Gabriela Teasdale
Presidenta de la Fundación Transformación Paraguay
Recientemente los medios de negocios se hicieron eco de los últimos datos globales sobre el espacio de trabajo. Los titulares destacaron algo que a simple vista parece un logro enorme para nuestro país. Paraguay se posiciona como una de las naciones con menor estrés, menor enojo y menor tristeza laboral de toda la región. Disfrutamos de un entorno envidiable y de muy baja fricción emocional diaria.
Cualquier director de recursos humanos podría leer esto, mirar el buen ambiente en su oficina y celebrar. Pero como líderes debemos atrevernos a mirar debajo de la superficie. Ese mismo estudio revela una realidad mucho más desafiante para nuestra competitividad. Apenas el 24 por ciento de nuestros colaboradores se siente verdaderamente comprometido con su organización. Estamos siete puntos por debajo del promedio latinoamericano y muy lejos de países como El Salvador, que lidera el involucramiento con un impresionante 41 por ciento.
¿Cómo es posible que tengamos equipos tan tranquilos, pero tan desconectados de los resultados empresariales?
La respuesta está en lo que yo llamo el espejismo del buen clima. En muchas empresas hemos confundido la paz laboral con el compromiso organizacional. Logramos construir entornos amables donde la gente no sufre desgaste extremo, pero fallamos en el paso fundamental que es encender el propósito. Los colaboradores están cómodos, cumplen su horario y hacen lo necesario para mantener su puesto, pero no dejan el alma en la cancha.
Esa desconexión silenciosa tiene un costo altísimo en rentabilidad, retención de talento e innovación. Y la ciencia del comportamiento humano nos marca claramente la raíz de esta apatía. El setenta por ciento de la variación en el compromiso de un equipo depende exclusivamente de la persona que lo lidera.
Si los gerentes y mandos medios se limitan a administrar tareas para mantener la paz y evitar conflictos, los equipos se instalan en una zona de confort perpetua. Para romper esta inercia necesitamos una transformación profunda en nuestra forma de gestionar el talento humano.
A nivel corporativo es urgente dejar de administrar procesos para empezar a desarrollar personas. Esto requiere capacitar a nuestros mandos medios en habilidades que antes considerábamos blandas pero que hoy sostienen todo el negocio. Hablo de empatía estratégica, escucha activa y la capacidad de tener conversaciones difíciles desde el respeto absoluto. Un líder moderno no es el que mantiene a todos contentos en la comodidad, sino el que desafía a su equipo a alcanzar su mejor versión cuidando su bienestar integral.
A nivel personal el reto es reconectar a cada individuo con el sentido profundo de su trabajo. Las personas no se comprometen con un balance financiero, se comprometen con una visión. Cuando un colaborador entiende cómo su esfuerzo diario impacta en la vida de otros y contribuye a su propio crecimiento, la motivación externa se transforma en un compromiso inquebrantable.
Tenemos un talento nacional extraordinario y la enorme ventaja de operar en un entorno de bajo desgaste emocional. El desafío ahora es asumir un liderazgo desde el corazón para transformar esa tranquilidad en una verdadera cultura de excelencia.