- Por Ricardo Rivas, periodista Twitter: @RtrivasRivas
Adolfo Pérez Esquivel (88) recibió el Premio Nobel de la Paz en 1980 por su incansable trabajo en la defensa de los derechos humanos. Han pasado 40 años desde entonces y en esta entrevista exclusiva habla de los 14 meses que estuvo detenido y desaparecido durante la dictadura militar argentina y de cómo, ya en un “vuelo de la muerte”, el avión lo trajo nuevamente a tierra. Habla del papa Francisco, de quien es amigo, y de los enemigos dentro y fuera de la Iglesia. También del actual presidente de Argentina y de muchos recuerdos, como los que tiene de Eva Perón.
Adolfo Pérez Esquivel (88), recibió el Premio Nobel de la Paz en 1980. Pasaron 40 años desde entonces. Fue un reconocimiento a su trabajo incansable para defender y promover los derechos humanos. Somos amigos desde más de cuatro décadas. Hasta poco tiempo antes de ser galardonado, la última dictadura cívico-militar (1976-1983) lo encarceló ilegal e ilegítimamente. Fue salvajemente torturado durante 14 meses. “A usted no lo va a salvar ni el Papa. Somos señores de la vida y de la muerte y a usted ni los obispos lo van a salvar”, recuerda Adolfo que le dijo mirándolo fijamente un torturador luego que lo capturaran “el 4 de abril de 1977 en el Departamento Central de la Policía Federal cuando fui a renovar mi pasaporte”.
“DIOS NO MATA”
Estuvo encerrado “en un calabozo muy pequeño, oscuro, maloliente, sucio” en cuyas paredes estaban escritos “muchos nombres de seres queridos, de clubes de fútbol, insultos, y una gran mancha de sangre de un prisionero que había estado antes que yo y que había escrito con su propia sangre ‘Dios no mata’”. Hace pocos meses recordó en uno de sus dibujos aquel escenario de terror. El 5 de mayo de 1977, encadenado, lo subieron a un avión para arrojarlo vivo en el Río de la Plata. Fue pasajero de uno de los diabólicos “vuelos de la muerte”. Durante el tiempo que la aeronave volaba en círculos “pregunté qué iba a pasar conmigo. Nadie me contestó hasta que, después de mucho tiempo, el piloto dice: ‘tengo orden de llevar al detenido a la base aérea de Morón’. Allí bajamos. “Nunca supe por qué no me mataron. Dos horas más tarde me informaron que me trasladaban a la U9”, cercana a la ciudad de La Plata, 60 Km al Sur de Buenos Aires. Lo liberaron dos días antes que finalizara el Mundial de Fútbol de 1978. Sin embargo, cuando recibió el Nobel, no lo asumió como propio. “Lo recibí en nombre de los pueblos de América Latina, y de manera muy particular de mis hermanos los más pobres y pequeños, porque son ellos los más amados por Dios; en nombre de ellos, mis hermanos indígenas, los campesinos, los obreros, los jóvenes, los miles de religiosos y hombres de buena voluntad que renunciando a sus privilegios comparten la vida y camino de los pobres y luchan por construir una nueva sociedad”.
UNA CASA EN EL CAMPO
Pérez Esquivel está de vacaciones con su familia. Su casa, humilde, tiene un enorme molino de viento en medio del campo. Un lugar ideal para dedicarse a una de sus pasiones. Pintar, dibujar. Recuerdos de su niñez pobre en los barrios de La Boca y San Telmo y de algún momento aciago prisionero de los dictadores. La escultura, también es lo suyo, una estatua de Gandhi, en Barcelona, es una de sus obras.
¿Qué hacés cuando no hacés nada? “Creo que eso de la nada, no está en mi diccionario. Pero creo que aquí, en San Eduardo (del Mar, una zona rural 38 Km al Sur de Mar del Plata en la que la ruralidad pampeana y marina se siente), hay cosas distintas. Aquí veo los pájaros, los árboles, el viento, escucho el silencio y, fundamentalmente, comparto con la familia. Con Amanda (Guerreño), mi señora, con los nietos, con los hijos y con los amigos. Trato de reencontrarlos y tener un poco más de tranquilidad porque estamos viviendo en un mundo vertiginoso, con muchísimos conflictos y uno no puedo separarme de todo. Procuro hacer un seguimiento de esos temas de gravedad aunque no esté involucrado en ellos, en este momento”.
¿Qué te preocupa? “Que no se desate otra guerra con la cuestión del Medio Oriente, con Irán y la locura de (presidente de los Estados Unidos, Donald) Trump con sus bombardeos. ¡La violencia, llama a la violencia! Mi otra preocupación es la situación Latinoamericana. Estuve con Evo (Morales Ayma, ex presidente de Bolivia), después del golpe de Estado. No se logra consolidar las democracias en el Continente. Son democracias más formales que reales. No son democracias participativas. Estados Unidos nunca deja de pensar América Latina como parte de sus intereses y de su territorio. Esto es grave. Y, además, el hambre, la destrucción del medio ambiente. Nos falta revivir la espiritualidad de los pueblos”. Porque “los pueblos tienen creencias y prácticas de esas creencias pero, en con el correr de los años, se conservan las imágenes de aquello en lo que creen, pero se pierden aquellas prácticas. Creo que, tal vez por ello, hay tanta hambre, tanta miseria, tanta pobreza”.
EL PAPA FRANCISCO Y EL PRESIDENTE
Son los temas que también preocupan al Papa Francisco. Pobreza, teoría del descarte, el cuidado de la Casa Común. “Creo que son caminos compartidos. El Papa no piensa así desde que es Francisco y yo pienso así desde siempre. Con el compromiso, desde el Evangelio, junto a los más necesitados. Es una opción de vida. Todo nuestro trabajo tiene que ver con lo que Francisco llama ‘los descartables’ y, en verdad, son personas que tienen un sentido de vida, que necesitan de una participación. En mis orígenes, vengo de esos sectores. No soy de los que toman consciencia y van a trabajar por los pobres. Fui uno de ellos. Tengo pertenencia y sentido de la espiritualidad desde allí. Por esas razones, sintonizo muy rápidamente con Francisco. La opción con los pobres desde el Evangelio. La caridad, es importante pero no es el asistencialismo (la solución)”.
¿Hablás con el presidente Alberto Fernández de estos temas? “En la última reunión que tuve con Alberto hablé de esto. ‘¡Cuidado, la asistencia es necesaria pero el asistencialismo no!’. Se lo dije claramente. Es necesario generar fuentes de trabajo para que la gente sienta la condición del reencuentro consigo mismo, en ser persona, en poder desenvolverse activamente con consciencia crítica. Que asuma el sentido de la libertad, que no se regala, se construye. Es una tarea de todos y es esencial saber cómo la compartís. Como decía el poeta: ‘Nadie puede ser feliz a solas’”. ¿Sos amigo del Papa Francisco? “Tenemos una amistad y tratamos de conservarla”.
Parecería que mucha gente no está contenta con él en el Vaticano. ¿Es así? “Y fuera del Vaticano, también. Hay sectores, episcopados, de distintos países como Estados Unidos, Alemania, España, incluso aquí en la Argentina donde creo que no todos los obispos siguen la misma línea de Francisco porque hay gente que piensa las cosas desde otra perspectiva porque tienen otra perspectiva de a realidad y, también, del Evangelio. Pero, los que no aceptan a Francisco, no entienden que es un pastor y, como Pontífice, sigue siendo un pastor. No es un príncipe de la Iglesia. Es un servidor. No asume el papado como una figura monárquica. Hay gente en el Vaticano que vive como príncipes. Francisco impetra: ‘Salgan a evangelizar’. En este momento hay un fuerte debate sobre el celibato. Luego del encuentro sobre el Amazonia, emerge que es necesario ordenar sacerdotes casados o reconocer sacerdotes casados en esos lugares donde no hay curas. Es un problema serio dentro de la Iglesia porque muchos toman el celibato como doctrina. No lo es. Jesús, no buscó célibes. Pedro tenía su familia. Incluso, Jesús le cura a la suegra. El celibato se implanta en el Concilio de Trento (entre 1545 y 1563). Pero esto lleva a una serie de distorsiones en las conductas respecto del Papa. Aquí, en la Argentina, tuvimos y hay, muchos sacerdotes que se enamoraron y formaron familia”.
¿Tiene enemigos el Papa? “Grandes enemigos. Entre ellos, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump o (el ex vicepresidente y ministro del Interior en Italia entre 2018 y 2019, Matteo) Salvini que hasta alquilaron un castillo en las afueras de Roma y lo equiparon con el objeto de dar, casi, un golpe de Estado en el Vaticano. Trump, lo considera enemigo a Francisco”.
¿Y dentro del Vaticano? “Hay sectores, organizaciones, Obispos, Arzobispos o Cardenales que no están de acuerdo con el Papa y están más cerca de Ratzinger (Joseph Aloisius, Papa Emérito Benedicto XVI, 92 años) que de Francisco. Ahí es donde hay posiciones que son distintas. Ratzinger, es un intelectual extraordinario pero no es un pastor. Es un gran teólogo pero es un hombre que persiguió la Teología de la Liberación. Trató de encasillar y encerrar a toda la Iglesia. Francisco, lo que hace, es abrir. El papado de Francisco abre al ecumenismo en forma muy concreta para acercar y reconocer las diferencias que podría haber para tratar de ver, con claridad, los puntos de encuentro en la espiritualidad tanto con el judaísmo como con el Islam. Procura comprender la diversidad en la unidad”.
¿Francisco es peronista? “No lo sé pero creo que tiene una tendencia y una mirada más cerca de (Juan Domingo) Perón que de cualquier otro (risas) por su política social. Perón marcó muchas generaciones en la Argentina. Marcó a todos aunque no estuviésemos de acuerdo con muchas de sus cosas. ¡Evita! Para mí, la revolucionaria (de aquellos años) era Eva”.
¿Por qué Francisco te agradeció tres veces cuando se encontraron inmediatamente después que fue Papa? “El primero de los ataques feroces que Francisco recibió ni bien lo designaron fue desde la Argentina. No se llevaba bien con el gobierno de Cristina (Fernández, ex presidente 2008-20015, actual vicepresidente) y con (el periodista Horacio) Verbistky que publicó una nota furibunda en contra de Bergoglio, ya Francisco. Yo, estaba en Padua (ciudad en el Norte de Italia) dando unas charlas y me llamaron de la BBC de Londres para preguntarme si el Papa había sido cómplice de la dictadura cívico-militar, que entregó a dos jesuitas. Me leyeron la nota porque no la conocía y respondí: ‘Son todas mentiras’. Ahí todo cambió. Por esa razón me llamó Francisco: ‘Vení a Roma’. Así fue. Cuando nos vimos nos abrazamos, lógicamente y me agradeció que hubiera dicho la verdad.”
RECUERDOS DEL PARAGUAY
¿Cuántos años hace que sos Premio Nobel?
- Este año son 40. (Repite la expresión) ¿Parece mentira, no? Hay un recorrido muy largo en todo esto. En Paraguay, durante la dictadura de (Alfredo -1954/1989) Stroessner, en San Juan Bautista de las Misiones, acompañamos mucho al obispo (Ramón Pastor) Bogarín. Con él estuvimos presos en el Ecuador, juntos con otros 14 obispos (sonríe con el recuerdo). Recuerdo a Ismael Rolón, el arzobispo de Asunción, un hombre maravilloso que acompañó y luchó en forma silenciosa; al obispo (Mario Melanio) Medina, que era curita, no obispo, que me acompañaba para reunirme con los campesinos en las Misiones, en las comunidades de Jejuí que la reprimieron terriblemente con la policía y el ejército. Con Paraguay nos unen muchísimas luchas sociales, sindicales, campesinas. Hemos trabajado mucho con el pueblo paraguayo.
¿Fernando Lugo?
No lo conocí en esa época. No era Obispo. Luego demostró tener conciencia social. Después tuvo una opción política y optó por ella.
¿Adolfo, qué volverías a hacer y qué no?
-Volvería a seguir mi compromiso junto a los pueblos de América Latina. Tenemos una larga historia en todo el continente. El Nobel lo recibí en nombre de los pueblos latinoamericanos. Los encuentros y las luchas sociales, campesinas, indígenas. Encontrarme con misioneros, misioneras en las zonas más inhóspitas e increíbles del continente. Por eso el premio lo recibí en nombre de todos ellos. El mío, no es y nunca fue un trabajo individual.
¿Qué no volverías a hacer?
No sé. Uno comente errores humanos. Creo que no volvería a llevarle el apunte a muchos políticos y pesar que ellos iban a cambiar algo y no cambiaron un carajo! De creer que porque estaban allí, en el poder, tenían capacidad para cambiar y no es que no podían. ¡No querían, no querían! Me decían una cosa y, después, hicieron otra. Por eso para mí, siempre, fue y es importante no perder la esperanza. Le doy gracias a Dios que tengo una familia que siempre me acompañó, luchó, trabajó; y, por haber encontrado en el camino con gente como Proaño, Camara, aquel poeta catalán brasilero por adopción Pedro Casaldádiga, Feliz de Araguaya, al que fuimos a ver con Amanda (Guerreño, su esposa), Desamol Ruíz en Chiapas, Méndez Arceo, en México . Hay que tener memoria y tratar de transmitirla. Aprendí mucho de grandes maestros indígenas, de hombres y mujeres de las favelas. De ellos aprendí que hay que ser coherentes entre el decir y el hacer. El día en que no somos coherentes es porque traicionamos un pueblo y al prójimo. Por eso nunca acepté ni aceptaré jamás un cargo oficial hasta el último día que esté en este planeta.
Evita conmigo no especuló nada, nada, nada…
“¿Sabés que tengo una historia personal con Evita? Para mí, la revolucionaria (de aquellos años) era Eva. Yo era muy pibe. Mi viejo, que era pescador, se quedó ciego. No podía laburar. Yo vendía diarios cuando tenía 11 años y mi hermano mayor trabajaba en un bar por el barrio de San Telmo. Vivíamos en un conventillo en la calle Chacabuco al 600 (de Buenos Aires). No nos alcanzaba para vivir. Un compañero de la escuela en la que me eduqué con los Franciscanos, que sabía que de la ceguera de mi viejo, me propone que le escriba una carta a Evita. ‘No me va a dar bola’, le contesté. Insistió. Le hice caso, Arranqué dos hojas del cuaderno Rivadavia y escribí. ‘Señora Evita. Mi padre es un pescador que se quedó ciego. Yo, vendo diarios y mi hermano está en un bar de mozo. Necesitamos de su ayuda para que mi padre tenga una jubilación’. En mano la entregué en la Fundación Eva Perón. Salí de allí mientras pensaba que no me iban a dar bola porque era un pibe. Salí decepcionado. A los quince días, apareció una mujer en el conventillo que, para mí era una diosa, hermosa. Todavía la veo, con su trajecito sastre, como el que usaba Evita. Venía de parte de ella. Era su secretaria. Me mostró mi carta y me preguntó si efectivamente yo la había mandado. Asombrado asentí. Pidió hablar con mi padre. Recién en ese momento le conté al viejo lo que había hecho. Se quedó a solas con él. Esperé en el patio común. Hacía mucho frío. Hablaron una media hora. Para mí, una eternidad. Cuando salió, antes de irse, me dijo: ‘Le voy a explicar a la señora Evita lo que hablé con tu padre. En unos días tendrás novedades. La acompañé hasta la puerta como todo un caballero petiso. A los diez días, creí que un general llegaba al conventillo por su uniforme. Era el chófer de Evita que me llevó, junto con mi viejo, para hacer unos trámites. Nunca había subido en un auto así. A los quince días mi viejo tenía la jubilación gracias a Evita. Tenía casi trece años. Trabajaba colgándome de los tranvías para vender los diarios. Inventaba las noticias. Ganaba unos pesos para comprar unos bifes que cocinábamos en una cocinita pequeña que teníamos adentro de la única pieza con baño común en la que vivíamos. Evita, desarrolló una política social increíble. Conmigo no especuló absolutamente nada. Nada, nada, nada, nada.

