- POR AUGUSTO DOS SANTOS
- Director periodístico Grupo Nación
Los ciudadanos no comprenderían lo obsesivos que son los juegos del poder, desde cuestiones nimias, que tienen que ver con disputarse el saludo de un presidente, hasta temas brutales como cuando está en juego un cargo en el gobierno. Normalmente, el sitio donde se concentra todo este juego de poder –en su máxima potencia– es la antesala de la oficina presidencial; un estrecho recinto, donde a su vez sienta plaza el escritorio del secretario privado del Presidente.
En todos los casos hay un elemento que es el metal más precioso en esta relación: la información y su manejo. Quien sabe más y más pronto es quien tiene posibilidades de ganar en esta selva.
Es cierto que el Presidente es quien tiene la última palabra, pero es mentira que el sea el único decisor. Sin que el mismo lo pudiera percibir, por cada cargo que se nombra –por ejemplo– hay una cadena de “influencers” que estuvo operando.
Los ciudadanos tampoco saben que muchas veces el nombramiento de un ministro clave deja un tendal de heridos en el camino, nacen nuevas enemistades maquilladas por el abrazo de correligionarios y se establecen nuevos círculos de proximidad con el líder que puede durar o no algún tiempo.
En la sala previa al despacho presidencial tomaba una vez un café con un general con todas las estrellas, quien tras observar el afectuoso saludo que se ofrecían dos ministros conocidos por su rivalidad, me dijo: “Observe señor, cuando llegan a la antesala presidencial, los que más se odian son los que más fuerte se abrazan”. Obvio, general, le respondí. Esas salvajes palmadas en la espalda son una especie de “mira cómo quiero pegarte”.
En general, el motor de todas estas actitudes y comportamientos alrededor de un presidente tienen que ver con una soterrada, inconfesa y caníbal competencia por obtener la preferencia del líder, y aun cuando se la obtuviera, el sostenerlo lleva otra vez un semejante esfuerzo, desgaste y competencia.
JUGANDO CON LA INCERTIDUMBRE
Daniel Núñez se llamaba el secretario privado del ex presidente Fernando Lugo (2008-2012), hijo de aquel ilustre senador de la transición, Secundino Núñez. Dani, como era conocido, se deleitaba con esta tensión en la que estaban metidos todos los palaciegos y a sabiendas de la importancia que atribuían al minuto de afecto presidencial, elaboró un juego que le ocasionaba –a la vez– poder y diversión.
Advertido sobre que al arribar al Palacio con el Presidente, los secretarios privados eran las segundas personas en importancia (porque ellos abrían la puerta hacia el number one), Núñez armó una estrategia que varios años después me confesó y que por cierto no era mala idea para salir del aburrimiento y burlarse de la enfermiza aprehensión por el poder de los muchachos.
Sucedía así: cada vez que le tocaba volver con el Presidente de una actividad o llegar al Palacio a primera hora a bordo del helicóptero (aparato en el que se suponía estaba casi solo con el mandatario), Núñez caminaba a dos metros detrás del Presidente y en la medida en que iba reconociendo a ministros y otros altos mandos que esperaban una audiencia, escogía a uno por vez y le decía de paso: “El Presidente me habló de vos” – y seguía caminando firme hacia el despacho presidencial.
Tampoco los ciudadanos pueden imaginarse cuánto desequilibrio genera una frase así en la cabeza de los power players, de inmediato sube la adrenalina y se convierte eso en el asunto más vital de su vida.
La realidad era que jamás el Presidente se acordó del fulano de marras, pero el corrosivo humor palaciego de Dani no acababa allí. Unos minutos más tarde volvía a caminar por la antesala y –obviamente– era interceptado por el personaje supuestamente aludido por la recordación presidencial, quien simulando su tensión le preguntaba: “¿Y Dani, qué dijo de mí?”.
A lo que el secretario privado respondía con absoluta calma su maldita respuesta de siempre: “Vos sabés que me olvidé un poco, pero apenas recuerde te lo voy a comentar”.
DISCURSOS EMPEDRADOS DE BUENAS INTENCIONES
Corría el año 1996, las campañas buscaban renovar a los intendentes en la segunda experiencia pos-Constitución de 1992.
En este contexto, se recuerda al caso de un candidato independiente que se lanzaba al ruedo para competir sin experiencia previa en Villa Hayes. Su primer mitin fue a la vez el último porque demostró que se puede ser absolutamente honesto y destruirse la carrera con una frase mal colocada en un sitio absolutamente inoportuno de una oración y al final de un prometedor speech.
El discurso venía muy bien y cosechaba aplausos en los últimos cuatro minutos, pero quiso rematar con la historia de su honestidad y hacerlo con buen impacto, fue cuando se le ocurrió decir, en el fragor de la oratoria:
-Conciudadanos, en conclusión, yo nunca robé. Denme una oportunidad.
CREER O NO CREER
La historia se escribe con mitos
Los tiempos que vivimos están colmados de mitos que esa combinación feroz entre la política y la comunicación se encargan de sembrarnos. El maniqueísmo es una máquina reluciente que sigue separando y poniendo en vivencia a los buenos y los malos de la temporada, como en la cinta transportadora de Alan Parker en “The Wall”.
La fuerza del mito antisionista
Instalar “creencias” ha sido una práctica horriblemente genocida. Vale recordar, por ejemplo, la chispa generada por la supuesta obra de los Protocolos de los Sabios de Sión. Creyendo en la patraña inventada durante el zarismo ruso, consistente en un libro que supuestamente contenía las deliberaciones de pensadores sionistas sobre cómo conquistar el mundo, millones de judíos fueron devorados por el odio en una inmensa franja de tiempo. El libro de los Protocolos de los Sabios de Sión (que aún se encuentra en las librerías reales y virtuales) fue una burda pero eficiente idea para instalar la versión de una conspiración universal del mundo judío que Hitler y otros próceres del exterminio lo asumieron como bandera. Cuentan que aun en la Guerra de los Seis Dias (1967) los oficiales nazis que radicaban en Egipto asesorando a Gamal Abdel Nasser, entonces presidente egipcio, lo usaban como libro de cabecera.
NI DISNEY FUE CONGELADO NI EL MCAL. REVISTÓ SUS EJÉRCITOS
Estos son tiempos propicios para no creer. Para que los jóvenes aprovechen todo el arsenal que tienen a su alcance chequeando y confrontando lo que los medios de comunicación le entregan todos los días. Ya no pueden, como nuestras generaciones, convivir con medio siglo de mentira, repitiendo alegremente historias que jamás sucedieron y como muestra ofrecemos dos botones:Si creyéramos ciegamente en los medios estaríamos esperando el día de la resurección poscriogénica de Disney. Pero ello es falso. El cuerpo de Disney no está congelado. Nunca lo estuvo. En realidad sucedió al revés, fue incinerado en 1966.
Esto es tan falso como aquel mito del Mariscal López revistando sus ejércitos y llamando a unos disminuidos y otros inexistentes batallones en la “noche antes”. Deviene del fallido poema de un propagandista que escribió que “el mariscal revistaba sus ejércitos una tibia noche de marzo” o “ en medio de la calma de aquella noche de marzo”. Durante cincuenta años repetimos esta patraña en las escuelas sin preguntarnos nunca si ¿puede existir una tibia noche de marzo, o una calma noche de marzo, antes del Primero de Marzo?”. Porque, naturalmente, si al Mcal. lo mataron el Primero de Marzo no pudo haber sobrevivido hasta la noche de ese día y revivir brevemente para contabilizar sus ejércitos. Malos mitos que terminan germinando en colectivos con baja estima y nada de conciencia crítica.

