La cotidianidad de un pueblo, entre labores de manos campesinas, ritos de fe y mitos de almacén, forjados a través de la experimentación de imágenes y sonidos hipnóticos, llegó por primera vez a una pantalla grande en Asunción por la calurosa noche de un viernes 5 de diciembre de 1969, en el auditorio del Centro Cultural Paraguayo Americano (CCPA): fue el estreno de “El pueblo”, dirigido por Carlos Saguier.

Este mediometraje de 42 minutos, filmado en blanco y negro, y en color con con una cámara suiza Bolex de 16 milímetros, se convirtió en un hito de la cinematografía de Paraguay con una ambiciosa propuesta creativa. Por entonces, las imágenes propias en el cine solo se asociaban a cuatro coproducciones con Argentina, incluyendo “El trueno entre las hojas” (1956) y “La burrerita de Ypacaraí” (1962), de Armando Bó.

Durante 20 días, a mediados de 1968, un equipo de apenas 4 personas registró “El pueblo” en Tobatí (a unos 63 kilómetros de Asunción), también se grabaron tomas en un cementerio de Villeta y en una quinta en Capiatá. A comienzos del año siguiente volvieron a rodar otras dos semanas y captar sonidos de ambiente. El montaje se realizó en Argentina, en los laboratorios Alex, así como en Estudios Phonalex (sonido) y Cinecolor (digitalización); además de los efectos en Movielab Inc. en Nueva York (EEUU). El director estimó que la película costó aproximadamente 7 mil dólares en aquella época, de los cuales 2 mil dólares se invirtieron en efectos especiales, sin contabilizar gastos de viajes. La producción fue del grupo Cine Arte Experimental.

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La primera copia fue exhibida en Buenos Aires, con la presencia de muchos amigos como José Asunción Flores, Elvio Romero, Augusto Roa Bastos, Édgar Valdez, Lautaro Murua, entre otros. Mientras que en Asunción, pese al creciente interés del público, sus realizadores decidieron sacar la película de la cartelera en su primera semana debido a que también empezó a atraer la atención poco amistosa del aparato represor del dictador Stroessner. Aun así, “El pueblo” logró algunas exhibiciones internacionales y entusiasmó a críticos como el destacado peruano Isaac León Frías, quien en 1972 le dedicó una elogiosa reseña titulada “¡El cine paraguayo existe!”.

En 1983 cerró el laboratorio Movielab y se perdieron los archivos originales de “El pueblo”. Durante tres décadas, la película se creyó perdida y olvidada, hasta que en el 2013, en el encuentro audiovisual Tesape se proyectó una copia que finalmente se pudo restaurar digitalmente. Mientras que en el 2018 al fin se pudo agregar la música compuesta especialmente por el maestro Luis Cañete (1905-1985) para la película, fue interpretada por la Orquesta Sinfónica del Congreso Nacional, bajo la dirección de Gabriel Graziani, y grabada en los estudios Spirit & Sound, de Sergio Cuquejo.

El 9 de diciembre pasado, esta nueva versión recuperada de “El pueblo” cerró el primer Festival de Cine del Paraguay en Argentina, en la Manzana de las Luces de Buenos Aires, emocionando al público con imágenes que hoy se perciben cargadas de historia y, a la vez, atemporales.

Quien fuera uno de los ideólogos de la película junto con Carlos Saguier, y asistente de dirección durante el rodaje y parte de la posproducción, el escritor y periodista Antonio Pecci ofrece su perspectiva al cumplirse medio siglo del estreno de esta obra maestra que el escritor Rubén Bareiro Saguier definiera como “primera piedra de un auténtico cine paraguayo”.

–¿Cuál es la impresión al cumplirse 50 años del estreno de “El pueblo”, que por años se creía que estaba perdida?

–Creo que visto con la perspectiva de los años, es una obra de la cual uno puede enorgullecerse por su alto valor artístico y su sensibilidad social, lo cual es mérito principal de su director, Carlos Saguier, y, en menor medida, mío, ya que el proyecto lo concebimos y lo realizamos juntos de principio a fin. Ese es mi orgullo, haber ayudado a que se concretara la película en un medio muy difícil, en una época en que la sociedad estaba muy controlada.

–¿Cuál fue tu rol en la película? ¿Cómo comienza la amistad con Carlos Saguier?

–La amistad con Carlos surgió a raíz de que él conocía los montajes del Teatro Popular de Vanguardia (TPV), grupo dirigido por Rudi Torga (1938-2002), en el que yo actuaba y hacía la coordinación de producción. Y yo conocía su “Ñandejára rekove paha” (Los días últimos de Jesucristo, corto documental de 1967), que me impactó. Tenía confianza de que él podía hacer una gran película.

–¿Cómo fue la idea y la intención de hacer la película?

–Carlos estaba embarcado en la realización de un corto llamado “La costa” cuando comenzamos a hablar de arte, de cine, del mundo en que vivíamos. Luego abandonó ese proyecto y comenzamos a pensar en hacer algo que tuviera que ver con la exploración del mundo de una sociedad campesina. Es así como yo me integro al grupo Cine Arte Experimental (CAE) en 1968. Luego de semanas de conversación y búsqueda de personajes y pueblos posibles, recalamos en Tobatí, que nos pareció un lugar posible para adentrarnos en el mundo de esos seres anónimos, sin historia, que vivían bajo el peso de una rutina centenaria en una atmósfera surrealista. A partir de esa decisión, yo pedí licencia al TPV para embarcarme en la película. Y pasamos a ver qué se necesitaba, sobre todo en cuanto a material humano. Y así se incorpora Petit Goroso como ayudante de cámara y Eugenio Giménez como ayudante de utilería. En total, cuatro personas, un equipo pequeño.

GUARANÍ CONFIABLE

–¿Cuáles fueron las principales dificultades del rodaje y de la producción?

–La primera era acercarnos a las autoridades del pueblo y luego ganarnos la confianza de la gente, lo que significaba hablar en guaraní y tener alguna experiencia en el trato con ese tipo de cultura. En ese campo fui muy útil al proyecto, ya que yo hablaba guaraní y tenía experiencia de haber trabajado con gente de cultura campesina.

Carlos no hablaba guaraní y su porte y cultura eran bien urbanos. También mi experiencia teatral para orientar a las personas a actuar en determinadas escenas, muchas de las cuales necesitaban ser repetidas sin que hubiera cambios. Por ejemplo, para grabar el sonido ambiente. Eso fue clave para ganarnos la confianza de la gente.

En eso nos complementamos bien con Carlos, quien tenía una gran velocidad para captar la escena, el paisaje y definir lo que quería, sobre la base de un guion no escrito, pero que lo tenía en la cabeza y lo iba desarrollando con base en una idea central. Jornada tras jornada. Como él dijera: “Queríamos mostrar un día en la vida de un pueblo del Paraguay. No regodearse en situaciones de extrema miseria, violencia o dolor. Convivimos con los pobladores por un tiempo filmando lo más posible”.

–¿Qué recordás de los días de exhibiciones ante el público en el CCPA?

–Fue una experiencia emocionante, pues había mucho público asistiendo. Era una época de grandes salas de cine, Granados, Roma, Victoria, con películas muy taquilleras. Sin embargo “El pueblo” atrajo la atención de un buen número de espectadores. Señal de que había ya un público para un cine con temática nacional.

LOS PYRAGUE

–En todo el proceso de la película, desde el rodaje hasta el estreno, ¿cómo sintieron la atención de la dictadura?

–Se sintió de dos maneras la presión del aparato represivo: por un lado, con la presencia de un grupo importante de “pyrague” (espías, soplones, en guaraní) de la Policía, de traje, corbata colorada y recorte cadete en las funciones. Y días después de su estreno, el comentario de Mario Halley Mora (1926-2003) en el diario Patria, que calificó la película como una “brutal traición” al período de paz y progreso que vivía el país, según la propaganda del régimen al que él servía. Eso nos obligó a bajar de cartelera la película. Halley Mora era jefe de redacción del vocero oficial del régimen y miembro de la junta de Gobierno. Como diría Rubén Bareiro Saguier (1930-2014), era “el comisario cultural del régimen”.

–Si es que estuviste presente, ¿qué podés comentarnos sobre lo que fue mostrar “El pueblo” en Argentina?

–Lamentablemente no pude estar en dicha función.

–¿Cuál crees que es el legado de “El pueblo”?

–Creo que fue la apuesta de un equipo de jóvenes soñadores que quería transmitir su visión sobre la realidad que vivía el país, un proyecto que contó con un buen equipo y un realizador cinematográfico de potente talento. Este mediometraje, en nuestros planes, sería la carta de presentación para luego lanzarnos a un largometraje. Carlos tenía ya, incluso, un guion de Roa Bastos sobre un capítulo de “Hijo de hombre”. Pero luego del veto del régimen, todo eso quedó en aguas de borrajas. Ahí quedó como testimonio de su tiempo.

Otra imagen de “El pueblo”, la aguatería, como parte de un cotidiano de un tiempo eterno.
El rodaje inicial en Tobatí se realizó a mediados de 1968 con un equipo de 4 personas.
Póster original de “El pueblo”, promocionado hace 50 años para su estreno.
La escena del bar, una de las más místicas y recordadas del histórico mediometraje.

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