“Contradicción”, según el dic­cionario de la Real Academia, es “un conjunto de proposiciones que, al oponerse, se invali­dan”. De allí que esa pala­bra, una y otra vez, incan­sable, motiva pensamientos y reflexiones. Los líderes de la nada, esos y aquellos que, desde algún tiempo, con la hipocresía a flor de piel pro­curan convencernos que con ellos y ellas vivimos mejor, que somos más libres y que gestionan para que lo seamos aún más, agregan confusión. Dos nombres – entre muchas y muchos– al igual que no pocos sucesos que ganaron algún lugar en la historia de todas y todos, apremian esta noche.

Capellán James O’Neill, en Las Ardenas: “Dios Todopoderoso, Padre Misericordioso (…) Danos buen tiempo para la batalla (…) que armados con tu poder podamos avanzar de victoria en victoria y aplastar la opresión y la maldad de nuestros enemigos…

UNA ORACIÓN PARA LA GUERRA

El general y comandante del III Ejército norteame­ricano, George S. Patton, bloqueado por el mal clima en las Ardenas, Bélgica, cuando procuraba ocupar Berlín antes que el Ejér­cito Soviético –en el con­texto del ataque final de las tropas aliadas contra las huestes de Adolf Hitler para vencer al Führer– con­vocó de urgencia al capellán de aquella fuerza, el coro­nel James O’Neill, a quien le ordenó que creara una oración para pedir a Dios que mejorara la meteorolo­gía para poder atacar a los alemanes con apoyo aéreo. Lo consideraba imprescin­dible. Los biógrafos coin­ciden en que el religioso rechazó la petición porque no creía que estuviera bien rezar con el deseo de matar seres humanos, aunque fue­ran tropas enemigas. Pat­ton, guerrero indomable, mirándolo fijamente, lo habría urgido a cumplir la orden con la siguiente frase: “Capellán, ¿me va a dar cla­ses de teología o es el Cape­llán del 3er Ejército?”. En pocas horas, el religioso y coronel O’Neill, cumplió. “Dios todopoderoso y Padre misericordioso, humilde­mente te suplicamos, tu gran bondad, para frenar estas copiosas lluvias con las que hemos tenido que lidiar. Danos buen tiempo para la batalla. Escúcha­nos con gracia como los soldados que te invocan; que, armados con tu poder, podamos avanzar de vic­toria en victoria, y aplas­tar la opresión y la maldad de nuestros enemigos, y establecer la justicia entre los hombres y las nacio­nes. Amén”. La tormenta aflojó. En su diario, Patton –cuando la Nochebuena del ’44– escribió: “Una Navi­dad fría y despejada, un tiempo espléndido para matar alemanes”. Cuando concluyó la batalla, 35.128 soldados habían muerto; 83.093 estaban heridos; y un número indeterminado desaparecieron. El capellán O’Neill, en el propio campo de batalla, con la nieve acu­mulada teñida de rojo san­gre, fue condecorado con la Cruz de Bronce. Aquella historia –parcial o total­mente– cierta desde cine norteamericano, volvió a mi cuando, una vez más, terminé de ver “Patton”, en Netflix. ¿Se puede ser –al mismo tiempo– hombre de Dios y, por una orden terre­nal, crear una oración para rezar por la muerte? ¿Es la política y el campo de bata­lla de la incumbencia reli­giosa más allá de los ali­vios que, tal vez, algunas personas procuren antes, durante o luego de querer herir, de querer matar o de matar? ¿Es tan complejo discernir lo que es de Dios de lo que es del César? “A Dios rogando y con el mazo dando”, sentencia el viejo dicho popular.

José Félix Esquivel y Aldao. Empapó con sangre su sayo. Con el filo de su sable refrendó su apostasía. Con sus crímenes, el fraile, hizo “abandono definitivo de un reino destinado a los justos”, sentenció Basterra.

MONJE Y MILICO

El silencio que suele acom­pañar a la nocturnidad no pocas veces induce a los senderos dilemáticos. No hace mucho, en la misma plataforma de streaming vi “Revolución”, una produc­ción argentina que aborda un fragmento de la biogra­fía del general San Mar­tín cuando el cruce de los Andes, protagonizada por Rodrigo de la Serna. En esa historia, ambientada en tie­rras mendocinas, un cura que acompañaba a las tro­pas en camino a Chile, con hábitos religiosos, empuña la espada con vigor y cruel­dad. Una llamada inespe­rada, cuando poco faltaba para que naciera el sábado, obligó a una pausa en las reflexiones. “Caminando Uspallata en la memoria, Juan”, le dije a Basterra, un hermano escritor cha­queño, cuando quiso saber qué hacía. “La tierra que caminó Aldao”, respondió. “Monje y milico, Aldao, fue bravo”, agregó este rastrea­dor de personajes que, con su visita virtual acotó este semestre de aislamiento. “¿Cómo se puede blandir el sable para matar y ele­var la cruz para salvar, Bas­terra?”, pregunté. Poco y casi nada supe, hasta esta noche, de José Félix Esqui­vel y Aldao que estalló en llanto antes de prenderse a la teta de su madre un 11 de octubre de 1785, en la provincia de Mendoza. La única que rezaba allí, aque­lla noche, entre paredes de adobe, era María del Car­men Anzorena Nieto, su mamá, junto con algunas comadronas que la ayu­daron a parir. Francisco Esquivel Aldao, su padre y el de sus hermanos José y Francisco, todos milita­res, estaban en la casa pero a varias puertas de la pieza donde fue parido. Segu­ramente, Don Francisco, cuando aquella comadrona le informó que el pequeño José había llegado al mundo “por la gracia de Dios” y, por unos pocos minutos lo puso entre sus brazos, con sus ojos pardos clava­dos en el rostro rosáceo del pequeño, intentó marcarlo para siempre y definir su futuro. “La patria naciente tiene otro bravo para empu­ñar la espada”, aseguraban en los corrillos mendocinos que dijo su padre en ese ins­tante trascendente. Incom­probable. La pluma excelsa de Domingo Faustino Sar­miento me acercó algunos otros datos. No muchos, ni tampoco fidedignos. Alter­naba la espada y la pluma como armas para destrozar a sus enemigos. Esquivel y Aldao –aquel que de niño se educó con los dominicos, que se ordenó sacerdote en 1806 y doctoró en Santiago de Chile pocos años más tarde– era uno de ellos. No tuvo compasión con él. Su crueldad literaria hablaba más de él que de aquellas y aquellos a los que atacaba con formatos biográficos. No es sencillo discernir, en su obra si habla de él mismo o de los otros. “Sarmiento (…) realiza un peculiar des­lizamiento entre lo auto­biográfico y lo biográfico evidente en los influyentes textos literarios publica­dos entre 1843 y 1850. Los pasajes desde la escritura de la propia vida, que lee­mos en Mi defensa de 1843 y en Viajes de 1849, a la escritura de la vida de los otros (en Aldao y Facundo, ambos de 1845), parecen culminar en Recuerdos de provincia que, en el cierre de este ciclo, logra reunir los dos movimientos en un amasijo sorprendente de biografía y autobiografía”, sostiene Celina Manzoni, relevante académica argen­tina cuando analiza ‘Una biografía inmoral: la vida de Aldao’", notable texto sarmientino.

AL CALOR DEL FUEGO

Antes de la llamada de Bas­terra, el copón se colmó de sorprendentes reflejos y sabores uspallatinos. Un Estancia Uspallata Mal­bec 2017 –vinito joven de esa localidad mendo­cina que Aldao transhumó hundido en el lodazal de sus contradicciones, unos 1500 Km al Noroeste de Mar del Plata y cerca de 1900 Km. al Suroeste de mi querida Asunción– maridó estupendamente con los aromas emergentes de los leños crepitantes que entibiaban el ambiente en este todavía frío septiem­bre argentino. El confina­miento general ordenado para enfrentar al impara­ble coronavirus, se hace tan insoportable como incom­prensible. ¿Cuánto tendrá de salud pública y cuánto de puta intencionalidad polí­tica privarnos de transitar libremente? Siempre será una duda. Por la maldita la pandemia, aquellas y aque­llos que, ante la impotencia de no contar con la ayuda de la ciencia para enfrentarla, ordenan encerrarnos para cuidarnos. La vieja mece­dora le puso relajante y tenue movimiento al pla­cer olfativo desbordado con aromas frescos que indu­cen a pensar que deam­bulo sin rumbo entre pinos, hierbas mentoladas y dis­cretos frutos rojos. Entre­cerré los ojos. El vuelo de un cóndor que alguna vez vi, cuando muy niño, en la cordillera mendocina, me hizo pensar en la rebeldía incontrolable de la memo­ria que, para resistir al olvido, regresa como sueño. Se hace presente. Capricho de lo onírico, seguramente, aquella imagen majestuosa, bella, en profundo silencio, desapareció detrás de una ladera grisácea con sus alas extendidas. ¿Habrá vidas sin historias?

UN RELATO

“Los científicos dicen que estamos hechos de átomos, pero a mí, un pajarito me contó que estamos hechos de historias”, dejó caer alguna vez sobre una mesa que compartimos en El Bra­silero, el café preferido del maestro Galeano en Monte­video, antes que escribiera esas palabras y las ofren­dara a quienes quisieran leerlas y entenderlas. Aticé el fuego. Me atrapó el relato de Basterra. “Aldao era capellán en un batallón al mando del general Gregorio de las Heras”, explicó. “Una madrugada, antes de entrar en combate, aquel fraile dominico recibió la confe­sión de algunos soldados y un par de cabos que angus­tiados, temerosos de morir, imploraron que le rogara a Dios, para que conserva­ran la vida. Quiero volver a ver a mi hijo, dijo uno de ellos”, agregó el amigo Juan que, desde muchos meses escribe sobre aquel per­sonaje tan peculiar que se comprometió ante aquellos desesperados para “dar­les la fuerza que les falta” al tiempo que los exhortó a “no temer”. Atrapante. Fray Aldao se alistó. “Vis­tió un sayo nuevo. Hábito de túnica y esclavina blan­cas. Rosario de quince mis­terios al cinto y capa negra. Agregó un sable. En silencio profundo se encaminó hacia el campo de batalla. Hizo un alto en el campamento. Vivaqueó con los soldados unos pocos minutos. Algu­nos granaderos, sorprendi­dos, creyeron ver sus ojos, inyectados en sangre, con brillos extraños. ‘Parecía estar perdido’, dirán más tarde, los más condescen­dientes para con él, en tanto que otros, espantados, dijeron ‘poseído’, ‘engua­lichado’. Las Heras, supo que antes de despedirse de ese puñado de sus hombres, dijo con fría solemnidad, casi como si expresara un juramento: ‘Estos realistas aprenderán dentro de poco el valor de mi alma. Dios, no permitas que mi brazo se rinda’”. Escuché en silen­cio. “Lo que sigue, es tex­tual para uno de los capí­tulos que escribo”, advirtió Basterra. “Aldao era uno de los granaderos. Con el sable, del que desconocía la más elemental de las reglas, con el sayo rasgado hasta las botas, con el reli­cario transpirado debajo del sayo y con un espíritu hecho a la abstinencia, la mortificación y el cilicio, arremetía desde la altura de su bayo sobre la infante­ría enemiga en un desorden de golpes, fulguraciones y sonidos sordos y metálicos que altisonaban el diapa­són declinante de la tarde”. Al parecer, el cura, ¿lo era aún? “contribuyó con algu­nos heridos y dos prisione­ros: un estandarte de vein­tiocho años de la provincia de Ciudad Real y un infante madrileño de edad desco­nocida, en el que sobrevivía una estampa de la Virgen de Albacete en el bolsillo dere­cho de su casaca de guerra. El sayo ensangrentado del fraile era el sudario rojizo del acto de apostasía. Sobre las primeras arrugas de la frente y a pocos centíme­tros del cerquillo que cir­cunvalaba la tonsura, las manchas del barro des­prendido por la cabalga­dura eran el símbolo visible de la renuncia; el recorda­torio transitorio e indeleble de los crímenes del fraile; el abandono definitivo de un reino destinado a los jus­tos. (…) Mucho después de pasada la medianoche, y después de haber recibido la amonestación rigurosa y desengañada del gene­ral Las Heras, Aldao lavó sus ropas y las botas en las aguas descendentes de la montaña; en el cielo enca­potado de la cordillera, un cóndor andino recortaba su silueta en los cúmulos fugitivos del verano”. Lo de siempre. “A Dios rogando y con el mazo dando”. ¿Pen­samiento ancestral? Tal vez. “La independencia del dominio español (o, del pensamiento eurocén­trico del que desde siempre muchas y muchos renega­mos) no nos puso a salvo de la demencia”, sostiene Gar­cía Márquez en “La soledad de América Latina”, aquel texto formidable con el que aceptó, el 12 de octubre de 1982, el Premio Nobel de Literatura. Trágico.

Dramático. Tal vez, desde entonces, aquella sole­dad se haya extendido a la Aldea Global. Quizás, la pandemia sean algunos líderes y algunas lidere­sas. La hipocresía sólo ter­mina con la vida.

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