• Por Ricardo Rivas
  • Periodista

José María Hidalgo tenía 55 años cuando una bala policial que se incrustó en su pecho lo derrumbó para siempre en la puerta de una vivienda en el 1673 de la calle Formento, barrio Reducto, en Montevi­deo. Era el mediodía del lunes 8 de diciembre de 1975. Seis días antes se había fugado de la penitenciaría de Punta Carretas. Salió autorizado para visitar “por una hora” a su esposa, Nelly Raquel Eche­garay (33), viuda de “Monte­rito”, un contrabandista céle­bre en la Banda Oriental.

Se casaron en la cárcel en marzo de 1967. Si en el más allá tiene algún peso la memoria, José María se llevó con él dos cer­tezas: que un buchón carce­lario lo entregó a la policía; y, la voz del detective Ricardo Martínez, de la división Hur­tos y Rapiñas que –según un parte policial– sólo le dijo “tirate al piso y no te muevas” antes de partirle el corazón con un solo disparo cuando el pistolero buscó la empu­ñadura del Colt .38 SPL que llevaba en la cintura. Un viejo deseo del finado se hizo rea­lidad. Nunca más fue preso. Fue el minuto final de una cacería que policías de Argen­tina, Uruguay y Brasil lo tenía como objetivo prioritario.

“Menchi” Sabat y el autor de esta nota.
“Menchi” Sabat y el autor de esta nota.

UNA CHARLA CON “MENCHI” SABAT

Fue un atardecer veraniego en el Hotel Provincial de Mar del Plata, cuando el que­rido amigo “Menchi” Sabat –recordado maestro, perio­dista y artista plástico uru­guayo de larga trayectoria en el diario Clarín de Buenos Aires– me habló de él. “Toda la policía uruguaya lo buscaba desde 1965, cuando arribó porque inmediatamente comenzó con sus andanzas. Parece que, perseguido sin descanso por el legendario comisario Evaristo Meneses, de Buenos Aires, por el ase­sinato del cabo (José) Bais­trioqui, se rajó al Uruguay”, agregó “Menchi”.

La charla tan atrapante como cadenciosa me permi­tió saber que, en suelo charrúa, Hidalgo se asoció con el local Héctor Inella, pisto­lero sanducero (nacido en el departamento de Paysandú), de largo historial en el hampa y, juntos, durante 67 días atormentaron la tranquila paz montevideana hasta que fueron apresados. Durante la conferencia de prensa que se ofreció por aquellos días en el departamento central de policía los capturados se mostraron alegres, simpáti­cos y hasta bromearon con los periodistas.

“MEMORIAS DE UN HAMPÓN”

Una semana más tarde, un cronista del periódico Hechos –que fundara y dirigiera Zel­mar Michelini, periodista y dirigente del Partido Colo­rado, hasta 1971 y, luego, del Frente Amplio, que fuera asesinado por terroristas de Estado en Buenos Aires el 20 de mayo de 1976, dentro del marco de la Operación Cón­dor– lo entrevistó en la cárcel. Hidalgo denunció que fue tor­turado por la policía.

Le ofre­ció y aceptó, ser columnista en ese medio que comenzó a publicar con su firma las “Memorias de un hampón”. Montevideo se sacudió. Las ventas de Hechos crecieron. Tiempo después, durante una conferencia, el colega William Puente, integrante de la redacción de aquel periódico, recordó que “Zel­mar estuvo de acuerdo” con aquella incorporación “y así se publicaron en Hechos varios capítulos con la firma de José María Hidalgo en los que relataba su trillo nove­lesco y su relación con el delito”.

El jueves 28 de julio de 1966 fue la primera entrega de las memorias de aquel pis­tolero que, en la Argentina, estaba fichado con el legajo RH (robos y hurtos) 132.401 y categorizado como “muy peligroso”. Sus textos fueron reveladores y daban cuenta de su personalidad.

“Sólo odio a los policías que tor­turan”, declaró con firmeza. Recordó que su hijo, José Ángel (18), fue muerto por la policía argentina y aseguró que Baistroqui –aquel cabo al que ultimó con dos balazos– “fue uno de los que lo mató”.

Cuando fugó hacia el más allá, José María Hidalgo había escapado de cárceles en Argentina, Brasil y Uruguay. Se lo acusaba de 18 asesina­tos. Entre ellos, tres policías brasileños y el argentino. El legendario comisario Mene­ses –quien hasta fue perso­naje en la historieta “Eva­risto”, de Carlos Sampayo y Francisco Solano López– que alguna vez lo hirió, capturó “y le perdonó la vida”, según declararon sus hombres por entonces, nunca lo pudo vol­ver a apresar. ­