POR ÓSCAR GÓMEZ
Cuando terminó el primer tiempo y los jugadores iban al vestuario, la manera en que estos dejaban el terreno de juego reflejaba la actitud de cada equipo. Los de Cerro Porteño, alentándose entre ellos y con la cabeza arriba; los de Olimpia, todo lo contrario. Todos mirando al suelo y sin decir una sola palabra, ni siquiera un grito de apoyo o descargo.
La sensación general cuando el partido llegó a la mitad era que el equipo de Leonel Álvarez perdonó demasiado a un rival que parecía no tener alma. Mucho más certero, desde el trato de la pelota hasta los movimientos dentro de la cancha, el Azulgrana pudo zafar de un tímido intento del equipo de Bobadilla de presionar la salida cerrista durante los primeros diez minutos y ahí se vio lo mejor. El gol de Churín, una obra de arte (que quedó opacada por lo que vino después).
Lo cierto es que el Franjeado necesitaba un milagro, o algo de magia, para poder revivir en el partido en el segundo tiempo. Y la magia apareció. William Mendieta ingresó (por Aquilino Giménez), se puso el equipo al hombro y le inyectó la rebeldía que estaba ausente en Olimpia desde hace un par de partidos. Luego de una pared con Walter González, el "Mago" sorprendió con un remate de casi 30 metros que se le metió abajo a Antony Silva.
Bobadilla armó una línea de tres en el medio, para poder ubicar como enlace al 10. Este se colocó a espaldas de los volantes de Cerro, que no lo atajaron en todo el segundo tiempo y desde ahí generó. Todo lo que creó Olimpia en la complementaria pasó por sus pies.
La defensa franjeada cambió de actitud y ganó en todos los enfrentamientos con los atacantes rivales. En una pelota recuperada por Edcarlos nació el gran contragolpe para el segundo tanto decano, que lo convirtió Camacho.
Antes, Álvarez prefirió cuidar el mediocampo poniendo a Willian Candia y no arriesgó con Insaurralde. Lo pagó caro y ayudó a que Olimpia reviva en el torneo.

