Volvían con los vestidos andrajosos, cansadas de tanta marcha. Habían pasado dos años de aquella salida presurosa en pleno horror de la guerra que hizo añicos a la patria. Huyeron cuando el enemigo acechaba, amenazando invadir y destrozar sus casas. Aquellos enemigos de la funesta Triple Alianza que aniquiló al Paraguay dejándolo vacante de tantas almas. En esa guerra de exterminio eran mayoritariamente ellas las que ahora regresaban. Mujeres con niños demasiado pequeños para alistarse en el ejército, completamente solas y desamparadas.

Dos años.

Dos siglos.

Dos vidas. La de entonces, y la que ahora sería.

Ajena a la inocencia de antaño. Distinta. Aguerrida.

Volvían en pequeños grupos, arrastrando los pies, cansadas. Traspasadas de hambre y miseria. Aquel esperado retorno nada tenía ya que ver con el delirio idealizado en la selva de aquellas noches aciagas. Sabían a lo que volvían. Era un retorno sombrío. A una ciudad vacía. A lo sumo poblada de ruinas donde habitaban escombros de grandes pérdidas y desesperanzas.

Pero el alma tiene sus vueltas, y de alguna manera se amaña. Cuando el dolor lacera tanto, hay un punto en que todo se anestesia y desde ese lugar adormecido; grave pero no vencido; roto, pero no rendido, de a poco vuelve la calma. Ellas necesitaban el alma entumecida para devolver al país de nuevo a su grandeza. O al menos a una funcionalidad mínima para la subsistencia. Con el espíritu abatido, nadie pensaría en proezas, aunque fuera tremenda la hazaña que les esperaba. Cuando llegaron casi todo había caído en manos del saqueo. Tampoco había colaborado el tiempo que en la intemperie derribó varios cimientos. Quien esperaba encontrar algo parecido a lo que fue, se engañaba. Ya nada era como antes. Tampoco había tiempo para llorar sobre un pasado irreversible. Y les tocó ser obreras, agricultoras, enfermeras, ganaderas, madres, alfareras y negociantes. Teresa Lamas, en uno de sus libros resume la estampa:

“Las manos que antes removieran el jardín desaparecido, cultivando rosales reanudaron la faena, pero no ya para formar con alegría floridos canteros, sino para producir con pena el parco sustento. Durante el día trabajaban en la capuera y en la noche hilaban, tejían. Su primer día de fiesta en aquella pobreza y soledad fue en ese que pudieron reemplazar los harapos de la residenta por las humildes ropas de su propia industria”.

Y así de nuevo y a duras penas empezó un nuevo ciclo. En mi familia cuentan que una de las abuelas llegó a su casa con todo el peso de la guerra a cuestas, para encontrarla ocupada por la Contaduría del ejército de ocupación.

Angustiada, habló con el encargado y le explicó que aquella era su casa.

–¿Y cómo sé que es suya? – preguntó en portugués el oficial parado en el portal donde ella había pasado su infancia–. No había nada que reclamar sin pruebas que demostraran.

Ella lo miró incrédula y dejó escapar un suspiro, exhausta. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Cada esquina de ese hogar invadido calaba profundo en su alma. “En otra vida, señor, mi padre se paraba donde está usted y me extendía sus brazos para un abrazo infinito que tanto hoy me hace falta”, pensó decirle, pero no dijo nada. El señor era un extraño del ejército enemigo y su padre –muerto en guerra– ya simplemente la sombra de un fantasma. Un nudo se le formó en la garganta, pero no se permitió llorar. Recorrió la casa con una mirada rápida y de pronto recordó a su madre, saliendo por el portón con los títulos en las manos y un esbozo de sonrisa le alivianó el alma. ¡Tenía la prueba! ¡Había olvidado que llevaron los documentos en la huida y los enterraron en casa de un pariente, en las afueras de la ciudad rumbo a la Residenta!

Y así como llegó, sin quejas ni lágrimas, volvió a desandar sus pasos para ir a buscar los papeles que demostraban su pertenencia. Con título en mano, viuda y andrajosa con un par de niños famélicos asidos a su falda, volvió y negoció con ellos, no solo lo que era suyo, sino el pago de un alquiler por la casa, pidiendo que le dieran el galpón y las caballerizas del fondo, donde instaló a sus hijos y montó un pequeño alambique para venderle caña al ejército de ocupación. Y así, en la trastienda de lo que había sido su vida comenzó de nuevo y logró sacar adelante a su familia. Unos años más tarde, en 1876, cuando los aliados se fueron, pudo por fin recuperar su casa y el portal volvió a ser aquel donde su padre de niña la abrazaba, y los jazmines como en tiempos de su madre volvieron a formar enramadas, y el aroma a hogar de a poco empezó a instalarse de nuevo en los distintos rincones de la patria.

*La anécdota familiar como es tradición oral tal vez pudo haber variado de generación en generación. Más allá de la rigurosidad histórica de los hechos, para mí siempre ha sido una pequeña pieza del mosaico de la heroica reconstrucción del Paraguay en manos de un matriarcado sufrido y valiente. Ilustración de la artista Yuki Yshizuka.