Por Ricardo Rivas, periodista, Twitter: @RtrivasRivas

Los viernes son días especiales. Tal vez para mí y varios de mis amigos y amigas, aunque no para todos y todas. Mucho más desde poco más de un año cuando la pandemia nos alejó de los bares, verdaderos templos para el diálogo y el intercambio. La liturgia del debate no es una práctica menor entre periodistas. Es parte sustancial del oficio. De allí que, en algunas oportunidades –no en todas ni mucho menos siempre– la carencia de aquel espacio preñado de “mesas que nunca preguntan”, como alguna vez sentenció Enrique Santos Discépolo, la virtualidad de un WhatsApp múltiple, vale. El “Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con Violaciones Graves de los Derechos Humanos y la Dignidad de las Víctimas”, que se recuerda, desde el 21 de diciembre del 2010, cada 24 de marzo, fue el disparador.

EN MEMORIA DE ROMERO

Aquel día, la Asamblea General de las Naciones Unidas instituyó la efemérides que, en principio, fue para recordar el magnicidio que en 1980 puso fin a la vida del arzobispo de El Salvador, monseñor Oscar Arnulfo Romero, asesinado a balazos cuando celebraba misa, frente a sus fieles, por una banda de criminales paramilitares que lo silenció para que dejara de denunciar graves violaciones a los derechos humanos, en aquel país. Una catástrofe que se abatió sobre Latinoamérica. Enorme compromiso, pensé, con el que se procura crear sentido sobre la relevancia y el valor de la dignidad humana pero –y mucho más- sobre la vida misma. Sorprendió, por cierto, que la conmemoración no fuera vetada por el Consejo de Seguridad de ese organismo multilateral integrado en forma permanente por China, Estados Unidos, Rusia, Francia y el Reino Unido de la Gran Bretaña, países históricamente involucrados activamente en la casi totalidad de las guerras -formales o informales- y conflictos que desangran al planeta. Ese era nuestro debate en la noche avanzada de este viernes cuando el sábado se aproximaba arrollador. La vieja mecedora, mi refugio, casi no mecía. El copón, me ofreció un trago de Volturno 2017, de Viña Cobos, un cabernet sauvignon rojo rubí intenso. Insuperable. Derecho a la Verdad. A conocer la verdad. Confucio (551-479 aNE), encontraba alguna forma de sinonimia entre verdad y saber. Frente a sus discípulos, sostenía que “saber que se sabe lo que se sabe y que no se sabe lo que no se sabe; es el verdadero saber”. Los inducía a la búsqueda porque “cuando se alcanza el verdadero conocimiento, entonces la voluntad se hace sincera; [y] cuando la voluntad es sincera, entonces se corrige el corazón […]; cuando se corrige el corazón, entonces se cultiva la vida personal; [y] cuando se cultiva la vida personal, entonces se regula la vida familiar; [y] cuando se regula la vida familiar, entonces la vida nacional tiene orden; y cuando la vida nacional tiene orden, entonces, hay paz en este mundo.

NO HAY PAZ SIN CONOCIMIENTO

Desde el emperador hasta los hombres comunes, todos deben considerar el cultivo de la vida personal como la raíz o fundamento”. No hay paz ni verdad, sin conocimiento. Aquel maestro chino, más allá de su palabra, advierte: “El camino de la verdad es ancho y fácil de hallar. [Pero] El único inconveniente estriba en que los hombres no lo buscan”. Derecho a la Verdad, propone Naciones Unidas cada 24 de marzo. Tica Font, académica del Institut Català Internacional per la Pau, explica que Gandhi, en intensa búsqueda de la verdad, desde el ecumenismo, entiende que “ahimsa y verdad [satyagraha] están tan entrelazadas que es prácticamente imposible desligarlas o separarlas. La satyagraha agrupa dos términos del sánscrito, satya [verdad] y agraha [fuerza]. Es, por tanto, la búsqueda de la verdad a través de la fuerza interior la que conduce a actuar en conciencia. Fuerza que conduce a desobedecer y no cooperar con los obstáculos que se oponen a la verdad (conciencia)”. ¿Se puede llegar a la verdad sin saber? De esa búsqueda, tan inevitable como recomendada, emergen dos derechos humanos: Verdad y Saber, como acceso a la información. El camino hacia la perfección. Hacia lo correcto. Un amigo budista que me pidió que no lo nombre “para no parecer soberbio o poseedor de un conocimiento que siempre me es escaso”, cuando la cuestión de la verdad fue el eje del debate en el ecosistema virtual de esta medianoche, nos explicó que “satiá” es la palabra sánscrita que podría traducirse como “verdad o correcto”. Lo escuchamos en silencio. “Para nosotros, los budistas, la verdad puede ser de dos tipos. La verdad que emerge del consentimiento general [¿acuerdo social?], la saṃvṛiti-satiám y la verdad autoevidente, axiomática, que se admite sin que sea necesaria demostración alguna, la paramārtha-satiám”.

LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD

¿Pragmatismo? Alguna vez, escuché de un creyente del Islam que “la búsqueda de la verdad debe ser el propósito de todo ser Humano”. Conocer la verdad es la vida misma. Algunos teólogos, sostienen que “verdad es aquello que es consistente con la mente, voluntad, carácter, gloria, y el ser de Dios”. Para los monoteístas, “la verdad –en hebreo emunah- es, por sobre todo y antes que todo, la seguridad o la confianza. Afirman que es verdadero lo fiel a sí mismo y, desde esa fidelidad, se hace digno de confianza y seguridad, porque es verdad. En ese contexto, hay quienes consideran a la verdad como el más real de los aforismos de la vida y, por qué no, el más alto de todos los aforismos para la humanidad en su conjunto. Las Naciones Unidas, cuando instituyeron la efemérides, lo hicieron a partir de la necesidad de “promover la memoria de las víctimas de violaciones graves y sistemáticas de los derechos humanos y la importancia del derecho a la verdad y la justicia” y, para “rendir tributo a quienes han dedicado su vida a la lucha por promover y proteger los derechos humanos de todos y a quienes la han perdido en su empeño”. Enorme objetivo. Propósito gigante.

El Séfer Hajinuj, señala que “la falsedad es abominable y deshonrosa para todas las personas, [porque] no hay nada más desagradable que ella y maldiciones recaen sobre el hogar de quienes la aman… por lo tanto, la Torá nos exhorta a distanciarnos de la falsedad, como está escrito: de la falsedad te alejarás [Midvar shéker tirjak]”. En diez oportunidades – coincidimos en la tertulia virtual- la comunidad global tuvo la posibilidad de reflexionar sobre la verdad. ¿Algo habrá cambiado? ¿Seremos poseedores de más y mejores conocimientos? ¿Habremos sido capaces de entender que solo los Estados pueden violar los derechos humanos? ¿Habremos comprendido que la dignidad es razón esencial para la humanidad? Discernir y acordar –o no- sobre la verdad, no sólo es una complicación para la mentira y quienes mienten. Es también el mayor obstáculo ético que se levanta entre los que asumen los riesgos de conocer lo que la verdad encierra y ser más sabios y dignos. Líderes y lideresas sociales deberían atreverse a la verdad. El colectivo humano debería exigírselos. No es fácil exigirlo ni que acepten hacerlo. Es complejo. Incluso, puede ser demoledor. Saber, siempre importa riesgos. No es inocuo. Sin verdad, no hay ni habrá memoria. Habrá relatos. Sin verdad, no hay ni habrá justicia. Habrá relatos. Sin memoria, sin verdad y sin justicia, no habrá mañana. Esa imposibilidad habrá de emerger a partir de la mentira farsiástica de hoy respecto del ayer. Pero no podremos hacerlo en soledad. La búsqueda de la verdad un acto colectivo. Solo la decisión de participar de él arribará –o no- en soledad. De todas las verdades habrá de ganar espacio la verdad. Es asunto de los pueblos. No de líderes que se ubiquen por encima de los pueblos.

La verdad, siempre, es ascendente. Viene, “desde el pie”, como cantaba don Alfredo Zitarrosa. La verdad, conlleva el riesgo de no ser atractiva. Sin verdad, no hay crecimiento. Líderes y lideresas deberían incitar a la búsqueda de esa riqueza para redistribuirla. “No crezca mi niño, no crezca jamás/Los grandes al mundo le hacen mucho mal/ El hombre ambiciona cada día más/Y pierde el camino por querer volar/Vuele bajo, porque abajo/Está la verdad/ Esto es algo que los hombres/ No aprenden jamás”, exhortó Facundo Cabral. Confucio, dos milenios atrás, advirtió: “El buen líder sabe lo que es verdad; el mal líder sabe lo que se vende mejor”.

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