- Por David Sánchez, desde Karlovy Vary (República Checa), X: @tegustamuchoelc (*).
El 60.º Festival Internacional de Cine de Karlovy Vary (KVIFF) concluyó el pasado sábado 11 de julio siendo una edición muy especial, marcada por la celebración de su aniversario y por la presencia de algunas de las figuras más importantes del cine internacional. Pero, por encima de las estrellas que desfilaron por la alfombra roja, la gran protagonista de la noche fue Fruit Gathering, la ópera prima del realizador birmano Aung Phyoe, que conquistó el Globo de Cristal, el máximo galardón del certamen.
Coproducida entre Myanmar, República Checa y Francia, la película ofrece una intensa reflexión sobre el deseo femenino, la amistad y la represión en una sociedad donde las relaciones entre mujeres siguen siendo socialmente inaceptables. El jurado destacó la forma en que el filme evoluciona desde un delicado retrato de la vida cotidiana hacia un poderoso drama sobre la obsesión y el amor prohibido.
Emocionado, Aung Phyoe recibió el premio de manos de Juliette Binoche, quien minutos antes había sido homenajeada con el Globo de Cristal por su Contribución Artística Excepcional al Cine Mundial. “Es mi primera película, mi primer gran festival y mi primer premio”, declaró un sorprendido director durante la ceremonia de clausura.
Lover, Not a Fighter, vencedora de la competición Proxima
La competición Proxima, dedicada a las propuestas más innovadoras y a las nuevas voces del cine, coronó a Lover, Not a Fighter, dirigida por Martina Buchelová. Esta coproducción entre Eslovaquia y la República Checa conquistó al jurado gracias a una comedia romántica que retrata con humor y sensibilidad las incertidumbres de la juventud, las relaciones familiares y el primer amor.
Un palmarés con nuevos talentos
El Premio Especial del Jurado fue para el drama danés The Guest, cuyo director, Mads Mengel, también obtuvo el galardón a Mejor Dirección, consolidándose como una de las revelaciones del festival.
El premio a Mejor Actriz recayó en Anna Schinz por su interpretación en A Happy Family, mientras que el veterano Ghassan Saad, de 71 años y debutante como actor, ganó el premio a Mejor Actor por Pipes.
En la sección Proxima, el premio a Mejor Dirección fue para el griego Efthimis Kosemund-Sanidis por A Whole Person Almost, mientras que la japonesa Incinerator recibió el Premio Especial del Jurado y la producción eslovaca 33 Steps obtuvo una Mención Especial.
Por su parte, el Premio del Público del diario Právo fue para el documental Bára – Diary of a Rockstar, dirigido por Helena Třeštíková.
Grandes estrellas para celebrar el 60º aniversario
Además del palmarés oficial, el 60º Festival Internacional de Cine de Karlovy Vary reunió a grandes figuras del séptimo arte para rendir homenaje a sus trayectorias. El legendario Dustin Hoffman, la actriz francesa Juliette Binoche y el director de fotografía estadounidense Robert Richardson recibieron el Globo de Cristal por su Contribución Artística Excepcional al Cine Mundial, el máximo reconocimiento honorífico que concede el certamen.
Por su parte, el actor y director Jesse Eisenberg, la actriz y directora Maggie Gyllenhaal, la actriz eslovaca Magda Vášáryová y el actor Jeffrey Wright fueron distinguidos con el Premio del Presidente del Festival, otro de los grandes galardones honoríficos del KVIFF, concedido en reconocimiento a su destacada contribución al cine.
Un festival que sigue creciendo
La 60ª edición del KVIFF volvió a confirmar el excelente momento que vive el certamen. Durante nueve días reunió a 11.014 acreditados, entre ellos 598 periodistas y 1.249 profesionales de la industria, proyectó 179 películas, celebró 472 sesiones y vendió más de 132.500 entradas, consolidándose como uno de los festivales cinematográficos más importantes de Europa Central.
Tras una edición marcada por el talento emergente y la presencia de grandes nombres del cine mundial, el Festival Internacional de Cine de Karlovy Vary ya mira hacia el futuro: su 61ª edición se celebrará del 2 al 10 de julio de 2027.
* David Sánchez es un periodista franco español afincado en Toulouse, centrado especialmente en cine iberoamericano, miembro de la crítica internacional Fipresci. Sitio: https://www.tegustamuchoelcine.com.
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Estrella Araiza: “Ojalá una mínima parte de la industria del fútbol se destine a la cultura”
- Por David Sánchez, desde Karlovy Vary (República Checa), X: @tegustamuchoelc (*).
La directora del Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG) forma parte del jurado de la competencia Proxima de la 60.ª edición del certamen checo. Entre la magia de una ciudad volcada al cine y la sombra del Mundial, Araiza analiza la urgente necesidad de profesionalizar la promoción del cine iberoamericano y los desafíos de su festival tras el fenómeno futbolístico.
Karlovy Vary, la joya termal de la República Checa, transita estos días por su 60.ª edición del Festival Internacional de Cine (KVIFF), que se extiende del 3 al 11 de julio. Entre los prestigiosos jurados que deciden los destinos de las nuevas voces del cine global, destaca la presencia de Estrella Araiza, directora general del Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG). Araiza integra el jurado de la competencia Proxima, la sección dedicada a las óperas primas y segundas películas, donde evalúa el pulso de las nuevas generaciones de cineastas.
La ciudad como protagonista del festival
Sentada a orillas del río Teplá en la terraza Pupp-up del famoso hotel Pupp de la ciudad, Araiza confiesa su fascinación por la simbiosis entre la ciudad y el certamen. “Me impresionó muchísimo ver a tanta gente alrededor del río, siguiendo los conciertos gratuitos en las pantallas. Eso habla de una experiencia de organización en beneficio de la ciudad, que al final es lo que deberían tener todos los festivales”, reflexiona. Esta integración masiva la lleva a soñar con replicar el fenómeno en México. “En Guadalajara, a partir del Mundial, hemos tenido conciertos al aire libre con 300.000 personas en la zona de la Minerva. Si la música funciona así, ¿por qué no el cine?”, se pregunta, recordando el éxito de figuras como C. Tangana en su festival.
La sombra del Mundial y la lucha por los recursos
Sin embargo, el Mundial de Fútbol de 2026, que comenzó en junio en Norteamérica, dejó una marca indeleble en la reciente edición del FICG. “Fue un año muy complicado”, admite. La sombra de la FIFA obligó a mover las fechas del festival a abril, ya que los hoteles estaban copados y los patrocinadores retiraron sus fondos. “Todos los sponsors nos decían: ‘Nos encanta el festival, pero este año no vamos a poder por el Mundial’. Es una locura”, relata.
Futbolera confesa y seguidora de las Chivas de Guadalajara —equipo con el que mantienen una excelente relación—, Araiza no deja de cuestionar la disparidad económica. “Se calcula que la FIFA tuvo miles de millones de dólares de ganancia. Es una barbaridad. Ojalá se pudiera dedicar al menos un 2% del Producto Interno Bruto a la cultura. Sería una diferencia enorme”, sentencia, abogando por una convivencia donde ambas pasiones se nutran y no se excluyan.
La invisibilidad de Latinoamérica en Europa
Más allá de la logística, la preocupación de Araiza es estructural. Al caminar por las calles de Karlovy Vary, nota una ausencia: la del cine latinoamericano. “No lo veo tan presente como en otros lugares. En Cannes no había nada, y acá apenas hay un par de representantes en la sección Proxima”, lamenta.
Para la directora, esta invisibilidad en los grandes escenarios europeos es un síntoma de políticas públicas fallidas. “En México no tenemos una agencia de promoción cinematográfica flexible y no burocrática, como sí lo es Cinema Chile o Proimágenes Colombia”, explica. Araiza señala que los cambios constantes de gobierno en las entidades estatales, como el Imcine, generan vacíos que tardan años en subsanarse. “La promoción cinematográfica requiere estar presente, crear relaciones, ir a todos los mercados. Si cambia la cabeza y caen todas las piezas, el vacío sigue quedando”, advierte, aunque resalta los esfuerzos recientes de entidades regionales como Filma Jalisco para mantener la presencia internacional.
El regreso a los orígenes
De cara al futuro, el FICG busca reencontrarse con sus raíces. Tras años de bailar con las fechas por la pandemia y ahora por el Mundial, el festival de Guadalajara volverá a su tradicional mes de marzo en 2027. “Eso nos abre muchas posibilidades, específicamente con el público europeo, que podrá escapar del frío para venir a nuestro calor”, bromea.
Con un equipo de programación que se renueva para traer “sangre nueva” y un país invitado que aún mantienen en secreto —“ojalá lo podamos anunciar pronto”—, Araiza se prepara para cerrar su experiencia en Karlovy Vary. Una experiencia que, entre el brillo de los cristales de Bohemia y la urgencia de las industrias latinoamericanas, reafirma su convicción: el cine de la región tiene la fuerza para brillar, siempre y cuando se le den las herramientas para competir en igualdad de condiciones.
* David Sánchez es un periodista franco español afincado en Toulouse, centrado especialmente en cine iberoamericano, miembro de la crítica internacional Fipresci. Sitio: https://www.tegustamuchoelcine.com.
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Retratos de familia y el peso de la herencia: Mads Mengel debuta en Karlovy Vary con “The Guest”
- Por David Sánchez, desde Karlovy Vary (República Checa), X: @tegustamuchoelc (*).
Karlovy Vary se caracteriza por esa atmósfera única de los festivales de Europa del Este, donde la devoción por el cine de autor convive con una arquitectura imperial de balneario. En ese escenario se encuentra el danés Mads Mengel, quien experimenta la mezcla exacta de tranquilidad por el trabajo bien hecho y el inevitable nerviosismo de estrenar su primer largometraje. Su ópera prima, The Guest, compite en la sección oficial del festival internacional de la ciudad checa, un logro que consolida una trayectoria construida previamente en el cortometraje y la televisión de su país.
“Nunca había estado en Karlovy Vary, pero todos los que han venido me dicen que es un lugar y un festival maravillosos”, admite el cineasta con la timidez propia de la cultura nórdica. “A nivel personal, estoy emocionado y, por qué no decirlo, un poco nervioso. Pero sobre todo, inmensamente agradecido de que mi primera película haya sido elegida para la competición principal”.
Del rodaje rápido a sostener la magia
Dar el paso hacia el largometraje suele desestabilizar a muchos directores por las exigencias de presupuesto y escala, pero Mengel enfoca el reto desde la raíz del oficio: “La escala es muy diferente, conseguir la financiación es una batalla distinta, pero el núcleo de todo sigue siendo el mismo: hacer que una escena funcione. En un corto haces un par de escenas y listo; en un largometraje tienes que sostener esa magia durante mucho más tiempo”. En ese sentido, valora sus cimientos: cuatro años de formación en la escuela de cine de Dinamarca y la agilidad que le aportó trabajar en televisión. “Al final, todo se reduce a la verdad de lo que ocurre frente a la cámara”, reflexiona.
El estreno llega además en una época dorada para el cine danés, impulsado internacionalmente por creadores como Thomas Vinterberg o Anders Thomas Jensen gracias a obras como Otra ronda, Riders of Justice o La tierra prometida. Lejos de verlo como una carga, Mengel lo asume con gratitud: “No lo siento como una presión, sino como un honor. Nací en un país que ya tenía el camino pavimentado. Somos un país muy pequeño, pero en la escena cinematográfica hemos tenido picos históricos que han empujado los límites de lo que el cine puede ser. Solo tengo que dar las gracias a los gigantes sobre cuyos hombros me apoyo”. Según el director, el éxito de sus compatriotas se debe a una artesanía depurada y al hecho de seguir filmando con pasión y corazón.
La coreografía de la tensión
Esa influencia del entorno se percibe en cómo The Guest aborda las relaciones humanas en espacios cerrados, teniendo como punto álgido una tensa e incómoda escena en un comedor. “El cine nórdico siempre ha sido muy bueno retratando a personas obligadas a pasar tiempo juntas, en todo tipo de situaciones. Y nuestra tradición no tiene miedo a ser incómoda. Me gusta mucho eso”, detalla Mengel.
Para capturar esa incomodidad de la manera más orgánica posible, el director trabajó codo con codo con su director de fotografía, David Bauer, diseñando un sistema de filmación en 360 grados que priorizaba la interpretación:
- Distancia: Utilizaron dos cámaras con objetivos de larga distancia para observar a los actores desde lejos, recreando la perspectiva de una obra de teatro.
- Libertad: Grabaron planos secuencia de casi media hora en los que el elenco a menudo no sabía la ubicación exacta de la cámara.
- Naturalidad: El método propició que surgieran reacciones completamente genuinas entre los intérpretes, sin interferencias técnicas que estorbaran la escena.
Aunque el guion fue escrito desde cero junto a Kerstin Bengtsson, el largometraje se nutre inevitablemente de la realidad del director. “Es una mezcla de pensamientos personales sobre temas como el perdón y la familia. Al final, las observaciones y fascinaciones de tu vida se amontonan en esa gran pila de creatividad que es una película”.
El cine como puente
Más allá de los debates estéticos, el objetivo final de Mengel con este drama sobre las heridas familiares y los silencios dañinos es apelar directamente a la fibra íntima del espectador. “En el mejor de los mundos, espero que piensen en sus propias vidas”, confiesa de manera directa. “Que se den cuenta de que nunca es demasiado tarde para cambiar las cosas. Que quizás no sea demasiado tarde para llamar a alguien a quien aman y con quien no han hablado en mucho tiempo. Ese sería el mayor regalo”.
Mientras defiende The Guest ante el público del festival, Mengel ya escribe su próximo largometraje, repitiendo autoría junto a Bengtsson. Se tratará de un drama de personajes ambientado en el entorno periodístico y la sociedad de Dinamarca, con un marcado trasfondo político. Un nuevo paso para un cineasta que, con paso firme y sin estridencias, continúa la rica tradición del cine humano y necesario de su país.
* David Sánchez es un periodista franco español afincado en Toulouse, centrado especialmente en cine iberoamericano, miembro de la crítica internacional Fipresci. Sitio: https://www.tegustamuchoelcine.com.
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Crítica de “The Guest” en el Festival de Karlovy Vary
- Por David Sánchez, desde Karlovy Vary (República Checa), X: @tegustamuchoelc (*).
En el panorama del cine europeo contemporáneo, hay una tendencia cada vez más clara a desplazar el conflicto desde la acción hacia la percepción: ya no se trata tanto de “qué ocurre”, sino de cómo lo cotidiano se vuelve inestable cuando se altera el punto de vista. The Guest se inscribe de lleno en esa línea, trabajando la incomodidad como una forma de lenguaje más que como un efecto dramático puntual.
La película construye su tensión desde espacios reconocibles —la casa, el entorno familiar, los encuentros sociales, incluso escenas tan aparentemente neutras como una comida en un restaurante— para ir erosionando progresivamente la sensación de normalidad. Lo interesante es que no recurre a grandes giros ni a eventos espectaculares: el malestar se produce por acumulación, por pequeñas desviaciones de conducta que, sumadas, acaban alterando la estabilidad de todo el sistema.
En ese contexto, el film dialoga con una tradición muy concreta del cine escandinavo, donde lo cotidiano nunca es del todo inocente. Desde el legado del Dogme 95 —con películas como The Idiots— hasta propuestas más recientes como The Square, existe una preocupación constante por la fricción entre normas sociales implícitas y su posible ruptura. La incomodidad no surge del exceso, sino del detalle fuera de lugar.
The Guest recoge esa herencia, pero la desplaza hacia un terreno más íntimo y psicológico. La tensión no es únicamente social o conceptual; es también emocional, sostenida en la interacción entre personajes que parecen operar bajo códigos distintos de lectura del mundo. En ese sentido, el entorno familiar —especialmente la figura de la madre y su estructura de control alrededor del bebé— funciona como un sistema de orden cerrado, casi autoimpuesto, donde cualquier desviación se percibe como amenaza.
Frente a ese marco, la película introduce una presencia que no encaja del todo, pero que tampoco puede ser expulsada fácilmente. Y es precisamente ahí donde el film empieza a adquirir una densidad distinta: en la imposibilidad de resolver esa fricción en términos claros. La tensión se vuelve estructural, no episódica.
Pero hay un punto en el que esa arquitectura formal deja de ser suficiente para explicar lo que ocurre en pantalla. Porque hay interpretaciones que no solo sostienen una película: la reescriben desde dentro. Y en este caso, ese fenómeno es especialmente evidente con Trine Dyrholm.
Su aparición en escena no funciona como una simple incorporación de personaje, sino como una alteración inmediata del registro del film. A partir de su presencia, el sistema de equilibrio que la película había ido construyendo empieza a oscilar con otra intensidad. No porque el personaje sea explícitamente disruptivo en términos narrativos, sino porque la forma en que está interpretado introduce una lógica distinta de comportamiento.
El trabajo de Dyrholm es particularmente interesante porque evita cualquier reducción fácil a categorías psicológicas. No hay una construcción lineal de la “locura” ni una intención de explicar el comportamiento desde parámetros clínicos o dramáticos convencionales. Lo que aparece es algo mucho más inestable: una forma de existencia que parece desplazarse entre estados sin fijarse del todo en ninguno.
En términos de actuación, esto se traduce en una gestión extremadamente precisa del ritmo. Hay aceleraciones repentinas en el habla, cortes de energía, silencios que no funcionan como pausa narrativa sino como suspensión de sentido. Su personaje no “expresa” emociones de forma tradicional: las reorganiza en tiempo real, generando la sensación de que la escena nunca termina de asentarse.
Ese efecto tiene un impacto directo en la puesta en escena. La cámara, que en otros momentos del film puede parecer relativamente estable, empieza a registrar una tensión distinta cuando ella está presente. No es un cambio formal explícito, pero sí perceptible: los encuadres parecen menos seguros, como si el espacio mismo perdiera consistencia.
En este punto, resulta inevitable establecer un paralelo con The Square, especialmente en lo relativo a la construcción de tensión dentro de lo cotidiano. En ambas películas, el restaurante, la conversación trivial o la interacción social mínima se convierten en escenarios de fricción. Sin embargo, mientras en Östlund la incomodidad tiende a adoptar una dimensión más conceptual o satírica, en The Guest adquiere una textura más ambigua y emocional, en gran parte gracias a la interpretación de Dyrholm.
Lo que ella introduce es una forma de incertidumbre afectiva. El espectador no sabe exactamente cómo posicionarse frente al personaje: puede resultar perturbador en un momento y extrañamente magnético en el siguiente. Esa ambivalencia no está resuelta ni dirigida; emerge de una actuación que se niega a estabilizar su propio significado.
Hay también un trabajo físico muy específico. Dyrholm alterna entre ocupaciones muy intensas del espacio —donde su presencia parece dominar el encuadre— y momentos de repliegue casi abrupto, como si el cuerpo dejara de responder a una lógica coherente de continuidad. Esa oscilación produce una sensación constante de imprevisibilidad, que afecta directamente a la lectura de las escenas.
En relación con la herencia del cine escandinavo, este tipo de construcción no es completamente ajeno. El legado del Dogme 95 ya planteaba la idea de reducir mediaciones y exponer la fragilidad de lo social en su forma más directa. Aunque The Guest no se adscribe formalmente a esos principios, sí conserva su espíritu en la forma en que evita suavizar la incomodidad.
La diferencia es que aquí la incomodidad no depende únicamente de la situación, sino de la persona que la atraviesa. Y en ese sentido, el personaje interpretado por Dyrholm no funciona solo como catalizador del conflicto, sino como agente de redefinición del propio marco narrativo.
Incluso las escenas más aparentemente cotidianas —una conversación banal, un intercambio doméstico, una espera— se ven alteradas por su presencia. No porque ocurra algo extraordinario, sino porque la lógica interna de la escena deja de ser estable. El resultado es un estado de tensión sostenida que no busca resolución inmediata.
Es en este punto donde su interpretación adquiere una dimensión casi estructural dentro del film. No se limita a representar un tipo de personaje: introduce una forma distinta de organizar la realidad cinematográfica. La película, en cierto modo, se adapta a ella.
Y esto es lo que acaba definiendo la experiencia de The Guest: un equilibrio inestable entre un dispositivo formal muy consciente de la tradición escandinava de la incomodidad —desde The Square hasta la estela del Dogme 95— y una interpretación central que desborda cualquier intento de encaje.
En última instancia, Trine Dyrholm no solo interpreta un personaje dentro de la película. Su trabajo redefine el tipo de película que estamos viendo en cada escena.
* David Sánchez es un periodista franco español afincado en Toulouse, centrado especialmente en cine iberoamericano, miembro de la crítica internacional Fipresci. Sitio: https://www.tegustamuchoelcine.com.
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Bajo las murallas de Carcasona, Ludovico Einaudi convierte el silencio en un acontecimiento
El compositor italiano inaugura el mes de julio en el Festival de Carcassonne con un concierto agotado en el Théâtre Jean-Deschamps, donde el minimalismo encontró un escenario tan monumental como íntimo.
- Por David Sánchez, desde Carcasona (Francia), X: @tegustamuchoelc (*).
Hay conciertos que dependen del espectáculo. Otros, del repertorio. Y unos pocos consiguen algo más difícil: que miles de personas permanezcan en un silencio absoluto. Eso ocurrió este miércoles en el Théâtre Jean-Deschamps, el auditorio al aire libre encajado entre las murallas de la ciudad medieval de Carcasona, donde Ludovico Einaudi ofreció uno de los recitales más esperados del Festival de Carcassonne.
El cartel de “completo” llevaba semanas colgado. A las 21.45 horas, con unos quince minutos de retraso sobre el horario previsto, el pianista italiano apareció sobre un escenario desnudo, acompañado por su conjunto habitual. No necesitó grandes artificios para captar la atención de un público entregado desde la primera nota. Bastó un piano, una iluminación cuidadosamente diseñada y un repertorio construido a partir de esa mezcla tan reconocible de repetición, emoción contenida y melodías que parecen suspendidas en el tiempo.
No es casual que Einaudi sea hoy uno de los compositores vivos más escuchados del planeta. Con más de dos décadas de carrera internacional, miles de millones de reproducciones en plataformas digitales y teatros agotados en Europa, América y Asia, el músico turinés ha conseguido algo excepcional: sacar la música instrumental del circuito estrictamente clásico para convertirla en un fenómeno de masas. Su obra ha llegado a millones de personas gracias al cine y la televisión. Sus composiciones forman parte de bandas sonoras de películas como Intocable (2011), el éxito francés que dio la vuelta al mundo; Nomadland, de Chloé Zhao, ganadora del Óscar a la mejor película; The Father, protagonizada por Anthony Hopkins; This Is England, de Shane Meadows; o Insidious, entre otras producciones. A ello se suman numerosos documentales, anuncios y series que han convertido piezas como Nuvole Bianche, Experience o Una Mattina en auténticos himnos contemporáneos.
El concierto formaba parte de la gira internacional de The Summer Portraits, el álbum publicado en 2025 con el que Einaudi continúa explorando ese territorio donde la música clásica dialoga con el cine, el pop ambiental y la electrónica más sutil. Tras Carcasona, el músico continuará una gira que recorrerá Francia, Bélgica, Países Bajos, Alemania, Reino Unido y Norteamérica, consolidando una presencia internacional que pocos compositores europeos contemporáneos pueden igualar.
La estructura del recital fue sencilla y eficaz. Tras un primer bloque con toda la formación, Einaudi permaneció solo al piano durante varias piezas, en algunos de los momentos más intensos de la noche. Más adelante volvió a reunirse con el resto del conjunto para desarrollar un tramo final de creciente intensidad emocional.
El repertorio alternó composiciones recientes con algunas de las obras que han convertido al italiano en uno de los compositores vivos más populares del mundo. I Giorni, Una Mattina, Nuvole Bianche, Experience o Run aparecieron entre un programa que el público recibió casi como si se tratara de un repertorio de canciones populares, pese a tratarse de música instrumental.
Uno de los aspectos más cuidados de la velada fue la iluminación. Lejos de buscar un despliegue tecnológico, el diseño acompañó el carácter hipnótico de la música mediante cambios muy precisos. En un momento concreto, el escenario se tiñó completamente de rojo, generando una atmósfera envolvente que transformó el espacio. Más adelante, aparecieron sobre el escenario círculos y puntos creados con focos, como pequeñas luces suspendidas en la penumbra, evocando un mar de velas. No se trataba de un único efecto, sino de distintas propuestas visuales que dialogaban con la música sin imponerse a ella. La luz nunca competía con la música; la respiraba.
También destacó la complicidad entre los músicos. Dos de los solistas, especialmente el violinista y el violonchelista, recibieron las mayores ovaciones cuando Einaudi fue presentando uno por uno a los integrantes del grupo. En ese momento, el compositor convirtió al público en parte del espectáculo, invitándolo a marcar distintos ritmos con las palmas mientras cada músico recibía su reconocimiento.
Entre los momentos más emotivos de la noche destacó la participación de un joven guitarrista y teclista del conjunto: Leo Einaudi, el hijo de Ludovico, que lo acompaña en esta gira y que compartió protagonismo con Einaudi en una de las piezas más delicadas del recital, reforzando el carácter íntimo y casi familiar que impregnó buena parte del concierto.
Tras abandonar el escenario, regresó para ofrecer un último bis, recibido con el público ya completamente en pie.
Un festival de referencia bajo una fortaleza única
La elección de Carcasona no es casual. Desde hace más de setenta años, el Festival de Carcassonne, nacido en 1957, se ha consolidado como una de las grandes citas culturales del verano francés. Cada mes de julio, la ciudad recibe a decenas de miles de espectadores con una programación que combina música, teatro, danza, ópera, humor y espectáculos familiares.
Por sus escenarios han pasado algunas de las figuras más importantes de la música internacional: Elton John, Sting, Deep Purple, Santana, Bob Dylan, Leonard Cohen, Joe Cocker, Norah Jones, Lang Lang, Robbie Williams, Texas, Simple Minds o Zaz, además de los principales artistas franceses de las últimas décadas. Esa combinación de grandes nombres internacionales con una programación muy diversa ha convertido el festival en uno de los acontecimientos culturales más prestigiosos del sur de Francia.
Pero el verdadero protagonista sigue siendo el escenario. El Théâtre Jean-Deschamps se encuentra en el interior de la Cité de Carcassonne, declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1997. Sus casi tres kilómetros de murallas y sus 52 torres conforman uno de los conjuntos medievales mejor conservados del mundo y uno de los monumentos más visitados de Francia, con más de cuatro millones de visitantes al año.
La ciudad ha servido de inspiración para novelas, videojuegos y producciones audiovisuales gracias a una imagen que parece detenida en el tiempo. Sus murallas han acogido rodajes de películas como Robin Hood: Prince of Thieves y diversas producciones históricas, mientras que su silueta ha inspirado escenarios de ficción medieval y fantástica. Caminar por sus calles empedradas al caer la tarde supone hacerlo por uno de los conjuntos monumentales más espectaculares de Europa.
Quizá por eso la propuesta de Einaudi encontró aquí un marco difícilmente mejorable. Su música siempre ha evitado el exceso. No busca el virtuosismo como exhibición, sino como vehículo para la emoción. En un tiempo en el que muchos conciertos compiten por ofrecer más pantallas, más efectos y más volumen, el compositor italiano continúa defendiendo justamente lo contrario: que unas pocas notas bien colocadas todavía pueden mantener a miles de personas completamente inmóviles.
Y bajo el cielo abierto de Carcasona, entre murallas que llevan más de ocho siglos observando la historia pasar, ese silencio terminó siendo el verdadero protagonista de la noche.
* David Sánchez es un periodista franco español afincado en Toulouse, centrado especialmente en cine iberoamericano, miembro de la crítica internacional Fipresci. Sitio: https://www.tegustamuchoelcine.com.