Por Aldo Torres, Lic. en Historia y en Lengua Inglesa, Filosofía – UNA. Fundador del Centro de Investigaciones de Historia Social del Paraguay. (aldo.saeta@gmail.com)

Fotos: Archivo La Nación

Refiere el padre Pedro Lozano, al respecto de la ilex paraguariensis, que el arzobispo de Milán había solicitado a comienzos del siglo XVII al fundador de la Provincia Jesuítica del Paraguay, que pusiera “todo su empeño, en desarraigar mal tan pernicioso, como el de usar dicha yerba con grande daño de la salud y de los cuerpos” (p. 214).

Por la misma época, los relatos afirman que Hernando Arias de Saavedra, mientras quemaba en la plaza pública una talega de yerba, había profetizado que ésta sería la “fatal ruina de vuestra numerosísima nación, y ojalá jamás ninguno de vosotros hubiera descubierto a los españoles el pernicioso uso de ella, que tan caro os ha de costar en tiempos futuros” (Lozano, pp. 201-202).

El jesuita Ruiz de Montoya, asustado por el costo en vidas humanas que implicaba el beneficio (1) de la yerba mate, escribe que “tiene la labor de aquesta yerba consumidos muchos millares de indios” (p. 35). Y si bien no dudaba “que tenga virtud (aunque nunca la he probado)… el abuso en usarla es condenable…” (p. 39). La región del Mbaracayú era descrita por él como el seminario de la yerba. Además, anota que este producto se utilizaba como la principal moneda del país, pues corría como la plata.

DOS TIPOS DE YERBA

Había antiguamente dos tipos de yerba, la Ka'á Miní y la de Palos. La primera era las más exquisita y cara y se exportaba. El consumo anual en Asunción hacia 1620, en tanto, habría sido de entre 63 y 67,5 toneladas/año. Los jesuitas perdieron pronto el miedo a la yerba y no solo lograron cultivarla, sino que fueron los más grandes comerciantes de la misma en su época de esplendor. Nicolás del Techo relata los beneficios que se le atribuían a la yerba mate y explica que la bebida “se toma por parte de indios y españoles varias veces al día, con agua caliente. Los que se acostumbran a ella no pueden pasar sin usarla, y afirman que, si dejaran tal hábito, se debilitarían y no podrían prolongar la existencia, y de tal manera los domina este vicio, que, si no pueden adquirir buenamente dicha yerba, venden cuanto tienen para hacerse con ella” (p. 96).

Lozano, a su turno, sostiene que “concurrieron después a un tiempo, en el Paraguay, un gobernador del obispado y un teniente general que, atropellando por todos los buenos respetos, se dieron con tal desenfrenamiento a este vicio, que todo el pueblo se fue tras ellos, que el ejemplo de las cabezas arrastra con no se qué oculta fuerza a su imitación” (p 205).

Asimismo, asegura que los indios “la usan con más moderación que los españoles e indiferentemente en agua caliente o fría, los frutos que principalmente sacan de esta yerba son, que les alienta al trabajo, y da tanto vigor que no les deja sentir la falta de alimento, y que se ve frecuentemente que remará un indio todo un día sin tomar otro alimento que beber… un mate o dos de yerba…” (pp. 209-210).

Otro jesuita, José Guevara, escribe que la mejor yerba era de San Ignacio Miní. Explica que “no merece aprobación el exceso, pero el moderado uso lo comprueba la autoridad de los médicos y experimentados con efectos saludables” (p. 354). Agrega que se toma “con agua caliente, sirviendo de vaso unos cascos de calabaza que por acá llaman mate, de donde se originó llamar mate a la bebida” (p. 356), acotando que lo beben desde el bozal más negro hasta el caballero más noble.

En efecto, la yerba fue históricamente uno de los principales productos del Paraguay y, ligadas a su producción y comercialización, se encuentran la lucha por la propiedad de la tierra, la demarcación de fronteras, la explotación de mano de obra indígena desde los primeros años de la conquista y su prolongación hasta el trabajo de los mensúes en régimen de semiesclavitud en los yerbales luego de 1870, así como grandes eventos incluidos la Revolución de los Comuneros (siglo XVIII), y la Guerra contra la Triple Alianza (2).

MI EXPERIENCIA EN UN ALMACÉN

Como el insigne bebedor de tereré que soy, hace poco llegué hasta un almacén de barrio y pedí un paquete de yerba mate. La mujer que me atendió, a través de unas rejas, fue hasta el estante con yerbas y empezó a describirme las variedades que tenía: yerba mentolada, yerba con anís, yerba con limón, otras extravagancias posmodernas, etc. Le dije que quería una tradicional, la única yerba que puede llamarse tal, y le señalé una que veía desde lejos. Al traerme el paquete y mientras le pagaba, la almacenera me comentó, casi como una disculpa, que ella no conocía de yerba mate porque no tenía el vicio.

Al escuchar esto, un abismo semántico se abrió entre nosotros, porque para mí un vicio es necesariamente algo pernicioso y no asocio ese término con la yerba mate o la preciosa práctica del tereré. Y si bien sé que algunos hacen la relación tereré-pérdida de tiempo-haraganería, sé que ella no lo dijo en ese sentido, porque lo hizo tan naturalmente, sin ninguna doble intención.

Coincidentemente, poco después, y en un documento de 1817, leí que una mujer había solicitado a las autoridades que su contraparte en un pleito judicial le pagara el costo que demandó su viaje de comparecencia de Ñeembucú a Asunción, más la estadía y el viaje de vuelta. Entre otras cosas, expresó que “…sobre todo… VE sabrá tasar mejor y más arregladamente nuestros gastos así de los expresados, como también de los vicios, reducidos a yerba y tabaco…” (ANA - SNE vol. 1801).

Por otro lado, en 1812, la Junta Superior Gubernativa estableció numerosos principios de enseñanza que debían seguir los maestros de primeras letras. En uno de ellos indicaba que “además del preciso cuidado de sus costumbres debe tenerlo muy particular en impedir que se junten (los niños) con otros que puedan viciarlos, inspirando el candor y la inocencia, que huyan de la envidia, soberbia, cólera, indocilidad, de la mentira, del juramento (3) y blasfemia, de la impureza, pereza, y otros vicios…” (ANA - SNE vol. 1800). Aquí la palabra vicio tiene todo el tenor peyorativo y de corrupción moral que podría esperarse.

La Real Academia Española, por su parte, proporciona más de diez acepciones y usos para el vocablo vicio. He aquí algunos que vienen al caso:

-falta de rectitud o defecto moral en las acciones (el sentido de la Junta Superior Gubernativa)

-defecto o exceso que como propiedad o costumbre tienen algunas personas, o que es común a una colectividad (¿el tereré?)

-gusto especial o demasiado apetito de algo, que incita a usarlo frecuentemente y con exceso (otra vez, ¿el tereré?)

También da dos ejemplos de empleos coloquiales como locución adverbial:

-de vicio: Sin necesidad, motivo o causa, o como por costumbre.: “quejarse de vicio”.

-"hablar de vicio…": Ser hablador.

Estos dos últimos usos se dan mucho en el jopara y se escucha frecuentemente, especialmente en el interior del país, por ejemplo: imbarete de vicio pe tipo, itavy de vicio, etc. Igualmente se podría escuchar ivicio vai upe karai, aludiendo tal vez a algo tan inocente como ver televisión todo el tiempo.

El término vicio, desde luego, es polisémico y, además, posee una carga moral, que tiene a su vez una escala en grados. Asimismo, como toda palabra –y toda lengua–, está sujeta a variaciones a través del tiempo y del uso.

Lo que es notable en todo esto es que la almacenera enrejada utilizó la palabra tal y como se hacía hace dos siglos y debo decir que yo sinceramente jamás escuché a otra persona usarla en relación con la yerba mate. Quizá me encontré casualmente con un uso fósil del término vinculado a este producto.

Por otra parte, es interesante analizar que la persona del documento de 1817 antes citado era una mujer humilde, y hablaba “del vicio de la yerba”, producto estrella de la economía paraguaya antigua. Este hecho y el que haya estado en una nota al Dr. Francia indica que no era algo reprochable, sino simplemente un lujo quizá, un exceso, algo no necesario ni imprescindible. Habría que ver si una persona de posición financiera holgada en aquella época se referiría de igual forma hacia la yerba mate. Dejemos esa yerba para otro costal.

En resumen, considero que la mujer del almacén empleó la palabra vicio en un sentido correcto, como lo prueba una de las acepciones citadas de la RAE, pero su uso, para mí, fue incomprensible en el momento. Qué maravilla el lenguaje y los diccionarios, por cierto, y qué cuasi-infinitud de conciencia contienen. Mucho más que la historia escrita. Finalmente, siempre hay que estar atentos al uso y significado que las costumbres o la moral del presente asignen a ciertas cosas. Solo espero que a alguien no se le ocurra prohibir el uso de la yerba mate y el tereré, asociándolos con vicios intolerables, porque ahí se arma la podrida.

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