Son estos los momentos en que uno no sabe qué escribir.

Tanto hay para decir sobre el maestro Quino, que si trato de ser original, no lo lograré.

Entonces, comenzaré contando que conocí su trabajo, sus dibujos, individualicé su firma, allá por los años sesenta y tantos, cuando cayó a mis manos un ejemplar de la revista argentina Rico Tipo, allí publicaba dos páginas con sus chistes. De ahí en más, siempre.

Era mágico ver sus dibujos de la gente de Buenos Aires, sus plazas, monumentos, edificios, árboles, sus costumbres, sus hábitos. Escenas de la vida cotidiana.

Todavía no había aparecido su personaje máximo: Mafalda. Personaje originalmente creado para una campaña para vender electrodomésticos y que fue rechazado por la agencia de publicidad.

Luego estalla el boom de las tiras, las historietas de Mafalda ya con sus amiguitos en la revista Siete Días, habían sido publicadas en otra revista pero esas aquí no llegaron. Imperdibles.

Mientras tanto, en algún lugar de Asunción, iniciándome en la profesión de dibujante en una u otra agencia de publicidad (en aquella época los dibujantes estábamos en ellas) intercambiábamos conocimientos “dibujeriles” y artísticos… y Quino era una referencia fundamental para mí y mis colegas.

El tiempo, como las nubes pasaron de largo… y sin darme cuenta, de repente, me encontraba publicando mis dibujos en el diario Hoy. Ya era un dibujante de la prensa escrita …, y firmaba mis dibujos. Muchos creían que “Nico” era una copia o aproximación de la firma de Quino, pero en realidad era una apócope de mi nombre verdadero, Nicodemus. Lindo tiempo de experimentar la publicación diaria y de recibir el retorno del público, chistes, caricaturas, personajes, historietas, inclusive mapas. De todo tenía que dibujar entonces.

Y siempre Quino (y otros dibujantes) como ejemplos.

Su legado universal es amplio y variadísimo. Su especial humor inteligente, agudo, punzante. La proporcionalidad de sus personajes, sus trazos desinhibidos y los pensamientos maduros de sus pequeños personajes, el desenlace de sus chistes.

Expresiones, texturas, paisajes, ambientaciones… todo fue una escuela para mí. Bebí de su imaginación y de sus trazos, del tratamiento artístico de sus obras. Crecí con ellos.

Su humor sin palabras que decía más que un discurso, la sutileza, el encanto de mirar una y otra vez esos magistrales dibujos.

Y ahora, una gran tristeza.

Se fue el maestro.

La universalidad de sus obras queda para ser recordada… y ser descubierta por otras generaciones interesadas en su genialidad.

Maestro, buen viaje a la eternidad.

Nico Espinosa

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