Por Ricardo Rivas, periodista, Twitter: @RtrivasRivas

Eustochio Antonio Díaz Vélez, nació en el Reino de España el 2 de noviembre de 1782. Dieciocho años antes, concluyó la construcción del Palacio Real en Madrid, pero aquel vio la luz lejos, muy lejos, de la capital española y de la poltrona que ocupaba por entonces Carlos III, quien no solo era el monarca de los españoles sino, también, el de Nápoles y Sicilia, a la vez que el duque de Parma y Plasencia, Extremadura. Eustochio Antonio, fue parido en Santa María de los Buenos Aires que, un año más tarde, devino en intendencia de ejército y provincia del mismo nombre, dentro del Virreinato del Río de la Plata. A los 24 años, enfrentó a una escuadra inglesa que, en 1806, al mando de William Beresford desembarcó en la ciudad con poca fortuna. Fue derrotado por los vecinos que lideraba Santiago de Liniers, un francés. Eustoquio –como comenzó a llamárselo- era el séptimo hijo, de los trece que engendraron. Avatares de tiempos coloniales. En eso pensaba, en la noche de este viernes, cuando se acercaba la medianoche.

Un Lote Especial 2018, de Bodega Colomé, un Tannat NYC (nacido y criado) en los Valles Calchaquíes, en la provincia de Salta, ocupó su lugar en el copón. Con él me entregué a la mecedora. La primavera demorada, una noche más, me acercó a los leños crepitantes en procura de abrigo. Mis ojos se clavaron en el fuego. La imagen barbada del profe Juan José Escujuri Tellechea, un hermano historiador como pocos que siempre tiene relatos increíbles a flor de piel, llegó desde el espacio virtual. Curioso por saber cómo sobrellevaba el fin de la semana, le conté que de Eustoquio –que en verdad era Eustochio- y le expliqué que aquel había regresado a mis pensamientos. “Renegó de España, se hizo argentino, batalló la independencia y, como segundo del general Manuel José Joaquín del Sagrado Corazón de Jesús Belgrano, fue quien sostuvo la bandera de este país cuando su jefe le juraba fidelidad al flamante pabellón que él le recibió”, comenté y agregué que “hay tipos cuyas vidas, las de sus descendientes y sus obras están cruzadas por tragedias”. Raros designios. Alguna vez, años después, otro Eustoquio Díaz Vélez, hijo de aquel, fue parte de otro de mis viernes. De otra historia, cuando en el Palacio Díaz Vélez, asentado sobre la actual Avenida Montes de Oca a la altura del 100, durante una velada social, el joven Juan Aristóbulo Pittamiglio, prometido de una de sus hijas, fue devorado por un león africano que el dueño de casa tenía en su mansión. Aún hoy, aquel dramático episodio no solo se comenta en Buenos Aires, sino que forma parte de las historias que los guías urbanos relatan a quien quiera oírlos. Pero, cuando se penetra a fondo en la vida de los Díaz Vélez, el infortunio emerge como una misteriosa constante. “La vida opulenta de aquella familia se inició a partir del 26 de febrero de 1822, cuando Eustoquio padre dejó para siempre la vida militar. Las autoridades de entonces le concedieron el beneficio de cobrar cada mes el sueldo completo de general”, precisó Escujuri Tellechea. "Con aquella base, puso su mirada sobre la pampa húmeda en la que todo estaba para hacer.

Hombre de acción con vocación por lo crematístico, fundó no menos de dos estancias. ‘El Carmen, una de ellas, en las inmediaciones del Fuerte Independencia, que fue la base de lo que hoy en la ciudad de Tandil; y, ´’Médanos Blancos', solo limitada por el Atlántico Sur, lo que lo convirtió en el mayor terrateniente bonaerense", comentó. Ese establecimiento –que lleva el nombre de su esposa, María del Carmen Guerrero y Obarrio- comenzó a construirlo en 1825. A pocos metros de lo que sería el casco del establecimiento, instaló una pulpería. Por allí pasaban todas las caravanas de carretas cargadas de productos manufacturados y arreaban ganado. En 1828, fue designado Juez de Paz por el gobernador bonaerense, Manuel Dorrego, con la misión de "restablecer el orden y la tranquilidad en la campaña y crear un cuerpo policial. Ese mismo año fue elegido comisario. Su horizonte era el poder. Todo el poder que, al parecer, se entregaba –como legado-de generación en generación. Así fue que uno de sus nietos, Eugenio, arquitecto, en ese mismo predio construyó el Castillo San Francisco, como se lo conoce desde entonces en la zona. Con materiales y mobiliario que trajo desde Europa, la imponente residencia, con 77 ambientes y salones, 15 baños, dos cocinas, galerías, terrazas, miradores, balcones, taller de carpintería, rodeados de amplios terrenos parquizados estuvo completa en 1930. La inauguración prometía ser tan fastuosa como inolvidable. La recepción fue organizada en detalle por María Eugenia, la única hija de Eugenio. Orgullosa, su deseo era exhibir la obra de su padre. Las mesas se instalaron en el espacioso parque. Los invitados e invitadas, paulatinamente, arribaban de rigurosa etiqueta. El personal de servicio, uniformados en sus ropas de trabajo diseñadas exclusivamente para un evento que, seguramente, se recordaría por años, no dejaba descansar a las y los visitantes que recorrían las instalaciones. Algunos corrillos epocales aseguran que una buena parte del diseño de la fastuosa reunión Eugenia los tomó de aquella trágica noche en la Casa de los Leones –en la avenida Montes de Oca, Barracas- cuando Juan Aristóbulo Pittamiglio, fue devorado por un león hambriento en cuando aquel compromiso frustrado por el espanto. La espera se hizo larga y frustrante. Eugenio, nunca llegó. La muerte –por causas poco claras nunca reveladas aunque aseguran que “fue un infarto”- lo alcanzó en viaje hacia su lugar en el mundo, el Castillo San Francisco. La infausta novedad golpeó duro a Eugenia. Las luces comenzaron a apagarse. El silencio ganó espacio con la partida de los últimos invitados. Las mesas, con el servicio gastronómico sobre ellas, allí quedaron. La anfitriona, nunca más volvió. Dejo morir el lugar que, abandonado, en 1958 fue expropiado por el gobernador Oscar Alende. El lujoso mobiliario desapareció.

La historia oficial asegura que fue subastado. No hay registros. Solo quedaron las paredes y el recuerdo zonal de lo que fue. Otro gobernador, Anselmo Marini, hizo de ese lugar un reformatorio, como se llamaba por entonces a los institutos para alojar menores involucrados en hechos penales. El deterioro edilicio avanzaba. En la década de los años 70 la muerte volvió al lugar. Un joven que estuvo alojado en el lugar varios años y que poco antes había alcanzado la mayoría de edad, antes de recuperar la libertad, armado con un revolver que nadie supo explicar cómo llegó a su poder, mató a balazos al jefe del establecimiento. Una vez más, el Castillo San Francisco fue abandonado. Las historias pueblerinas dicen que, algunas noches, de entre sus muros se escuchan gritos desesperados y cánticos rituales que cantaban los pueblos originarios. El general Díaz Vélez, al parecer, fue duro con ellos. “Los Pampas, no olvidan”, afirman los puesteros que se niegan a comentar lo que allí ocurre con los forasteros.

Lo que queda hoy del Castillo San Francisco.
General Eustochio Antonio Díaz Vélez, español que quiso ser argentino.
Profesor Juan Jose Escujuri Tellechea: “Eustoquio puso sus ojos en la pampa húmeda en donde todo estaba para hacer”.


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