• Por Ricardo Rivas
  • Periodista

A Fernando de la Rúa, querido amigo que fue presidente de la Argentina entre 1999 y 2001, lo extrañaré con intensidad. Compartimos amistad desde 1971. Padecía de tristeza desde los trágicos sucesos de diciembre del 2001, que condujeron a su renuncia cuando el caos se impuso a la razón. La mezquindad política de los unos y los otros anuló todo intento consensual en procura de la paz social. Todo permite pensar que aquellos dirigentes no estaban preparados aún para un gobierno de coalición. La renuncia del vicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez, en octubre del 2000, 10 meses después de asumir el cargo para el que fue elegido por la voluntad popular, fue un golpe muy duro para el jefe de Estado. El tibio apoyo de la Unión Cívica Radical (UCR), el partido en el que Fernando militó desde su juventud hasta su último suspiro, un mazazo. Esperaba más de los correligionarios y, en particular del ex presidente Raúl Alfonsín (1983-1989), quien tampoco pudo finalizar su mandato acosado y acorralado por una situación social, política y económica que –fogoneada por el peronismo– también devino en saqueos, violencia extrema y calles ensangrentadas en un país que degradaba irremediablemente. Es amargo evocar cuando se ha sido subsecretario de Medios del presidente De la Rúa en la hora de su partida y vuelven a la memoria aquellos meses difíciles y trágicos.

MARZO DEL 2001

En marzo del 2001 la situación se agravaba. Cuando el mes promediaba, el jefe de Estado aceptó rubricar un acuerdo de asistencia crediticia con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que, según los técnicos de ese organismo multilateral, despejaba de turbulencias el frente externo y alejaba a la Argentina de un eventual default. “El país vive una situación difícil y crítica, producto del viejo déficit que arrastra, la larga recesión y el volumen de su deuda”, admitió el presidente de puño y letra en un comunicado que él mismo quiso redactar para informar a la Nación. En aquel texto, luego de revelar que “obtuvimos el blindaje” –así denominó al crédito recibido– explicó que era “una garantía de solvencia internacional” y, en ese contexto, aseguró que los compromisos asumidos los “vamos a mantener a toda costa”. Pese a ello, la calma de los mercados se mantuvo poco tiempo.

En un anochecer de ese mismo mes, en la Residencia Presidencial de Olivos –20 Km. al Norte de Buenos Aires– la UCR debatía a gritos el regreso de Domingo Cavallo –ex ministro de Economía del ex presidente Carlos Menem (1989-1999)– para ejercer nuevamente el mismo cargo. El retorno lo impulsaba, Chacho Álvarez, el ex vicepresidente que renunció luego de denunciar públicamente presuntos actos de corrupción en el Senado –que presidía– para aprobar una ley de reforma laboral. Pero no proponía solo la vuelta de aquel economista. También quería volver para ocupar la Jefatura de Gabinete de Ministros. Incomprensible. Pese a las fuertes resistencias ucerreístas, Cavallo volvió. Enojó a muchos. Para aquietar las aguas y en procura del equilibrio partidario interno, De la Rúa ofreció varios cargos relevantes en el Ejecutivo a la UCR, que fueron aceptados.

DUHALDE EN OLIVOS

Para sostener la coalición de gobierno con el peronismo, lo que para él era un objetivo relevante, el Presidente no escatimó esfuerzos. Dialogó, entre otros, con Carlos Reuteman y Ramón Puerta para integrarlos a su gabinete. La gobernanza era una de sus más grandes preocupaciones. En el mediodía del 6 de junio, almorzó en Olivos con el hombre fuerte del peronismo bonaerense, Eduardo Duhalde, de estrecha relación con Alfonsín.

Al ingresar al chalet presidencial, firmó el “Libro de visitantes ilustres”. Con una breve frase invocó a Dios “por el pueblo argentino”. Con él hablé después del encuentro que no se extendió demasiado. Confidenció que uno de los temas de conversación fue la situación del banco de la Provincia de Buenos Aires que gobernaba su compañero Carlos Ruckauf, quien, con mucha frecuencia, pedía a De la Rúa asistencia financiera para la entidad.

Duhalde sabía que De la Rúa siempre accedió. Los préstamos los hacía el Banco de la Nación. Su titular, un hombre probo, Enrique Olivera, aceptaba la indicación presidencial a disgusto. Duhalde, después de responder a periodistas de los medios públicos sobre la necesidad de “actuar patrióticamente ante la demanda presidencial de unidad nacional”, quiso retirarse de la casa de los Presidentes en una van con vidrios polarizados a través de una discreta salida subterránea.

CON BILL CLINTON

En procura de fortalecer su administración también en el frente externo, De la Rúa almorzó el 10 de julio, en el mismo escenario, con el ex presidente Bill Clinton, quien explicó detalladamente sus dos primeros años en la Casa Blanca. “Descubrí que mi país tenía un alto déficit fiscal y, como consecuencia de ello, tomaba créditos en casi todo el mundo a tasas verdaderamente altas. Ese fue uno de los motivos por los que perdí las parlamentarias de 1994”, admitió. Los más relevantes ministros del Gabinete nacional lo escucharon con máxima atención. “Recorté gastos, bajé el déficit, comencé a pagar menos tasas de interés, tuve que incumplir algunas de las promesas de campaña, en especial algunos programas de salud para casi todos los habitantes desprotegidos por la seguridad social, pero logré la reelección y elevar considerablemente los niveles de aceptación de mi gestión”. Clinton partió. Antes de despedirse del mandatario anfitrión le aseguró que haría lobby por Argentina.

En octubre, Fernando de la Rúa fue derrotado en las parlamentarias. Con los resultados en la mano, los opositores políticos –propios y extraños– reconfiguraron el poder institucional. Sin vicepresidente, una eventual sucesión presidencial recaería en un peronista. Se veían ganadores mirándose en los espejos de sus propias ambiciones. Las tensiones políticas crecían. La economía se debilitaba exponencialmente.

MUERA PELEANDO”

El sábado 8 de diciembre, cerca de las 17:00, el consultor externo Dick Morris llegó a Olivos para reunirse con De la Rúa. El visitante conocía plenamente la situación en la Argentina. “Usted está políticamente muerto, señor Presidente”, disparó sin anestesia. “Pero muera peleando, luchando por lo que siempre dijo que creía y quería hacer”, agregó.

El anfitrión clavó sus ojos en los de su interlocutor que completó su recomendación: “Luche, Fernando. Proyecte en una ley todo lo que usted sueña para la Argentina, por lo que luchó cuarenta años, y mándelo al Congreso. Aunque no se lo aprueben. Pero haga lo necesario para que su pueblo lo recuerde bien. Pelee, Presidente”. Minutos después Morris se puso de pie. De la Rúa, con calidez, caminó a su lado. Inesperadamente, la primera dama Inés Pertiné se encontró con ambos. “¡Hola, Dick –dijo en perfecto y fresco inglés– que alegría verte y que suerte que viniste pero... Dick, llegaste muy tarde... ya muy poco se puede hacer!” Un profundo silencio se adueñó de la escena. Las 19:30 marcaban los relojes que parecían correr más velozmente que los almanaques.

LA TRAGEDIA

Con el amanecer del 20 de diciembre el sol iluminó desde temprano la tragedia. Los que se asumían triunfadores en la noche del 14 de octubre, cuando se conoció el escrutinio provisorio de las parlamentarias, comprendieron que también habían perdido. “¡Que se vayan todos!” Calles ensangrentadas, como en 1989. De la Rúa quiso hablar a la Nación. Los trabajadores de los medios públicos estaban en huelga. Carecía de vectores comunicacionales. Un alto ejecutivo de un conglomerado multimedial respondió firme y contundente: “Si es para renunciar, el Presidente tiene las cámaras a disposición”.

Carlos Maestro, senador nacional, informó a De la Rúa que el Bloque Radical no lo apoyaba. Fernando renunció, de puño y letra, después que comprendió que Alfonsín y Duhalde no estaban a su lado para sostener la democracia, la institucionalidad y la paz social debilitadas. El sistema implosionó. Los partidos incontinentes, no representaban a nadie. Como hoy.

La imagen de un helicóptero que se elevaba desde la Casa Rosada perdura en el tiempo. Fernando de la Rúa no quiso irse así. La seguridad presidencial se lo exigió. El 2 de enero, Eduardo Duhalde con el apoyo de Raúl Alfonsín, del peronismo y del Frepaso, el partido de Chacho Álvarez, juró como Presidente.