Por Juan Carlos Dos Santos

La anexión unilateral por parte de Israel de una fracción del territorio en disputa con los palestinos que podría ser aplicada a partir del 1 de julio del 2020 sigue los delineamientos del llamado Acuerdo del Siglo, un plan de paz presentado por la administración del presidente norteamericano, Donald Trump, pero al mismo tiempo abre un nuevo frente de enfrentamientos diplomáticos, mediáticos, culturales y religiosos en una región cuyos conflictos no descansan ni en pandemia.

Luego de tres elecciones de manera seguida en apenas un año, prácticamente se ha llegado a un consenso para la formación de un gobierno en Israel, donde el actual primer ministro, Benjamín Netanyahu, rotará en el cargo cada año y medio con su férreo oponente electoral, el exgeneral Benjamín Gantz, quien por ahora ocupa el influyente y decisivo cargo de ministro de Defensa, convirtiéndose por esas peculiaridades de la democracia en su más férreo aliado y soporte en el gobierno, incluso para toma de decisiones tan trascendentales como la anexión del Valle del Jordán o solo parte de ella, como le gustaría a Gantz, por ahora.

Si bien fueron adversarios políticos en este último año, enfrentándose tres veces y no pudiendo ninguno de ellos tomar ventajas sobre el otro, sí han coincidido totalmente en algo fundamental para el país y para la región: es necesaria la anexión del Valle del Jordán para continuar con el Acuerdo del Siglo.

UN LARGO CAMINO

Explicar los antecedentes de cómo a lo largo de más de siete décadas de intensa disputa que incluyen pulseadas diplomáticas, invasiones, guerras convencionales, ataques terroristas, protestas permanentes o enfrentamientos culturales, étnicos y religiosos, requieren de varios volúmenes de libros o varias horas de materiales audiovisuales con extensas explicaciones, tediosas revisiones de cientos de documentos oficiales y de archivos, preguntas y respuestas para luego igualmente quedarnos con algunas dudas por aclarar.

Por esta razón vamos a centrarnos únicamente en el anuncio de anexión unilateral por parte de Israel de una porción de estos territorios donde viven alrededor de 2,5 millones de árabes palestinos y cerca de 400 mil ciudadanos israelíes, no sin antes poner en contexto al menos una parte de la complicada situación.

Es importante comprender que estos indicadores de la cantidad de población son aproximados y dependen mucho de quién los cuente, pues no ha habido un censo poblacional en estos territorios en disputa en muchos años, décadas incluso.

CISJORDANIA Y GAZA

Para comprender parte de la situación geográfica, geopolítica, estratégica y económica debemos poder ubicar y diferenciar a Cisjordania de Gaza, ambos territorios separados por aproximadamente cien kilómetros de distancia.

El territorio de Cisjordania (Judea y Samaria para los judíos), ubicado en el centro de Israel, limita al oeste con Jordania, es una zona que pasa rápidamente de ser una depresión desértica a lo largo de la frontera con Jordania hasta unas escarpadas elevaciones rocosas antes de descender en cercanías del Mar Mediterráneo al este de Israel, siendo esta diversidad topográfica uno de los baluartes defensivos del que siempre hablan los expertos estratégicos israelíes, ya sean políticos o militares.

La Cisjordania, conocida popularmente de esa manera para diferenciarla de la Transjordania en tiempos del mandato británico desde el final de la I Guerra Mundial hasta la partición del territorio por parte de la ONU en 1947, es la región de Judea y Samaria, nombre con que se lo conoce en Israel y se divide en tres zonas políticas administrativas, siendo esta división uno de los pocos logros que se mantienen aún tras el Tratado de Oslo firmado por Israel y la Organización para la Liberación de Palestina en 1993.

La zona A que está bajo control total de los palestinos e incluye a sus principales ciudades como Ramallah, Belén, Hebrón, Tulkaren o Qalqilya y representa el 18% del total del territorio en disputa.

En la zona B también residen únicamente palestinos, pero la seguridad interna está a cargo de los palestinos y la periferia la controla Israel.

El total de las zonas A y B representa el 40% del territorio de Cisjordania y viven exclusivamente ciudadanos árabes palestinos.

En la zona C residen al menos cien mil árabes palestinos y alrededor de cuatrocientos mil colonos israelíes, pero el control administrativo y de la seguridad está totalmente a cargo de Israel.

En las zonas A y B de Cisjordania gobierna el grupo islámico Al Fatah, oficialmente denominado como Autoridad Palestina (la antigua OLP) y los recursos para su funcionamiento administrativo y político lo proveen organismos como las Naciones Unidas a través de diferentes agencias o en forma de donaciones de países árabes, europeos, asiáticos e incluso Venezuela, además de filántropos que apoyan la causa palestina.

En la Franja de Gaza desde el 2007 gobierna de facto el grupo radical islámico Hamas, al que varios países de mundo, incluyendo el Paraguay, lo han agregado a su lista de grupos terroristas internacionales.

Este grupo terrorista se ha declarado en guerra contra Israel, lo que ha motivado periódicas escaladas de violencia entre ambas partes y es motivo de bloqueo de las fronteras, así como de la costa marítima por parte principalmente de Israel, pero también de Egipto.

Los recursos financieros para la Franja de Gaza, donde habitan exclusivamente palestinos, llegan de manera clandestina desde Irán, Turquía y Egipto mientras que Qatar lo hace de manera oficial con el aval de Israel y de esta manera cerca de cien millones de dólares de manera periódica llegan a Gaza para el pago de los salarios de funcionarios administrativos que responden a Hamas.

UN “ACUERDO” APLAUDIDO Y RECHAZADO

El Acuerdo del Siglo, anunciado en enero de este año tras casi tres años de estudio por la administración de Donald Trump, propone, entre otros puntos, la anexión por parte de Israel del 30% de los territorios en disputa en Cisjordania, quedando lo restante para la formación de un Estado palestino.

Incluso antes de que salieran a luz los detalles del plan de paz bajo el pomposo nombre de Acuerdo del Siglo, este ya había sido rechazado por el líder de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, el anciano político que comanda el grupo que se encarga de administrar los territorios palestinos en Cisjordania mientras en Israel aplaudían los detalles, aunque no era del gusto de todos quienes desean anexar de manera completa a Cisjordania.

Abbas es heredero de Yasser Arafat, quien junto con el líder del Partido Laborista y primer ministro de Israel en ese entonces, Isaac Rabin, habían estampado sus firmas en el Tratado de Oslo en setiembre de 1993 de la mano de Bill Clinton, momento aquel en que el mundo veía con esperanzas el fin del extenso como sangriento conflicto entre los vecinos árabes e israelíes y que tanto dolor ya había causado y sigue causando en ambos pueblos.

Lo cierto es que, a pesar de haberse concretado en los papeles un acuerdo de paz provechoso para ambas partes, fue muy poco lo que se avanzó finalmente, en especial tras la trágica muerte de Rabin en noviembre de 1995 a manos de un radical israelí en la ciudad de Tel Aviv en Israel.

CANSADO DE RECIBIR NEGATIVAS

Desde 1947, cuando las naciones árabes no aceptaron la decisión de una amplia mayoría de países que votaron a favor de la partición del mandato británico y crearon los Estados de Israel y Palestina, situación que generó una guerra entre Israel y sus vecinos árabes cuando la nueva nación llevaba apenas siete horas de vida independiente, las propuestas de cualquier acuerdo de paz han sido rechazadas una y otra vez, primero por las naciones árabes y luego por las autoridades palestinas.

Estas reiteradas negativas a cualquier tipo de solución, salvo la mencionada de Oslo en 1993, han hecho que de manera unilateral Israel decida anexar parte de los territorios en disputa, hecho que presionará a los palestinos para tomar el control de su propio país, romper una situación de estancamiento social y dependencia económica de Israel y de otras naciones.

El Acuerdo del Siglo tiene la aprobación de varios países árabes, sobre todo los ricos Estados petroleros del Golfo, que han cambiado radicalmente (al menos bajo la mesa) su posición en contra de Israel y a favor de la causa palestina, tal vez por intereses propios o por cierto hartazgo de las reiteradas negativas palestinas a negociar una paz duradera.

DILEMA DEMOCRÁTICO Y DE SEGURIDAD

Mientras tanto, en Israel la derecha más radical desearía que todo el territorio en disputa fuera anexado, es decir toda la Cisjordania (Judea y Samaria) y que los 2,5 millones de palestinos se conviertan en ciudadanos israelíes, pero esa posibilidad plantea un gran dilema para todos.

Siendo Israel un Estado judío y democrático, los 2,5 millones de palestinos de la Cisjordania, más el millón de árabes israelíes que ya viven hoy en Israel, podrían a mediano plazo convertirse en una mayoría étnica y política y ya se puede pensar en lo que una situación así acarrearía en un país que sigue las reglas de una democracia con una correcta y apropiada separación entre sus poderes.

Por otro lado, si no se aseguran las fronteras, el territorio en disputa que está separado por el río Jordán del reino hachemita de Jordania, sería una invitación para recibir a Irán, el más peligroso enemigo actual de Israel y que merodea desde hace años Siria, Irak y Yemen, desde donde pone en alerta a los reinos sunitas del Golfo Pérsico, incluso amenazando el liderazgo de Arabia Saudita entre los musulmanes del Oriente Medio.

El control del Valle del Jordán asegura a Israel sus fronteras con Jordania, Siria y parte del Líbano, por lo que no existe ninguna posibilidad de que ese territorio quede bajo control de los palestinos ni a corto ni largo plazo.

Es justamente esa franja de territorio el que Israel piensa anexar, es decir agregar oficialmente a su soberanía como parte del Acuerdo del Siglo, el plan de paz de Donald Trump.

A cambio de dicha anexión, los palestinos deberán quedarse necesariamente con un porcentaje similar del territorio israelí en el sur en la frontera con Egipto, por lo que tendrá una continuación territorial al quedar unidos a la Franja de Gaza, donde habitan cerca de dos millones de palestinos exclusivamente.

FRONTERAS DISCONTINUAS

La continuidad territorial que tendrá Gaza con los nuevos territorios palestinos intercambiados a Israel en el sur no la tiene Cisjordania, un territorio fragmentado por asentamientos judíos y localidades palestinas, unas entre otras, sin un orden que permita delimitar fronteras de la manera en que en Occidente concebimos la idea de un territorio nacional con fronteras continuas.

Sin embargo, las pulseadas entre Benjamín Netanyahu y su tocayo Benny Gantz, actual ministro de Defensa, han hecho que la posibilidad de la anexión de ese 30% de la Cisjordania planteada en el Acuerdo del Siglo no se concrete de buenas a primeras.

La idea al parecer será anexar pequeñas porciones de territorios en disputa dentro de la Cisjordania donde vivan solamente colonos israelíes, decisión que posiblemente generará mucho menos impacto negativo o contrario a las acciones de Israel dentro de la comunidad internacional, muy sensible a favor de la causa palestina, sobre todo en Europa.

DO UT DES (DOY PARA QUE DES)

Por supuesto que todas estas acciones propuestas por la administración Trump tienen una contraparte que también beneficia a los palestinos, aunque no sea la parte territorial que ellos desean con preferencia.

Aunque en términos geopolíticos, Israel desde 1947 ha sido visto como una “espina” para los países árabes del medio oriente, la Primavera Árabe que comenzó en Túnez en el 2011 y que se expandió con fuerza por la región fue el detonante para que las naciones árabes sunitas, en especial los países del Golfo Pérsico (Arabia Saudita, Omán, Bahréin, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos) hayan dejado de lado esa tradicional hostilidad hacia el Estado judío al comprobar que ellos, así como Israel, tenían un peligroso enemigo en común, el Irán chiíta, que domina a la perfección el tablero regional y utiliza su chequera petrolera para financiar a grupos considerados terroristas internacionales y globales, como la Yihad Islámica en Gaza o bien el Hezbollah libanés, acusado incluso de ser autor del atentado contra la AMIA en 1994 en Buenos Aires.

Es por esto que, en la Cumbre de Manama (Bahréin), a mediados del 2019, algunas de las enriquecidas naciones petroleras árabes del Golfo Pérsico acordaron junto al Banco Mundial, Estados Unidos y algunos países europeos invertir una astronómica cifra en un lapso de diez años para el desarrollo social y económico a través de industrias e infraestructuras en el futuro Estado palestino, por supuesto que tras cumplir con algunas condiciones como el intercambio de territorio con Israel, el retiro de Hamas de la Franja de Gaza y el desmantelamiento de toda su estructura militar y el reconocimiento mutuo entre Israel y el Estado palestino, además de algo que los palestinos desean por encima de cualquier otra concesión, la creación de su capital en la parte oriental de Jerusalén.

Esto, según el espíritu del Acuerdo del Siglo, pondría fin al largo conflicto y permitiría el desarrollo social y económico de los palestinos, hoy asfixiados por líderes que se niegan a negociar cualquier acuerdo con Israel, manteniendo en vivo las declaraciones de la Cumbre de Jartum de 1967, famosa por las “tres noes”: No a negociar con Israel, No al reconocimiento de Israel y No a la paz con Israel.

VIOLENCIA COMO RESPUESTA

El grupo terrorista Hamas, que controla de facto la Franja de Gaza, advirtió que llamará a una tercera Intifada (levantamiento popular) en caso de concretarse la anexión y la propia Autoridad Palestina, que controla en parte los territorios palestinos, ha decidido dejar de colaborar con Israel en lo referente a la seguridad fronteriza así como vemos que muchos medios de comunicación y organizaciones afines a la causa palestina han elevado su voz de protesta por la decisión de llevar a cabo la anexión unilateral.

Sin embargo, el aumento de las voces críticas de los propios palestinos contra sus autoridades cada vez es más fuerte al punto de ser tachados como los más corruptos de la historia, además de negarse a llamar a elecciones desde hace aproximadamente diez años.

En Israel, por el contrario, existen diferentes posturas en torno el tema y va desde la necesidad de anexar ahora aprovechando toda la coyuntura mundial y regional existente, como el sólido vínculo con el actual gobierno de Estados Unidos, el acercamiento histórico con los países árabes sunitas, la proximidad de Irán en el área y el descreimiento de los propios palestinos hacia sus autoridades, hasta quienes piensan que se debe mantener el status quo y no realizar ningún cambio que promueva acciones violentas o represalias de la comunidad internacional en un momento en que la pandemia del coronavirus ha dejado por los suelos a la economía mundial e Israel no es la excepción a esta regla.

¿CUÁNDO Y CÓMO?

No va ser necesariamente el 1 de julio la fecha en que la anexión del Valle del Jordán o una parte de este se concrete oficialmente y digo oficialmente porque en la práctica no habrá mucha diferencia con respecto a la vida diaria de quienes viven en la zona, pero desde esa fecha estarán jugadas las cartas para concretarlo.

El “cuándo” no es tan importante luego de siete décadas y más de tira y afloja entre palestinos e israelíes, la verdadera pregunta que nos hacemos todos quienes seguimos de cerca este conflicto es el “cómo”.

¿Será toda la Cisjordania o solo ese 30% estipulado en el Acuerdo del Siglo?, o finalmente ¿triunfará la posición del ministro de Defensa, Benny Gantz, de hacerlo por pequeñas partes?

Sea cual fuere la decisión que se tome, incluso mismo la de no hacer absolutamente nada, es muy poco lo que podría hacer variar a corto plazo al caldeado ambiente social y político casi perenne como el calor diario del desierto, testigo de esta incansable batalla entre vecinos.

Barrio árabe en la Ciudad Vieja de Jerusalén.
Carteles indicando poblaciones árabes y judías en Judea y Samaria (Cisjordania).
El mercado de Jerusalén es el ejemplo de la convivencia entre árabes y judíos en Jerusalén.
Comerciantes del barrio árabe de la Ciudad Vieja de Jerusalén.

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