Cuando las derrotas suman y siguen, cada partido que se presenta es una oportunidad para la recuperación. El secreto en el fútbol es saber aprovechar las situaciones que se generan.
Esa oportunidad hoy tiene Cerro Porteño de volver a sumar los tres puntos, en un partido que se presenta para esta noche con posibilidades de una recuperación. El Ciclón perdió varios puntos y cedió terreno. También hay que tener en cuenta que el entrenador Francisco Arce perdió a varios jugadores, debido a los contagios por el covid-19. Solo falta recuperar al central Juan Patiño, y todos los soldados estarán a disposición del entrenador.
Hay posibilidad que hoy jueguen Santiago Arzamendia y Mathías Villasanti, quienes se sumaron a los trabajos tras el reposo sanitario. Urge que el capitán regrese al equipo, porque Aldo Maíz, su reemplazante, fue expulsado ante Nacional y no hay otro volante para cubrir el puesto. En el costado izquierdo, Arzamendia es un elemento clave en el equipo y recuperado de su lesión, es casi un hecho que retorne al once.
Frente a ellos estará River Plate, con Mario Jara como técnico, también obligado a sumar para salir de la última posición en el promedio. Mario Saldívar volverá al once tras superar una lesión. Habrá variantes, que se confirmarán momentos antes del encuentro.
EN EL PARQUE
Habrá fútbol oficial en el Parque del Guairá. Hasta allá viajan los itaugüeños del 12 de Octubre. Los guaireños están motivados por los partidos ganados y por rondar cerca de la punta. El primer éxito d e l año lo obtuvieron los del 12 frente, al hasta entonces puntero, Libertad. Ahora recuperando a todos los que estuvieron en reposo, están con máximo potencial. Es un partido que promete para guaireños e itaugüeños.
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Cerro se mantiene al acecho
Cerro Porteño logró una sufrida victoria de 2-0 sobre San Lorenzo, que le dio más de un susto en la Nueva Olla. De hecho fue el Rayadito el que tuvo las mejores opciones para abrir el marcador, pero los goles hay que hacerlos y finalmente terminó pagando su falta de acierto. Además, sigue sin poder ganar desde su vuelta a Primera.
Leandro Esteche fue el primero que estrelló un tiro libre al travesaño y luego Alex Álvarez, tras dejar rivales en el camino remató a gol y su tiro fue sacado en forma milagrosa y de cabeza por Lucas Quintana sobre la raya, cuando ya Alexis Arias estaba vencido.
Todo ello terminó costándole a la visita porque Cerro, al inicio del segundo tiempo, llegó al gol por el cabezazo de Vegetti. Incluso después, algunas paradas de Alexis Arias le permitieron al Ciclón aguantar el resultado y rematar con el golazo de Cecilio Domínguez, ya en los segundos finales.
SÍNTESIS: Estadio: la Nueva Olla. Árbitro: José Méndez. Asistentes: Carmelo Candia y Héctor Medina. Cuarto árbitro: Alipio Colmán. VAR: Derlis López. AVAR: Eduardo Britos.
Goles: 49’ Pablo Vegetti, 90+14’ Cecilio Domínguez (CP). Amonestados: J. Torres, C. Domínguez (CP), W. Quiñónez, J. Doldán (SL).
CERRO PORTEÑO (2): Alexis Martín Arias; Fabricio Domínguez (81’ Josué Servín) (90+12’ Cristhian Paredes), Lucas Quintana, Rodrigo Melgarejo (81’ Abel Luciatti), Guillermo Benítez (81’ Wilder Viera); Édgar Páez (59’ César Bobadilla), Fabrizio Peralta, Jorge Morel, Cecilio Domínguez; Pablo Vegetti (68’ Ignacio Aliseda), Jonatan Torres. DT: JORGE ACHUCARRO.
SAN LORENZO (0): Wilson Quiñónez; Leandro Esteche, Mario López, José Doldán, Daniel Meza; Hugo González, Aldo Quiñónez, Iván Torres (81’ Antonio Oviedo), Álex Alvarez (84’ Aaron Páez); Víctor Céspedes (69’ Axel Galeano), José Barrios (69’ Cristian Colmán). DT: JULIO C. CÁCERES.
Giménez se lesionó
Cerro Porteño sigue teniendo dramas a la hora de contar con plantel completo. Apenas logra la recuperación de uno, otro se vuelve a lesionar. Esta vez, el que nuevamente sintió unas molestias musculares fue Gastón Giménez, quien estaba para ser titular ante San Lorenzo en el partido de anoche.
Pero el volante se lesionó durante el calentamiento previo al compromiso, por lo que fue reemplazado por Fabrizio Domínguez. El argentino nacionalizado paraguayo está teniendo inconvenientes en forma continua y hasta hace algunas fechas, también causó baja por problemas musculares.
En el Ciclón, las lesiones ya causaron muchos problemas al cuerpo técnico. Actualmente, dos jugadores capitales, como Blas Riveros y Juan Iturbe, se mantienen al margen y en proceso de recuperación.
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Cerro patina en La Arboleda
El Ciclón cayó frente a Rubio Ñu en Santísima Trinidad y queda a siete puntos del único puntero Olimpia.
- Por Luis Irala
- Periodista Nación Media
En el campo barroso de Rubio Ñu, Cerro Porteño patinó feo, cayendo 2 a 0, que lo aleja de la punta del campeonato. La pista muy blanda del estadio de La Arboleda, por la lluvia caída en la semana, no fue impedimento para que el encuentro fuera intensamente disputado.
Como era lógico, fue el Ciclón el que llevó la iniciativa y el cuadro que más buscó el arco adversario y estuvo tres veces a punto de abrir el marcador. Si no fuera porque Vegetti sigue peleado con el gol, el cuadro azulgrana podría haberse ido al término de la primera etapa con ventaja en el marcador. Pero el brasileño perdió una gran chance de marcar, en un enfrentamiento mano a mano con el arquero Frágueda, quien ganó en el achique. Hubo otras dos situaciones quemantes frente a la valla ñuense que no pudieron embocar los delanteros azulgranas. Después de los 25 minutos los locales también se animaron a atacar y en una ocasión un pase-gol de Willy Mendieta, para el Chapa Martínez, fue interceptado oportunamente por el central Lucas Quintana.
El nutrido sector de gestación del conjunto albiverde empezó a tomar mejor las marcas y a Cerro no le quedó otra opción más que jugar a los pelotazos, pero todos fueron muy imprecisos. La primera etapa se fue en blanco.
Al inicio de la complementaria, ambos equipos realizaron cambios con el objetivo de reforzar el sistema ofensivo en busca del primer gol y antes de los 10 minutos, nuevamente Vegetti se perdió el gol ante el achique de Frágueda.
Sobre los 57 minutos, un error de Velázquez derivó en un penal de Domínguez sobre Cardozo Lucena, que fue canjeado por gol por Mendieta. Estando en desventaja Cerro trató de gestar jugadas hacia el arco contrario, sin embargo, no tuvo la conexión necesaria para arrimar peligro a Frágueda y otra vez Vegetti, por tercera vez falla en la definición. Y sobre los 40 minutos un rápido contraataque local culmina con el lapidario gol de Estiven Pérez, que deja maltrecho al Ciclón, al ceder otros tres puntos valiosos en el cierre de la primera rueda.
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Cerro: nada sobre “incentivo”
Mucho ruido generó la arenga de Aldo Quiñónez, capitán de San Lorenzo, quien en la previa del partido ante Olimpia (1-1) afirmó ante sus compañeros que había un incentivo de Cerro Porteño (supuestamente para ganarle al Franjeado). Todo sucedió ante las cámaras de la televisión, que captaron la imagen y el audio correspondiente.
Aunque el jugador mencionó después que sus palabras se dieron en el simple contexto de buscar “motivar” a sus compañeros, el clip se viralizó rápidamente, y se habló incluso de una investigación de oficio del Tribunal Disciplinario de la APF, que prevé sanciones para este tipo de prácticas.
Este órgano todavía no se expidió al respecto y también quedaba saber si lo afirmado por el atleta rayadito, había tenido eco en Cerro Porteño, el club que supuestamente los iba a “incentivar”.
Y aunque de manera institucional el club no salió a desmentir tal situación, el que habló al respecto fue el técnico del equipo, el uruguayo Jorge Bava, quien dijo que ni siquiera estaba enterado del tema.
“Me acabo de enterar por ustedes. Te soy sincero, no lo sabía. Miren que no soy esquivo a ninguna pregunta nunca, pero no sé qué decirte porque sinceramente no lo escuché, no vi el partido de hecho, cuando hay rivales directos me pongo muy nervioso y trato de no verlo”, afirmó el DT al programa “La gran jugada”.
Bava ni siquiera hizo juicio de valor por lo ocurrido en la previa del partido, pero remarcó que ni siquiera sabía del asunto porque no suele mirar los partidos de sus rivales.
“El año pasado no miramos a Guaraní, ahora no miramos a Olimpia, después lo miro en la cámara táctica, pero no sabría decirte, porque no lo sé (lo del incentivo), no escuché ni tampoco nos pusimos a hablar del tema, no lo escuché acá dentro del club”, ratificó.
ENTRADAS A LA VENTA
Cerro Porteño inició ayer el canje de las entradas para el duelo con Trinidense (sábado 14 de marzo, a las 20:30) para socios vitalicios, activos, cadetes e infantiles. Desde mañana, la venta estará disponible para el público en general, que tendrá precios populares en los sectores de gradería, e incluso con una promoción especial de 2x1 para aquellos hinchas que adquieran sus entradas exclusivamente para ocupar la gradería novena.
Las mismas se podrán canjear/comprar a través de la plataforma tuti y desde mañana también en el lobby del estadio La Nueva Olla.
Los precios de entradas: Graderías Norte y Novena (2x1) G. 20.000, Plateas G. 30.000, Preferencia: Lateral G. 80.000, Vip Benefactor 150.000 y Vip Socios 120.000. Visitantes: Platea Pettengill G. 20.000.
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La urgencia de reactivar la discusión pública
- Dr. José Duarte Penayo
- Filósofo. Presidente de la ANEAES
Cada día trae una nueva urgencia pública y, con ella, la exigencia de un ritual de época, la del pronunciamiento moral. En ese ritmo, la controversia se empobrece, el matiz se debilita y la figura del intelectual, alguna vez relevante, se desdibuja. Quizá, sin embargo, su porvenir no consista en añorar su pasado heroico, sino en reconstruir mediaciones y devolverle espesor al tiempo de lo político.
Patricia Funes, en su libro Salvar la nación, vio en el intelectual una figura intermedia, situada entre la academia y la praxis, capaz de traducir sentidos y de mediar entre mundos que, cuando se repliegan sobre sí mismos, se vuelven estériles, el de la producción de conocimiento y el de la disputa política.
Esa posición, típica del siglo XX, no era una credencial de identidad ni una estética de la pose, sino un tipo de intervención, a veces incómoda, que exigía disciplina, riesgo y un claro propósito de interpelar e interpretar a las mayorías.
En el Paraguay, la generación novecentista y sus continuadores dieron una de las escenas más intensas de ese oficio. Las discusiones sobre nuestra identidad nacional, el debate O’Leary-Cecilio Báez como emblema persistente, y las pugnas por la cuestión social, los derechos sobre el Chaco Boreal, las condiciones trabajo, el orden y la justicia, mostraron que la palabra pública podía ser un terreno donde las ideas pesaban en la correlación de fuerza reales, aun cuando el país estuviera lejos de cualquier estabilidad institucional.
Fuera de nuestras fronteras, el siglo XX condensó esa figura en el gesto del compromiso, con el intelectual engagé como¿emblema?. Pero conviene recordar que el compromiso nunca fue unívoco ni pacífico, y que su prestigio se sostuvo mientras existió un espacio relativamente compartido donde la controversia se jugaba con tomas de posición, en revistas, tribunas, al calor de movimientos sociales y partidos políticos movilizantes con verdadera capacidad de movilización, con instituciones que, aun en crisis, resistían todavía las despolitizantes de la sociedad de consumo.
En este mismo momento, hubo advertencias tempranas sobre los que suponía el rol protagonista en la política de los intelectuales. Theodor Adorno llevó al extremo la sospecha ante cualquier positividad totalizante, en nombre de una determinada manera de pensar la crítica que haría escuela y que, con el tiempo, se prestaría a degradaciones. Raymond Aron, por su parte, observó la facilidad con que la inteligentsia podía convertir el dogma en un opio para los intelectuales, ahorrándose el trabajo, menos épico que necesario, de interrogar las propias certezas.
Sin embargo, la mutación decisiva de los intellectuels engagés llegó, primero, con el desgaste de grandes arquitecturas teóricas, y luego, sobre todo, con el cambio del régimen temporal de la discusión pública.
Cuando Lyotard diagnosticó el fin de los grandes relatos, se abrió una escena donde la legitimidad tendió a fragmentarse y el gesto crítico, en vez de sostener una exigencia de rigor, empezó a derivar hacia una “economía de señales”, que sentó las bases del tribalismo identitario de nuestro presente.
La crítica, vaciada de reflexividad, comenzó a funcionar como significante de pertenencia y se volvió el alma de ciertas endogamias, con pretensiones de superioridad moral. Respecto a este proceso, conviene volver y detenerse en un episodio revelador de los años cincuenta.
Me refiero a la ruptura, dentro de la célebre revista Les Temps Modernes, entre Jean-Paul Sartre y Maurice Merleau-Ponty. Puede parecer anecdótico, pero contenía una pregunta decisiva: ¿qué significa intervenir en política?
Merleau-Ponty reprochaba a Sartre confundir la intervención política con un test permanente de moralidad, como si cada coyuntura exigiera una respuesta inmediata, una urgencia de posicionarse “del lado correcto de la historia”, fórmula que la corrección política convirtió en coartada sentimental. Frente a esa concepción, el autor de la Fenomenología de la Percepción insistía en que la historia y la política tienen su propio tiempo, radicalmente diferente de la inmediatez que impone un comunicado o pronunciamiento sobre la coyuntura. La política y la historia, según Merleau-Ponty, tienen una temporalidad más espesa, hecha de comienzos, sedimentaciones y efectos diferidos.
Lo interesante de esa polémica es que anticipó una tendencia que la época actual lleva a su paroxismo. Las redes sociales, con su velocidad y su economía de recompensas afectivas, empujan a tratar cada hecho como “la última batalla”, a fabricar certezas definitivas al abrigo de nichos emocionales que filtran cualquier nota disonante.
En ese clima, la política se vuelve sucesión de emergencias y el pensamiento, si no resiste, se reduce a consignas que circulan con la única lógica del entretenimiento y reforzamiento de endrogrupos.
En este sentido, Bruno Latour, en uno de sus textos más incisivos, “¿Por qué la crítica se ha quedado sin fuerza?”, advirtió que la crítica, esa pulsión a la deconstrucción y a la sospecha de todo lo establecido, se quedó sin combustible. Cuando el mundo se explica únicamente por resortes ocultos, cuando toda agencia se disuelve en sospechas automáticas, el “pensamiento crítico” pierde filo y se vuelve indistinguible de la teoría del complot.
Ya no amplía el campo de lo pensable y de lo ensamblable, y termina consagrando una esterilidad que, a fuerza de repetirse, ni siquiera intimida. Esta realidad se conecta con un desplazamiento práctico que vuelve más visible la pérdida de la función histórica del intelectual clásico.
La política contemporánea suele tercerizar la construcción del sentido en expertos de campaña, verdaderos administradores de la percepción, cuyo trabajo no consiste en disputar legitimidades de largo aliento, sino en optimizar rendimientos inmediatos, segmentando públicos para sostener narrativas eficaces. Sin por ello demonizar la realidad, es un hecho que hoy la elaboración doctrinaria ya no es funcional a la actividad política diaria.
¿Qué queda entonces del intelectual en una época, como la actual, en la que los relatos comunes ya no pueden conjugarse con una conversación pública fragmentada en grupos cada vez más cerrados? Si algo queda algo, es una tarea difícil y por eso mismo necesaria: la de empujar a que la política vuelva a tener razones e imaginación de futuro.
No con la tranquilidad y el determinismo, tan propia de buena parte del siglo XX, de creer los proyectos políticos nadaban con la corriente de la historia del progreso o la emancipación, sino aceptando que no hay garantías en nuestro tiempo, ni dirección asegurada, ni legitimidad automática.
Quienes quieran tomar la difícil tarea de reflexionar sobre la realidad y la política, deben orientar su esfuerzo en reconstruir mediaciones que permitan concebir la cohesión social sin negar el conflicto, dándole cauce y forma.
Apuntar a argumentar sin reducir la controversia a un examen moral permanente, asumiendo, con responsabilidad, que el tiempo de lo político no coincide con el tiempo del trending topic. La intervención pública, cuando no es mera consigna, exige disciplina, organización, militancia, paciencia, precisión y, sobre todo, la capacidad de escuchar aquello que no confirma nuestras preferencias.
Esto último supone exponerse a la réplica y tener que aceptar, a veces, que su costo es no ser aplaudido por todos. El ejercicio verdadero de pensar es por definición incómodo, es desafiar el silencio de lo incuestionable.
Si en el pasado el intelectual fue mediador de grandes proyectos universales, su futuro, si lo tiene, quizá deba insistir, obstinadamente, en tejer el entramado social y político que hace posible que una comunidad discuta algo más que sus reflejos automáticos.