• Por Bernardo Neri Farina
  • Escritor-periodista

Suelo negarme, con toda la amabilidad que soy capaz de exhibir en ese momento, a responder de manera directa cuando alguien me pregunta “qué me recomienda leer”. Los libros que uno elige constituyen parte de ese mundo muy personal y prácticamente intransferible de cada quien. Eso no quiere decir que sea un mundo exclusivo. Millones de personas comparten los mismos gustos en cuanto a lectura. Pero no hay nada más excitante que descubrir uno mismo, por su búsqueda propia, aquel libro que lo llena.

Esos descubrimientos individuales se van convirtiendo en el tiempo en descubrimientos colectivos y se forman las corporaciones virtuales de personas que comparten los mismos gustos literarios.

Pero por más que –para mí– elegir un libro debiera ser efecto de una acción personal, yo mismo no resisto a la tentación de hurgar en los gustos de la gente que lee cuando esta expone sus preferencias literarias. Es algo parecido al voyerismo: pispar en pos de ver qué hacen los demás, especialmente aquellos que uno sabe son grandes lectores. Y los escritores, por lo general, lo son.

Comienzo por Borges. Don Jorge Luis es un referente ineludible cuando de lectores se habla. Pareciera un contrasentido que un hombre que se quedó ciego alrededor de los 57 años (en 1956) haya sido uno de los más activos lectores del mundo hasta su muerte (1986). Habiendo leído con intensidad agobiante desde su niñez, siguió leyendo durante los 30 años más o menos que sobrevivió a su ceguera a través de los ojos de mucha gente que lo ayudó en esa tarea, comenzando por su madre, continuando con amigos y alumnas y terminando con María Kodama.

Entre sus primeras lecturas en la biblioteca de su padre, don Jorge Guillermo, se anotan Tom Sawyer y Huckleberry Finn, sendas novelas con las aventuras de esos queribles chiquilines del Mississippi creadas por Mark Twain, de quien William Faulkner diría que fue el mejor novelista estadounidense de toda la historia.

Y en su catálogo, Borges tiene definitivamente a “Don Quijote de La Mancha”. Las peripecias del lúcidamente loco hidalgo de don Miguel de Cervantes marcan la vida de todo lector que se precie. Es ineludible.

El investigador argentino Patricio Zunini, quien tiene un trabajo sobre las lecturas de Borges, afirma que nunca pudo terminar de leer “Ulises”, de James Joyce. Esto para alivio de quienes no pueden con esta novela emblemática que muchos apuntan entre sus lecturas apelando a la trampa de leer partecitas para poder citarlas en alguna oportunidad.

¿Qué más de Borges? Le gustaban las novelas policiales. Leía a Agatha Christie, de quien algunos estudiosos le pescaron influencias en ciertos cuentos, como el célebre “Hombre de la esquina rosada”, por ejemplo. En 1945, Borges y su carnal Adolfo Bioy Casares promovieron la publicación de una colección de novelas policiales. Era una época en que dicho género no tenía prestigio, pero con el impulso de ambos la colección llegó a publicar 366 volúmenes y los libros siguieron apareciendo hasta 1983. El primero de los libros de la serie fue “La bestia debe morir”, del estadounidense Nicholas Blake. Leí esa novela por la expectativa que me despertó el respaldo que le dieron Borges y Bioy Casares. Es realmente una obra en su punto. Una curiosidad respecto al autor de ese libro: Nicholas Blake era el seudónimo del poeta Cecil Day Lewis, padre del actor Daniel Day Lewis.

Borges y Bioy Casares crearon luego su propio libro policial, un llamativo volumen titulado “Seis problemas para don Isidro Parodi”. Ambos construyeron así su detective argentino más o menos semejante a Auguste Dupin (de Édgar Allan Poe), Hércules Poirot y Miss Marple (de Agatha Christie) o el Padre Brown (de G. K. Chesterton) con un detalle peculiar que van a descubrir quienes lean este libro (hay versiones libres en internet).

NUESTRO ROA LECTOR

A través de biógrafos y prologuistas de Augusto Roa Bastos sabemos que su mamá, doña Lucía Bastos, lo inició en la lectura con algunas obras de William Shakespeare cuando Totí (así llamado familiarmente) transitaba su infancia en las arenosas e inexistentes calles de Iturbe (su Manorá mítica). Luego, ya en la casa de su tío monseñor Hermenegildo Roa, en Asunción, el adolescente Augusto se sumergiría en el Siglo de Oro español para encontrarse con Cervantes (y Don Quijote, claro), con Francisco de Quevedo, Lope de Vega, Luis de Góngora, Calderón de la Barca, Tirso de Molina, Fernando de Rojas (el de La Celestina) y algunos más. Más tarde Roa Bastos hallaría a los excéntricos y espléndidos componentes de la generación perdida estadounidense: William Faulkner (El sonido y la furia), Ernest Hemingway (Por quién doblan las campanas), John dos Passos (Manhattan transfer), Francis Ford Fitzgerald (El gran Gatsby), principalmente. Y así iría erigiendo su sólido edificio literario.

GARCÍA MÁRQUEZ

En su monumental autobiografía “Vivir para contarla”, Gabriel García Márquez habla de algunos de sus libros preferidos tras señalar que generalmente hacía caso omiso a las recomendaciones literarias de sus amigos. Entre esos libros se halla “Ulises”, de Joyce, respecto al cual dijo que lo leía a pedazos y tropezones “hasta que la paciencia no me dio para más”. Admitió que fue “una temeridad prematura”. Pero luego concluyó: “Años después, ya de adulto sumiso, me di a la tarea de releerlo en serio, y no solo fue el descubrimiento de un mundo propio que nunca sospeché dentro de mí, sino además una ayuda técnica invaluable para la libertad del lenguaje, el manejo del tiempo y las estructuras de mis libros”.

Otros libros que cita García Márquez son: “Metamorfosis”, de Franz Kafka; “Las mil y una noches”, “La cabaña del tío Tom”, de Harriet Beecher Stowe; “Moby Dick”, de Herman Melville; “Bola de cebo”, de Guy de Maupassant; “Luz de agosto”, de William Faulkner; “La montaña mágica”, de Thomas Mann; “El viejo y el mar”, de Hemingway; “Viñas de ira”, de John Steinbeck, entre otros.

VARGAS LLOSA

En un sitio peruano hallé recomendaciones de Mario Vargas Llosa respecto a qué libros habría que leer: “La señora Dalloway”, de Virginia Wolff (hay una versión prologada por el propio Vargas); “Lolita”, de Vladimir Nabokov; “El corazón de las tinieblas”, de Joseph Conrad; “Trópico de Cáncer”, de Henry Miller; “Doctor Zhivago”, de Boris Pasternak; “El Gatopardo”, de Giuseppe Tomasi de Lampedusa; “Madame Bovary”, de Gustave Flaubert.

ALGUNOS DE MIS RECOMENDADOS (POR ÚNICA VEZ)

Dije que no me gusta dar consejos sobre libros. Pero a efectos de este artículo (y por única vez) voy a dar un listado de diez, que no es definitivo ni total. Hablando de libros, podríamos citar mil de ellos, por lo menos. Pero no se debe abusar. Voy a nombrar cinco libros paraguayos y cinco extranjeros:

Don Quijote de la Mancha”, de Miguel de Cervantes;

Los miserables”, de Víctor Hugo;

El sonido y la furia”, de William Faulkner;

El otoño del patriarca”, de Gabriel García Márquez;

Conversación en La Catedral”, de Mario Vargas Llosa;

Yo el supremo”, de Augusto Roa Bastos;

La llaga”, de Gabriel Casaccia;

Ceniza redimida”, de Hérib Campos Cervera (porque hay que reivindicar la poesía);

La paciencia de Celestino Leiva”, de Helio Vera;

Diagonal de sangre”, de Juan Bautista Rivarola Matto.

Como bono extra les tiro: “El perfume”, de Patrick Süskind; “Voces de Chernóbil”, de Svetlana Aleksiévich; “Mancuello y la perdiz”, de Carlos Villagra Marsal, y “Ojo por diente”, de Rubén Bareiro Saguier.

El primer libro que leí en mi vida fue “Tarzán de los monos”, de Édgar Rice Burroughs. Creo que tenía entonces 9 o 10 años, y ya era un consuetudinario consumidor de historietas. Desde entonces no he parado de leer. Pero a la hora de recibir la pregunta de: ¿qué me recomienda leer?, no sé qué contestar. Por ahí se me ocurre blandir un: “Andá a una librería, da varias vueltas alrededor de las mesas y los estantes; buscá, tocá, lee qué dice la contratapa, y elegí vos. Solito, vos solito”.

Otra opción sería que pispen un poco en eso de qué leen los que leen. Por ahí puede ir la cosa y tal vez hallen una buena pista.

Que disfruten de sus próximas lecturas.

Bernardo Neri Farina

Periodista, escritor, prologuista, guionista y docente universitario, es académico de número de la Academia Paraguaya de la Lengua Española y miembro correspondiente de la Real Academia Española. Su discurso de ingreso se tituló “Las redes sociales y la dinámica de la lengua”.

Fue también presidente de la Sociedad de Escritores del Paraguay e integra el PEN Club Paraguay. Tiene 19 libros publicados, entre ellos “El último Supremo: la crónica de Alfredo Stroessner” (El Lector 2003), que lleva cinco ediciones y es un estudio sobre Stroessner y el estronismo en el contexto de la historia política del Paraguay en el siglo XX. Ganó varios premios literarios, entre ellos la Mención de Honor en el Premio Municipal de Literatura 2012, con su novela “El siglo perdido”, y el Premio de Novela Inédita Lidia Guanes 2014 con su obra “Fuego pálido”. Su libro de cuentos “Los pecadores del Vaticano” es estudiado en universidades del Brasil como referente de la literatura sobre la violencia política en Latinoamérica. Varios de sus relatos están incluidos en antologías internacionales. Dictó conferencias sobre literatura e historia del Paraguay en nuestro país y en países de América, así como en España y Portugal.

Dirigió colecciones de libros sobre literatura universal, literatura paraguaya, el pensamiento universal, historia del Paraguay y biografías de personalidades paraguayas y universales para la Editorial El Lector. Es también asesor de editoriales paraguayas como Servilibro y Fausto Editorial.

Fue director de varios medios masivos de comunicación.

Sus obras publicadas:

El último Supremo: la crónica de Alfredo Stroessner” (crónica histórica)

Los pecadores del Vaticano” (cuentos)

Pecados capitales” (cuentos, libro colectivo)

Los dilemas de Lugo” (ensayos, libro colectivo)

El Paraguay bajo el stronismo”, en coautoría con Alfredo Boccia Paz

El siglo perdido” (2010), novela.

El Partido Colorado y la dictadura de Stroessner”

Paraguay democrático”

José Bozzano y la guerra del material”

Crónica de la primera república: Paraguay, 12 de octubre de 1813”

El golpe del 4 de mayo de 1954”

Empresa y empresarios”

Heriberto Herrera, el Sargento de Hierro”

El periodismo en la Guerra Grande”

La decadencia stronista”

Fuego pálido” (novela)

1954 en la Década del Trueno”