Por Mario Rubén Velázquez, periodista (ruben.velazquez@gruponacion.com.py)

El asentamiento Patria Nueva de Itauguá huele a tajy florecido, a flores silvestres, a pasto recién cortado. Son casitas con huertitas y gallineros que los pobladores han construido con sus propios esfuerzos y la autogestión comunitaria. Son gente que ha logrado un espacio en el mundo después de una dura lucha por el sueño de la casita propia. En una de ellas se oye música y no es cachaca ni reguetón: es rock. Allí vive y ensaya Alberto Rodas, el cantautor insumiso que hizo de su propia vida una metáfora de la rebeldía. “Creo que hay que seguir construyendo poesía, esperanzas y victorias porque sin esas armas los sueños se convierten en pesadillas”, sostiene. Alberto es autor de casi un centenar de temas, entre los que se cuentan verdaderas joyas de la poesía y la lírica: “Pequeño Adrián”, dedicado al hijo de “una mujer sin voz” que parió en el Buen Pastor, y “¿Dónde están?”, el himno sobre los desaparecidos bajo la dictadura cuyo huesos sembrados en la tierra “ya son estrellas, porque en la noche hacen latir la luz del pueblo”. Es uno de los protagonistas del otro rock nacional.

El cantautor paraguayo Alberto Rodas es considerado uno de los poetas y músicos más críticos del sistema. Y como tal, el más atacado en donde más duele: su propia supervivencia. Hace poco venció una enfermedad que lo tenía a mal traer. Siempre con lo justo, viviendo al borde del camino, Alberto va “rodando cantos”, a pesar de la malaria que castiga al sector más abandonado en la presente pandemia: el de la cultura.

Sus raíces rockeras son evidentes, desde el mismo momento en que escuchó las guitarras distorsionadas de Jimmy Hendrix y Pappo, los acordes de Charly García, el folk rock de León Gieco y los himnos de Pink Floyd, Led Zeppelin y Deep Purple en casa de sus amigotes del barrio Quilmes en Buenos Aires, adonde fue a parar luego de que su padre, Juan González Cristaldo, sindicalista de transporte público, fuera exiliado a Buenos Aires en la era del miedo. Pero una influencia anterior sigue picando en su cerebro de elefante: el día en que escuchó “Genesis” (1971) de Vox Dei y esa letra eléctrica: “Cuando todo era nada, nada era el principio...”.

“En el primer curso empecé a cantar con mis compañeros del colegio técnico General Enrique Mosconi de mi barrio (Quilmes), a fumar una pitadita de porritos en el baño y me cagaba todo. De mañana era bachillerato y de tarde talleres de electricidad, soldaduras, mecánica. Los dos primeros años que hice allá (Argentina) hablábamos todo el día de música, de rock. Para mí era toda una revolución”, cuenta Alberto.

Su postura irreverente y de lucha le viene de su padre. También su amor por la música. “Mi papá tenía un acuerdo con el kioskero que vendía diarios en un puesto frente a casa en Buenos Aires. Papá le arreglaba el auto y yo retiraba una vez a la semana mis revistas rockeras Rock Superstar y Pelo. Con la platita que ganaba compré mi primera guitarra y remeras de Jimmy Hendrix. Tenía 12 años, ¡boludo!”, se ríe.

EL HIMNO. Rodas cantó “¿Dónde están?” invitado por el cubano Silvio Rodríguez en su recital gratuito en Paraguay. “...¿Dónde están, con sus pechos erguidos/ Dónde están, los desaparecidos”.

MERIENDA CON VOX DEI

Tanto rock en tocadiscos portátiles y a todo volumen le llevó a él y a sus compas del Mosconi a concretar un sueño: no ir al colegio técnico para salir en tren a conocer el mundo. “Había mucho bolonqui, era la época de la dictadura: un profesor muy querido, Carlos Casabuona, que era rockero y profe de trigonometría e historia, había sido asesinado por los milicos. Está en el libro ‘Nunca Más’ de Ernesto Sábato”, relata.

Y Alberto se guardó unos sandwiches que su mamá preparaba para vender en el barrio y, con sus amigos, subió al tren con guitarras, ropas y raros peinados nuevos, a una misión secreta: ir al ensayo de Vox Dei, banda fundadora del rock argentino y famosa por su tema “Presente” (El Momento En Que Estás), conocida como “Todo concluye al fin”, considerada la séptima mejor canción de la historia del rock argentino (MTV y revista Rolling Stone).

“Vox Dei era de Quilmes y un compañero consiguió que podamos entrar a escuchar su ensayo. Éramos pendejitos de 12 años, todos pelilargos. Ese día, cada uno buscó vestirse de la forma más rockera posible”, relata Rodas. Alberto, de vaquero gastado y botas, se sujetó la melena con una colorida pañoleta de su abuela y vistió un viejísimo saco de su abuelo Fausto Rodas. “Le parecía a Robert Plant luego”, se ríe. “La mamá de uno de los Vox Dei nos invitó a tomar café con leche y escuchamos todo el ensayo, hasta que nos sacaron a patadas, claro”.

LOS BÚFALOS

De retorno al Paraguay con su familia, Rodas empezó a componer canciones como quien mira llover. Los versos le saltaban de la cabeza al lápiz y al papel. Tenía 16 años cuando una noche, a la salida de la iglesia del barrio Herrera en donde tocaba y cantaba como un monaguillo “juntos como hermanos...” –todo para besar a Mirtha, una belleza del coro parroquial–, escuchó que alguien que tocaba “Hey Jude” de The Beatles, como si la banda británica estuviera a la vuelta de la esquina.

“Me dije: nooo, no puede ser que los Beatles estén tocando acá. Y seguí el sonido hasta llegar a un murallón del club en donde estaba el grupo. Trepé el muro y salté, con tan mala suerte que caí a un charco de barro en donde patiné media hora y me embarré todo. Entonces me quedé en el chiquero a mirar a la banda que luego me enteré se llamaba Los Búfalos”, apunta Rodas.

Al día siguiente era domingo y con unos amigos fueron a la playa municipal de San Bernardino. “Estábamos ahí cuando de repente sube a escena un grupo y tocan The Beatles. ‘¡Estos son! Anoche caí en el barro por verles tocar’, dije. Me acerqué, me presenté a Félix Mendieta (líder de la banda), le conté la anécdota del chiquero y él –duro y frío por un rato– se cagó de risa y luego llamó a sus músicos: ‘Miren a este, se embarró todo anoche porque quería vernos’”, dijo entre risas.

Así empezó “una amistad entrañable con Félix, con Elpidio, con Ramón Mañotti, con todos los músicos originales que pasaron por Los Búfalos”, dice. Poco después, Alberto descubrió que a dos cuadras de su casa vivía Getulio Insfrán, quien fuera el primer baterista de Los Búfalos y con quien realizaron el concierto de homenaje a Led Zeppelin en el Hotel Guaraní. Insfrán era el nuevo director de orquesta de una banda bailable que se llamaba Los Rogers, en la que tocaba “Cachito” Verdecchia.

“Yo venía del colegio y me quedaba ya en la casa de ensayo a dos cuadras de casa. Tomábamos tereré y escuchábamos esa música. Escuchar esa guitarra de ‘Cachito’ Verdecchia me encandilaba. Hasta que un día se fue a buscarme a casa Getulio, a pedirme que venga a tocar el bajo porque le dijeron a él que era muy buen músico de rock... Nandi vera era, yo tenía 16 años y tocaba la guitarrita todo mal (risas). Pero el bajo jamás me imaginé que tocaría”.

Los Rogers llegó a ser primo hermano de Los Búfalos. Y cada tanto compartían escenario. Los Rogers de Fernando de la Mora y Los Búfalos de Itá Pytã Punta. “Conciertos memorables porque yo sabía que en la zona de Sajonia e Itá Pytã Punta se bailaba aún ese rock and roll jerokua, ese de con la mano y que hacían bailar a las minas”, dice. “Eran los expertos del país en el rock and roll. Al final, al poco tiempo de conocerle a Félix, éramos ya parientes voi y del mismo grupo de amigos”.

Entre los pioneros del rock paraguayo ubica a Rolando Chaparro, “que es uno de los que diseñan su propia poesía rock y que está presente siempre. Además, Roberto Thompson, Chester Swann, Alcy Rock, Pedro y Ángel, el Trio de Gladys, Pro Rock Ensamble. Con este grupo se lanza todo un nuevo estilo de rock en castellano que gustó mucho a la gente”, concluye.

PROTESTA OPÍVO VERA

DESNUDO. La segunda vez que Alberto Rodas tiró sus ropas para parar una garroteada policial.

Junio de 1994. La primera vez que Alberto Rodas se desnudó en público fue en el conflicto que estalló en Zona Sur de Fernando de la Mora en el asentamiento Sebastián Larrosa. Unas 280 familias sin techo ocuparon hectáreas de tierras municipales usurpadas por Nicolás “Bubby” Luthold, ex embajador paraguayo en Alemania, investigado por traer basuras tóxicas bajo órdenes del fallecido general Lino Oviedo.

Alberto vivía cerca del sitio y se enteró de que los ocupantes serían desalojados. Desde su casa olía el picante gas lacrimógeno lanzado por los antimotines que defendían la “propiedad” de Luthold. La represión fue feroz, pero mujeres, ancianos y niños resistieron toda una tarde-noche. La Policía se retiró, prometiendo regresar al día siguiente y expulsarlos “sea como sea”.

Esa noche, Rodas y los ocupantes realizaron una asamblea y resolvieron quedarse, “sea como sea”. “Decidimos que, si nos llevaban presos, antes íbamos a desnudarnos todos”, sostiene el músico. "Era una zona militarizada y cuando entraron para reprimir, nos desnudamos unas 500 personas. Sabiendo que a los medios les importan los escándalos, convocó a la TV y a los diarios con esa premisa: “Esta mañana nos embolamos todos”. Y la prensa destacó la desnudez como argumento. Rodas lideró la toma de dicho asentamiento.

La segunda vez (foto) fue cuando en el centro de Asunción, cuando una de las tantas marchas campesinas multitudinarias. “Se preparaba una feroz represión y se me ocurrió hacer lo mismo: desnudarme. Al final, no hubo garroteada”, dice entre risas.

CONDENADO POR CANTAR

Héctor Lacognata.

“La única vez que salí en primera plana fue cuando me llevaron preso a Tacumbú después de haber cantado en el Festiva de Solidaridad con el Pueblo Paraguayo en Lucha que se realizó en el Luna Park. Se vendieron 300 cassetes de “Torres de Babel” esa noche. Fui ovacionado por 20 mil personas en ese festival. Luego fui a Posadas, en cuyo anfiteatro se realizaba otro evento. Otras 10 mil personas festejaron esa noche”, relata Alberto Rodas.

Cuenta que lo que más le molestó a la dictadura de Stroessner fue su postura de rebelde inclaudicable, entero y jugado. “Fui a un evento en calle Palma, vino la Policía y me llevaron. Estuve de desaparecido días. Me ‘reaparecieron’ gracias a que cuando me detuvieron grité 'soy Alberto Rodas, autor de ‘Pequeño Adrián’. Llamen a radio Cáritas”, que era la única radio antiestronista en ese momento. Me dieron de culatazos de metralletas en la cabeza, en la boca, para que no grite más. Me ataron los ojos y no sabía a dónde mierda iba. Pero ese grito, que me enseñó mi papá, me salvó la vida", afirma.

A los dos días, ese grito surtió efecto y todo el país estaba enterado: “Alberto Rodas, desaparecido”. Sus padres denunciaron el secuestro y los canas sacaron a Alberto de su encierro: estaba en una celda del Cuartel Central de Policía. “De ahí me derivaron a la Comisaría Tercera, donde me volvieron a garrotear, y de allí a Tacumbú. Ahí ya formé parte de un grupo grande de presos políticos. Estaba con Carlos Filizzola, Héctor Lacognata, Juan Carlos Gorosito, que era secretario de Juan Carlos Galaverna... Otro fue preso a nombre de Galaverna” (risas).

Estuvo dos meses en Tacumbú y gracias a una huelga de hambre de activistas antidictadura, que se denominó “Navidad sin Presos Políticos”, fue el primero en ser liberado por el régimen, que ya empezaba a hacer agua por todos lados. Rodas y otro centenar de activistas fueron arrestados en noviembre de 1986 y luego presos en Tacumbú, acusados de violar la Ley N° 209/70.

PRIMEROS DISCOS Y MÚSICOS

Alberto Rodas cuenta que conoció a Joel Morel a través de otro amigo en común, “El Topo”, cuando armó su grupo con la Compañía Musiquera. Joel trabajaba en la sastrería de su padre, don Felipe, en General Santos casi Fernando de la Mora, y que era un cantante muy querido: cantó y grabó con la Orquesta Manuel Ortiz Guerrero en Buenos Aires. Era amigo de José Asunción Flores y conocía toda la movida, era un bohemio", detalla.

Enseguida se dio cuenta de que lo que estaba haciendo Alberto “también tenía algo de folclore, y muy relacionado a Flores. Entonces él siempre nos abastecía. Yo no necesitaba plata y el almuerzo estaba ahí. Colaboraba un poco en su sastrería y a la hora del ensayo, le daba una libertad especial a Joel. A las 17:00 ya terminaba el laburo, nosotros subíamos a la terraza a fumarnos un porro y nos íbamos a ensayar”, sostiene entre risas Rodas.

Su primer álbum, “Torres de Babel”, lo grabó en Cerro Corá en 1984. El dueño era Pedro Román, tío de Alberto, pero “el loco no aflojó nunca por que era estronista y no quería que un sobrino ‘comunista’ vaya a grabar rock en su estudio”, (carcajadas).

Sin nada gratis, Rodas debió conseguir dinero y luego se instaló en el estudio con un séquito impresionante: Roberto Thompson, Justy Velázquez, guitarrista y bajista de Pro Rock Ensamble, “los dos más grandes que hubo acá. Colaboraron conmigo Ricardo Flecha y Chondy Paredes, los dos más fuertes del Nuevo Cancionero con Ñamandu, y César Cataldo, quien tocó el arpa en un par de temas. También mi compañero del alma Joelito Morel, que en paz descanse, el bajista, y Bernardo Vázquez, mi baterista, un capo”, cierra.

Mi primer disco, “Torres de Babel” (1986) y el de Pro Rock Ensamble, “Música para los Perros” (1983) salieron muy bien a la venta. Y también el primer disco de Ñamandu (“A pesar del Otoño”, 1986), donde se lanzó “Pequeño Adrián” y fue muy famoso. Prácticamente no había una diferencia ideológica entre Nuevo Cancionero y el rock. Prácticamente éramos condenados y visiblemente apartados", dice.






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