Por Bea Bosio

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Eran tiempos acia­gos aquellos en que andaba el pueblo luchando en la contienda del Chaco. Contingentes de jóvenes se habían enlistado a las filas de batalla y al poco tiempo empezaban a retor­nar heridos, mutilados o en féretros. El aire, aunque estaba colmado de angus­tia también exudaba patrio­tismo, sobre todo después de la victoria de Boquerón que había insuflado a la población con nuevos bríos.

En ese estado de las cosas, también sintió el llamado de la patria el joven astro del balón, Arsenio Erico.

Tenía 18 años la mañana en que se despidió de su madre, que lo abrazó intentando contener el llanto. Hasta ahora las bata­llas de Arsenio habían sido en la cancha, donde peleaban par­tidos de fútbol varios miembros del clan Erico. Nada se pare­cía a este adiós desgarrador e incierto. Pero Arsenio tenía 18, y a esa edad no se piensa en eso. Caminó con sus amigos al Puerto de Asunción sintiendo la patria en el pecho y subió con ellos al vapor Tacuary que rumbeaba al Norte, con destino a Puerto Casado, donde se uni­rían a la formación de soldados, para luego hacerse almonteseco en un tren que los llevaría hasta el corazón del escenario bélico.

Arsenio no tenía mucha expe­riencia en estas cosas de la gue­rra. Un año antes había hecho una pasantía en la Escuela de Aspirantes para Oficiales de Reserva de Paraguarí, pero lo suyo siempre había sido el fút­bol. Anotaba goles en el Nacio­nal desde los 15 y ya se destacaba por su gran talento. Pero ahora todo eso se volvía lejano en sus recuerdos. Allá en el Norte solo pensaban en el tren que los lle­varía muy pronto a defender lo nuestro. Una noche, ya en vís­peras de la partida, cuentan que Arsenio fue a jugar billar con unos compañeros, y en eso estaba cuando de pronto escu­chó la voz de un superior que lo llamó por su nombre.

El muchacho levantó la vista y se encontró con el coman­dante César Molina, que lo conocía por haber activado muchos años en la dirigencia del Club Nacional:

–¿Qué haces acá? – le dijo, y Arsenio no entendió si había curiosidad o reproche en la pre­gunta del militar.

Por las dudas se disculpó y le contó que habían venido sólo un rato porque ya estaban a punto de ir al frente a pelear.

El comandante negó con la cabeza. El Chaco no era el lugar donde tenía que estar. Había visto al novel jugador volar sobre la pelota, y sabía exacta­mente el campo donde debía batallar.

–Voy a arreglar con tus supe­riores para que vuelvas a Asun­ción inmediatamente. Cuando llegues vas a ponerte a disposi­ción del seleccionado de la Cruz Roja Paraguaya.

Arsenio lo miró sorprendido. Ni siquiera conocía aquel seleccionado que le acababan de nombrar. La Selección de la Cruz Roja Paraguaya era el equipo de fútbol que surgió para recaudar fondos y poder así mejorar la asistencia a los heridos del Chaco. El doctor Andrés Barbero –director de la institución– había concer­tado la idea con la Liga Para­guaya de Futbol, y el trabajo estaba empezando.

Arsenio no se demoró en volver a la capital y presentarse ante el seleccionado. Desde enton­ces, su uniforme fue una camiseta blanca con una cruz roja en el pecho y el número 9 en la espalda como centro delantero. Pronto empezó el recorrido por el país y el extranjero, donde el equipo disputó sus duelos en Argentina y Uruguay. 26 par­tidos que marcaron 81 goles, de los cuales 56 fueron de Arsenio.

Catalo Bogado cuenta en el libro que escribió sobre la vida del astro, que una vez, jugando contra Santa Fe, Erico dio uno de sus famosos saltos atléticos para cabecear la pelota, con tanta mala suerte que aquello fue tomar impulso para darse con el travesaño del arco del equipo contrario. Lo saca­ron de la cancha con el crá­neo roto y sangrando. El téc­nico decretó que en ese estado ya no podría seguir jugando, pero Arsenio estaba encen­dido, dispuesto a dar batalla hasta el final del partido.

Con la cabeza vendada, volvió a la cancha, y aún así, en ese estado, aquella tarde marcó tres goles. Uno de ellos, cabe­ceando. Su fama en cada par­tido iba creciendo, hasta que los dirigentes de River y del Club Independiente lo vieron, y empezó la disputa por con­tratarlo. Como Erico era cons­cripto en el ejército, no podía aceptar ningún contrato. Al estar el Paraguay en guerra, si se marchaba, quedaría como si estuviera desertando. Tuvie­ron que venir los argentinos para conseguir que el mismí­simo Ministerio de Defensa Nacional otorgara un permiso especial y la Libreta de Baja del Ejército, para que Arsenio pudiera enrolarse en las filas del Club Independiente.

Y ASÍ OCURRIÓ, EL 6 DE ABRIL DE 1934

Una semana más tarde, Arse­nio estaba listo para partir rumbo al país hermano. Pero antes de marcharse tuvo un último gesto con la causa de la patria: Pasó por la sede de la Cruz Roja Paraguaya y donó la totalidad de los 5.000 pesos de la prima que le habían pagado los argentinos para contratarlo.

Con esa cuenta saldada, cruzó la frontera a signar su destino legendario.

*Arsenio Erico es considerado por la FIFA como el mejor juga­dor paraguayo de todos los tiempos y uno de los mejores futbolistas sudamericanos de la historia. Sus restos –final­mente repatriados– hoy des­cansan en un mausoleo erigido en el estadio Defensores del Chaco. Esta crónica está basada en los datos del libro “Arsenio Erico” de Catalo Bogado, y en un episodio de Fútbol con His­toria que habla sobre el astro.

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