Este es el espacio, el lugar preciso en el que cada edición del Gran Domingo se publicaba su serie “Historia del Rock Paraguayo”. Feliz de la vida por entregarnos esas notas hechas a fuerza de pasión y de conocimiento profundo, Mario Rubén se sentaba en la redacción, conversaba con sus compañeros, reía con alegría y su tecleo vigoroso se convertía en música para los oídos de quienes sabíamos que de allí saldría una impecable y sentida historia que justificaría su fama bien ganada de excelente periodista y de persona a la que era muy difícil no querer. Estas páginas son un pequeñísimo homenaje en medio de muchos otros, un recuerdo dejado como una flor sobre su memoria, en este espacio tan suyo.

5 de mayo del 2021 -Face­book. “Informo a los amigos que, lamenta­blemente, la segunda prueba de covid salió POSITIVA. Voy a ingresar en breve a terapia intensiva del IPS. Solo pido que recen por mí! Los amo”.

Ese fue el último mensaje que leímos de su puño y letra. Un día antes habíamos hablado por teléfono luego de la ciru­gía a la que había sido some­tido a causa de su grave dia­betes. “Estoy muy cansado ahora, me cuesta respi­rar...ahí viene la licenciada a hacerme el hisopado, el segundo que me hacen...des­pués hablamos...”. El después hablamos se hizo imposible, nunca fue. Alcanzó a escribir en su Facebook ese mensaje y el pedido de “recen por mí”, se extendió por todas las redes, atravesó redacciones de dis­tintos medios, fue a parar a los micrófonos y guitarras silen­ciadas por la pandemia cruel, se multiplicó en oraciones, pedidos de ayuda, eventos solidarios, buenos deseos. Un día amanecíamos con espe­ranzas, otros estaban llenos de tristeza, pero la fuerza y las ganas de vivir eran su sello personal. La silla en donde trabajaba por las tardes en la redacción ahora semiva­cía por el teletrabajo, los dia­rios abiertos sobre el escri­torio y el último proyecto, la última llamada al grupo de rock al que iba a dedicarle su próxima nota de la extensa serie de la “Historia del Rock paraguayo” lo siguen espe­rando. Mario Rubén se ha ido donde seguramente ya estará con algunos amigos y colegas que él quiso en este viaje en la frágil nave de la vida.

Todos sabemos que “nada es para siempre”, como dice la canción, pero también sabemos que era demasiado pronto para llorar su partida. Demasiado pronto.

Sonrisa y alegría. Pocos pueden recordar a Mario Rubén enojado o triste en las redacciones por las que anduvo desparramando talento y buen humor.

SE FUE MARIO RUBÉN

  • Por Nico Espinosa

¡Y te fuiste nomás, Pototo! ¿Quién iba a creer que un tipo como vos, de eterna sonrisa y de sentido del humor latente e inacaba­ble se tenga que ir así? Y te fuiste nomás…que increí­ble. Llevando en tu equipaje el afecto de muchos amigos, bohemios, trasnochadores, rockeros, diletantes. Lle­vando sobre todo música, ganas de hacer las cosas y de seguir compartiendo cervezas con los perros.

Que increíble…si alguno de nosotros hubiera pen­sado en esta posibilidad, la de tu partida, tendría que haber grabado, por lo menos tu risa, que en adelante nos hará falta, para escucharla aunque sea desde el celu­lar…y bueno. ¿Qué nos queda? Mucho, primero, brindar por vos y recor­darte tal como eras, sencillo, espontáneo, conversador, ocurrente, atorrante, ima­ginativo, incansable. Nos queda creer que nos llama­rás en algún momento para contarnos de tus proyectos, de tu próxima página sobre el rock nacional, de tu opi­nión general de las cosas contada en medio de risas.

Nos queda desearte un viaje placentero al más allá, de donde no se vuelve. Seguro que en tu viaje pasarás por la Vía Láctea buscando alguna encrucijada lejana que te lleve hasta una cons­telación de tu agrado para instalarte. En fin…si le ves al Sol, decile que acá en el Paraguay el rock es una cosa de locos, locos lindos como vos. Adiós, eterno amigo.

LA BUENA LETRA

  • Por Augusto dos Santos, director periodístico LN

Cuando se marcha un periodista como Mario Rubén se quedan sus palabras, la historia de sus días y el reflejo de su pensamiento plasmado en el papel y el entra­mado digital.

Pero también cuando se marcha alguien como Mario Rubén se cancela una fuente de la que brotaba a bor­botones la buena letra, ese recurso supremo cuya loca­lización es cada vez más rara en el ecosistema al cual pertenecemos.

Nos toca despedir desde aquí a un compañero de un testimonio de coherencia envidiable, con una profesión de fe hacia el poder redentor de las palabras y un sen­tido de pertenencia a su tiempo, desde el compromiso.

Conforta ver que Mario Ruben supo tener muy bue­nos amigos que hoy se comunican con él –a donde se encuentre– con un cariño generoso en redes, bares y redacciones, y solo esperan que Vicente salga a recibirlo.

Respetos y gratitud desde aquí, por su paso, sus histo­rias personales y su colaboración con nuestro diario.

HASTA SIEMPRE, MARIO RUBÉN

  • Por Jorge Zárate

Entrañable, Mario Rubén no soportaba la injusticia.

Esa molestia inicial, al despertar a su conciencia cívica en la adolescencia, fue un motor principal en su vida y obra. Defender la libertad se convirtió en un imperativo genera­cional que lo impulsó a ser parte de un movimiento nacio­nal que horadó la tenebrosa dictadura de Stroessner hasta hacerla caer.

Lo recuerdo haciendo docencia en una escuela secunda­ria, contando de aquellos años en que el poder degradó la conducta social a escalas nunca superadas, premiando la delación, favoreciendo lo espurio, consagrando lo ruin, res­tregando la riqueza mal habida.

Fue un maestro, honrando la tradición de su padre que lo fue en su Concepción natal, por la didáctica aprendida, por el don de comunicar que trajo innato y desarrolló con pasión a favor de las mejores causas. Lector incasable, la literatura le fue vocación natural, la curiosidad, la necesidad de contar, le mostró el camino del periodismo. La Facultad de Filoso­fía en la Sajonia de su juventud terminó de forjar las bases de su acción. Aquella victoria del Frente Autónomo (FAF) en el Centro de Estudiantes fue una señal inequívoca de que la dictadura tenía los días contados. Nunca fue a bus­car las copias, pero solía recordar que en los Archivos del Terror, constaban las fichas del seguimiento policial a los jóvenes de aquel movimiento.

En esos días fue la radio, walkie talkie en mano, la que lo encontró contando las peripecias del 2 y 3 de febrero; lo pue­den ver montado a un Jeep con la mirada clara y la sonrisa franca, desfilar frente al Panteón celebrando la caída del tirano. En Abc Color ya mostró su calidad de periodista, Economía, aquella sección de nombres ilustres, lo vio inves­tigar, ir a lo profundo, del incipiente neoliberalismo al que abrió las puertas Andrés Rodríguez, la saga de injusticias que se propagarían después en el tiempo.

En Noticias brilló como reportero de historias compro­metidas y difíciles, al punto de poner en riesgo su vida, como le ocurriera en los años en que fue corresponsal en Ciudad del Este.

Ya en La Nación exhibió su calidad de entrevistador, la capa­cidad de llegar al centro de la intención de hombres de peso y silencio, como el narco Pavão, el inefable Blas N. Riquelme.

Sin embargo, fue en Crónica donde lo suyo fue explosivo, popular, farandulesco y crítico a la vez, colorido, inventiva, un desfile de tapas que puso a un pequeño recién nacido a disputar el tope de las ventas de los diarios consagrados. Rubén fue también militante del Sindicato de Periodistas (SPP), fue presidente de su Consejo de Delegados, levantó su voz, puso el cuerpo por los derechos de los trabajadores de prensa en el país y en Latinoamérica.

Cantor excepcional, motociclista intrépido, el rock era su forma de vida.

Por eso el valor de su última serie de reportajes en el Gran Domingo de este diario donde cuenta una historia que acompañó personalmente, con el coraje de aquella cofra­día que supo poner en valor.

La radio y la televisión quedaron en deuda con él, son medios injustos, se sabe. En la primera condujo un espa­cio de madrugada que todavía se memora y en la segunda fue productor de programas que hicieron escuela.

Escribía, penosamente no publicaba, textos que ojalá vean la luz.

Fue poeta, como su amado Joaquín.

TODAS LAS VIUDAS DE RUBÉN

  • Por José María Amarilla

“Rubén Velázquez. Paraguayo, soltero. Edad: 29 años por propia iniciativa (juró secretamente jamás cumpliría los 30, y se mantuvo veinteañero, ya pasando sus 50). Profesión: Arquitecto de frases y titulares de la prensa; diletante de las artes, rockero, campeón de causas perdidas, seductor serial.

No voy a lamentar su muerte porque él no lo hubiera permi­tido. No era su estilo, ni siquiera al borde de ser intubado; ni después de haber sido amputado...

Disfrutaba de la ironía y del sarcasmo. Pegar y ser pegado... Que las frases molesten, pero agraden. Que la pluma hiera, y que enamore.

Venía de los tiempos en que Helio Vera era Ocelot, animal de cacería, de teclear con Martini mucho antes de la fama. Cuando Mauricio Schwartzman pisaba con fuerza todavía. De una dictadura derrotada hacía apenas días y de esperan­zas puestas en futuro de alegrías.

Pototo no fue un ángel, ni un ser inmaculado. Pero hacía gala de los mejores defectos que uno espera de un amigo: bohemia, rumba y melodías; debate, labia, ideas justas, y mujeres hermosas como compañía.

Fue un querible sinvergüenza... Olimpista hasta los hue­sos, “sabinero”. “Mi primo, el Nano, que no me toca nada y es mi hermano”.

Supo ser invasivamente solidario cuando me intuyó decaído por amores y fue discretamente fraterno, al verme atacado sin justicia.

En el trabajo tenía siempre un as bajo la manga: un tema inesperado, un asunto inaudito, un descubrimiento impac­tante disparado a bocajarro.

No nos vimos mucho últimamente, pero su repentina caída en hospitales le dio punto y seguido a charlas inconclusas de hace décadas; más profundas, más sombrías, pero siem­pre llenas de energía.

No voy a lamentar su muerte. Él no lo hubiera aprobado. Se durmió sabiéndose querido, recibiendo retorno solidario de amigos y familia...

No me voy a lamentar, aunque en el fondo sienta de algún modo que nos dejó a quienes lo quisimos, en carácter de viudos y viudas...”.

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