Del barro negro que bordeaba el arroyo de su pueblo y de las cosas cotidianas que la rodeaban, Rosa Brítez tomó materia prima e inspira­ción para crear sus obras. La artesana artista, nacida en Itá en abril de 1941 como Francisca Rosalina Brítez, falleció en la madrugada de ayer en el Hospital de Itau­guá donde estuvo internada más de cincuenta días, por una afección pulmonar que se volvió crítica. Por el gran valor de su obra fue llamada la Ceramista de América. Sus restos son velados en su galería de arte ubicada en el km 36,5 de la Ruta 1, de la ciudad de Itá.

Huérfana de madre a los seis años, fue criada por una tía, quien fue su primera maes­tra en el moldeado del barro. Asistió a la escuela solo hasta el tercer grado y se inició en el oficio con el que viajaría por el mundo.

Como toda artesana para­guaya, comenzó creando cántaros y objetos de forma sencilla. Con el tiempo, definió su carácter artís­tico y nacieron sus prime­ros platos de pared, con las inconfundibles figuras del sol y la luna. También creó figuras de animales como el tatú bolita, entre otros obje­tos muy definidos y con su sello personal.

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LOS BROSERITOS

Creó asimismo la colec­ción de figuras amatorias que ella denominó "Los broseritos", compuesta por decenas de figuras eró­ticas que con su particular humor afirmaba haberse inspirado en su propia vida matrimonial. Rosa se casó muy joven y tuvo muchos hijos. Cuando en 1982 par­ticipó de la Expo Sevilla, el Rey Juan Carlos I, rey de España, quedó fascinado con estas obras y adquirió el lote completo.

A lo largo de su vida, Rosa Brítez ha participado de importantes exposicio­nes, como las de Alemania en 1994, Corea en el 2001, Chile y Uruguay en el 2003, México en el 2004 y Francia en el 2005.

Casada con Emiliano Quin­tana, tuvo 13 hijos, 10 varo­nes y 3 mujeres. Estos le han dado 26 nietos, además de varios bisnietos. Rosa Brí­tez ha realizado varias exposiciones nacionales e internacionales y dispo­nía de una pequeña galería artesana en su casa de Itá, que atendía ella misma.

“Ha dedicado su vida entera a la cerámica”

TICIO ESCOBAR- Crítico de arte

La partida de Rosa Brítez significa una resta impor­tante en la actual produc­ción ceramística, reducida hoy en sus grandes nom­bres, entre quienes figuraba de manera destacada.

Rosa continuaba la gran tradición de origen guaraní que mol­dea a mano el barro a partir de la tira llamada "colombín", quema las piezas en hornos ubicados al aire libre y emplea técnicas del engobe (lustre rojizo) y el fumigado (obte­nido con la presencia de hojas secas o estiércol durante la quema de las piezas); si bien las obras de Rosa se caracterizan por el color natural del material. También seguía el modelo guaraní de transmisión del procedimiento de madres a hijas; en su caso, ella aprendió a confeccio­nar piezas de alfarería a los 9 años, enseñada por su tía Simeona Cáceres de Farías.

Había nacido en Itá en 1941, y dedicado su vida entera a la cerámica: a lo largo de su fructífera vida realizó un sinnú­mero de platos, cantarillas y cántaros zoomorfos, así como de variadas versiones de sus particulares microesculturas que representan, pesebres, escenas rurales y situaciones eróticas con un notable sentido de síntesis. Sus singulares piezas, estilizadas pero potentes en su expresión y propias en su estilo, constituyen un momento indispensable del arte popular del Paraguay.

“ES LA PÉRDIDA DE UN SÍMBOLO”

Osvaldo Salerno, director de Museo del Barro.

Con la partida de Rosa Brítez per­dimos una de las primeras artis­tas populares catalogadas como tal. Cuando el Museo del Barro empezó sus gestiones con Isanne Gayet, con Carlos Colombino, nosotros comenzamos a operar con un enfoque de identificar autorías de lo que se llamaba en aquel momento artesanía popu­lar. Empezamos a investigar, a acercarnos a los sitios de produc­ción y a identificar autores con nombre y apellido.

Y Rosa Brítez corresponde a ese primer momento del museo, cuando tratábamos de identificar estilos, no solo en lo que cons­tituía la forma de vida de una artista popular campesino mestizo, sino lo que caracterizaba su forma de abordar el trabajo creativo. Con ella hicimos algunas exposiciones individuales suyas, recuerdo una en particular, que creo que hicimos en el año 81. Su obra era muy característica, muy definida, Rosa era muy joven y ya tenía una familia numerosa.

En ese sentido, nosotros, como equipo de trabajo, también crecimos conceptualmente, para considerar el trabajo de estos autores, que normalmente no tenían identidad. Ni siquiera se diferenciaba el trabajo de la gente que habitaba Tobatí con características muy particulares , de los autores que trabaja­ban en Ita. El caso de Areguá ni siquiera era considerado de valor. Rosa es una de las primeras que podríamos destacar una per­sona valorada por su talento.

No estoy diciendo que que en ese momento empieza el talento, quizá empieza a ser identificado el talento que ponían estos artistas en su trabajo. La partida de Rosa, no solamente es la pérdida de la persona querida, sino también la partida de un símbolo de un periodo en que los autores campesi­nos firman su obra y son tratados con el mismo respeto y la misma dignidad que deben ser tratados todos los artistas".

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