• Por Óscar Lovera Vera, periodista

Dos meses después del cruel crimen de Fermina y su hija Liz, de tres años, la Policía hizo a un lado los rumores vecinales y empleó un método que les abrió camino para ubicar al asesino.

Dos meses después. La consternación seguía impregnada en las calles, Tobatí sucumbió ante cualquier actividad que demande alegorías. La tristeza era notable y la incertidumbre reinante. Muchos creían que Aníbal se ocultó en las cavernas de la ciudad, al pie de los cerros que rodeaban el pueblo. Pero nada, ni el rastrillaje intenso de la policía, ni el acompañamiento de los vecinos con perros, los agentes de otras ciudades que se sumaron para el apoyo, nada daba resultados.

Micher Aquino y José Delgado eran dos agentes de mucha experiencia en la división de homicidios de la capital. La orden de sumarse al equipo de búsqueda llegó hasta su cuartel, y el viaje hasta la ciudad no se hizo esperar. Se sumaron a la búsqueda conjuntamente con la policía local, pero con otra herramienta. Un rastreador de teléfonos celulares que el gobierno adquirió para rastrear a los milicianos del grupo criminal del norte, llamado EPP. Tenían la esperanza que Aníbal cometería un error.

A las pocas horas de instalarse en una oficina, una señal se activó en la pantalla de aquel programa. Estaba alertando de un movimiento, unas ondas comenzaron a propagarse en un punto del mapa en el departamento de Caazapá. Su sospechoso encendió su teléfono y con ello una oportunidad de atraparlo. El lugar estaba ubicado a unos 250 kilómetros de la ciudad de Tobatí.

Los oficiales Aquino y Delgado tenían la declaración del testigo, sabían a quién debían buscar y sólo necesitaban ese golpe de suerte. Dos horas después ya estaban en una estancia del pequeño pueblo llamado Tavaí, en la compañía Toro Blanco. Una zona despoblada, muy tranquila. El sitio ideal para pasar inadvertido luego de asesinar a una madre y su hija.

El oficial Micher tomó un binocular que lo tenía guardado en la mochila de lona. Ubicó a su objetivo en el horizonte. Estaban a varios metros de la estancia y debían planificar la operación con el mayor de los sigilos. A través de los cristales de aumento vio como Aníbal alimentaba al ganado. El comportamiento era sereno, eso le daba una idea -a Micher- de la discreción con la que llegaron.

Entre polvo y revuelta

-Bueno señores, de acá a la estancia son cincuenta metros, él se percatará de nuestra llegada y a nuestro favor está que no llevamos identificación. Lo haremos solo al bajar de las camionetas y controlar la situación. Vamos a evitar cualquier probabilidad de fuga. Micher dio las últimas indicaciones y José tomó otro camino para rodear el casco de la estancia.

El polvo rápidamente se levantó detrás de los vehículos y la columna que formaban era divisible a los lejos. Aníbal se percató de ello y en un principio dudada sobre quienes podrían ser. Imagino a algunos invitados de su patrón, pero también le inundaba el miedo a ser atrapado.

A diez metros de él se detuvo el primer vehículo, bajó Micher. Llevaba lentes de sol, vestía de jeans y una playera deportiva. Lo miró a Aníbal y saludó.

-Buenas, vos sos Aníbal Ortega, ¿verdad?

-Sí, soy yo… ¿nde pio maa? (¿vos quién sos?)

-Soy el subcomisario Micher Aquino, del departamento de Homicidios de Asunción. Tengo una orden de detención en tu contra por el doble homicidio de Fermina Román Paraná y Liz Paola Román. Vas a acompañarnos Aníbal… Micher le exhibió su placa mientras le explicaba su presencia. En los alrededores un pelotón con dieciséis agentes aguardaba la orden para actuar, sabían que él se resistiría.

Aníbal no lo miraba a los ojos, y pareciera que el tiempo se detuvo para él, no movió un solo músculo después de escuchar al policía. De repente, soltó el recipiente con forraje esparciéndolo en el suelo, y comenzó a correr en sentido contrario. Pensó que tenía una oportunidad al conocer bien el lugar. Sabía de un monte a unos 30 metros, donde si llegaba, tal vez podría despistarlos definitivamente.

Pero no fue más de diez metros lo que logró distanciarse, y uno de los hombres de Micher se abalanzó sobre él y lo tumbó, comenzaron a dar vueltas, varias hasta que logró zafarse. Era un hombre fornido, alto y eso no era fácil de controlar.

José Delgado llegó por la parte posterior de la propiedad, y logró poner un cordón humano a su paso, otra vez cortó la huida y esta vez Aníbal se puso más violento.

Los golpes fueron de ambos lados, refunfuñaba y respiraba agitado, no se daría por vencido. Se sumaron dos más para contenerlo y luego de la tenaz lucha le colocaron las esposas. Era la tarde del sábado 21 de febrero, la calma llegó para todos. El asesino de Fermina y Liz estaba detenido.

El pueblo de Tobatí lo aguardaba airado, huevos, agua putrefacta y desperdicios formaban parte de la munición de bienvenida. Apenas exhibió su rostro al bajar de la patrulla la turba le hizo conocer de su impotencia y dolor. Le escupían, le gritaron asesino, lo impregnaron con todo lo que encontraban a su paso. Sintieron que podían canalizar su dolor repudiando su presencia. Pero el odio que sentían no acabaría ahí.

Los vecinos se organizaron para tomar la comisaria por la noche, no dejarían que el asesino de Fermina y su hija permaneciera en la ciudad un día más. Aníbal estaba encerrado en la única celda de la comisaría local. El predio no tenía murallas altas, solo cerco de alambre metálico. Los agentes no podrían contener a la turba si lograba sobrepasar la entrada y eso desataría otro desastre.

Micher y José recibieron la información. Un vecino, consciente de lo que ello involucraba, pensó que sería mejor ponerlo ante la justicia y que ellos lo juzguen. Acudió ante los dos policías y les recomendó que lo saquen de la ciudad lo antes posible.

Los dos policías no obviaron el consejo. Antes que caiga la noche de aquel sábado lo sacaron –a Aníbal- por una puerta trasera y lo subieron a un automóvil distinto al que utilizaban con frecuencia. En pocas horas llegaron a la capital y lo encerraron en una celda en el departamento de Investigaciones sobre la calle Azara.

La precisión de un carnicero

Mientras Ortega aguardaba el avance del proceso en el departamento de Policía. Micher y José debían acercar más elementos al fiscal que investigaba el crimen. Ambos agentes estaban seguros que los indicios que tenían, hasta el momento, apuntaban solo a Aníbal pero era necesario un elemento forense. Unos días después el médico que examinó los cuerpos de Fermina y su hija envió su informe a la oficina.

-Jefe, el doc envió por fax su informe preliminar. El cuchillo que encontramos finalmente es que se utilizó nuestro sospechoso, tuvo la precisión de un carnicero. El arma que encontramos en la mochila que nos dio. Es la misma, en la fotografía menciona que la hoja de veinte centímetros coincide con los cortes, fíjate.

Micher tomó la hoja y el detalle médico decía que la herida en el cuello de Fermina tenía una extensión de doce centímetros, lo que provocó la perforación de la vena carótida. Su muerte fue en pocos segundos debido a la importante cantidad de sangre que irriga. De la misma manera, fue asesinada su hija -Liz Paola- el corte de aproximadamente ocho centímetros alrededor del cuello, falleciendo también instantáneamente.

“La causa de muerte de ambas fue diagnosticada como shock hipovolémico por herida de arma blanca”.

-Fue un monstruo arma, matar a esa mujer y a la niña de esta forma no tiene sentido. Cuando le pregunté por qué se tomó con esa niña me dijo “la maté para que no sufra la ausencia de su madre”, No aguante y lo dejé solo. Micher al igual que José quedaron tan conmovidos por los detalles que no encontraban comparación con otro caso, no había explicación para un crimen como este.

Un juicio rápido

La determinación de los agentes con las pruebas científicas convenció al fiscal que decidió presentar su acusación por el doble homicidio, con el agravante de la saña. De ahí en más aguardaron un año y siete meses para librarse de los impedimentos de la defensa del sospechoso y obtuvieron lo que tanto habían esperando. Ponerlo a Aníbal de frente a un tribunal.

El día llegó. 20 de agosto de 2010. El viento soplaba con fuerza en el barrio Sajonia, detrás de la estatua de Astrea ondeaba la bandera roja, blanca y azul; ese día con un contraste gris que la destacaba imponente. El día nuboso y mojado comenzaba con el bullicio en los tribunales, los bogados se cruzaban y destacaban por la pila de expedientes que lo acompañaban. Las idas y venidas, de trajes a medida, se interrumpieron por la sirena ensordecedora de la patrullera. Eran de homicidios y con ellos estaba Ortega, era el día de su juicio.

A paso lento y la mirada al suelo, Ortega caminaba hasta la sala 2 en tribunales. La jueza Mesalina López, presidía la sesión. Fue flanqueada por Héctor Capurro y María Esther Fleitas, los tres tenían una conclusión sobre lo que ocurrió pero dieron una última oportunidad al acusado para redimirse. Aníbal llevó sus dos manos, esposadas, acomodó el micrófono y carraspeó.

-Jueza no las maté sin razón, quiero que se sepa la verdad. No las maté sin razón.

La sala quedó en silencio, absorta. Los jueces se miraron entre sí y con detenimiento. Supieron que la decisión que habían tomado era la correcta. Lo condenaron a 24 años, puntualizando que el hombre mató placer, por el mero placer de matar.

FIN