Inundación y crecida, dos palabras conocidas y nunca olvidadas por los lugareños. Muchos nacieron, crecieron y dejaron de existir sabiendo de memoria el significado y el alcance de estas dos palabras, que parece no significar nada para algunos, pero para otros es sinónimo de quedar sin nada.

Recorrer las calles de la ciudad de Pilar, especialmente en las zonas bajas, es ver una realidad que golpea fuerte, pero que no puede con la fortaleza de los pobladores para seguir adelante, para ellos representa un obstáculo más en el día a día. Quizás sea casi un estilo de vida, pero no deja de ser una realidad, de la cual nadie puede escapar.

Las aguas avanzan y no distinguen clase social. En Pilar la solidaridad se hace presente en todo momento entre los damnificados para sobrellevar la situación. Salvar las pertenencias, como muebles y animales, es lo fundamental para los afectados, el resto puede esperar. Uno de los damnificados, Patricio Pérez, llegó hasta el tinglado municipal en busca de víveres que estaban siendo entregados por las autoridades de la Secretaría de Emergencia Nacional (SEN) con pocas esperanzas de recibir alguna ayuda, porque los “amigos” y los “operadores políticos” son los priorizados en la ayuda humanitaria por parte del Gobierno.

Transcurrían las primeras horas de ayer sábado en la ciudad de Pilar. Amaneció con una temperatura agradable y con poco sol. La mayoría de las autoridades se hicieron presentes en la zona, pero para los damnificados la presencia de ellas no es una solución a la problemática. Mientras se arma una parafernalia por la llegada del presidente de la República, Mario Abdo Benítez, y algunos ministros, las aguas siguen avanzando y los daños son cada vez mayores.

Don Aparicio tiene un abrigo y un pantalón oscuro. Los víveres que fue a buscar ni siquiera eran para él. Pese a todo esto, las autoridades de la SEN le pidieron que junte a otras 15 personas para cocinar en ollas populares porque “los víveres no alcanzan”.

“Detrás del Palacio de Justicia, en el barrio San Vicente, agarró todo el agua, no se puede hacer nada. La gente necesita, se debe buscar una solución definitiva. Estamos más de 30 familias en el barrio, nadie nos hace caso. Yo tengo dos hijos pero los víveres no son para mí, era para un amigo que está enfermo, en cama, pero me dijeron que nos juntemos entre varias personas para hacer olla popular porque no iba a alcanzar a todos”, relata Apareció Pérez.

“Vamos a ver qué pasa, capaz le entreguen a los verdaderos damnificados”, fue su respuesta al ser consultado sobre la entrega de víveres, frazadas y colchones a los afectados por la SEN. Las horas pasan y no hay otra opción más que volver a la casa y de nuevo pelear con las aguas y la necesidad. Resignado se dispone a abandonar el tinglado municipal, pese a que desde un principio la esperanza de no salir con las manos vacías era poca.

Varios lugareños coinciden con don Aparicio, pero hay temor para hablar con los medios de comunicación. Hay cierto miedo a posibles represalias y muchos se conforman con poco o nada. “La necesidad es grande y no solo la inundación es el problema, nuestra situación es compleja y muchos, capaz no dimensionan”, cuenta una señora que prefirió no dar su identidad, pero tampoco quiere ser sumisa a las autoridades.

En Pilar y ciudades aledañas atraviesan uno de los peores momentos, muchos sostienen que es la segunda peor inundación después de 1983, donde la ciudad colapsó y las aguas se llevaron todo por delante, dejando caminos, ríos y arroyos desbordados. Para otros, quienes nacieron después de aquella crecida, esta es la peor. Puede que sea la primera vez que atraviesan algo de tamaña magnitud.

DE DÍA Y DE NOCHE

Los pobladores del barrio 8 de Diciembre tampoco se salvaron del avance de las aguas. En cuestión de segundos las casas se inundaron y no hubo tiempo de resguardar las pertenencias. Desde el viernes empezaron los trabajos de mudanza, no había tiempo que perder. Las labores continuaron durante todo el día, la noche y la mañana del sábado. Los funcionarios de la SEN recién llegaron el sábado al barrio 8 de Diciembre con las lanchas para ayudar en la mudanza. El viernes de día y de noche los afectados se ingeniaron para sacar sus cosas de sus casas. Los perros, cerdos, gatos y gallinas no podían quedar atrás. A pesar del desastre, la conocida frase “sálvese quien pueda” no era aplicable, más bien era un “salvemos todo lo que podamos”.

Algunos quedaron sin nada, perdieron todo. Solo tienen la ropa puesta, los muebles y electrodomésticos quedaron inservibles, el castigo de la naturaleza es muy fuerte.

Pero no todos abandonan sus casas, hay quienes prefieren seguir en sus domicilios por temor a que sean visitados por malvivientes, que buscan aprovecharse de la situación, y se lleven lo poco que les queda. Quedar en la calle tampoco es negocio para los damnificados del barrio 8 de Diciembre.

El deseo de algunos es que bajen las aguas y todo vuelva a la normalidad, pero por el momento parece ser utópico, una vez más las aguas se llevaron todo, menos el sueño y la esperanza de no volver a pasar por lo mismo. La fortaleza para luchar ante la adversidad es un valor que la crecida tampoco llevará de los pilarenses y pobladores de las ciudades del Ñeembucú.