Por Bea Bosio, beabosio@aol.com 

Cuentan que en la Asunción de antaño la bohemia tenía un capítulo especial en el barrio Trinidad, y uno de los puntos de encuentro era el afamado y eterno Almacén-Bar Cañisá. A aquel lugar apostado frente a la parada de tren llegaban grandes personajes de las letras y de la música, que quedarían grabados por siempre en la memoria popular. José Asunción Flores, por ejemplo, iba de traje y sombrero y tenía la costumbre de pedir cocido a las cuatro de la tarde. A veces llegaba solo y otras acompañado por Manuel Ortiz Guerrero, según testigos del lugar. 

Pero los grandes amigos y compinches eran el poeta oriundo del barrio, Darío Gómez Serrato, y el emblemático Emiliano R. Fernández –que en aquella época andaba siempre por la zona– ya que luego de la Guerra del Chaco le habían conseguido un trabajo en el Jardín Botánico, no muy lejos del bar. Emiliano profesaba un amor confeso por las noches y el trago y era común verlo en las fiestas de Trinidad escribiendo poesía que los muchachos le pedían para cortejar a sus pretendientes. 

–2 o 3 pesos por verso– decía, y de amor imprimía las noches del lugar. 

Darío y Emiliano compartieron varias jornadas a lo largo y ancho de Asunción, y cierta vez que andaban por el centro, en vez de regresar en tren a Trinidad, decidieron volver a pie desde la Estación del Ferrocarril Central. A l culminar el trayecto, se instalaron en el bar de don Cañisá y se dispusieron a combatir el sudor fondeando unos buenos tragos de caña blanca. 

Cerca de ellos estaba sentado un ciego que cuando se percató que el mismísimo Emiliano estaba en el recinto, se acercó a él emocionado, y lo empezó a alabar. Emiliano le agradeció el gesto y en medio de la charla amena, le invitó un trago de su propio vaso. El ciego –ni corto ni perezoso– aceptó la oferta y directamente fondeó la caña –entero el vaso– hasta el final. Emiliano, estupefacto, increpó a su admirador confianzudo. No podía dar crédito a lo que acababa de pasar. 

“–¡Che perdoná, che amigo, ndahechaiguinte niko ojapo upéva! (Perdóname, amigo, hice eso solo porque no veo)– dijo el ciego, pero a Emiliano la cosa le cayó muy mal. Y como insistía en desafiarlo, a Gómez Serrato se le ocurrió una idea genial para mediar: –‘Topa koa, ña henoi.… el trago ciego’ (Que termine esto y le llamaremos… el trago ciego)”– propuso. 

Y aunque aquello no sació el enojo del artista y el asunto se resolvió recién cuando don Cañisá intervino llenando el vaso a cuenta de la casa, la historia del trago ciego quedaría siempre guardada entre los dos amigos, y sería una de las tantas vivencias compartidas de aquella entrañable amistad, que aún vive en la memoria de los viejos, e imprime humor, orgullo y pertenencia al anecdotario de Trinidad. 

* La anécdota fue extraída del valiosísimo material de Selva Álvarez, que a través de distintos testimonios va hilando la historia de Trinidad. El Trago Ciego fue narrado por el hijo del dueño del bar, Nicasio Cañisá.

Dejanos tu comentario