A los 7 meses de vida, a Luis Carlos Vera le detectaron parálisis infantil, lo que le inmovilizó la pierna derecha. Pero eso nunca fue impedimento en su vida porque desde joven no paró de moverse y, sobre todo, de subir. Cuando tenía 16 años, se subió por primera vez a un escenario y cuatro años después volvió a subir a otro y un presentador le puso su marca registrada: “El hombre de las mil voces”. La vida de Carlitos Vera, sus sueños, su amor al arte, a la familia, sus ocurrencias y un mensaje desde el corazón en este mano a mano con La Nación.

Sentado en un sillón en el corredor de su casa, Carlitos Vera espera al equipo de La Nación con una amplia sonrisa y una remera con la consigna azul­grana de “capital del senti­miento”. Hace tres años que se mudó a San Antonio, una ciudad que le gusta mucho por los árboles, la sombra y la tranquilidad. “Fue difícil encontrar esta casa porque él quería una que tenga planta. Y esta por suerte tiene este enorme mango en el patio de enfrente”, dice Clara Gimé­nez, su esposa. Su compañera de toda la vida.

Carlitos Vera cumplió hace unos días 71 años. Su vida ha sido un vertiginoso andar por el mundo artístico desde muy joven. Empezó en el Barrio Jara de Asunción. En este barrio, entre las canchas de Tacuary y Libertad, había empezado sus imitaciones, pri­mero haciendo del panadero de la esquina, después hablando como el peluquero de la cuadra.

Empezó a imitar a los persona­jes del barrio y eso se fue trans­formando, de alguna manera, en lo que en poco tiempo más sería su profesión. O tal vez su oficio. O mejor dicho, su vocación y pasión.

Recuerda que la primera vez que se animó a hacer un número artístico fuera de Barrio Jara fue a los 16 años. Subió a un escenario, lo sentaron y sacó su pri­mer número. Una imitación a Julio del Puerto, entonces el comentarista más famoso y respetado del mundo del fútbol, lo que animó a toda la gente que estaba presente aquella noche. Carlitos Vera lo recuerda con frescura: “Fue el 23 de setiembre de 1964, en un festival que se hizo en el barrio Las Merce­des. Me invitaron a partici­par y ahí fue que me animé por primera vez a esto de la imitación”, recuerda.

Desde aquella tarde de 1964, Carlitos Vera no paró. A pesar de que él mismo se mofa con algún que otro chiste cruel sobre su disca­pacidad en la pierna dere­cha, esta condición jamás fue obstáculo para lo que quería en su vida. Ingresó al Departamento Artístico del Ministerio de Defensa, en donde fue puliendo su arte, conocer gente, hacer contactos y aprender.

En aquellos tiempos, los ani­madores o conductores de eventos lo presentaban como Luis Carlos Vera. Pero en un evento de 1968, llegó la frase que a estas alturas ya es una marca registrada convertida en leyenda. Quien estuvo a cargo de esa presentación fue Juan Bautista Castillo, el también popular “Nizugan”.

- “Con ustedes, el hombre de las mil voces, Carlitos Vera”, trinó Nizugan desde el micró­fono para presentarlo.

Desde aquella vez, entonces Luis Carlos pasó a ser Car­litos Vera. Y este, a su vez, el hombre de las mil voces. Con esta impronta, Carli­tos comenzó a fortalecer su carrera en el mundo artís­tico paraguayo.

“Yo le tengo un recuerdo enorme, un gran cariño”, dice Carlitos, recordando a su amigo “Nizugan”, que falleció en junio de este año. Juntos habían hecho varias actuaciones y son dos refe­rentes de la vida artística paraguaya, del humor local.

Carlitos se muestra muy amable y conversador. Le gustan las visitas. Se emo­ciona cuando recuerda su historia. La forma en que daba vida al escenario. Le brillan los ojos cuando habla de su familia. Cuando tiene que hablar de sus 4 hijos (tres varones y una mujer que falleció) o cuando tiene algún recuerdo de sus nietos.

–“Él es una persona absolu­tamente sensible, demasiado sensible”, dice Clara.

Se casaron hace 41 años y desde entonces comparten una vida que para Clara se convirtió en una costumbre en eso de entender que de su parte siempre habrá ocurren­cias ante cualquier situación, o la de sus hijos, que se fueron sumando con el paso de los años, hasta de los ladridos de Jacki, la perrita de la casa que comparte familia con los Vera hace 10 años. Si bien aclara que ninguno de sus hijos resultó humorista, hereda­ron esa forma pícara de res­ponder, de encontrarle siem­pre la vuelta a una situación, a una frase. “Nuestros hijos no actúan nomás, pero son de hacer chistes todo el tiempo. Acá los domingos cuando nos juntamos, tenés que ver lo que es”, expone Clara.

Carlitos Vera ríe y agrega, como para confirmar lo que dice su esposa: “Imaginate que el domingo nos fuimos con mi hijo a ver Termina­tor, y cuando salíamos de la sala y él me dice “ah papá, mirá ya estás caminando como Terminator” y ambos se ríen con ganas.

En la casa, Carlitos Vera es un esposo dicharachero, con energía positiva siem­pre y por supuesto, con cinco minutos de seriedad en la mayoría de los temas. “Tuve que dejar de ir a las reunio­nes de padres de la escuela de mis hijos porque ndopavéi (no terminaban), nos quedá­bamos a reír de todo lo que se podía”, explica Vera, mien­tras deja escapar otra son­risa que le dibuja toda la cara.

Según Clara, además de su espíritu bien alegre, Carli­tos Vera es muy romántico. Esto ayudó a que la relación pueda sostenerse por tan­tos años. En los tiempos en que Carlitos tenía actuación casi todos los días, Clara era la encargada de ayudarle con el vestuario e incluso con los apuntes para los chistes o monólogos. “Ella sabe ele­gir, mucho. Me elige la ropa, lo que tengo que ponerme cuando tengo que ir a una cena, a un evento benéfico, sabe elegir muy bien. Por eso justamente me eligió a mí”, expresa Carlitos. A Clara no le queda más que reír mien­tras lo mira a los ojos.

–“Para mí es simple, la base de todo éxito siempre está en la familia”, dice Carlitos Vera.

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El momento en que Carli­tos reflexiona es cuando se le consulta sobre el mundo artístico paraguayo. Lo que se tiene ahora. Lo que se ve. Lo que actualmente se vende como arte o como elemento artístico. En ese sentido, Vera asegura que particular­mente no se siente un ejem­plo para nadie, de nada de lo que haya hecho. Dice que su preocupación siempre fue realmente ser un ejemplo para su familia, que consi­dera haberlo logrado.

Habla con seriedad sobre la importancia de prepararse cuando uno tiene que hacer una presentación. Dice que tiene un anotador, en el que va dejando registros de algunos títulos, de las cosas que pasan diariamente. En ese sentido, menciona que como alguien que tiene que hablar sobre lo que ocurre en la actualidad, tiene que estar enterado de todo, para sacar alguna acota­ción sobre la situación, darle contexto a sus monólogos o chistes del momento.

“El humor es como un plato de ensalada. Tiene que tener todos los condimen­tos necesarios, ni uno de ellos más ni otro menos”, dice Carlitos Vera.

Cuenta que en los primeros años le costaba estar en el escenario. Que sentía mucha presión por hacer que los pre­sentes se rían, que entien­dan el mensaje. “Uno tiene que respetar al público. En ese sentido, traté siempre de mostrar eso. Respeto, de hacer un humor que no sea ofensivo, que no afecte a minorías. Traté siempre de que sea un humor que encuentre en la gente la forma de arrancar una alegría, si se quiere decir así, sana”, dice.

Agrega que, quizás, lo que falta ahora en el entreteni­miento televisivo es un seg­mento que esté dedicado más a las personas mayo­res, que tenga más humor paraguayo, de costumbres paraguayas, para volver a tener audiencia y pensar en las personas que ya tienen edad y encuentran en la tele­visión una manera, o quizás la única, de entretenerse.

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En 1966, Carlitos Vera incur­siona en radio, otra de sus pasiones. Empezó en radio Comuneros, en un pro­grama llamado “La fonda de Doña Filomena”, en donde él tenía un segmento. La radio ha sido otra de sus compañe­ras durante todos estos años de vida artística. Después de radio Comuneros, inició un ciclo que duró muchos años llamado “Risaterapia”, en Radio Ñandutí. Allí se ganó el cariño de mucha gente que empezó a escucharlo, lo que le valió además empezar a tener mayores números, mayores presentaciones.

De entre sus tantas imita­ciones, son históricos los casos del futbolista Julio César Romero “Romerito”, el del doctor Abraham Zapag, presidente de Cerro Porteño en los 80. También en su lista aparece el político liberal Julio César “Yoyito” Franco. Pero un caso par­ticular tiene que ver con la imitación que hacía al ex dictador Alfredo Stroessner.

–“Recibimos amenazas y nuestro teléfono estaba intervenido. Querían ver si él hacía la imitación a Stroess­ner aunque sea por teléfono”, explica Clara.

Carlitos explica que él nunca decía que estaba imitando a Stroessner, pero que cuando empezaba a hablar como el ex dictador, la gente ya empezaba a reírse. “No hacía falta que diga, pero después tuve que cuidarme mucho en ese sentido”, expone Carli­tos. Y rápidamente recuerda una anécdota.

Después de dos meses del golpe de Estado de 1989, a Car­litos Vera le contratan para un show en el interior. Él va y sube al escenario, improvi­sado y pequeño. En medio de la actuación, alguien –pre­sume que es un borracho– lo toma de la pierna que justa­mente no puede movilizar y se cae completo del escena­rio. “La gente se reía, pensaba que era parte de mi número artístico. En eso pido auxilio y vienen a socorrerme, cuando me repongo, tomo el micró­fono y digo “con que Stroess­ner ho’a mba’e pico la che” (Si hasta Stroessner cae, por qué yo no) y lo que generó una risa generalizada, recuerda Vera.

En ese momento Clara trae de la pieza varios pergami­nos, menciones de honor, eventos en donde le rinden tributo y le dejan algún cer­tificado, alguna muestra de cariño. En eso, se queda con uno y expone que le dieron los alumnos de la Facultad de Derecho, que cada tanto lo tie­nen como uno de los homena­jeados. Sobre el punto, Carli­tos agrega: “Lo cual me llena de orgullo porque justamente desde la Facultad de Derecho homenajean a un rengo”.

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Hace diez años, el mal de Parkinson lo tiene un poco a mal traer a Carlitos Vera, pero eso en nada amilana su espíritu. Sigue compar­tiendo ideas, sigue orques­tando chistes, planeando ideas, proyectando su vida, su trabajo, su arte. “Estamos trabajando ahora para un segundo libro. Quiero dejar eso como un legado de lo que yo trabajé, de lo que yo logré en el escenario y de lo que tanto quiero, esto que hice y hago”, reflexiona.

Después de 56 años de subir y bajar de escenarios, de escribir guiones, de trabajar en monólogos, de hacer reír a la gente, hoy Carlitos Vera sigue actuando, pero de un modo más familiar. Quizás en alguna cena, algún evento que no sea masivo, pero siem­pre está. Porque vive del arte y de lo que lo apasiona.

Porque como el mismo dice: “Hay que buscar la alegría para llevar una mejor vida”.