Venecia, Italia | AFP |por Angus MACKINNON.
Medio siglo después de que ambos participaran juntos en una película, las leyendas del cine Jane Fonda y Robert Redford vuelven a reunirse en una conmovedora historia de amor, soledad y compañerismo en el crepúsculo de la vida.
"Our Souls at Night" (nuestras almas en la noche) tuvo este viernes su estreno mundial en el Festival de cine de Venecia, donde las dos veteranas estrellas serán homenajeadas por sus carreras, dos de las más largas y exitosas del cine de Estados Unidos.
Basada en una novela de Kent Haruf, esta producción de Netflix está dirigida por el director indio Ritesh Batra.
Fonda y Redford interpretan a los personajes Addie Moore y Louis Waters, un par de jubilados, ambos viudos y vecinos, que viven una apacible vida en una pequeña localidad de Colorado.
Ambos se conocen de vista desde hace años, aunque realmente nunca llegaran a intimar.
Todo cambia cuando, a propuesta de Addie, deciden cada noche compartir cama, pero para sentirse acompañados y conversar, con el objetivo de luchar contra el insomnio que sufre la mujer, y aliviar además la soledad que ambos sienten.
A medida que la amistad crece y se desarrolla, las conversaciones nocturnas empiezan a ser más serias y más profundas. Addie y Louis comparten secretos sobre lo que fueron sus respectivos matrimonios, así como las relaciones que los dos mantienen con sus respectivos hijos, ya mayores.
Tercera película
Se trata de la tercera película de Batra, después de "A Sense of an Ending" (2016) y la conocida "Lunchbox" (Amor a la carta, 2013).
El director, de 38 años, nació el mismo año en que Redford, ahora de 81 años, y Fonda, de 79, actuaron juntos por última vez, en 1979 en la cinta de Sydney Pollack, el western "The Electric Horseman", (El jinete eléctrico).
Antes, las dos leyendas del cine habían compartido escenario al interpretar en 1966 a una joven pareja en "The Chase" y, el año siguiente, en la película "Barefoot in the Park." (Descalzos en el parque).
La 74ª edición del Festival de Venecia se inauguró el miércoles con un desfile de estrellas y leyendas del cine, encabezadas por los propios Fonda y Redford, quienes recibirán el León de Oro por toda su carrera.
Esta edición del Festival contará además con otras estrellas como Matt Damon, Ethan Hawke, George Clooney, Javier Bardem, Penélope Cruz, Michelle Pfeiffer, Helen Mirren, Julianne Moore o Frances McDormand.
En total 21 filmes, todos estrenos mundiales, compiten por el León de Oro, entre ellos cinco estadounidenses, cuatro italianos, dos británicos, tres franceses, un mexicano, un australiano, un israelí, un libanés, un japonés y dos chinos.
Dejanos tu comentario
“No Paradise If You Are Killed by a Woman”: una realidad demasiado parecida a Rambo
- Por David Sánchez, desde Venecia (Italia), X: @tegustamuchoelc (*).
Hay películas que se desinflan poco a poco, casi sin que uno se dé cuenta. “No Paradise If You Are Killed by a Woman”, de Halkawt Mustafa, presentada en la sección Orizzonti del Festival de Venecia, pertenece a esa categoría: comienza con una energía extraordinaria, con una premisa poderosa y un escenario que parece pedir a gritos una película de acción, pero termina atrapada en sus propias convenciones. Lo que al principio parece un globo a punto de elevarse termina descendiendo lentamente hasta quedarse demasiado cerca del suelo.
La idea de partida es estupenda. Vyan, una francotiradora kurda endurecida por la guerra, regresa a Mosul cuando descubre que su hermana, desaparecida durante el ataque del Estado Islámico de 2014, podría seguir viva. La búsqueda se convierte en misión de rescate y, al mismo tiempo, en viaje hacia un trauma que la protagonista lleva años intentando mantener enterrado. Mustafa conoce bien ese territorio: nació en el Kurdistán iraquí, huyó con su familia a Noruega y antes de dedicarse plenamente al cine trabajó como periodista en zonas de conflicto. La película, además, fue rodada en Mosul, utilizando espacios reales de la ciudad. No estamos, por tanto, ante un director que mira la guerra desde un despacho. Hay experiencia, memoria y una relación personal con aquello que está contando.
Y eso se nota especialmente al principio.
Mustafa entra en materia con una contundencia que engancha. Hay tensión, movimiento, peligro y una protagonista que parece capaz de sobrevivir a cualquier cosa. La película encuentra durante sus primeros compases una combinación muy eficaz entre thriller bélico, drama de supervivencia y relato de búsqueda. Vyan tiene algo de heroína clásica del cine de acción, pero también de mujer marcada por una guerra real que ha dejado cicatrices demasiado profundas.
El problema es que la película no termina de decidir qué quiere hacer con ella.
En otras películas recientes ambientadas en el conflicto contra el Estado Islámico, como Rebel, de Adil El Arbi y Bilall Fallah, o Sisters in Arms, de Caroline Fourest, la mezcla entre acción, aventura y realidad encontraba un equilibrio más hipnótico. Aquí la voluntad de contar una historia sobre personas reales y heridas reales choca continuamente con la necesidad de fabricar espectáculo. Y cuando ambas cosas no encajan, aparece una extraña sensación de impostura.
Vyan acaba pareciendo una especie de Rambo kurda. La comparación no es necesariamente un reproche: Rambo funciona precisamente porque sabemos que estamos ante una fantasía. Es un héroe imposible, una figura casi mitológica que atraviesa guerras, ejércitos y explosiones como si Superman hubiera aterrizado en Vietnam. El espectador acepta las reglas del juego porque la película tampoco pretende vender esa invulnerabilidad como realismo.
Aquí, en cambio, el planteamiento pide otra cosa.
No Paradise If You Are Killed by a Woman quiere hablar de una guerra concreta, de una población concreta y de un trauma histórico reconocible. Por eso, cuando la protagonista parece sobrevivir a situaciones que exigirían una dosis considerable de milagro cinematográfico, la película entra en un territorio cercano al de la fantasmada. Hay momentos que quieren transmitir crudeza y autenticidad y otros que parecen sacados de una película de acción de domingo por la tarde. El contraste resulta desconcertante.
Incluso algunas escenas de combate parecen diseñadas para demostrar que la película sabe hacer acción antes que para hacer avanzar el relato. Mustafa busca constantemente la intensidad: disparos, persecuciones, emboscadas, carreras, cuerpos que caen, desplazamientos por ruinas. Pero la acumulación termina produciendo el efecto contrario. La acción deja de aumentar la tensión y empieza a repetirse.
Y ahí aparece el principal problema de la película: el cansancio.
El espectador entiende demasiado pronto cuál es la dinámica. Vyan avanza, encuentra un obstáculo, combate, sobrevive y continúa buscando. La estructura se convierte en una sucesión de episodios que tienen una función parecida y una intensidad cada vez menos eficaz. El director quiere que cada secuencia sea más trepidante que la anterior, pero el exceso termina anestesiando. Es como escuchar una canción que mantiene el estribillo demasiado tiempo: aquello que inicialmente emocionaba termina perdiendo fuerza.
Lo más paradójico es que la película tiene elementos de sobra para haber sido mucho más interesante. Está la relación entre memoria y violencia, la experiencia de las mujeres kurdas que combatieron al ISIS, la destrucción de Mosul, el trauma de quienes regresan a los lugares donde perdieron a sus seres queridos y la tensión entre supervivencia y venganza. Hay una película mucho más compleja escondida dentro de esta película de acción.
Mustafa parece querer hacerla visible, pero demasiadas veces vuelve a confiar en el espectáculo.
Y es una pena, porque hay autenticidad detrás de las imágenes. El director sabe de qué habla y su experiencia personal y periodística le proporciona una mirada que no es impostada. Pero conocer la realidad no garantiza que una película sepa siempre cómo transformarla en cine. No Paradise If You Are Killed by a Woman tiene momentos en los que esa realidad respira, y otros en los que parece disfrazarse de Top Gun sin poseer su descaro, su ligereza ni su encanto.
Quizá la película necesitaba menos balas y más silencio. Menos demostraciones de que Vyan es capaz de sobrevivir a todo y más interés por saber qué significa para ella haber sobrevivido.
Porque ahí estaba la gran película.
La que comienza con fuerza, promete muchísimo y por momentos incluso consigue atrapar al espectador, pero que poco a poco pierde altura hasta convertirse en un thriller bélico convencional. Mustafa demuestra oficio, conocimiento del terreno y voluntad de hacer una película accesible y contundente. Lo que le falta es encontrar el equilibrio entre la mujer real que inspira a Vyan y la superheroína de acción en la que, progresivamente, acaba convirtiéndola.
El resultado no es un desastre, ni mucho menos. Es algo más frustrante: una película con una gran historia detrás y una buena película dentro que no termina de encontrar la manera de salir.
* David Sánchez es un periodista franco español afincado en Toulouse, centrado especialmente en cine iberoamericano, miembro de la crítica internacional Fipresci. Sitio: https://www.tegustamuchoelcine.com.
Dejanos tu comentario
Venecia 2026: crítica de “Salón de belleza”, una experiencia conceptual
- Por David Sánchez, desde Venecia (Italia), X: @tegustamuchoelc (*).
En “Salón de belleza”, Nathalia Acevedo se acerca al universo de Mario Bellatín desde un lugar poco complaciente y todavía menos comercial. La película, presentada en Venice Giornate degli Autori, propone una experiencia antes que una narración convencional: un salón de belleza convertido en espacio de tránsito, un protagonista que habla desde una voz en off de acento peculiar y una sucesión de imágenes que buscan establecer una relación entre la belleza, la muerte y la marginalidad.
La premisa tiene posibilidades. El protagonista tuvo en otro tiempo un salón de belleza y ahora ese espacio parece transformarse en una suerte de hospital para hombres rechazados por la sociedad, incluidos sicarios y personas vinculadas a la violencia. Entre los recuerdos del antiguo negocio y el presente se cuelan los peces de colores, la enfermedad, la muerte y una sensación constante de que todo está a punto de desaparecer. La película intenta que esos elementos dialoguen entre sí: la belleza de los peces, su fragilidad, la muerte de los animales y la de los hombres.
Es una idea potente, y probablemente la novela Salón de belleza, de Mario Bellatín, encuentra ahí una de sus claves. El problema es que Acevedo parece confiar tanto en la capacidad de sus imágenes para transmitir esa relación que acaba dejando al espectador prácticamente solo ante ellas.
Hay momentos en los que la película encuentra imágenes realmente sugerentes. El agujero de una pared por el que la cámara descubre la playa, por ejemplo, tiene algo extraño y hermoso. También hay otras escenas cotidianas, como el protagonista comprando por la calle, que consiguen crear una atmósfera particular. Acevedo demuestra que sabe mirar y que tiene una sensibilidad visual muy definida. El problema es que una buena imagen no siempre conduce a otra buena imagen, y aquí la película parece avanzar a base de acumulación.
Porque Salón de belleza es, sobre todo, una película de imágenes. Imágenes que aparecen, desaparecen y vuelven a aparecer sin que siempre exista una conexión suficientemente clara entre ellas. Los recuerdos del protagonista, su antiguo salón de belleza, su relación con otros hombres, el presente del hospital improvisado y esa constante presencia de la muerte construyen un universo deliberadamente ambiguo. Pero una cosa es ser ambiguo y otra no ofrecer al espectador ningún punto de apoyo.
La película tampoco busca demasiado la interacción entre personajes.El belga Sam Louwyck sostiene prácticamente todo el peso de la función y se defiende bien en un papel deliberadamente contenido, solitario y enigmático. Hay flashbacks en los que lo vemos en una época aparentemente más feliz, relacionada con su antiguo salón, y también algunos momentos que permiten intuir su homosexualidad y su vida afectiva. Sin embargo, esa dimensión queda más sugerida que desarrollada. El protagonista parece vivir permanentemente aislado, incluso cuando está rodeado de otras personas.
Y ahí aparece otra de las peculiaridades de la película: su condición de objeto cinematográfico difícil de clasificar. No es exactamente un drama, tampoco un relato fantástico en sentido estricto y mucho menos una película narrativa tradicional. Es más bien una pieza conceptual que utiliza los códigos del cine para hablar de la belleza y la muerte sin querer explicar demasiado qué significa cada cosa. Eso puede resultar estimulante para algunos espectadores y tremendamente frustrante para otros.
La película exige, por tanto, cierta predisposición. Conviene saber antes de entrar que no vamos a encontrarnos con una historia que avance de manera clara, con conflictos perfectamente definidos y personajes que expliquen sus motivaciones. Aquí el tiempo se diluye, los recuerdos se mezclan con el presente y las situaciones parecen funcionar como pequeñas piezas de un rompecabezas que nunca termina de completarse.
El problema es que, cuando llegan los créditos, queda la sensación de que el rompecabezas quizá ni siquiera tenía intención de completarse. Salón de belleza plantea muchas ideas, pero pocas terminan de convertirse en algo que el espectador pueda llevarse consigo. Uno entiende lo que la película quiere poner en relación —la belleza y la muerte, la vida y la exclusión, el cuerpo y su desaparición—, pero cuesta encontrar una conclusión, una emoción o incluso una revelación que justifique todo el recorrido.
También es una película que puede resultar aburrida. Y decirlo no tiene por qué ser necesariamente negativo: existen películas que utilizan deliberadamente el aburrimiento, la repetición y la quietud como herramientas. Aquí, sin embargo, la lentitud no siempre parece producir una experiencia especialmente reveladora. Más que hipnotizar, en algunos momentos simplemente deja al espectador esperando a que ocurra algo que quizá nunca llegará.
Acevedo tiene, eso sí, una mirada propia. Hay una voluntad estética evidente y algunas imágenes permanecen en la memoria. Sam Louwyck consigue mantener la película a flote con una presencia contenida y extraña. Pero la película parece más interesada en construir un estado de ánimo que en conseguir que ese estado de ánimo nos diga algo.
Salón de belleza es, en definitiva, una propuesta radicalmente alejada del cine comercial y probablemente funciona mejor si se acepta desde el principio como una experiencia conceptual. Quien busque una historia encontrará poco; quien entre dispuesto a dejarse llevar por las imágenes quizá encuentre algo más. En mi caso, entre peces, salones de belleza, recuerdos y muerte, la película acaba dejando una impresión tan difusa como sus propias imágenes: interesante en sus intenciones, irregular en su ejecución y, sobre todo, difícil de recordar más allá de algunas escenas concretas.
* David Sánchez es un periodista franco español afincado en Toulouse, centrado especialmente en cine iberoamericano, miembro de la crítica internacional Fipresci. Sitio: https://www.tegustamuchoelcine.com.
Dejanos tu comentario
Directora de “Woman unknown” gana el León de Oro en una Mostra de pocas mujeres
La directora danesa May el-Toukhy ganó este sábado el León de Oro de la Mostra de Venecia por “Woman unknown”, un drama histórico sobre una sirvienta marcada por un secreto durante la Segunda Guerra Mundial, en una edición donde sólo dos mujeres optaban al máximo galardón. El filme cuenta la historia de una criada que sobrevivió como pudo a la ocupación nazi de Dinamarca durante la Segunda Guerra Mundial. Tras la guerra, está a punto de casarse con el viudo para quien trabaja, pero un secreto que arrastra pondrá en peligro su futura boda.
La actriz que encarna a esta mujer atormentada por su pasado, la danesa Mathilde Arcel, se llevó el premio a la mejor interpretación femenina. Octava mujer en coronarse en la Mostra, May el-Toukhy dijo al recoger el premio que la película “cuenta la historia de mujeres que son invisibles, que no se ven y que no tienen voz”.
Aunque fue difícil sacar adelante el largometraje, explicó, “lo que me mantuvo en pie fue la necesidad urgente de arrojar luz sobre las mujeres desconocidas de nuestra historia común, para darlas a conocer”. “Esta noche, siento que lo he logrado”. Esta edición fue muy criticada por la reducida presencia de directoras a concurso. Junto a May el-Toukhy, la otra realizadora en liza era la israelí Rachel Szor, quien codirige con Yuval Abraham el documental “NAZA”.
Con esta polémica planeando durante los 10 días del certamen, la presidenta del jurado, la actriz y cineasta estadounidense Maggie Gyllenhaal, preguntada por si este premio era una declaración política, aseguró que era “una película brillantemente hecha” que sintió “como un rayo”. Se dijo “cansada de hablar de este mismo tema una y otra vez”.
Malkovich en Chile
El León de Plata, el segundo en importancia, fue para “Possible love”, con la que el surcoreano Lee Chang-dong volvió al cine con una sutil crítica social con despidos masivos de fondo, ocho años después de “Burning”. El cineasta Ilya Khrzhanovsky, de origen ruso, se llevó el premio a la mejor dirección por el fresco histórico “Dau”, que cuenta tres décadas de brutalidad y totalitarismo en la Unión Soviética, a través de los ojos de Lev Landau, uno de los físicos más grandes del siglo XX.
El galardón al mejor actor masculino fue para el estadounidense John Malkovich --que no estuvo en la ceremonia de premiación-- por su papel de un veterano agente de la CIA en “Wild nine horse”, una comedia negra ambientada en la Isla de Pascua, en Chile, pocos meses antes del golpe de Estado de Augusto Pinochet en 1973.
El documental “NAZA”, realizado por los periodistas israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor, sobre las muertes de civiles palestinos en la Franja de Gaza, se alzó con el premio especial del jurado.
Abraham y Szor, dos de los cuatro autores del oscarizado “No Other Land” (2024), muestran el testimonio de 24 miembros de las fuerzas israelíes que describen cómo llevaban a cabo ataques masivos contra civiles palestinos en Gaza a partir de dispositivos creados con inteligencia artificial.
“Los oficiales de inteligencia israelíes con los que hablamos nos explicaron cómo esta matanza masiva es sistémica”, dijo Abraham al recoger el premio.
“No es por accidente, sino el fruto de una estrategia deliberada. Actos homicidas y políticos basados en la deshumanización total de los palestinos”, añadió, al rendir homenaje a los periodistas palestinos que permitieron documentar y dar a conocer estos hechos. “Más de 200 de ellos fueron asesinados por Israel”, recordó. El documental, proyectado casi al final del festival, sacudió el certamen y recibió 25 minutos de ovación, el récord en la historia de la muestra según la prensa especializada.
Glamur y triunfo del cine latinoamericano
Aunque en esta edición los estudios de Hollywood fueron los grandes ausentes de la Mostra, no faltó el glamur en la alfombra roja. Entre los que brillaron más en el Lido figuran los españoles Javier Bardem y Penélope Cruz, una de las parejas más carismáticas del cine mundial. En “Búnker”, del francés Florian Zeller, interpretan a un matrimonio en crisis tras casi dos décadas de relación.
El cine latinoamericano, escaso en la selección oficial, triunfó en las secciones paralelas, dedicadas a los nuevos talentos. La argentina “A veces me entra tristeza, otras veces rebelión”, de María Aparicio, se llevó el máximo galardón de la Giornate degli autori. Los colombianos Bibiana Rojas Gómez y Juan David Cárdenas fueron premiados en la Semana de la Crítica por su documental experimental “El fin de los tiempos”, hecho con material de archivo e imágenes generadas con IA.
Y la película brasileña “London”, de Victor di Marco y Márcio Picoli, ganó el Queer Lion ex aequo con “Queer Edward II”, de Theo Rollason, a la mejor obra de temática y cultura homosexuales entre todos los títulos presentes en el certamen.
El palmarés de la 83ª Mostra de Venecia
Este es el palmarés de la 83ª Mostra de Venecia, otorgado el sábado.
- León de Oro a la mejor película: “Woman unknown” de May el-Toukhy
- León de Plata - Gran Premio del Jurado: “Possible love” de Lee Chang-dong
- León de Plata a la mejor dirección: Ilya Khrzhanovsky por “Dau”
- Copa Volpi a la mejor actriz: Mathilde Arcel en “Woman unknown”, de May el-Toukhy
- Copa Volpi al mejor actor: John Malkovich en “Wild horse nine”, de Martin McDonagh
- Premio al mejor guión: “Un bon petit soldat”, de Stéphane Brizé
- Premio especial del jurado: “NAZA”, de Yuval Abraham y Rachel Szor
- Premio Marcello Mastroianni a la mejor interpretación promesa: Malou Khebizi por “15/18”, de Cédric Kahn
Fuente: AFP.
Dejanos tu comentario
Venecia 2026: crítica de “Diane in the Loop”, incómoda y sorprendente
- Por David Sánchez, desde Venecia (Italia), X: @tegustamuchoelc (*).
Hay películas que parecen pequeñas hasta que uno empieza a tirar de los hilos y descubre que debajo de una historia aparentemente sencilla hay una cantidad de temas considerable. “Diane in the Loop”, de Ann Sirot y Raphaël Balboni, pertenece a esa categoría. Una película incómoda, divertida, extraña y, sobre todo, sorprendentemente inteligente, que utiliza el humor y el absurdo para hablar de feminismo, trauma, maternidad, deseo, memoria y de una generación que parece haberse especializado en encontrar motivos para sentirse ofendida.
Entre recordar y olvidar
Diane desprecia a los hombres tanto como los desea. Su madre fue violada tres años antes de que ella naciera y, cuando Diane descubre esta circunstancia, convierte su vida en una especie de misión vengadora. Su madre, sin embargo, tiene otras preocupaciones: quiere recuperar el tiempo perdido y convertirse, por fin, en la mujer que siempre quiso ser. Entre una hija obsesionada con recordar y una madre que necesita olvidar, la película construye una relación familiar llena de contradicciones. Y ahí está precisamente una de sus mayores virtudes: nunca parece tener una única lectura.
Las muchas capas de Diane
Uno de los grandes aciertos de la película es la construcción de su protagonista. Diane parece tener, en principio, una personalidad perfectamente definida: sabemos qué piensa, qué detesta, qué le indigna y cuál es su posición frente a los hombres. Pero cuanto más avanza la película, más evidente resulta que debajo de esa aparente seguridad hay muchas capas.
No es la misma Diane cuando está frente a su madre que cuando se relaciona con su padre, ni cuando habla de los hombres, ni cuando se enfrenta a sus propios deseos. Hay una Diane hija, una Diane mujer, una Diane marcada por la historia de su madre y otra que intenta construir su propia identidad a partir de ella. Y todas conviven en el mismo personaje, a veces de manera armónica y otras en abierta contradicción.
Lo interesante es que los directores no necesitan explicarlo constantemente. Lo hacen aparecer en las situaciones, en las conversaciones, en los silencios y, sobre todo, en la evolución del personaje. Diane comienza aferrada a unas certezas que parecen inamovibles y termina descubriendo que quizá no todo pueda organizarse según el esquema de buenos y malos con el que había construido su visión del mundo.
Cuando las palabras cambian de sentido
Hay momentos particularmente brillantes en los que los diálogos adquieren un significado completamente distinto dependiendo de cómo se presenten. Por ejemplo, ese encuentro con el ciclista que tiene problemas con la bicicleta o las conversaciones mientras toman algo que ni siquiera parece realmente una copa, sino más bien un zumo. De repente, un gesto cotidiano se vuelve extraño. Lo que escuchamos parece tener un sentido y, cuando las imágenes aportan el contexto, descubrimos otro. Es como si los directores estuvieran jugando constantemente con nuestra percepción.
Ese mecanismo resulta especialmente interesante porque obliga al espectador a pensar. Los comentarios, sacados de contexto, pueden parecer ofensivos, absurdos o incluso terribles; colocados después junto a las imágenes, adquieren otra dimensión. La película juega con esa distancia entre lo que se dice y lo que realmente está ocurriendo, y lo hace con una ligereza que evita que todo se convierta en una tesis doctoral sobre la sociedad contemporánea.
El foco también cuenta
También hay una utilización del lenguaje cinematográfico especialmente elegante. En la escena de la playa, cuando el chico y la chica están hablando, el juego de enfoque y desenfoque resulta casi hipnótico: cuando habla él, el plano dirige nuestra atención hacia él; cuando habla ella, cambia el foco y pasa a ser ella quien domina visualmente la escena. Es un recurso sencillo, pero muy inteligente, porque convierte una conversación aparentemente normal en una pequeña coreografía visual.
La generación de cristal entra en escena
Y entonces aparece uno de los aspectos más divertidos —y también más incómodos— de la película: su retrato de determinadas sensibilidades contemporáneas.
“Diane in the Loop” parece disfrutar provocando a esa parte de la sociedad que analiza cada comentario, cada palabra y cada gesto como si estuviera ante un tribunal permanente. Las protagonistas pueden convertir prácticamente cualquier situación en un motivo de indignación. Y la película se permite una ironía bastante evidente sobre ese progresismo llevado al extremo, sobre esa necesidad de encontrar siempre algo que señalar, corregir o denunciar.
La gracia está en que los directores no parecen interesados en decirnos simplemente quién tiene razón. Más bien colocan a sus personajes en situaciones incómodas y dejan que sean ellos mismos quienes se contradigan. Es una generación con mandíbula de cristal y, paradójicamente, puño de hierro: extremadamente sensible cuando recibe una ofensa, pero perfectamente capaz de ser brutal cuando considera que la razón está de su lado. La película encuentra ahí un filón cómico considerable.
El trauma de una generación a otra
Pero sería quedarse en la superficie reducir “Diane in the Loop” a una sátira sobre feminismo o sobre la llamada “generación de cristal”. Lo realmente interesante es cómo conecta esa actitud de la hija con la experiencia de la madre. Cuando Diane se queja por cuestiones que su madre considera pequeñas, aparece ese contraste demoledor entre dos generaciones de mujeres. La madre parece pensar: “Lo que yo viví sí fue grave”. Y ahí la película introduce una pregunta mucho más interesante: ¿qué ocurre cuando una generación hereda un trauma, pero vive en un mundo completamente diferente al de quien lo sufrió originalmente?
Nunca es demasiado tarde
La madre, además, no quiere quedarse atrapada en el pasado. Que vuelva a estudiar es un detalle precioso porque introduce una idea muy sencilla y muy poderosa: nunca es demasiado tarde para recuperar la propia vida. Después de todo lo ocurrido, todavía existe la posibilidad de empezar de nuevo. Frente a la obsesión de Diane por lo que sucedió, su madre mira hacia lo que todavía puede suceder.
Caen las caretas
Y es precisamente en la evolución de Diane donde la película adquiere una dimensión todavía más interesante. Porque su transformación no consiste simplemente en cambiar de opinión: consiste en descubrir que sus propias certezas también pueden ser una prisión.
La gran contradicción que plantea la parte final es especialmente estimulante. Algo que, en principio, debería caernos mal termina cayéndonos bien. Un personaje, una situación o una relación que habíamos aprendido a mirar desde un determinado prejuicio empieza a adquirir otra dimensión. Y entonces la película hace algo que parece sencillo, pero que no lo es: nos obliga a revisar nuestro propio juicio.
Aquí empiezan a caer los mitos, las caretas y, sobre todo, los prejuicios. Lo que parecía blanco o negro adquiere una gama de grises mucho más humana. Y Diane, que durante buena parte del metraje parece querer imponer al mundo una determinada manera de entender las cosas, acaba aprendiendo algo bastante más difícil: que buscar el bienestar y la felicidad personal también puede significar apartar determinadas ideas preconcebidas.
No se trata de traicionar sus convicciones, sino de aceptar que la vida es mucho más contradictoria que cualquier discurso. Que podemos desear aquello que creíamos que no debíamos desear. Que podemos sentir simpatía por quien pensábamos que debíamos rechazar. Y que quizá madurar consiste precisamente en aprender a convivir con esas contradicciones.
Humor para hablar de cosas serias
Y entre todo esto, el humor está siempre presente. Incluso cuando la película se acerca a asuntos dolorosos, nunca pierde esa capacidad para introducir una situación absurda, una conversación incómoda o una pequeña ironía que rompe la solemnidad. Los directores parecen tener muy claro que hablar de temas importantes no obliga necesariamente a ponerse trascendentales.
Poesía en imágenes
Visualmente, además, vuelven a demostrar una sensibilidad extraordinaria. Hay imágenes que parecen salidas directamente de un sueño, como ese momento en que las dos mujeres están en la cama mientras caen plumas desde el cielo. Es poesía cinematográfica, pero sin necesidad de subrayarla. La imagen es bella, extraña y ligeramente absurda, exactamente como buena parte de la película.
Una película que podría con todo
Lo más sorprendente es precisamente el equilibrio. Hay muchísimos temas: maternidad, deseo, violencia, memoria, feminismo, generaciones, identidad, trauma, humor, segundas oportunidades… En manos de otros directores, semejante cantidad de ingredientes podría convertirse fácilmente en un batiburrillo. Aquí, en cambio, todo está razonablemente bien entrelazado. La película sabe cuándo profundizar y cuándo quitar hierro a lo que está contando.
Dos directores a seguir
Ann Sirot y Raphaël Balboni ya habían demostrado su talento con “Le Syndrome des amours passées”, otra película maravillosa que pasó por Cannes. Con “Diane in the Loop” confirman que aquello no era casualidad.
Y también vuelve a poner en valor algo que el cine belga francófono lleva años haciendo especialmente bien: encontrar pequeñas historias, aparentemente modestas, y convertirlas en auténticas pepitas de oro. Películas que quizá no llegan con el ruido de las grandes producciones, pero que consiguen algo mucho más difícil: sorprenderte, incomodarte y hacerte pensar mientras te estás riendo.
Una pepita de oro en Venecia
Presentada en la sección Orizzonti de Venecia, “Diane in the Loop” podría haber encajado perfectamente en la competición oficial. Porque tiene personalidad, ideas, humor y una mirada cinematográfica propia. Es una película maravillosa, de esas que recuerdan por qué los festivales siguen teniendo sentido: para descubrir pequeñas obras capaces de dejarte sentado en la butaca preguntándote qué demonios acabas de ver… y, sobre todo, por qué no puedes dejar de pensar en ello.
* David Sánchez es un periodista franco español afincado en Toulouse, centrado especialmente en cine iberoamericano, miembro de la crítica internacional Fipresci. Sitio: https://www.tegustamuchoelcine.com.