el Defensores del Chaco.

Los nervios y frustración que calmaban con más alco­hol, y más. La ronda fue de no acabar y mientras más se extendían, más acalorada se ponía la discusión por el partido de fútbol. El marca­dor anunció el final del partido. El grupo se desintegró para que todos retornen a sus casas antes de que sea más tarde.

Francisco no iba solo, lo acompañó su amigo, Daniel -también jornalero- ambos vacilando por la borrachera, aunque él con ventaja por su juventud, Francisco no; estaba limitado por su salud, le costaba caminar y sumado a la ebriedad se tornó más com­plicado.

Daniel fue caritativo, se pre­ocupó y lo cargó cruzando su brazo alrededor de su cue­llo. Así lo llevó hasta su casa, a unas cuadras de la chan­chería.

Finalmente superaron la prueba y, aunque se tardaron, finalmente estaban en la casa de don Francisco. Para agra­decer el gesto, don Francisco invitó al joven a tomar más. Tenía algunas bebidas en el refrigerador y solo era cues­tión de ir y a traerlas.

Una botella llevó a la otra, ambos estaban tan ebrios que pocas veces lograban comprenderse, el alcohol se acabó pero las ganas de beber no. Daniel quería más…

EL ALCOHOL QUEMA

—¡Comprá más! ¡vamos a seguir tomando!, —ordenó con alboroto Tua’i.

Sin embargo, Francisco fue determinante al levantar su mano derecha, batiéndo su dedo índice al aire y dijo que ¡no! —ápe vente che ra’a (hasta acá mi amigo) —trastrabi­llando palabras el hombre de sesenta años intentaba para la marcha de ese tren alcoholero, el mismo que lo arrollaba y lo llevaba al sueño.

Pero Daniel insistió —¡Ejogua atu na! (compra más), excla­maba lo mismo por varios minutos, esta vez subiendo el tono de voz, hilarante e irri­table.

—Ndarekovéima ko la pláta (no tengo más dinero), fue la respuesta de Francisco, quien en pocas palabras enfureció a su amigo.

Daniel se puso de pie, y car­gaba con el peso de la furia. Nadie podía darle un no como respuesta, ni siquiera ese hombre a quien llamaba amigo, y más aun tratándose de alcohol.

Lo que en un momento fue una charla jovial sobre la vida y sus ingratitudes, la falta de suerte en el amor y el dinero, pasó a ser un desafío violento ver­bal. Se desató una discusión, que no duró mucho. “Tua’i” debía hacer algo al respecto, se insultaron mucho y quería prevalecer sobre aquel viejo, no permitiría que lo menos­cabe de esa forma.

Ambos sin dinero y con agra­bios. La amistad terminó para tomarse en serio que en ese sitio solo uno queda­ría en pie.

Con furia cargada en las manos, Daniel fue por un cuchillo a la cocina. Francisco aún continuaba en el mismo viejo sillón, en el patio delan­tero de la casa. Adormecido por su ebriedad no intuyó que su joven amigo lo que­ría asesinar. Daniel camino cauteloso, lo pensó y estaba decidido; mataría porque lo insultaron y no había más dinero para beber.

En un instante y con furia descomunal clavó una y otra vez el cuchillo en el pecho de Francisco, doce veces, hasta ya no poder más.

Pero eso no era suficiente, todavía guardaba mucha furia. Algo más debía hacer. Comenzó a desmembrarlo y posteriormente cargó algu­nas partes en bolsas. Tomó un cerillo, y decidido lo arrojó dentro de la pequeña casa. Después esparció alco­hol por cada rincón y al darle la espalda al salón un ceri­llo lanzó. En minutos todo comenzó a arder.

Daniel no quizo evidencias. Creyó que todo sería un plan perfecto como para borrar las huellas. Sin embargo, el humo alertó a los vecinos, quienes rápidamente die­ron aviso a los agentes de la Comisaría Séptima y a miembros voluntarios del Cuerpo de Bomberos.

Desesperados, todos los vecinos se reunían y las dudas comenzaron a surgir. ¿Estaba don Vallejos den­tro? Nadie había oído gritos, la única señal de alarma fue el humo que atravesó sus puer­tas y ventanas. En cuestión de minutos, la sirena anun­ciaba la llegaba de los bom­beros, quienes de inmediato bajaron y pusieron sus herra­mientas a disposición para el llamado.

Etiquetas: #Amistad#fuego

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