- Por David Sánchez, desde Venecia (Italia), X: @tegustamuchoelc (*).
La 82.ª edición del Festival Internacional de Cine de Venecia se celebró del 27 de agosto al 6 de septiembre de 2025 en el Lido. Punto de arranque de la temporada de premios, la Mostra combina grandes nombres consagrados con miradas arriesgadas en secciones paralelas, siendo un escaparate privilegiado para descubrir tanto a autores ya establecidos como a nuevas voces que marcan tendencia. En este contexto se presenta “Otec” (Father), una de las películas más impactantes y comentadas de la edición.
Dirigida por la eslovaca Tereza Nvotová junto con Dušan Budzak, la cinta es una coproducción entre Eslovaquia, República Checa y Polonia que parte de un hecho devastador: un padre amoroso, por un lapsus de memoria, deja a su bebé en el coche con consecuencias irreversibles. Este punto de partida brutal, inspirado en lo que se conoce como “forgotten baby syndrome”, establece de inmediato un tono de cercanía y realismo que convierte la experiencia en algo casi insoportable de mirar, pero imposible de apartar. Desde los primeros minutos sabemos que algo terrible va a suceder y, sin embargo, el modo en que ocurre resulta tan cercano, tan plausible y carente de efectismos, que el espectador se lo cree todo, hasta el último detalle.
La dirección de Nvotová destaca por su sobriedad. No hay alardes de virtuosismo gratuitos ni planos secuencia eternos destinados a demostrar destreza técnica. Al contrario, cada corte está medido con precisión para mantener la tensión y dinamizar el relato. Cuando la cámara se queda en los rostros, lo hace con intención: los primeros planos son de una potencia arrolladora, porque nos introducen en la interioridad de los personajes sin escapatoria. Y cuando corta, lo hace en el momento exacto en que la emoción ya se ha depositado, evitando cualquier subrayado innecesario. Esa economía de recursos se traduce en una puesta en escena que transmite autenticidad y, al mismo tiempo, una tensión que no decae nunca.
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Gran parte del poder de la película descansa en las interpretaciones. Milan Ondrík, uno de los actores más sólidos del cine eslovaco, encarna al padre con una fuerza desgarradora. Cada gesto, cada mirada perdida, cada respiración contenida nos transmite la culpa y la devastación interna de un hombre que jamás quiso dañar, pero cuya vida queda rota para siempre por un instante de descuido. Su interpretación es tan intensa que convierte la pantalla en un espejo emocional del espectador: sufrimos a la par que él, sentimos su incredulidad cuando comprende lo que ha ocurrido y compartimos la imposibilidad de redención. A su lado, Dominika Morávková compone un retrato igual de humano y creíble. Su personaje, la madre, no es una simple figura secundaria, sino un polo emocional que acompaña, acusa, duda y evoluciona. El arco de su relación con el protagonista, desde la frialdad inicial hasta una forma posible de reconstrucción, es uno de los logros más sutiles y conmovedores del film. Ambos actores, juntos, sostienen la película con una naturalidad que borra la frontera entre ficción y vida.
El guion funciona como un mecanismo de relojería emocional. El espectador no dispone de todos los datos desde el inicio, y esa falta de información provoca que juzguemos erróneamente ciertas situaciones, como ocurre con una llamada telefónica que abre múltiples interpretaciones. Esa ambigüedad inicial cobra sentido en el juicio, cuando comprendemos hasta qué punto nuestras percepciones estaban condicionadas por prejuicios. El momento en que el protagonista entiende lo ocurrido coincide con el mismo instante en que lo entiende el espectador: esa simultaneidad produce un golpe narrativo que engancha sin concesiones. Es un cine que no se distancia ni estetiza el drama, sino que nos coloca en el mismo lugar del personaje, replicando su desconcierto y su dolor.
El ritmo narrativo acompaña esta construcción con una continuidad lógica que nunca se quiebra. No hay escenas inverosímiles ni giros forzados. Todo responde a la lógica interna del relato y de los personajes, y precisamente esa coherencia es lo que hace que la experiencia resulte tan brutal. La película es, de principio a fin, un descenso emocional en el que nos sentimos atrapados, sin margen para la evasión, porque lo que vemos es verosímil en cada segundo.
El desenlace, en cambio, es el único punto donde puede surgir la duda. Nvotová opta por un final abierto, extraño, que no explica demasiado. Puede resultar desconcertante para quienes busquen una resolución clara, pero también es una forma de transmitir que la vida, después de todo, no ofrece respuestas cerradas. Lo que queda es una metáfora: la existencia como una montaña rusa de bajadas dolorosas y subidas posibles, en las que la compañía de alguien —una pareja, un aliado— puede marcar la diferencia. El cierre no da certezas, pero sí sugiere que tras la devastación aún puede haber un mínimo resquicio de acompañamiento, y que no siempre los más cercanos o supuestamente leales son quienes permanecen.
En conjunto, Otec (Father) es un logro cinematográfico que conmueve y sacude. La precisión en la dirección, la contención narrativa, el equilibrio en el montaje y la entrega absoluta de Ondrík y Morávková convierten esta película en una experiencia emocional tan desgarradora como necesaria. Desde el minuto uno hasta el último plano, el espectador está dentro, incapaz de apartarse. Pocas veces un cine tan austero logra ser tan devastador, y ahí radica la verdadera maestría de Nvotová: en mostrarnos que el dolor más grande no necesita artificios, solo humanidad y un espejo lo bastante claro para reconocernos en él.
* David Sánchez es un periodista franco español afincado en Toulouse, centrado especialmente en cine iberoamericano, miembro de la crítica internacional Fipresci. Sitio: https://www.tegustamuchoelcine.com.

