La cantante y actriz brasileña Preta Gil, hija de la leyenda musical Gilberto Gil, falleció este domingo a los 50 años luego de luchar contra un cáncer, informó su padre. “Con tristeza informamos el fallecimiento de Preta Maria Gadelha Gil Moreira en Nueva York”, anunció Gilberto Gil en la red social X.
En marzo, estando aún en Brasil, Preta dijo que viajaría al exterior en busca de tratamiento para un cáncer del que no había conseguido curarse en su país. El anuncio vino acompañado de una de sus últimas presentaciones en vivo, transmitida por televisión nacional.
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Preta era una de las cinco hijas de Gilberto Gil, quien tuvo además tres hijos varones. También era sobrina del músico Caetano Veloso. Grabó cuatro álbumes entre 2003 y 2017, actuó en varias telenovelas y presentó programas de televisión en Brasil. Además, fundó en 2017 una agencia de talentos llamada Mynd.
En 2023 le diagnosticaron un cáncer de intestino. Se sometió a una cirugía y a quimioterapia, pero la enfermedad volvió a otras partes de su cuerpo a mediados de 2024. “Ya sea como artista o como empresaria, Preta continuó irradiando la alegría de vivir incluso durante los momentos más difíciles de su tratamiento”, expresó en una nota de pésame el presidente Luiz Inácio Lula da Silva.
Fuente: AFP.
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Viveros plantea oportunidades de integración ante 4.000 empresarios brasileños
El viceministro de Industria, Javier Viveros, estuvo presente en el evento conocido como Conexa 2026, en la ciudad de Florianópolis, Santa Catarina. El alto funcionario expuso ante alrededor de 4.000 empresarios del país vecino las oportunidades de integración con Paraguay.
La actividad reúne a líderes empresariales, representantes institucionales y actores del sector productivo de todo Brasil, con el objetivo de fortalecer el asociativismo, generar oportunidades de negocios e impulsar la conexión entre industrias y cadenas de valor de la región. Se trata de uno de los principales encuentros empresariales del vecino país, de acuerdo a lo informado por el Ministerio de Industria y Comercio (MIC).
Viveros tuvo a su cargo la exposición denominada “Paraguay en ascenso: oportunidades y conexiones para Brasil” y en su intervención destacó la importancia de la integración regional entre Paraguay y el país vecino, especialmente con el estado de Santa Catarina, al que calificó como una región pujante y en constante crecimiento. Indicó que Paraguay apuesta a una política de industrialización basada en el trabajo coordinado entre instituciones y en la integración de la cadena productiva regional.
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“Presentamos a Paraguay ante más de 4.000 empresarios, mostrando las oportunidades de integración que tenemos y cómo podemos desarrollar políticas que integren la cadena productiva entre Paraguay y Santa Catarina para generar más oportunidades tanto para nuestros compatriotas como para las empresas del Brasil”, resaltó.
Afirmó que el Gobierno del Paraguay considera a la industrialización como el camino hacia la prosperidad, el crecimiento económico y el desarrollo del país.
Reuniones
En el marco de su misión comercial, Viveros mantuvo una reunión con la empresa Softplan, del rubro tecnológico. “Durante el encuentro manifestaron su interés en instalarse en Paraguay y avanzar en esquemas de joint venture con empresas maquiladoras de servicios que operan en el país, lo que representa una oportunidad concreta para seguir atrayendo inversión y conocimiento”, indicó el viceministro.
Por otro lado, también fue parte de un encuentro con el gobernador, el prefeito de Florianópolis y más de 50 líderes industriales de Brasil.
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Pedidos de residencia de brasileños se duplicaron en cinco años
Paraguay está en el foco de los brasileños que buscan un lugar para afincarse e invertir, lo que se nota claramente en la cantidad de solicitudes de residencia, temporales como permanentes. Lo mencionado quiere decir que cruzar la frontera ya no solo significa una compra particular en Ciudad del Este o Pedro Juan Caballero, sino un fenómeno demográfico importante y con tendencia a afianzarse.
De acuerdo a los datos oficiales de la Dirección Nacional de Migraciones, los pedidos de residencia en 2020 (año de la pandemia) sumaron 10.039, una cifra de por sí importante. El total fue aumentando hasta llegar a los 23.526 (18.903 temporales y 4.623 permanentes) al cierre de 2025. En el primer trimestre de este año, se registró un total de 9.195 pedidos.
Los números fueron dados a conocer en un extenso reportaje realizado por la cadena BBC, que constató que los brasileños que ingresan a Paraguay vienen motivados “por sus posturas políticas y la búsqueda de una vida más cómoda y con impuestos más bajos”. En ese sentido se cita que incluso hay influenciadores del país vecino que narran y destacan las bondades de residir en tierra guaraní.
En el texto se menciona que los brasileños se sienten identificados con la posición política del presidente de la República, Santiago Peña, quien arrancó su mandato en agosto de 2023. “El 99 % de los que vienen son de derecha”, dijo Roberta Viegas, oriunda de Río de Janeiro, al medio citado; ella lleva un año viviendo en Paraguay.
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Impuestos bajos
Sobre las razones por las cuales vienen a instalarse a nivel local, la respuesta apunta directamente a la menor presión tributaria del fisco paraguayo frente a las elevadas tasas impuestas en Brasil.
Como se sabe, el Impuesto al Valor Agregado (IVA), el Impuesto a la Renta Empresarial (IRE) y el Impuesto a la Renta Personal (IRP) gravan el 10 %, mientras que en el país vecino el IVA se estima que supere el 25 % en 2033, mientras que por la renta (utilidades) se paga entre el 7,5 % y 27,5%.
También se apunta el régimen de maquila como uno de los factores que juega un papel importante en el fenómeno migratorio, considerando que bajo ese mecanismo legal se puede importar materias primas con beneficios, agregarle valor a nivel local y volver a exportar nuevamente con exenciones.
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Cannes 2026: crítica del film “L’Espèce explosive”
- Por David Sánchez, desde Cannes (Francia), X: @tegustamuchoelc (*).
“L’Espèce explosive”, presentada en la Quinzaine des Cinéastes 2026 del Festival de Cannes, fue proyectada dentro de la sección paralela organizada por la SRF (Société des Réalisateurs de Films), concretamente en el Théâtre Croisette y en varias salas satélite de Cannes como Les Arcades, Le Raimu y Studio 13. La película de Sarah Arnold, formada en la ENSAV de Toulouse, llegó al festival como uno de los “polars rurales” franceses más comentados de la selección y, viendo el resultado, se entiende por qué.
No porque sea una obra maestra ni porque revolucione el cine social francés, sino porque entiende algo fundamental: la miseria contemporánea entra mejor cuando se mezcla con humor absurdo. Y ahí es donde L’Espèce explosive encuentra su personalidad.
La premisa parece salida de un cruce imposible entre el thriller rural francés, el cine social de provincias y una comedia alcohólica medio desesperada. En el noreste de Francia, los jabalíes destruyen los cultivos y la tensión entre agricultores, cazadores y élites locales termina explotando. Brun, un agricultor arruinado interpretado por Jean-Louis Coulloc’h, desaparece después de quebrarse psicológicamente ante la presión económica y social. Un año más tarde aparece Fulda, un gendarme corso sancionado y trasladado disciplinariamente, encargado de investigar el caso mientras se hunde lentamente entre vodka, depresión y ataques de intuición brillante.
La directora Sarah Arnold, que venía del cortometraje y de festivales como Locarno o Clermont-Ferrand, construye aquí un primer largometraje bastante sólido a nivel atmosférico. La fotografía de Noé Bach convierte el paisaje rural francés en algo húmedo, decadente y casi apocalíptico. No hay romanticismo campesino. Hay barro, campos destruidos, pueblos que parecen detenidos en el tiempo y personajes agotados por un sistema económico que ya no les pertenece.
Pero lo que realmente sostiene la película es Alexis Manenti.
Y aquí está lo curioso: Alexis Manenti lleva años interpretando personajes que parecen vivir permanentemente al borde de una explosión nerviosa. Desde Les Misérables hasta muchos thrillers franceses recientes, siempre transmite esa intensidad seca, casi incómoda, como si algo terrible pudiera pasar en cualquier momento. Lo interesante de L’Espèce explosive es que el guion decide convertir esa percepción del actor en parte del propio personaje. Los demás policías hablan constantemente de Fulda como alguien excesivo, demasiado intenso, demasiado inestable. La película es plenamente consciente de la imagen pública cinematográfica de Manenti y juega con ella.
Además, el hecho de que Fulda sea corso introduce un humor bastante bruto, pero muy eficaz. Hay bromas recurrentes sobre Córcega, sobre explosivos y sobre la idea medio caricaturesca de que si algún día la comisaría vuela por los aires ya saben quién será el culpable. Es un humor muy francés, bastante incorrecto políticamente, apoyado en el viejo imaginario de los corsos como figuras cercanas al crimen organizado, al separatismo o directamente a la violencia explosiva. Y funciona porque la película nunca convierte el chiste en una simple burla; lo utiliza para reforzar la sensación de que Fulda siempre será visto como un elemento extraño dentro de la institución.
Lo complicado del trabajo de Manenti es el equilibrio tonal. Tiene que ser un policía creíble, un hombre emocionalmente roto, un personaje algo ridículo, un tipo raro y, además, generar empatía. Y eso es muy difícil. Porque si fuerzas demasiado la excentricidad, el personaje se vuelve caricaturesco; si lo haces demasiado seco, la película pierde toda la comicidad. Manenti encuentra un punto intermedio muy inteligente. Nunca parece actuar “para la cámara”. La locura del personaje aparece en detalles pequeños: silencios incómodos, miradas fuera de lugar, reacciones mínimas con sus compañeros de la gendarmería, formas de caminar o de quedarse quieto.
Eso hace que Fulda no parezca un loco cinematográfico exagerado, sino un hombre ligeramente roto por dentro.
Y probablemente ahí está el motivo por el que se come completamente la película. Cuando él desaparece de escena, el film pierde tensión y personalidad. No es una interpretación grandilocuente ni diseñada para clips de premios, pero sí una actuación extremadamente difícil de construir. Y sinceramente parece muy posible que pueda entrar en la conversación de los César du Cinéma. No porque haga algo espectacular, sino porque consigue algo mucho más complejo: parecer natural dentro de un personaje completamente inestable.
A su alrededor, Ella Rumpf aporta bastante humanidad como Stéphane, la psicóloga de la gendarmería. Su relación con Fulda evita caer en el cliché romántico típico y funciona mejor cuando ambos personajes parecen igual de perdidos. Vincent Dedienne añade una comicidad seca bastante efectiva y Jean-Louis Coulloc’h aporta todo el peso trágico relacionado con el hundimiento económico rural.
Porque, en el fondo, la película habla sobre eso: la pelea del de abajo contra el de arriba.
No solamente la oposición entre el pueblo y las élites parisinas que llegan a cazar como si el territorio rural fuera un parque temático para ricos. También dentro de las propias instituciones aparece esa lucha vertical constante. Fulda es un personaje minúsculo enfrentándose continuamente a estructuras mucho más grandes que él: superiores policiales, políticos locales, empresarios, notables regionales. La película retrata bastante bien esa sensación contemporánea de impotencia social donde parece que el dinero y el poder aplastan cualquier posibilidad de resistencia.
Y aquí es donde inevitablemente aparece la comparación con La Loi du marché de Stéphane Brizé. Ambas películas comparten esa idea de la violencia económica ejercida desde arriba sobre individuos normales. Pero donde Brizé optaba por un hiperrealismo casi ascético, extremadamente serio y deliberadamente incómodo, Sarah Arnold introduce humor absurdo, thriller policiaco y personajes grotescos. Y sinceramente se agradece.
Porque L’Espèce explosive podría haber sido muy pedante. Tenía todos los ingredientes para convertirse en otro drama social francés de gente sufriendo durante hora y media bajo cielos grises. Sin embargo, el humor idiota —los comentarios sobre los corsos, los policías inútiles, el absurdo de investigar jabalíes gigantes como si Fulda fuera un Sherlock Holmes rural y alcohólico— permite que el espectador respire.
Eso no significa que la película esté completamente equilibrada. Hay problemas claros. El simbolismo de los jabalíes termina siendo demasiado insistente. Algunos secundarios desaparecen sin desarrollo. Y el último tercio parece no decidirse entre thriller, sátira política o drama social. Visualmente tampoco hay una personalidad formal especialmente innovadora: cámara nerviosa, tonos apagados, realismo sucio. Todo correcto, pero pocas imágenes permanecen realmente en la memoria.
Sin embargo, la película funciona porque entiende muy bien su mezcla de tonos. Y porque Alexis Manenti sostiene todo el edificio con una interpretación extremadamente complicada que nunca parece esforzada.
Uno de los elementos más importantes sea la música de la compositora uruguaya Florencia Di Concilio, que aporta una mezcla muy interesante entre tensión contenida y melancolía extraña. Su trabajo evita que la película caiga en el miserabilismo absoluto y acompaña muy bien ese tono híbrido entre thriller, sátira y drama social. Di Concilio ya había demostrado una enorme sensibilidad atmosférica en trabajos anteriores como Calamity, y aquí vuelve a construir una música que no subraya emocionalmente las escenas de manera obvia, sino que parece contaminar lentamente el ambiente.
No es cine revolucionario. No es una obra maestra del polar francés. Pero sí una película inteligente dentro de su modestia, capaz de hablar de desigualdad, corrupción y rabia social sin convertirse en una conferencia deprimente sobre la lucha de clases. Y hoy eso, dentro del cine social europeo, ya es bastante raro.
* David Sánchez es un periodista franco español afincado en Toulouse, centrado especialmente en cine iberoamericano, miembro de la crítica internacional Fipresci. Sitio: https://www.tegustamuchoelcine.com.
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Cannes 2026: crítica del film “Blaise”
- Por David Sánchez, desde Cannes (Francia), X: @tegustamuchoelc (*).
Estamos en el Festival de Cannes 2026 (13–24 de mayo). En ese marco, y dentro de una sección paralela históricamente periférica como la ACID, aparece una de esas anomalías que justifican por sí solas la existencia de un festival: Blaise, de Dimitri Planchon y Jean-Paul Guigue. Conviene empezar sin rodeos: es una sorpresa y, más aún, una pequeña joya. Y lo es precisamente donde menos se espera. No suelo detenerme en títulos de ACID —una sección asociada a propuestas formales radicales, a menudo irregulares o deliberadamente herméticas—, pero esta película constituye una excepción en todos los sentidos. Es rara, sí, pero rara de las buenas.
Desde su planteamiento, Blaise se articula como una comedia ácida que opera en varios niveles. En superficie, el retrato de la familia Sauvage: Carole intenta recomponer su imagen ante sus empleados; Jacques hace lo propio en su entorno social; y Blaise, su hijo, se deja arrastrar por una joven hacia una cruzada revolucionaria tan educada como improvisada. Bajo ese esquema, la película construye una sátira precisa sobre clases sociales, necesidad de reconocimiento y, sobre todo, la performatividad del compromiso político.
Aquí aparece uno de los núcleos más interesantes del film: la manifestación como gesto de imagen. No se trata tanto de transformar la realidad como de ser visto formando parte de algo. Blaise lo expone con claridad: participar “porque queda bien”, porque posiciona, porque otorga una identidad. La política como superficie.
En ese punto, la película introduce una idea que resulta particularmente actual y que conviene subrayar de forma explícita. Las acciones que vemos en las manifestaciones —lanzar botellas, provocar a la policía, incluso el uso de artefactos más extremos— no producen ningún efecto real sobre la causa que supuestamente defienden. El resultado es nulo. No cambian nada. No mejoran nada. Funcionan, más bien, como gestos simbólicos dirigidos a la propia imagen del participante.
Es aquí donde la película permite una analogía directa con fenómenos contemporáneos muy visibles, como las llamadas flotillas hacia zonas de conflicto, concebidas en muchos casos más como actos de exposición mediática que como intervenciones efectivas. Del mismo modo que en la película tirar una botella o una granada no altera el curso de los acontecimientos, estas acciones tampoco tienen capacidad real de modificar la situación sobre el terreno. Su lógica es otra: es personal, ser vistas, construir una posición moral visible, ser cool, estar en la onda.
Blaise no lo formula de manera discursiva, pero lo muestra con bastante precisión. La acción sin efecto se convierte en identidad. El gesto sustituye al resultado. Y, en ese desplazamiento, aparece una crítica clara a una forma de activismo contemporáneo donde la visibilidad importa más que la eficacia. En ese sentido, la película dialoga con realidades muy actuales, reconocibles casi a diario en el espacio mediático.
El arco de Blaise refuerza esta lectura. Su implicación no nace de una convicción profunda, sino de una necesidad de pertenencia y de reconocimiento. La influencia de la joven —procedente de un entorno privilegiado— introduce otro matiz: la radicalidad como experiencia, casi como consumo simbólico. La violencia se convierte en un signo externo de compromiso. Los golpes recibidos funcionan como credenciales. Quien no los tiene, como el propio Blaise, queda en una posición ambigua.
El tono es uno de los grandes aciertos del film. Planchon y Guigue combinan un humor que remite al absurdo estructurado de los Monty Python con una agresividad más contemporánea cercana a South Park. No es una referencia superficial: en muchos momentos, Blaise podría leerse como un episodio extendido de esa serie, trasladado al contexto francés. El humor es constante, a menudo excesivo, y se apoya en una deformación deliberada de personajes y situaciones.
Esa deformación encuentra su correlato en la propuesta técnica, probablemente el rasgo más distintivo de la película. No estamos ante animación convencional ni ante imagen real. Se trata de una animación 3D estilizada con vocación caricatural situada en el uncanny valley. Los rostros presentan una textura casi realista —piel, volumen, iluminación— pero están ligeramente alterados en proporciones y rasgos, generando una sensación de extrañeza constante.
A esto se suma una animación corporal rígida, poco fluida, que rompe con cualquier intención naturalista. Lejos de ser una limitación, esta rigidez refuerza el discurso: los cuerpos parecen artificiales porque lo que representan también lo es. La expresividad se concentra en los rostros —labios, ojos—, mientras el conjunto mantiene una ligera sensación de collage digital, como si las piezas no terminaran de encajar del todo. El resultado es una caricatura hiperrealista incómoda, coherente con el tono satírico del film.
Es cierto que esta propuesta exige un breve periodo de adaptación. Los primeros minutos pueden resultar desconcertantes. Pero una vez asumido el código visual, la película encuentra su ritmo y su lógica interna funciona con precisión.
En paralelo, el film despliega varias subtramas —laborales, familiares, educativas— que amplían su alcance. No todas tienen el mismo peso, y en ocasiones la acumulación roza el exceso, pero esa misma desmesura forma parte de su identidad.
Dentro del Festival de Cannes, su presencia en la sección ACID (Association du Cinéma Indépendant pour sa Diffusion) resulta coherente. ACID promueve cine independiente seleccionado por cineastas, con especial atención a obras arriesgadas. En ese contexto, Blaise destaca porque logra algo poco habitual: mantener una propuesta formal singular sin perder capacidad de conexión.
Sobre sus directores, Planchon y Guigue han trabajado previamente en formatos cortos y en animación experimental. Blaise consolida esa línea: más ambiciosa, más estructurada y más accesible, sin renunciar a su carácter híbrido.
En conjunto, Blaise es una anomalía valiosa. Una comedia feroz que utiliza el exceso como herramienta crítica y una estética incómoda como vehículo de sentido. Pero, sobre todo, es una película que captura con bastante precisión una deriva contemporánea: la sustitución de la eficacia por la visibilidad, del resultado por el gesto. En ese espejo, no siempre cómodo, es donde la película encuentra su mayor interés.
* David Sánchez es un periodista franco español afincado en Toulouse, centrado especialmente en cine iberoamericano, miembro de la crítica internacional Fipresci. Sitio: https://www.tegustamuchoelcine.com.