Jorge Zárate (jorge.zarate@nacionmedia.com)
“Dos veces le prohibieron a la sociología paraguaya mirar al país”, recuerda Carlos Peris en este libro de su autoría, “Sociología paraguaya: Dos momentos”, que se publica desde la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Asunción (UNA) este viernes 21 de agosto, a las 19:20, en la FACSO–UNA, en el marco del Simposio de Sociología 2026, con comentarios de la decana Ada Vera, Luis Ortiz y Ramón Fogel. Será con entrada libre y ejemplares en obsequio.
El libro investiga un primer hecho entre 1900 y 1913 cuando Cecilio Báez intenta la primera cátedra y es resistida por la Iglesia Católica y un segundo entre 1972 y 1983 en la Universidad Católica. “La institución que había combatido a la disciplina es ahora la única capaz de alojarla, porque bajo la dictadura es también el último espacio con algún margen. Pero el margen tiene un límite, y en 1983 la carrera se cierra”, adelanta a La Nación / Nación Media.
El sociólogo cuenta que una ironía metodológica atraviesa todo el libro y que le parece la mejor razón para leerlo. “El aparato que vigilaba es el que conservó. Terminé reconstruyendo un capítulo de la vida intelectual paraguaya con los papeles de quienes la reprimieron. Eso obliga a una conclusión práctica: los archivos —el del Terror, pero también los universitarios y los eclesiásticos— son patrimonio público y hay que abrirlos y digitalizarlos, porque cada expediente que se pierde es una parte de nuestra historia intelectual que queda explicada para siempre como desinterés. Por eso el libro incluye los documentos en facsímil: quiero que el lector juzgue por sí mismo, no que me crea a mí”, apunta antes del mano a mano.
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- En el primer momento es la Iglesia Católica la que se opone a una cátedra. ¿Por qué pasó?
- Hago una precisión que importa: la Iglesia no se opone a la cátedra por vía administrativa —no hay un expediente que la clausure—, se opone a lo que la cátedra enseña, y lo hace en el terreno público. La cátedra de Sociología se crea por decreto del Poder Ejecutivo en el año 1900, en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Asunción, y su titular es Cecilio Báez, que en 1903 publica el primer manual paraguayo de la disciplina. Báez es masón y librepensador, y enseña una explicación del orden social que no necesita de la providencia: monismo, evolución, desnaturalización de la familia bíblica. Eso, en el Paraguay de 1900, no era una discusión de aula, era una guerra cultural.
El choque estalla en Villarrica, en septiembre de 1913, cuando el predicador comtiano Juan José Julio y Elizalde llega a dar cuatro conferencias. El párroco local, con instrucción del obispo Bogarín de impedirlas “cueste lo que cueste”, primero le bloquea los locales y finalmente lo hace atacar por la espalda con un hierro. Elizalde sobrevive y da su conferencia el 9 de octubre. Poco después Báez, junto con Ovidio Rebaudi, Alejandro Guanes, Arturo D. Lavigne y Fermín Domínguez, firman un opúsculo de desagravio con un título que lo dice todo: El ideal de Augusto Comte y su primer bautismo de sangre…
… ¡Importante título…!….
… ¡Y ahí está lo que me interesa dejar dicho. Ese título no es una metáfora piadosa: es un acta de nacimiento! La sociología paraguaya no llega al país como una importación académica neutra, una novedad europea que se enseña porque queda bien en un plan de estudios. Llega como una toma de posición sobre quién tiene derecho a explicar la sociedad. Y el detalle decisivo es que el hombre que abre la cátedra en 1900 es el mismo que en 1913 firma el manifiesto: no hay un Báez profesor y un Báez militante, hay un solo dispositivo intelectual funcionando en dos escenarios, el aula y la plaza. Lo que se enseñaba adentro es exactamente lo que sangraba afuera.
De ahí que yo insista en algo que suele contarse al revés. Solemos creer que la sociología paraguaya se volvió crítica tarde: con el marxismo de los sesenta, con la denuncia de la dictadura, con el giro decolonial de hoy.
No. Nace contestataria en 1900 y recibe su bautismo de sangre en 1913. Lo único que cambia a lo largo del siglo es el adversario, y también la forma de la agresión: primero el hierro y después el sello. Entender eso cambia lo que uno hace hoy en un aula. Enseñar sociología nunca fue un acto administrativo en este país: fue siempre, desde el primer día, una decisión sobre qué se puede mirar.
- En la segunda aparece la intervención de la dictadura a una cátedra en marcha por unos 10 años. ¿Cómo fueron los hechos de acuerdo a tu investigación en las fuentes?
- Es la parte más incómoda del libro: no hay una intervención de la dictadura en el sentido clásico, no hay tanque ni decreto de Alfredo Stroessner cerrando una carrera. Hay un procedimiento interno, estatutario, impecable en la forma. La carrera de Sociología se abre en la Universidad Católica en 1972 —la institución que setenta años antes había combatido a la disciplina es ahora la única con margen para alojarla, porque bajo la dictadura es el último espacio con algo de aire—. El deterioro empieza antes del final: en 1978 se rechaza un proyecto de reformulación y una circular disuelve la Facultad de Ciencias Sociales dentro de la nueva Facultad de Filosofía y Ciencias Humanas.
Lo que reconstruyo con los expedientes es que en 1982 se inscribe un solo alumno y la carrera ya no figura en los folletos de oferta de la Universidad ni de 1982 ni de 1983. Es decir: dejó de ofrecerse antes de que existiera una resolución que la cerrara.
Y acá aparece el hallazgo documental que a mí me sigue impresionando. En el mismo archivo donde está el expediente universitario está el informe policial que reporta el cierre y sigue a los estudiantes, fechado el mismo día que las resoluciones, con la firma del comisario al pie. El papel del Rectorado y el papel de la policía política del Archivo del Terror conviven. Esa doble inscripción —administrativa y represiva— es lo que permite decir que no fue falta de alumnos ni de vocación: fue una decisión, y está documentada. La segunda clausura fue más eficaz que la primera justamente porque no dejó cicatriz. La violencia física produce memoria; la administrativa produce olvido.
- ¿Cómo ves la sociología en el presente, qué estudios destacás?
Hoy la sociología paraguaya produce más y mejor que nunca, y con menos épica. Destaco tres líneas. La cuestión agraria y ambiental, donde el trabajo de Ramón Fogel sigue siendo la referencia obligada para entender la expansión del agronegocio y el desplazamiento campesino e indígena.
La sociología de la estructura social y la educación, donde Luis Ortiz ha mostrado cómo la desigualdad se reproduce por vía escolar en un país que se cuenta a sí mismo como igualitario. Y la agenda de ilegalidad, crimen organizado y captura territorial, que es donde yo trabajo: lo que llamo el orden clandestino, esa zona donde el narcotráfico no compite con el Estado sino que le presta servicios y le toma prestada la legitimidad.
Sumaría el trabajo historiográfico sobre la propia disciplina —Javier Caballero Merlo, Lorena Soler— y la producción del CPES, que sostuvo la investigación social cuando la universidad no podía.
Una disciplina que fue expulsada dos veces necesita una casa que no dependa de la buena voluntad de nadie: pública, gratuita, nacional, con estabilidad institucional propia. La FACSO es hoy ese lugar, y sostenerla —con presupuesto, con investigación, con carrera docente— es la manera concreta de que no haya un tercer momento.
- ¿Sentís consolidada a la Sociología en el país?
Institucionalizada, sí. Consolidada, no todavía. Hay carreras, hay posgrados, hay una revista, hay investigadores categorizados: hace treinta años eso no existía y no es poco. Pero la consolidación se mide en otra cosa: en cuántos colegas pueden vivir de investigar sin encadenar consultorías, en cuánta agenda propia sobrevive cuando el financiamiento viene con las preguntas ya escritas desde afuera, y en qué pasa cuando alguien investiga tierra, narcopolítica o el vínculo entre poder económico y poder político. Ahí se comprueba rápido que ciertas preguntas siguen resultando inoportunas.
Por eso digo que reponer la continuidad histórica es discutir el presente: la sensación de que la sociología paraguaya siempre está empezando de nuevo no es un rasgo de carácter nacional, es el efecto de dos cortes bien fechados. Una disciplina que no conoce sus propias interrupciones cree que su fragilidad es culpa suya. Y por eso también insisto con lo institucional: la consolidación no se decreta ni se declama en un congreso, se construye en un aula que abre todos los años. Mientras la FACSO siga formando sociólogos y sociólogas en la universidad pública, la disciplina tiene piso. Ese es el resguardo real que el país no tuvo en 1913 ni en 1983.
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Perfil
- Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de Misiones (Argentina), con posdoctorado en la Université Sorbonne Nouvelle–París 3.
- Investigador categorizado del PRONII–CONACYT (Nivel I) y punto focal de UNESCO para Ciencias Sociales en Paraguay.
- Dirige la Carrera de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de la UNA.
- Codirector de la revista Estudios Paraguayos (CEADUC).
- Sus investigaciones sobre narcotráfico, ilegalidad y orden clandestino han sido publicadas en International Sociology, entre otras revistas.
- Es autor de Sociología en 60 segundos (2022) y de Sociología paraguaya: Dos momentos (FACSO–UNA, 2026).