Por Aldo Benítez, aldo.benitez@gruponacion.com.py

Fotos AFP, RPM producciones, diario El Tiempo, Noticartagena y gentileza.

Del corazón caribeño nació este ritmo que guarda entre los sonidos del acordeón historias y relatos de una Colombia profunda con sus diferentes matices. En Paraguay, el vallenato llegó a finales de los años 80 para conquistar las barriadas y ser un ícono de una movida tropical popular que sigue muy vigente.

El 10 de diciembre de 1982, el escritor colombiano Gabriel García Márquez hizo historia al recibir su Premio Nobel de Literatura. Apenas poco después de la ceremonia, unos 62 bailarines irrumpieron en pleno ayuntamiento de Estocolmo, Suecia, al ritmo de un vallenato puro de “Toto La Momposina” y los hermanos Zuleta y López. Aquella histórica presentación puso ante el mundo esos acordes –hasta entonces casi menospreciados como música– que habían sido parte de la inspiración de Gabo para sus fantásticas historias del caribe colombiano.

Muchos años antes, la tierra donde había nacido ese ritmo que acompañó a García Márquez en su premiación, era un amplio territorio de la costa caribeña de Colombia, conocido como Magdalena Grande y que estaba gobernado entonces por el gran Cacique Upar. Con el paso de los años, todo esa franja fue conocida como el Valle del Cacique Upar, lo que finalmente le valió, ya con el ingreso de los colonizadores españoles en 1550, fundarse como municipio con el nombre de Valledupar, en obvia referencia al líder indígena. Posteriormente, la extensa masa de tierra se dividió en los departamentos de César, Guajira y Magdalena. Valledupar pasó a ser, en 1967, capital del departamento de César.

Ya desde aquellas épocas, a quienes eran naturales de estas tierras se los empezó a conocer como “vallenatos”. Eran ellos los esclavos afrodescendientes, campesinos y trabajadores de hacienda que después de largas jornadas le daban rienda al acordeón o a la guacharaca para apaciguar un poco el cansancio y un poco también aquello de vivir un día más.

El vallenato es una de las expresiones culturales más fuertes de Colombia. (Foto AFP)

“La música vallenata comenzó a surgir con campesinos, trabajadores de fincas, que eran de Valledupar. En principio, se la veía como una música provinciana, de bajo nivel. Te diría hasta casi marginada”, dice el periodista colombiano William Fierro, quien vive en Santa Marta, departamento de Magdalena, pleno caribe. Desde hace dos décadas, Fierro trabaja en entender y explicar todo lo referente al mundo vallenato.

Sin embargo, como todo aquello que despierta pasiones, estudiosos e historiadores muchas veces no coinciden sobre el verdadero origen del vallenato como ritmo, ya que algunos aseguran que es originario de Magdalena, y otros de Valledupar. En lo que sí están de acuerdo es que se trata de una música que envuelve en su esencia a tres culturas a través de los instrumentos: la negra o afroamericana, con la caja vallenata; la de los indígenas con su guacharaca y la europea con el acordeón. Con el paso de los años, este acervo terminó siendo una de las más grandes marcas musicales y culturales de toda Colombia.


1415 La sierra nevada.. el indio sufre por su amada que se fue

1996 tu no te has ido, pero yo sufro por ti

Binomio de Oro - “Bañarte en mis sueños”



Fierro cuenta que en la Sierra Nevada de Santa Marta habitan cuatro pueblos indígenas: los wiwas, koguis, kankuamos y arhuacos, todos descendientes de los tayronas. Como una forma de expresión, estos nativos desarrollaron su propia música, que tiene ritmos muy parecidos a lo que después se fue conociendo como vallenato.

Un punto fundamental en la historia vallenatera es la llegada del acordeón a Colombia, que también genera debate. Para Fierro, la tradición habla de que el primer acordeón llegó a Santa Marta por el puerto Marítimo desde Alemania. En su página web, el museo del Acordeón de Valledupar, asegura que está comprobada la presencia del acordeón en Colombia a finales del siglo XIX.

“Así se fue fortaleciendo la música. De los trabajadores, de los campesinos, de juglares vallenatos que recorrían cantando con el acordeón”, explica Fierro. Según otras publicaciones al respecto, el término juglar se refiere a quienes fueron cantautores e intérpretes errantes del acordeón. Es decir, prácticamente contaba una historia cantando, lo que ayudó a difundir el folclor del vallenato en su esencia.

“Había gente tocando en los asentamientos de los esclavos, en las comunidades de los afrodescendientes, las parrandas vallenatas nacen un poco de todo ese conjunto de cosas. De ahí, con el tiempo, la música sale de las fincas y va a la ciudad. Encuentra nuevos instrumentos y así va surgiendo ese vallenato que conocemos hoy”, expone Fierro.

"El festival de la leyenda vallenata" se desarrolla en Valledupar hace más de 40 años. Foto (Diario El Tiempo).

Otra corriente ubica entre los juglares por ejemplo a Rafael Escalona, Leandro Díaz y Abel Antonio Villa, considerados los padres del vallenato. Nombres que en Paraguay ya se han escuchado, pero sin tener las trascendencia de grupos más contemporáneos que hasta antes de la pandemia seguían tocando en el país. Fierro destaca también a Consuelo Araújo, gran propulsora de la música vallenata, una de las creadoras del festival de la leyenda vallenata, secuestrada y luego asesinada por las FARC en el 2001.

FINALES DE LOS 80 Y AQUELLA MÚSICA MARGINADA

El vallenato que llegó a Paraguay a finales de los 80 figura en la categoría de “vallenato comercial”, según Fierro, ya que cuenta con la introducción de otros instrumentos pero siempre resaltando los acordes del acordeón. “Es una cosa bien interesante de ver esa evolución que ha tenido la música”, agrega Fierro. Y aclara que lo comercial no lo dice en forma peyorativa ni mucho menos, sino más bien para marcar la diferencia entre el vallenato clásico o folclórico, y el que se tiene ahora con la nueva generación. “Es importante que el vallenato tenga voces como la de Carlos Vives, que ya hace un vallenato más moderno, pero que no deja de serlo por eso”, expone el periodista.

Los últimos años de los 80 eran los tiempos finales de la dictadura de Alfredo Stroessner en nuestro país, pero nadie sospechaba. En el ámbito musical la cuestión estaba dentro de la “normalidad” de aquella época, aunque aquel Rock San Ber de 1988 fue quizás ya el primer mensaje que nació desde las mismas entrañas de la juventud: Esa aglomeración de gente –hoy imposible a causa del coronavirus– fue también una forma de mostrar el rechazo a aquella opresión. Asunción era por entonces una pequeña urbe que ya empezaba a recibir a cantidad de gente del interior que migraba buscando nuevos sueños en la capital. Casi imperceptible a todo esto, el vallenato llegaba.

“En junio de 1987 empecé con un programa de Mamut Disco. Me habían pedido que pasara música Euro Disco, pero después me dijeron que teníamos que pasar también algo de cumbia, algo de música tropical porque era el público de la disco. Yo acepté, pero en realidad no quería saber nada de ese estilo entonces”, dice con una risa cargada Amalio Gregorio Maldonado, el “Chamo” Amalio, locutor y animador conocido como “el rey del vallenato”.

Alejandro Palacio en Paraguay, durante uno de los "vallenato Fest". Es una de las grandes figuras del vallenato moderno. (Foto RPM Producciones)

Hoy, a sus 62 años, el “Chamo” recuerda con claridad que el vallenato estaba en la categoría de “kchaka” en aquellos últimos años de los 80, cuando llega al país. Era un tiempo en el que las estaciones de radio locales recibían músicas de México, Colombia y hasta Perú. Recién después, debido a los marcados acordes, hubo gente que empezó a identificarlo como “paseo vallenato”. Agrega que en esos tiempos la música tropical no tenía espacios en las radios locales. “A mediados de los 80, el que tenía un espacio mínimo era el maestro Papi Núñez, gracias a don Mario Halley Mora”, refiere.

“Lo que antes llegaba para nosotros era todo kchaka. No teníamos esa definición tan marcada que ahora tenemos, que podemos diferenciar bien”, asegura por su parte Alejandro “Nito” Vinader, también locutor y animador que trabaja hace 38 años en esto de la movida tropical en Paraguay.

Aquellas horas fueron sumando y la música tropical empezó a ganar más espacios, lo que dio lugar a otro fenómeno que en los 90 marcó a toda una generación: La de las discotecas. Metrópolis Sander, Stilus Disco, y otros de ese estilo que llenaban clubes o centros en donde se presentaban. “Como todos ya tenían un estilo, yo quería marcar el mío, tener algo diferente. Fue así que entonces le dije a Nito (Vinader) a mí me gusta el paseo vallenato, voy a darle más fuerza”, señala “Chamo” Amalio.

Pero los inicios no fueron fáciles. “La música era discriminada. Yo tenía un espacio rentado los jueves en una radio local y el dueño no quería que pase, pero la gente pedía muchísimo. No sabía qué hacer, tenía que negociar. La audiencia esperaba los jueves del paseo vallenato”, explica “Chamo”.

Casi como un designio del destino, fue un barrio popular como Barrio Obrero, de Asunción, en donde el vallenato empezó a forjar su relación con el público paraguayo. Las fiestas del Club Fomento se hicieron frecuentes y concurridas. En aquellas jornadas, las presentaciones del “Chamo” Amalio empezaron a prender aquel lazo que sigue hasta hoy con la música vallenata.

A mediados de los 90, con Pato C Disco, lo nombraron como “Chamo” –nunca supe porqué, dice Amalio riendo– y también le agregaron el mote de “el rey del vallenato”, con lo que rápidamente se popularizó y se identificó con ese estilo musical. “Creamos ‘La Sonora del Chamo’ y eso explotó. Recorrimos el país compartiendo vallenato por todos lados”, dice Amalio.

Para Nito Vinader, la música tropical ahora tiene un espacio más ponderado en los medios y el vallenato es una cita infaltable en cualquier fiesta, cumpleaños o casamiento. “No hay forma, por más que sea un cumpleaños o casamiento de gente de alta alcurnia, después de las 1 o 2 de la mañana sí o sí piden kchaka y vallenato, eso es ley”, afirma Nito.

“El vallenato transmite o cuenta una historia. Eso se trae desde los juglares, desde la época de los campesinos de las fincas, con la historia de los indígenas, que ya relataban lo que les pasaba. Por eso es algo que ha marcado a la gente del Caribe”, expone el periodista Fierro.

Una foto del recuerdo de "Chamo Amalio" con los Chiches Vallenatos en 1996

Desde 1968, en Valledupar se realiza el festival de la leyenda vallenata, que reúne a lo mejor de la producción de este estilo musical. Fierro agrega que se puede encontrar a los que mantienen aquel vallenato tradicional y también el más moderno. “Por ejemplo, Alfredo Gutiérrez, el rey del acordeón, ganó tres veces el festival. Nunca nadie logró algo así. Y Gutiérrez podría definirse como el vallenato tradicional. Después tenés a un Lisandro Meza, que por ahí tiene un vallenato con más instrumentos, algo que podría ser considerado ya más comercial”, indica Fierro.

Gutiérrez y Meza son dos conocidos de nuestro medio. Sin embargo, tienen mayor popularidad los grupos más contemporáneos como Binomio de Oro, Omar Geles, Los Diablitos, entre otros. “Todos estos cantantes o grupos cuentan una historia. Expresan su dolor, su alegría, su sentimiento”, dice “Chamo” Amalio.

El estilo de este ritmo colombiano, nacido de los trabajadores, campesinos y afrodescendientes, hizo rápida conexión con las barriadas y las fiestas populares de todo Paraguay. “El vallenato justamente se trata de eso. De contar historias de gente que no la ha encontrado fácil en la vida, sin embargo, es una gente alegre”, menciona Fierro. En diciembre del 2015, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) declaró al vallenato como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Los "vallenatos fest" en Paraguay resultaron un éxito extraordinario, con gran convocatoria. (Foto RPM Producciones).

Sobre el significado del vallenato, Fierro es categórico: “Es definitivamente uno de los capítulos más importantes de la cultura colombiana. Es nuestra expresión cultural folclórica” y agrega que para ellos ya es una música universal. “El vallenato tiene su forma y la gente en Paraguay se siente identificada con esta manera de expresión”, rescata a su vez “Chamo” Amalio.

Quizá sea mejor que el mismo Gabriel García Márquez pueda definir al vallenato. En febrero del 2007, para la revista Cambio de Colombia, el Premio Nobel dejó esta impronta: “Yo mismo, más en serio que en broma, he dicho que ‘Cien años de soledad’ es un vallenato de 400 páginas…”.


La Gota Fría y el Vallenato

En 1993, Carlos Vives grabó “La gota Fría” y logró el reconocimiento mundial de una música que guarda una historia que resume prácticamente la calidad narrativa del vallenato. Fue escrita por Emiliano Zuleta Baquero en 1938 como para recordar por siempre a Lorenzo Morales, un juglar vallenato que en esos tiempos era conocido como “Moralito”.

La historia refiere que Moralito lo había desafiado a Emiliano Zuleta a una “parada” o lo que hoy se conoce como “duelo” – para los centennials, una batalla de freestyler - y este encuentro se iba a dar en una parranda (fiesta) en la ciudad de Urumita. En la ocasión, Zuleta tuvo una gran actuación y Moralito, tal vez intimidado, adujo no sentirse disponible y abandonó aque comentado desafío. Ahí nace la música.

“Moralito Moralito me decía que él a mí, que él a mí me iba a ganar y cuando me oyó tocar le cayó la Gota Fría y al cabo e la compartía el tiro le salió mal”

Con esta historia se entiende una música que se popularizó a extremo con Carlos Vives y que hasta el cantautor español, Julio Iglesias, lo grabó en 1998. Zuleta Baquero falleció a los 92 años en octubre de 2005 y Moralito a los 98 años en agosto de 2011. Después de aquel episodio, quedaron como muy buenos amigos.


Otras fuentes consultadas:

Panorama cultural (Colombia)

Revista Semana (Colombia)

Cluster de Vallenato (Colombia)

Revista El Pilón (Colombia)

Revista El Campesino (Colombia)

Ministerio de Cultura de Colombia

Archivo del El tiempo (Colombia)



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