Fotos: Nadia Monges

En una charla con Augusto dos Santos para el programa “Expresso”, del canal GEN, el escritor Javier Viveros habla sobre su pasión por las letras y cómo su experiencia de ingeniero informático lo ayudó a conocer nuevos mundos, lo que influyó en su vida literaria. Viveros asegura que para escribir lo primero que hay que hacer es leer. Afirma además que la literatura post Roa Bastos aún está buscando su nueva voz.

Augusto dos Santos (ADS): Anko era de la tribu Akan y su espíritu alegre hacía que parte de su diario uniforme fuera una sonrisa que le colgaba de oreja a oreja, como una hamaca. ¿Ese arte del equilibrio tiene que ver con la simbiosis del ingeniero y del poeta, Javier?

–Una interesante pregunta. Creería que sí. A mí me ayudó, pienso que me ayudó mucho el seguir una carrera científica. Porque me dio sobre todo disciplina, estructura. Hay una frase que dice que el talento es común, pero que la diferencia que hay entre un escritor bueno del otro es la disciplina, la constancia. El talento me parece que es fundamental tenerlo, pero lo que hace que uno llegue o no es la disciplina. Al talento es preciso sumarle la disciplina que requiere el oficio.

–ADS: A vos te gusta mucho el fútbol y yo suelo comparar el fútbol, en materia de disciplina, un buen centrodelantero tiene que practicar todos los días. Un escritor, escribir todos los días.

–Eso es lo recomendable. Es lo que decía Gabo, de mantener caliente el brazo. Uno tiene que estar en ese contacto, en ese comercio con la palabra. En ese tráfico diario porque así, como un carpintero hace una silla, una mesa, cuanta mayor cantidad de veces hace, va a ser más bueno en ello, se convierte en un experto. El de la escritura es también un oficio al igual que la carpintería. Tenés la orfebrería de la palabra y pienso que ese es un elemento necesario, estar en continuo contacto con tu instrumento que es la palabra, el lenguaje.

–ADS: Para cuando transcurra esta generación, probablemente tu nombre va a estar inscripto, de eso no hay duda, entre los escritores más notables de este país, yo no tengo duda de ello, mientras tanto esa es la diferencia entre la literatura y el fútbol. Para el fútbol hay que tener éxito toda la semana y el arte del reconocimiento en la literatura lleva más tiempo.

Claro, es un camino más largo y complejo que uno debe ganárselo con el tiempo. Me parece que no basta con que escribas un libro y digas: Bueno, ahí está mi obra maestra, admírenme, porque eso puede pasarle a Juan Rulfo, una persona con un talento muy fuera de lo común, pero creo que quienes somos más mortales debemos trabajar más. Y el escritor debe escribir. Se supone que es lo que le gusta y eso solo puede traslucirse a través de los títulos, los trabajos constantes, a eso yo estoy abocado.

–ADS: Cómo puede ser que un ingeniero electrónico quedó atorado en el caraguataty de la literatura de pronto en la vida.

–Ingeniero informático...

–ADS: Peor aún...

–(Risas) A mí de pequeño me gustaba mucho la lectura. Mi papá tenía una biblioteca de títulos muy heterogéneos. Recuerdo que abundaba la literatura francesa, por ejemplo. Había de todo, los primeros libros que me gustaron fueron los de astronomía. Tenía una fascinación por el espacio. Quería ser científico, a medida que fui terminando mis estudios quise seguir ingeniería genética, cosa que aquí no hay. Hice mis averiguaciones y podía seguir una licenciatura en genética en Posadas, Argentina, pero no estaba a mi alcance. Y como siempre me habían gustado también las ciencias, decidí, opté por la informática. Me atraía mucho el ámbito informático. Terminé la carrera y apenas pude hice un máster en literatura y así también le di un título a mi parte humanista, digamos, y ahora estoy cursando también un doctorado en letras y aprovechando la pandemia, estoy haciendo un máster en literatura comparada, en la misma universidad. O sea, siempre me gustaron las letras.

–ADS: Y tu primera letra impresa tiene 20 años.

–Sí, 2005, casi 20 años.

–ADS: ¿Cómo podrías describirnos estos 20 años del escritor que habita en vos?

–Y hay una evolución creo yo. Sobre todo fui tendiendo más hacia un lenguaje menos rebuscado, mi primer libro se llama la “Luz marchita”, un libro de cuentos, que está como mirando 400 años al pasado. Tenía ese lenguaje del Siglo de Oro, periodo histórico de las letras españolas que a mí me fascina, uno de mis maestros, uno de los mejores amigos que me dio la literatura es Quevedo, Francisco de Quevedo. Cuando yo descubrí su literatura en la época del colegio quedé fascinado. No podía entender cómo el lenguaje podía hacer esos prodigios, crear artefactos verbales tan fabulosos. Me quedé fascinado con el ingenio que tenía Quevedo y, por supuesto, que uno quiere imitar a sus maestros. Y eso, tenía mucha retórica ese primer libro de cuentos. Y bueno, con el tiempo fui cambiando, ahora trato de tener una retórica controlada, no exagerar con los adornos, también quizás es un aprendizaje y la lectura de otros maestros, como el caso de Borges, que para mí es otro de los faros de mi carrera.

–ADS: Leí una de las críticas de Mario Castells a una de tus obras y me quedé con este libro tuyo, “Manual de esgrimas para elefantes” y está muy ligado a tu vida, a tu experiencia en África. Contanos un poco sobre esto.

–Fui a África a trabajar, ejerciendo mi profesión de ingeniero. Fui a trabajar a una empresa de telecomunicaciones que tiene sucursales en África, América Latina y Asia. Y para mí fue un encuentro con otro mundo, un mundo diferente. Era encontrarse con comunidades que tenían otros códigos, otras maneras distintas de descifrar la realidad. Un acercarse a la realidad por otros flancos. Y además, en África, que tiene más de 50 países, y en Ghana por ejemplo, me llamó la atención que tiene varias tribus, se unen y un día deciden “nosotros somos Ghana, esta es nuestra bandera”, pero manteniendo sus individualidades. Están por ejemplo los Ashanti, los famosos guerreros, los Akan, y bueno, ahí en la empresa donde estaba podía interactuar con diferentes etnias o gente de diferentes tribus. A mí me encanta escuchar a la gente porque está la frase que dice “cada hombre es una historia” y en realidad cada hombre son muchas historias. Y ese libro que tiene 12 cuentos pudo haber tenido 50 o 60 tranquilamente.

–ADS: Es fascinante esa forma de hipocresía digamos que hay con África en eso de reconocerlo como ser la base de todo el ser humano y luego tardamos en recordar que gran parte de la magia que existe en el continente nuestro, tiene que ver con ese sincretismo con el África. Y digo hipocresía porque es un continente al mismo tiempo olvidado, avasallado, explotado.

–Sí, África tiene la desventura de que sus recursos naturales son muy apreciados por las potencias de todos lados y yo he visto eso en el Congo. Sabemos lo que pasa con Sierra Leona y sus diamantes. Bueno, a mí me tocó ver verdadera miseria en el Congo. Y también está esto de la alegría como viven el fútbol. Recuerdo que cuando fui por primera vez, llegué a Ghana donde se disputaba la Copa Africana de Naciones y ellos la vivían, eran como los brasileños, con una pasión como la brasileña, pero quintuplicada, tienen una verdadera pasión por el fútbol. Finalmente, la vida sucede en todos lados, no, cada comunidad tiene sus códigos, y sí, África, aportó mucho, mucho más quizás de lo que se le reconozca. Este tema de la magia está muy presente y te cuento una anécdota rápidamente. Coyo se llamaba el chofer con el que solía dialogar mucho y me había comentado algo cuando lo vi medio triste. Me dijo que él tenía una novia de Togo, en la frontera entre Ghana con Togo. Y que los padres no le permitían verla. Bueno, sos grande, traele, independícense, le dije. Y me respondió: “No, estás loco, eso no se puede hacer”. ¿Y por qué?, le pregunté. Y me dice: “Su familia va a pedir a un hechicero que cuando esté conmigo ella se muera y yo no es que voy a poder entregarle el cuerpo así nada más”. Entonces es parte del ritual, el novio tiene que pasar una noche con la fallecida. Tiene que desposar al cadáver. Tiene que hacer todos los rituales de un casamiento con el cadáver, tiene que poner el anillo, todo eso, y entonces al día siguiente los padres aceptan y se hacen cargo del cuerpo. Y le dije si eso no le parecía absurdo y para él no, era una cuestión totalmente “natural” y que, por lo tanto, no podía hacer mucho, es la ley de la vida más o menos. Entonces, lo que te dan estos viajes es eso, te expande todo, te da esa otra manera de entender el mundo.

–ADS: Y no te genera también ese “clic”, dirían hoy, de cómo nuestra realidad descuidamos mucho nuestra identidad, digamos. O tiende a no ser inspiradora como por ejemplo te pasa a vos como en África, repletas de identidades. Digo, a la hora de escribir, de generar contenido.

–Creo que hay una posibilidad ambivalente ahí porque por un lado vivimos en un mundo globalizado y las ideas están en todas partes y nos influyen, quiérase o no. Por lo otro, el paraguayo tiene creo un gran sentido de identidad. Por ejemplo, el libro “Fantasmario” tuvo un gran éxito y pienso a que se debe porque se trata de la Guerra del Chaco, la mayoría tiene parientes que son excombatientes.

–ADS: Pero, Javier, no me preocupa tanto el paraguayo, sino la industria donde se produce ese sentido. Debería valorarse más ese tema, ¿no?

–En ese sentido, estoy totalmente de acuerdo. Ahí, estoy por entero de acuerdo, si vamos solamente a la industria editorial, si uno mira los títulos más vendidos.

–ADS: Título, televisión, todo lo que es contenido.

–Sí, tenés razón, creo que se va perdiendo un poco eso.

–ADS: ¿Quién es tu generación, en el marco de quiénes eran las generaciones anteriores de escritores de Paraguay? ¿Cómo ubicás a tu generación?

–En el marco de una búsqueda. Estamos en la búsqueda de una voz. La sombra de Roa es muy grande. A mí me encanta. Dudo que brote otro escritor del talento de Roa en nuestra patria. Veo que por un lado hay escritores de mi generación que lo admiran y otros que no.

–ADS: ¿Qué hace de Roa incomparable?

–Su manejo extraordinario del lenguaje. Y su amor a Quevedo también.

–ADS: ¿Cómo se produce un Roa siendo que tuvo un proceso de acumulación de capacidades tan distinto al tuyo, por ejemplo. No pisó la universidad, eso lo ratifica como extraordinario, ¿no?

–Bueno, Roa tuvo el talento innato y tuvo mucha suerte con sus estudios. Él estudió en un colegio importante de la capital, tuvo acceso a bibliotecas de títulos grandes y tuvo el exilio en Argentina que le permitió crecer. Él mismo dijo que eso le permitió acceder a títulos que acá era imposible de encontrar. O sea, él tuvo acceso a ese estudio. Y es que no basta el talento, Augusto.

–ADS: Totalmente... Te interrumpí cuando hablabas de Roa.

–Sí. Su amor por las palabras. En una entrevista le preguntaron cuál era su escritor preferido y él dijo Francisco de Quevedo, el mayor malabarista verbal que he conocido. Y yo en la época del colegio leí eso y dije que estaba por el buen camino.

–ADS: Te gusta el fútbol. ¿Encontrás poesía en el fútbol?

–Por supuesto. Poesía cinética, o sea poesía en movimiento. Sobre todo en jugadores extraordinarios en el regate, el dribling, hablamos de Zidane, Messi, que son distintos a los iguales, tienen elementos que los hacen únicos.

–ADS: Es muy curioso todo esto porque trabajaste en la industria de la comunicación celular, que es como el summum de la obsolescencia, aquello que debe acabar en seis meses, y al mismo tiempo trabajás en el relato, con la palabra, con la historia, que es perenne ¿Qué te dice eso al manejo de los tiempos? ¿Cómo te adaptás?

–Sí, son cosas diferentes, no. Por un lado, el ámbito laboral que me da esa estructura. Todo es para ayer, sobre todo en el sector privado y tenemos metas y calendarios difíciles de cumplir, plazos que siempre son urgentes. Y, por el otro, está la creación. Me parece que son ámbitos distintos, pero que de alguna manera se influyen el uno con el otro. A mí me dio esta capacidad de estructura, agarro una agenda y digo tal día tengo que escribir un cuento, una monografía y así. Yo no tengo ese síndrome de la página en blanco que le dicen. Tengo a granel proyectos en la computadora divididos en carpetas como obras teatrales, cuentos, guiones, poesías, y voy creando a medida que voy agregando, llego a la carpeta, al archivo y añado. Y llega un momento hasta que algo hace un click y entonces digo ahora voy a hacer tal cuento. Como que me siento listo. Maduró la idea en mi cabeza y ahí me pongo a escribir en dos o tres horas. ¿Por qué? Porque el cuento ya fue pensado mucho antes.

–ADS: ¿Aparte de pensar, te documentás también? Es decir, ¿forma parte de tu sistema de trabajo?

–Sí, absolutamente. Porque creo que si un cuento o texto que tenga vocación de perennidad, esa documentación es importante. No solamente si vas a hacer tema histórico, donde el rigor es imprescindible porque, por ejemplo, en la Guerra del Chaco tenés que saber qué grado de militar tenía el personaje en tal fecha determinada, antes de tal batalla. Y creo que la documentació no es vital solamente para temas históricos, sino que para cualquier tema puede nutrir tu narrativa. Por eso sostengo que nosotros estamos actualmente en la mejor época para ser escritores, porque tenemos acceso a la información.

–ADS: Absolutamente...

–Tenemos internet, podemos hacer pedidos de libros que salieron ayer en Europa y esto sirve, entonces yo me documento.

–ADS: ¿Y cómo leés?, ¿digital o papel?

–Leo los dos, pero si puedo elegi, me inclino por el papel. Antes yo compraba los libros de Europa y tardaban tres semanas o un mes. Y el precio del envío era el triple que el valor del libro. Yo me documento muy bien, busco documentos, textos, links en internet.

–ADS: Te pregunto porque mucha gente quizás piensa que ser escritor es sentarse a escribir nomás. El trabajo del escritor es mucho más que sentarse y escribir.

–Se suele usar la metáfora de que hay dos tipos de escritores, el de mapa y el de brújula. El de brújula es una persona que sabe lo que quiere escribir, se sienta y se está yendo, creando sobre la marcha. Recuerdo que me llamó mucho la atención cuando leí que Cortázar en una entrevista dijo que para él, el mejor momento del día era cuando salía de su oficina, se sentaba a escribir sin tener la menor idea de hacia dónde le iba a llevar la historia en la que estaba trabajando. Yo quedé impactado, porque yo debo tener todo estructurado. Lo que pasa al principio, en el medio y al final. Yo soy un escritor de mapa. Yo tengo que tener un GPS que me vaya llevando sobre el punto elegido.

–ADS: ¿Sobre qué escribe tu generación?

–Hay por ejemplo una tendencia hacia lo histórico. Yo tengo mis novelas sobre la Guerra del Chaco, tengo mis proyectos sobre la Guerra Guasu. Marcos Augusto Ferreira, que es un joven escritor, también elaboró una novela ambientada en la Guerra Guasu. Tenemos a Tahiana Larissa, escritora paraguaya que vive en Nueva York hace tiempo ya. Ella escribió una novela que habla del abandono de Humaitá. Es decir, hay quizás una preferencia hacia la historia, pero también hay otro sector que da la espalda a la historia que tampoco está mal, claro. En un principio yo escribí libros que no tenían nada que ver con la historia paraguaya, pero después dije que tenía que pagar mi deuda con nuestra gran historia.

–ADS: ¿Y como motivación qué pensás que sucede ahora?, ¿que hay más una cuestión de revisionismo o una cosa de estética de transmitir la guerra?

–En lo que a mí respecta, es esta segunda opción. Yo tomo la guerra como una arcilla, como un material para labrar mi literatura. Me permite hacer una orfebrería. La guerra es una cantera inagotable. Cuántas películas, libros salieron sobre la Segunda Guerra Mundial y siguen saliendo. Es la condición humana en una situación límite.

–ADS: ¿Y cómo hacés para no conjugar con esa cosa chauvinista, nacionalista, de extremistas que se ve mucho en nuestro ambiente?

–Me resulta muy sencillo. El jurado del PEN Club de los Estados Unidos que premió el libro “Fantasmario” apuntó en su veredicto justamente eso; aquí no hay patrioterismo, chauvinismo, no es panfletario. Porque a mí lo que me interesa es el ser humano atrapado en las fauces de ese monstruo antropofágico que es la guerra. A mí lo que me interesa es la historia de ese ser humano, más allá de los colores, las banderas y los bandos. Yo quiero contar su historia. Por eso me resulta sencillo evitar ese tono panfletario que lamentablemente sí, hay muchas obras que están impregnadas de ese tono y que me parece va en contra de la calidad, de la estética.

–ADS: Hablame de dos o tres personas de tu generación a las que habría que leer.

–Te voy a recomendar a José Pérez Reyes, que es un cuentista. Hay un libro suyo conocido que se llama “Clonsonante”, en sus páginas hay ciencia ficción y distopía. Es un escritor diferente y me parece muy bueno. Y de una generación posterior te puedo citar a Ricardo Loup, que tiene hasta ahora un solo libro publicado, pero me parece tiene mucha calidad, que se llama “Este lado de las cosas”. Es un libro que durante gestión de la Sociedad de escritores del Paraguay, apoyamos gustosos porque tiene calidad, que para mí es imprescindible. Un libro tiene que tener la persecución estética. Hay un tratamiento de lenguaje, sobre cómo se cuenta, no solamente contar por contar. Otra escritora que me parece muy buena es Patricia Camp, que es de la generación de Ricardo. También está Blas Brítez, por ejemplo. Hay varios.

–ADS: La novela sigue siendo un abordaje difícil, ¿no?

–Sí, a mí me costó mucho. Para hacer ese libro de 140 páginas recopilé información durante cinco años más o menos, haciendo a la vez otras cosas también, por supuesto. Bueno, pero me llevó un año escribir, que para una persona ansiosa como yo es una eternidad. Tal vez en un año pude haber escrito varios libros de cuentos infantiles, que me salen con mayor facilidad. La novela “Réquiem del Chaco” me llevó mucho tiempo. Para mí fue un proceso lento. Pero también lo encaré porque la novela es la reina de la industria editorial, como que uno no es escritor si no escribe una novela. Estoy conforme con los resultados, porque se lee en los colegios, hace poco estuve en una reunión con alumnos y me hicieron preguntas muy inteligentes. Es una novela que creo no me deja mal parado, realmente.

–ADS: ¿Hay ausencia de literatura o de cierta calidad en el periodismo que tendría que ser una forma de, no sé, primo hermano o lejano, ves que hay una especie de calidad estética?

–Creo que el periodismo te da fórmulas y que si esas fórmulas las transportás a la literatura y se notan y no queda nada bien. Pero hay gente que escapa a ello. Por ejemplo, Blas Brítez es un periodista y tiene una prosa trabajadísima, tuvimos en la editorial Rosalba la suerte de trabajar la “Lámpara del lenguaje”, su primer libro, y es el de un escritorazo, tiene un muy ciidado trabajo lingüístico. Uno recibe goce estético con cada párrafo. Él supo separar su oficio periodístico y todas las formas enlatadas para escribir otra cosa y sale bien. Pero no sé si todo el mundo lo puede hacer.

–ADS: Si te golpea la puerta un o una joven de 15 a 17 años y te dice que le gusta este camino, ¿qué le recomendarías?

–Y lo de siempre, Augusto. Leer. Tiene que leer porque es la base de todo. Leer y si va a ser un escritor y vivir en Paraguay, que no se dedique solamente a las letras.

–ADS: ¿De Cerro Porteño u Olimpista?

Paso por sobre esa disyuntiva. Soy del Sportivo Luqueño.

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