“¡Aquí me conoce hasta el último perro!”, dice Patrocinia y hace reír a todos en el depósito. “Ayer cumplí 85 años y vengo desde hace más de 30 de lunes a sábado”, cuenta la mujer. Pregunta por la calidad de las papas que va a llevar, le da un puntapié preciso a la bolsa de 20 kilos de cebolla, un tester criollo para la dureza de las frutas que se ve eficiente y gracioso en su ejecución.

Después mira claro detrás de sus grandes anteojos, negocia precios, paga y acepta develar el secreto de la longevidad.

“Hay que tomar agua tibia en ayunas”, sentencia.

Afuera llueve y las gotas aparecen como un tapiz en la luz de los camiones que vienen entrando. Es la hora pico y los relámpagos del horizonte dejan una pequeña angustia en los marchantes.

“Con la lluvia no se vende mucho”, dice Gladys Onichi mientras su marido César selecciona y carga pomelos que vienen desde San Roque González, allá en Itapúa, hasta armar una bolsa de 40 a 45 frutas que se venderá a 20 mil guaraníes el kilo.

Frente suyo están Christian y David estibando 20 bolsas de mandioca, cada una pesa entre 75 y 80 kilos, que cargan al hombro y acomodan a fuerza de brazos en la carreta del camioncito. “Arrancamos aquí a la una y andamos después sobre el camión hasta el amanecer, hasta que vendamos todo”, cuentan.

La mandioca es lo que todavía tiene salida asegurada dice Agripín Ferreira, especialista en el rubro, explicando que son unas 20 toneladas por día las que llega a comercializar su negocio y que en total el Abasto vende entre 15 y 20 camiones de entre 12 y 13 mil kilos por día.

Es la base de la alimentación nacional, difícil desconocerlo, tampoco al trabajo que sostiene todo ese momento, desde la chacra hasta las bateas de supermercado, las despensas.

El equipo de carga bromea y pide fotos; sus caras, sus ropas tienen el tinte colorado que les deja el noble producto de la tierra.

“Esta cadena da mucho trabajo”, comenta Ferreira, explicando que la retracción económica hizo que tuvieran que comenzar a embolsar lo que denominan “la media bolsa, que tiene unos 35 kilos y se vende a 25 mil guaraníes”.

La mandioca viene desde San Pedro, donde todavía la tierra es buena y hace que al hervir se consiga esa consistencia especial que la hace pan sagrado en la mesa de los compatriotas.

“En Caaguazú ya no está saliendo blanda, es por la tierra”, cuenta.

Abstraído de la jarana de los mandioqueros, Ladislao Ramos descansa la espalda sobre una pared de bolsas de cebollas argentinas. También vende papas y tomates del vecino país. Cuenta que la papa nacional sale a partir de setiembre/octubre, “es linda, colorada”, cuenta comparando con las negras y blancas que vienen detrás de la frontera.

Y ese es el tema que hace cavilar al hombre.

“El contrabando nos funde”, dice después de comentar los precios: “Es difícil vender la caja de tomate a 180 mil guaraníes el kilo”.

LOS FANTASMAS

Los precios también tienen mal a Juan Carlos Núñez Rojas, quien está armando pequeñas bolsas con 25 cabezas de ajo que pretende vender a 30 mil guaraníes. “Argentino…”, dice cuando se le pregunta el origen. “Los paraguayos vienen de Artigas, de Yvy Pytã, vienen pintados de tierra colorada, pero son más pequeños y entran poco, de setiembre a febrero”, explica el hombre que tiene su puesto en el Abasto “desde 1982, desde que se inauguró”.

Contará después que las cosas ya no son como eran en esas calles derruidas ya casi sin alumbrado público en que se ha convertido el playón.

La concentración económica juega su partido, contará señalando que las grandes cadenas de supermercados compran directo en finca y “solo lo que les falta, o para regularizar su stock, vienen a comprar acá y eso está impactando mucho”.

Todos coinciden en la merma, también Olga Fernández, quien vende cocido caliente y jugo de naranja para la legión de carretilleros que en media hora más tomarán un descanso y buscarán algo para hacer pasar los malestares de la humedad.

“Vine para cubrirle a mi mamá que ya no puede venir más y ahora ya me quedé”, cuenta y mira hacia el fondo del corredor esperando al cliente.

Ángel Sánchez piensa que “se está combatiendo al contrabando. No me puedo quejar”, asegura sentado en su pequeño emporio engalanado por el colorido de tomates y locotes, melones y ciruelas, todos importados. “Lo que se importa legal, está saliendo muy bien”, comenta.

Al lado, Mariano Gil lo desmiente y dice que las distorsiones en la comercialización hacen que el centro de la ganancia esté en el final de la cadena, en general, en los supermercados. La agricultura familiar campesina no tiene precio en finca, los intermediarios del Abasto están casi sin juego y que lo que se combate es el pequeño contrabando, el hormiga, pero hay mucha vista gorda con los grandes, equipos enteros refrigerados de fruta importada.

LA PREGUNTA

Es hora de un buen café con Osvaldo Bernal, el cafetero de la sonrisa amable, de pocas palabras a la hora de contar sus años en ese mundo de olores fuertes que se disipan con el aroma del café que ofrece su termo al destaparse. “Aquí trabajando siempre”, expresa.

Ahí cerquita, Belén, Arturo y José están desgranando mazorcas para armar las bolsitas que se venderán a 5 mil y que tienen la medida exacta de lo que se necesita para cocinar una chipa guasu.

“Se está vendiendo un 50% menos, no hay plata”, dicen y siguen en la tarea con sus increíbles cuchillos moldeados en la acción.

Eliodoro Díaz Rojas tiene 72 años y todavía hombrea hasta el playón la caja con el pedido de los minoristas. “No hay estacionamientos suficientes, las calles internas están difíciles de transitar”, se queja el hombre.

También del problema que los controles en el Este están causando a la provisión de piña, mamón, mburucuyá, jengibre y las uvas blancas y negras que vienen desde el Brasil.

María del Pilar Segovia y Lidia Duarte viuda de Paredes venden hortalizas ya casi sobre la calle. Afectadas por la quema del bloque C, dicen que todavía no ganaron lo suficiente para recuperar las mesas y balanzas que perdieron en ese horrible mar de fuego.

“Es que no sé leer, por eso no reclamé”, dice la primera. “Yo le pagué 300 mil a un abogado y hasta ahora nada”, cuenta la segunda acomodándose en la cabeza la bolsita de hule que la cubre de la lluvia.

“No sé por qué no es unida la gente. ¿A dónde se fue la plata de Taiwán que iba a venir, cuándo nos vamos a mudar?”, pregunta.

Es madrugada y se ven los frutos difusos detrás de una cortina de agua.

El bloque C; arte y reciclaje

La empresa Engineering SA sigue en la reconstrucción del predio de 5.600 metros cuadrados del nuevo bloque C, donde se instala el techo para luego poder dar lugar a 370 locales en su interior, según la municipalidad.

La obra, que se inició el 28 de mayo del 2017, con una inversión prevista de unos 13.000 millones de guaraníes, tenía un plazo de ejecución de 10 meses que ya fue largamente superado.

Por otra parte, este sábado 11 comenzó en el Centro de Atención Integral a la Niñez y la Adolescencia una serie de talleres destinados a los menores trabajadores de la zona. “Es un acuerdo entre la Comuna Cultural Comunitaria y la Dirección de Abasto para darles herramientas en el teatro y la música para que los chicos puedan tener alternativas en sus vidas”, explicó Carlos Cáceres, director de la CCC. “Es importante que recuperen el ‘jerovia’, la identidad, porque son considerados marginales cuando son tan iguales como cualquiera que hace teatro”, consideró.

También, en acuerdo con la oenegé Decidamos, se dio capacitación a cocineras y asistentes de comedores a cargo de la Escuela Gastronómica O’Hara.

Se anunciaron a su vez capacitaciones a personas que se dedican al reciclaje, sobre recolección, clasificación, limpieza, procesamiento y almacenamiento adecuado de frutas y hortalizas que ya son descartadas para la venta.

“Se elaborará un protocolo para la disposición adecuada de estos alimentos, que al ser procesados para la comida de los diferentes comedores del Mercado de Abasto contribuyan a un consumo resiliente y sostenible”, se explicó.