La vida en la principal penitenciaría de nuestro país tiene distintos matices. Los que trabajan en la cárcel y los internos tienen historias diferentes, pero semejantes en el miedo y la incertidumbre del día a día. La marginalidad, la violencia y también la solidaridad y el trabajo comunitario conviven en ese espacio abarrotado de gente y de historias.

“Son oficialmente marido y mujer”, dice la oficial del Registro Civil y siete parejas se abrazan. Se besan. Es una mañana de viernes lluviosa y aquí en Tacumbú, en el centro de eventos de la principal penitenciaría del país, 14 personas decidieron unirse en matrimonio.

Vista área del penal de Tacumbú (Foto Carlos Juri)
Vista área del penal de Tacumbú (Foto Carlos Juri)

Después de la ceremonia y las felicitaciones de los pocos parientes que asistieron a este casamiento colectivo, ellos vuelven a sus celdas a esperar que puedan avanzar sus procesos y ellas retornan a sus casas. De hecho, el déficit penitenciario es la falta de condena; apenas el 23% de toda la población (956 internos) está con una condena firme.

Con 4.100 reclusos, este penal fundado en 1955 en el corazón del barrio Tacumbú está absolutamente desbordado. Su capacidad máxima es para 1.500 personas distribuidas en celdas para dos o tres reclusos. La situación hizo que finalmente se prohíba el ingreso de más detenidos a este lugar.

Esto resultó un pequeño oxígeno para las autoridades del penal, que tienen, además de la superpoblación, otra preocupación que los tiene en vilo: la fuerte presencia de miembros del grupo criminal brasileño Primer Comando Capital (PCC), cuya estadía resulta en una alerta constante.

Tacumbú es la penitenciaría más poblada del país. 4.100 internos conviven en un lugar para 1.500 personas.
Tacumbú es la penitenciaría más poblada del país. 4.100 internos conviven en un lugar para 1.500 personas.

“Lo del PCC no es ninguna joda”, dice con un tono serio y a secas el director de la cárcel, Jorge Fernández. Asumió el cargo en febrero de este año y hasta ahora lo que considera más urgente es hacer todo el esfuerzo necesario desde las instancias judiciales y políticas para acabar con la fuerza del citado grupo criminal, ya que a criterio de Fernández representa una amenaza letal para el sistema penitenciario paraguayo.

“Ellos operan de una manera increíble. Saben quiénes somos, cómo nos movemos. Nosotros acá tenemos que manejarnos con mucho cuidado porque tenés al PCC por un lado y, por el otro, al clan de Los Rotela, que controlan todo lo que es el tema del microtráfico. Estas internas que se tienen en los grupos son los que dan después como resultado algún incidente con herido, acuchillado, entre otros”, expone Fernández.

La vida de los
La vida de los "pasilleros" de Tacumbú es de abadono. De sus familiares, de sus abogados y del sistema.

Según el director de Tacumbú, ya elevaron todos los informes necesarios al Ministerio de Justicia sobre el actuar de estas personas que forman parte de esta organización criminal. “A algunos pudimos enviarlos a Encarnación, que es lo más alejado que podemos tenerlos de acá o de Brasil. Pero igual tienen sus contactos. Es una organización muy fuerte”, dice Fernández.

Consultado sobre si ya recibió alguna amenaza en estos meses, sin titubeos dice que sí. Y que fueron amenazas directas contra él y el jefe de seguridad del penal. “Ya elevé el informe sobre esta situación a mis superiores porque realmente me inquieta. Espero, de corazón, que se tomen las medidas correspondientes”, dice Fernández.

Un problema que se sumó a lo ya mencionado en la penitenciaría fue la llegada de personas detenidas por violencia familiar. “En los últimos meses, cuando todavía recibíamos reclusos, el promedio era de 5 a 7 personas que ingresaban por violencia familiar. Era una locura” expone el titular del penal.

Por la falta de lugares, los
Por la falta de lugares, los "pasilleros" viven en los tinglados o en los pasillos del penal.

Tacumbú tiene 6 bloques. Los pasillos que conducen a estos bloques muestran la cara más dura de esta penitenciaría. En estas zonas están los reos abandonados por sus familias, por sus abogados y por el sistema judicial paraguayo. Lo único que tienen es un pequeño lugar en el suelo, lúgubre, húmedo, en donde ponen colchón –si tienen la suerte de tenerlo– o alguna manta y ahí esperan lo que tendrá que ser de ellos. Se los conoce como “pasilleros”.

Según algunos guardias, estas personas ya no pueden vivir sin su droga, que por lo general es el crack (explicaciones médicas dicen que es una derivación de la cocaína combinada con otras y resulta una de las más adictivas). Consiguen esta droga de donde sea y como sea. De hecho, la cárcel nunca dejó de ser un centro de distribución y compra.

Casamiento colectivo. El viernes pasado, 7 parejas dieron el sí en Tacumbú.
Casamiento colectivo. El viernes pasado, 7 parejas dieron el sí en Tacumbú.

Los “pasilleros” duermen, no obstante, bajo el techo del tinglado que se tiene en el bloque principal de entrada. “Acá se hace todo lo que se puede con ellos. Tenemos casos de gente que está acá sin saber siquiera que tiene que tener un abogado”, exclama Fernández.

También este tinglado sirve de escenario para los partidos de fútbol de salón que cada semana se juegan en el penal. Mientras de un lado de la cárcel 7 parejas confirman el matrimonio ante la ley, decenas de jóvenes juegan el torneo juvenil “interpabellones”, que cada miércoles y viernes, por las mañanas, despierta el entusiasmo en estos reclusos.

La idea se implementa desde hace varios años gracias al departamento de espacios culturales. “Con esto lo que buscamos es mantenerlos entretenidos, que tengan algo en qué ocuparse porque no es fácil estar acá”, dice Basilio Benítez, funcionario desde hace 29 años del centro penitenciario y actualmente es jefe del área cultural.

Al menos 600 a 800 kilos de pan por día se hace en la panadería de Tacumbú. Todo se consume en el día.
Al menos 600 a 800 kilos de pan por día se hace en la panadería de Tacumbú. Todo se consume en el día.

El torneo de fútbol está coordinado por Ignacio Isasi, un interno que desde hace seis años tomó la organización del fútbol y de otro deporte que también le apasiona, el boxeo. “Nosotros consideramos que la única manera de cambiar en algo la vida que llevan estos muchachos es apostando al deporte, de alguna manera eso hace que tengan un interés en las cosas que tienen que hacer acá”, dice Isasi.

En el recorrido, tanto en los pasillos como en los pabellones, los internos lo saludan. Le hacen bromas. Isasi dice que todo es cuestión de conocer a los reclusos y tratarlos con respeto.

Otra apuesta es el tema de la educación, una pata fundamental a la hora de hablar de discriminación social y falta de oportunidades. La experiencia de Basilio Benítez, en ese sentido, le dice que un elemento común entre los reclusos es que no tienen una formación educativa. “Casi el 70% de los que ingresan al penal ni siquiera tiene el colegio terminado. Estamos trabajando en eso, para tratar de que al menos terminen acá sus estudios” dice Benítez.

En cuanto a tratamientos, alguien que puede hablar de cómo tratar, pero la masa, es Inocencio Benítez, un interno que hace 8 años es amo y señor de la cocina. Don Inocencio prepara, todos los días, entre 600 y 800 kilos de pan para dar de comer a los internos.

La comida, en ese sentido, tuvo un cambio importante en cuanto a calidad en los últimos meses. Anteriormente, la queja constante era que no alcanzaba la porción. Hoy, las 10 ollas industriales que se ponen a cocinar quedan vacías todos los días.

"La pelea más importante de mi vida ya estoy ganando" dice Richard "La Pantera" Moray, boxeador que desde Tacumbú busca la corona sudamericana en su categoría.

La Esperanza

Al superar el bloque principal y los pasillos, La Esperanza parece ser otro penal dentro de Tacumbú. Es una cara distinta. Hay orden. Los reclusos hacen deporte en un ambiente casi de armonía. En los talleres, la gente trabaja. Los cambios son notorios. De un pabellón a otro, Tacumbú presenta otra historia.

“Estoy acá hace siete años. En mi caso por lo menos ya tengo condena. Me dieron 22 años. Acá por lo menos estudio, terminé mi colegio y ahora trabajo en el forrado de los termos. Trabajamos de acuerdo a la producción y me sirve porque tengo algo que hacer y porque también esto me ayuda para ayudar a mi familia”, dice Milder Giménez, quien nos autoriza a dar su identidad y conocer un poco de su caso.

En La Esperanza trabajan 504 internos. El día a día es el de siempre. Y aunque parece que todo es igual por la rutina, ningún día es igual al otro aquí. “Nosotros tenemos un movimiento de al menos 35 personas por mes que entran o salen de Esperanza. Se tiene una dinámica continua en cuanto a eso”, explica Ignacio Chamorro, el pastor que trabaja como encargado de este pabellón hace 19 años.

La Esperanza es un proyecto da la iglesia de los menonitas. Ellos se encargan de llevar adelante los proyectos de empleo y de presentar las propuestas de trabajo. En el taller se hace forraje, también tienen una pequeña carpintería en donde a diario se hacen tallados, muebles pequeños y guampas. En La Esperanza, uno de los requisitos principales es la convivencia sana y el respeto entre compañeros.

No es una misión fácil, pero Chamorro dice que es una cuestión de hablarlo con los internos y resalta aquello de darles oportunidad.

Justamente, si se habla de oportunidad, lo que pasó con el bloque D es un ejemplo para mostrar. Años atrás, esta zona de Tacumbú era conocida como “el pabellón de la muerte”. Al lugar eran destinados los más violentos asesinos o gente vinculada a grupos mafiosos. Un pequeño foco era lo único que daba luz al lugar. En aquellos tiempos, los reclusos de este lugar ni siquiera tenían un plato para comer ni había agua.

Hoy, esta situación cambió por completo. La Pastoral Social de la Arquidiócesis de Asunción se hizo cargo de este pabellón y desde hace seis años está Édgar Cardozo como coordinador. Los pabellones tienen azulejos, el baño está en condiciones y cada celda cuenta con tres camas y las comodidades mínimas para el recluso. También hay una biblioteca y tienen programas de capacitación laboral a cargo del Servicio Nacional de Promoción Profesional (SNPP). Al igual que en Esperanza, en este pabellón también tienen escuela y colegio para quienes quieran seguir sus estudios.

“Hablar de una rehabilitación total es difícil, pero no imposible. Mucho depende de la persona. En las cárceles, el problema es que la mayoría que ingresa es adicta a un tipo de droga, entonces si no se tiene un programa especial para ellos es complicado porque hay casos y casos. Podés tener a una persona que deja un año la droga y se recupera totalmente, o podés tener a otra que después de dos años y medio vuelve a caer en el vicio. Es un tema fuerte”, expone Cardozo.

“Nos desechan de la sociedad”

Richard “Pantera” Moray es un boxeador profesional que está recluido en Tacumbú hace poco más de cinco años. Fue encontrado culpable de robo agravado y se tiene fe en que en poco tiempo más logre obtener su libertad. “Me queda poco”, dice mientras suda frenético bajo su buzo gris y el short de entrenamiento azul.

“Pantera” es campeón nacional de boxeo en la categoría “welter” y ahora es retador sudamericano. La idea que tiene Isasi como organizador de deportes del penal es que se pueda conseguir que “Pantera” pelee por el título sudamericano este año.

“La pelea más difícil de mi vida ya estoy ganando”, dice “Pantera” Moray. Agrega que estar en la cárcel le ha servido para tener una visión muy diferente acerca de la propia vida. “Acá uno viene y siente que está marginado. Nos desechan de la sociedad, pero es importante demostrar que hay cosas que acá se pueden hacer y que no todo está perdido como se dice, hay cosas que rescatar”, asegura Moray.

La idea que tienen es contar con el apoyo de la Asociación Nacional de Boxeo –que, de hecho, está con este proyecto– para poder hacer los trámites necesarios y tener un desafío internacional en Tacumbú. Actualmente, varios internos también se ponen los guantes y le dan a la bolsa. “Por ahí tenemos otro campeón por acá”, dice, con un dejo de sonrisa, Isasi.

“Lo que nos falta es mayor presupuesto para tener más guardias de seguridad”, señala Fernández, el director de Tacumbú. Lo ideal, para el funcionario, sería contar con 100 guardias por turno. Ahora trabaja con 45 por cada turno.

Lo ideal está muy lejos de la realidad en Tacumbú. Una penitenciaría que nació para 600 reclusos hoy está superpoblada a más no poder con 4.000 internos.

Son cerca de las 12:00. La lluvia sigue. El guiso está hecho. Los panes listos. Todo llegó a tiempo en este lugar, menos la justicia.