Cuando por primera vez vi al Dr. (Gregory) House, allá por 2004, me conmovió. Su cinismo gol­peaba fuerte. Sus adicciones no. Me atrapaba. Sin embargo, cuando el atormentado Gre­gory sostenía enfáticamente que “todos mienten”, era el momento en que me entregaba la llave para que esa ficción me arrollara. Sin embargo, cuando veía a House, médico infec­tólogo, siempre recordé que frente de mis ojos estaba el actor británico Hugh Laurie, tam­bién pianista de jazz.

Después de finalizar el episodio 177 de la temporada 8, nunca más supe de él hasta que la cuarentena por covid-19 nuevamente nos puso frente a frente. No fue lo mismo. “Todos mienten”, dejó de ser una provocativa frase de ficción. Es parte del ecosistema laboral en el que ejercemos el oficio de periodistas y comuni­cadores. Coronavirus, en lo que corre del 2020 es el eje de millo­nes de fakenews, bulos, noticias falsas o putas mentiras que cir­culan por todas partes. El pano­rama informativo no es alen­tador para quienes por oficio somos productores parciales o totales de contenidos y, a la vez, consumidores de medios.

Dra. Gabriela Ramos Mejía: “Las noticias fal­sas gene­ralmente responden a intereses políticos”.

La tragedia también alcanza a las y los periodistas. Contar esta histórica historia nos expone como potenciales víctimas. Estremece. Reportar sobre lo desconocido, en cualquier caso, angustia. Pero, hay que asu­mirlo. Maryn McKenna, direc­tora del curso “Periodismo en la pandemia: cobertura de covid-19 ahora y en el futuro”, que poco más de 8 mil perio­distas en 151 países realizamos en línea con la Universidad de Texas, nos exhortó a “reconocer la zona de incertidumbre en la que todos vivimos”, destacó que “es especialmente importante (hacerlo) ahora” y enfatizó en que, justamente, lo incierto “es la puerta a través de la cual la información falsa y la desinfor­mación entran” en la cotidia­nidad laboral de periodistas y comunicadores. Otro riesgo. El de vida y el de la credibilidad que es la base más sólida sobre la que se apoya cada uno de noso­tros a la hora de vincularse con las audiencias. No es poca cosa. Informar covid-19 no es fácil.

¿Todos mienten? El director de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, en el contexto de la actual pandemia categoriza la información falsa y la desin­formación como una “segunda enfermedad” a la que llama “infodemia”. Otros, la llaman “desinfodemia”. Las dos caras de una misma moneda falsa. McKenna plantea este pro­blema laboral como “especial­mente difícil porque parte de la información falsa y la des­información con la que pue­des toparte podría parecer bien intencionada” y “es muy posible que familiares y ami­gos compartan esas mentiras en las redes sociales con la idea de que ayudan. Pero, hay que decirlo, mucha de la informa­ción falsa, de las desinforma­ciones, son maliciosamente intencionadas y, con mucha fre­cuencia, políticamente inspira­das”. Arrellanado en un como­dísimo sillón con un copón de Noemia, un excelente Malbec, cosecha 2016 hecho en la Pata­gonia argentina, fui por más. Releí los apuntes de la semana.

Cristina Tardáquila, compa­triota mercosureña nacida en Brasil –miembro activo de la “Coronavirus Fact-Checking Alliance”, un proyecto del Ins­tituto Poynter y de la Red Inter­nacional de Fact-Checking (IFCN, por su sigla en inglés)– revela que comenzaron con la tarea de verificar la veracidad de la información que circula sobre covid-19, “el 24 de enero (pasado) cuando este extraño el virus sólo había matado a 17 personas. Nos preocupó la can­tidad de engaños que ya se esta­ban desparramando en Asia.

Cristina Tardáquila: “Con fact checking, desde enero, 88 organizaciones en 74 países, desacreditamos 4823 engaños en 43 idiomas diferentes”.

Desde entonces, 88 organiza­ciones colaboradoras en 74 paí­ses, desacreditamos 4823 enga­ños en 43 idiomas diferentes”. Enorme ayuda. Tardáquila advierte que “estamos viendo el monstruo” de la desinforma­ción, de las noticias falsas, de las fakenews sobre una pande­mia de la que “todo lo que sabe­mos en muy nuevo”, “la gente sabe muy poco”, “aún estamos aprendiendo”. Explica también que la noticia falsa “es muy dife­rente (en sus efectos) cuando se trata de desinformación de salud porque la gente la com­parte con buenas intenciones” porque hay miedo o “pánico”.

Con vehemencia sentencia: “Cuando se trata de curas falsas y medidas preventivas falsas, la gente (sin saberlo) comparte eso para ayudar a los que aman y les importan”. Detalla que los veri­ficadores de noticias “hemos detectado, al menos, siete olas diferentes de desinformación”, desde que se inició la tragedia. “La primera es sobre el origen del virus, sobre los murciéla­gos, sobre algún laboratorio en China. La segunda, es una serie de videos editados en los que se ve gente desmayándose en el metro, en los supermercados. Eran víctimas reales, sí pero de ataques al corazón u otras cau­sas. La tercera, la más grande, es la de curas y falsas medidas preventivas con productos que no te matarán pero tampoco te ayudarán y otros que sí pueden matarte. La cuarta, comienza a difundir malas ideas en con­tra de los chinos. La quinta con ideas (y contenidos) suprema­cistas en las que se asegura que los afroamericanos son más fuertes contra el covid-19. Mientras que la sexta y la sép­tima politizan la pandemia y sus efectos. Eso lo vemos en Estados Unidos, en España, en Bra­sil, por poner algunos ejemplos, para distribuir información a favor o en contra del partido A o del partido B”. Náuseas.

Gabriela Ramos Mejía, doctora en psicología y amiga, me res­cató. “Un mentiroso o menti­rosa es una persona que falta a la verdad o que no la dice, porque tiene información y no quiere compartirla o, porque quiere inventar o fabular algo. Miente por múltiples motivos. En casi todos los casos mienten para proteger a otros o a sí mismos de ciertas verdades. Mentir tiene rangos. Hay mentiras livianas y pesadas o graves como las que se dicen en las prácticas polí­ticas, las que dicen los gober­nantes para ocultar algo”. ¿Y las noticias falsas? “Generalmente responden a intereses políticos y creen, ese tipo de mentirosos, cuando mienten, que lo hacen por algún tipo de proselitismo de algún tipo y no les importa el costo. Sólo piensan en el bene­ficio ideológico, partidario o puramente económico”. La Unesco, el 3 de mayo último, entre otros datos, informó que la Fundación Bruno Kessler verificó que sobre un total de 112 millones de posteos públi­cos realizados en 64 idiomas en distintas redes sociales relacio­nados con covid-19, “un 40% de los mensajes provenían de fuentes poco fiables”. En otro reporte, en este caso de la Fun­dación Observatorio de Infode­mia covid-19, se informa que “el 42% de más de 178 millones de tweets fueron producidos por bots y, de ellos, el 40% fueron calificados como ‘no fiables’”. Agrega la publicación que “la xenofobia, el racismo y el dis­curso de odio constituyen una parte importante de esta ‘des­infodemia’”. El Dr. House fue un visionario. ¿Todos mienten? La verdad, muchos sí. Abruma y entristece. No alcanza con informar. Hay que verificar cada palabra que nos dicen. Esa es la verdad que, como canta el Nano Serrat, “nunca es triste, lo que no tiene es remedio”.

“Ijapúva mante itestigo”, me dice Aldo Benítez, amigo y colega periodista desde mi querido Paraguay, a través de WhatsApp, y me explica su significado en español: “Sólo aquel que miente, siempre tiene testigos”. Le cuento que cuando niño, mi abuela, Doña Juanita, siem­pre me reconvenía en tono de advertencia: “En boca del mentiroso, lo cierto se hace dudoso”. Gracias, House.

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