La cuarentena social a la que nos obliga el COVID 19 –el coronavirus, como se lo menciona hasta con cierta familiaridad- en algunos casos, nos conduce, afortunadamente, a la lectura. Concluido el teletrabajo, hoy extendido para que quienes se encuentran restringidos en sus movimientos públicos no dejen de cumplir con sus tareas y que semanas atrás no pocos empresarios y trabajadores consideraban inviable por razones indescifrables, leer, en cualquiera de los soportes disponibles, es salvífico. Como también lo es la música con los conciertos en línea que desarrollan artistas populares de alcance global o, los solidarios músicos paraguayos que en el programa “A Punto” en GEN TV y Universo 970 cantan “Canciones para quedarse en casa” o, la visita virtual a la Biblioteca Digital Mundial que propone la UNESCO (https://www.wdl.org/es/). Todo vale y es posible. No es fácil ni agradable cuarentenarse, por cierto. Pero, es lo que necesariamente hay que hacer para procurar que el virus circule con menor velocidad.

Así es que viejos textos vuelven a mis manos. Releer es un ejercicio desafiante y extremo. Nos permite vernos en perspectiva. ¿Qué pensábamos de lo que leemos hoy cuando lo leímos ayer? Todo un desafío porque, además, vuelven a escena situaciones casi olvidadas. Hojee livianamente “El amor en tiempos del cólera”. Gabo García Márquez, siempre el Maestro cerca. Pero fue sólo unos minutos. Sin que pueda explicar la razón, me detuve en un libro con tapas grises y gastadas, en el que se cuenta la enorme epidemia de polio en Nueva York en 1907 que se extendió luego a toda la nación y alcanzó a Canadá. Se ordenó cuarentena con miles de policías en las calles para que vigilaran que se cumpliera. Me arrellané en la vieja mecedora que años atrás me regaló Cristina, mi esposa. Los recuerdos llegaron en tropel. En el Río de la Plata, cuatro años más tarde que en la segunda epidemia en NY, también llegó la tragedia. En 1956, cuando era niño, recuerdo haber visto a Don Ricardo, mi querido viejo, que con nuestros vecinos, en el Bajo Belgrano, mi pueblo natal en Buenos Aires, con brochas gordas que empapaban en enormes baldes desbordantes de cal, pintaban con preocupante desesperación y enérgicos movimientos los árboles, los cordones de la veredas, las paredes de los baldíos. El doctor Pozzi, el médico al que todos recurríamos por su sabiduría y porque, además, casi nunca exigía pago cuando las emergencias, prescribía a nuestras madres que nos encollararan con pequeñas e improviasadas bolsitas con alcanfor o que nos hicieran vahos con agua de eucaliptos para lo que, inevitablemente, las pibas y los pibes buscábamos los conitos que caían de esos árboles hermosos y sanadores en los amplios bosques de Palermo cercanos, hasta donde llegábamos con nuestras bicicletas en las que a veces viajábamos de a dos para llevar con nosotros a quienes no las tenían. Era dramático. Aquel año, cerca de 7 mil pibitas y pibitos, algunos nuestros compañeros de colegio, se infectaron. Un año antes, los casos no habían llegado a 450. Como el virus “afecta al sistema muscular”, nos decían, no fueron pocos los que murieron porque no podían respirar. No alcanzaban los pulmotores. El pánico avanzaba pero al frente estaba la tristeza. “¿Qué pasó, mami con…?”. La vieja, que para todo creía saber qué decir, en un par de casos no pudo responder. ¿Cómo explicar a los chicos y a las chicas que no volvían del hospital? ¿Cómo entender los ojos vidriosos, las silenciosas lágrimas barriales de quienes ya no tenían a quiénes tomar de la mano para cruzar la calle o, a voz en cuello, decirles que volvieran para tomar la leche que coronaba como fiesta cotidiana las travesuras siesteras? Incomprensible. Inexplicable, como la muerte misma y, mucho más, cuando el que se va –como decían las viejas y nuestras abuelas- “un angelito”. En la niñez y en la juventud, generalmente, nos sentimos inmortales. El diálogo íntimo es, siempre, con la vida que no alcanza para tantos sueños. El Estado, que por aquellos años estaba presente, pasaba con viejos camioncitos color gris que largaban una enorme columna de “humo”, decíamos con los chicos. Fumigaban. No había vacunas disponibles pese a que ya existía en Norteamérica. La polio, no era una enfermedad desconocida. Sin embargo, hasta el siglo XIX la medicina no la investigó en procura de una solución. De hecho, el 32° presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, fallecido en 1945 a los 63 años, tenía polio desde 1921. Llegó a la Casa Blanca en 1933. A los 39 años, transmitió optimismo, quizá, para construir esperanza en tantos otros que como a él el virus los paralizó. Escribió una carta. En uno de sus fragmentos consignó: “Una noticia alegre para uno entrado en años como yo. Estoy casi totalmente fuera de servicio en cuanto a mis piernas, pero los médicos dicen que no hay dudas de que recuperaré su uso nuevamente, aunque esto signifique varios meses de tratamiento en Nueva York". Algunos historiadores norteamericanos sostienen que Franklin trocó arrogancia por cercanía como consecuencia de aquel padecimiento. Sin embargo, aquella alegría, muy posiblemente, tuviera otro origen. La vacuna estaba en marcha. Él lo sabía. Sin embargo hubo que esperar. En 1952 la polio, una vez más, golpeó fuerte a la sociedad norteamericana. Se reportaron 58 mil casos. Un total de 21.269 quedaron afectados con diversas parálisis para siempre. Los muertos fueron 3.145. La presión social que la muerte ejerció sobre el mandatario que sucedió a Roosevelt, Harry Truman, arrojó –junto con otros factores relevantes- dos resultados políticos: El republicano Dwight Eisenhower ganó las elecciones del martes 4 de noviembre de aquel año; y, que con enormes fondos públicos, Jonas Edward Salk ,​ investigador médico y virólogo estadounidense, comenzara a trabajar intensamente en la que fue, la primera vacuna contra la poliomielitis. El 12 de marzo de 1953, la inyecto con éxito. Aseguran que antes de hacerlo en otros la probó en su propio cuerpo. Fue aprobada para el uso masivo en 1955. A la Argentina de mi niñez no llegó a tiempo. Profunda tristeza, cuando lo supe en la adolescencia. Enorme esperanza, cuando lo pensé sin el rencor de los recuerdos tristes de la niñez que para muchas pibas y pibes quedó allí porque no la teníamos.

En 1983 Jonas Salk llegó a la Argentina. Ofreció varias conferencias y hasta hasta acompañó a un padre desesperado para que atendiera a su hija en la localidad bonaerense de Avellaneda, en el Sur del conurbano bonaerense. Rechazó que aquella familia lo recompensara con dinero. Como otros periodistas tuve oportunidad de entrevistarlo. Me emocionó verlo. El recuerdo de las niñas y los niños muertos en 1956 volvió con fuerza inusitada. Me paré delante del científico. No supe muy bien qué decir. Nos miramos. Extendió su mano. Pregunté obviedades pero, al despedirlo, sólo atiné a decirle “Thank you Doctor for you many children will not die nor will they have to stop running forever (Gracias Doctor por usted muchos niños no morirán ni tendrán que dejar de correr para siempre)”. Salk me abrazó. Me pareció ver sus ojos humedecidos. Las pibas y los pibes sobrevivientes de aquellos meses de miedo cuando la epidemia –hoy sexagenarios y septuagenarios- seguramente me comprenderán. Tanto en el ’56 del siglo pasado como por estas horas aciagas, fuimos y somos integrantes de grupos de riesgo. Tengo la certeza de que la pandemia pasará.

Jonas Salk presenta su vacuna.
La silla con ruedas del presidente Franklin Delano Roosevelt.

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