Aunque la orquesta ocupa la platea, el público quedó relegado a los balcones y el entreacto fue suprimido, la Ópera de Sofía permanece abierta, siendo una de las pocas instituciones culturales de Europa que mantiene las actuaciones en plena pandemia.

Desde Tosca hasta La Traviata, la majestuosa sala ofrece a los habitantes de la capital búlgara un programa surtido, lejos del silencio imperante en Viena, París o Milán.

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“Tengo sed de música. Entonces ¿por qué habría de pensar en el riesgo? No es mayor aquí que en las tiendas o en el metro”, asegura Petya Petkova, una elegante jubilada acompañada de su hija.

A pesar de que se le toma la temperatura a la entrada y se aplican los gestos de precaución, el ambiente es festivo: ramos de flores artificiales separan a los espectadores en los asientos púrpuras que quedan vacíos.

Después del confinamiento de la primavera de 2020, Bulgaria, que aplica pocas restricciones a pesar de una mortalidad alta, reabrió los lugares culturales limitando la capacidad al 30%. Tocar y cantar frente a un puñado de espectadores “es mejor que hacerlo solo en una sala desierta”, comenta el director de la Ópera, Plamen Kartaloff.

‘Desafío acústico’

Después de la frialdad de las actuaciones virtuales, la soprano Stanislava Momekova está impaciente por volverse a subir al escenario. “Necesito ponerme en la piel de un personaje, compartir mis emociones con el público”, exclama la intérprete de Violeta.

“Y las ganas de interpretar son más fuertes que el miedo”, afirma la artista de 36 años. Y eso que la muerte del tenor Kamen Chanev, contagiado por coronavirus en noviembre después de haber interpretado en el sur de Bulgaria Otelo, “el papel de sus sueños”, ha conmovido a todo el país.

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Para el director de orquesta estadounidense Evan-Alexis Christ, que vino de Alemania, donde “todo ha sido cancelado”, cumplir con las restricciones sanitarias supone un “desafío acústico”, pero se siente feliz de poder superarlo.

Los músicos salieron del foso para ganar más espacio. Están más lejos del escenario, pero más cerca del público y por eso tienen que “tocar más suavemente” para no enmascarar la voz de los cantantes, explica Evan-Alexis Christ.

Y eso sin perder de vista la distancia que deben respetar los miembros de la orquesta entre ellos como medida de seguridad. Es un “éxito”, “todos son muy disciplinados”, afirma el maestro estadounidense, convencido de que sus colegas lo envidian en todo el mundo.

Público más joven

“Es uno de los únicos teatros de ópera de Europa” abiertos, junto con el de Madrid, dice. “Esto demuestra que es posible hacer representaciones en estos tiempos difíciles”.

“Tengo la sensación de que la gente tiene sed de música”, afirma Christ, quien espera ayudar a los 250 melómanos de la sala, como un remedio para la “depresión” que acecha a la sociedad.

En el verano de 2020, la Ópera de Sofía propuso una oferta ingeniosa fuera del teatro, con El lago de los cisnes en un pontón, óperas frente a una fortaleza romana, en la oscuridad de una gruta o en un plató de cine. Desde entonces, los espectáculos no han parado pese a una segunda ola en noviembre y una tercera que amenaza.

En enero, los conciertos se adaptaron a los bebés -música más baja, se toleraron los lloros- y se prohibieron las comedias musicales a los adultos “que no estuvieran acompañados de niños”, bromea el director.

La pandemia brindó la oportunidad de atraer a un público nuevo, como el estudiante Martin Damyanov, que se puso traje y la corbata para ver La Traviata, “siguiendo el consejo de sus padres”.

Fuente: AFP.

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